EL CASO QUE CONGELÓ ARGENTINA: CITA ESCONDIDA, TRAICIÓN Y DESAPARICIÓN INEXPLICABLE

El caso que congeló a Argentina. Una cita escondida, una traición y una desaparición inexplicable. Una joven camina por la costanera de Rosario con su mochila al hombro. Son las 19:47 del viernes 12 de mayo. Las luces del puente Rosario Victoria comienzan a encenderse sobre el río Paraná mientras ella revisa su teléfono, escribe algo rápido y lo guarda en el bolsillo de su campera. En menos de 48 horas su nombre estará en todos los noticieros del país. En menos de una semana, Argentina entera se preguntará qué pasó con Valeria Suárez.

Este no es un caso más. No es una estadística, no es un expediente olvidado en un archivo policial. Esta es la historia de una desaparición que paralizó a toda una nación, de una investigación plagada de contradicciones, de secretos que salieron a la luz demasiado tarde y de una familia que todavía espera respuestas. Porque Valeria no se esfumó en el aire. ¿Alguien sabe qué le pasó? ¿Alguien vio algo? Vamos a reconstruir cada detalle de este misterio que todavía tiene Argentina conteniendo la respiración.

Rosario, provincia de Santa Fe, una ciudad que respira fútbol, música y río.

con más de un millón de habitantes es la tercera urve más grande de Argentina y uno de los centros culturales más vibrantes del país. Valeria Suárez nació aquí, en el barrio Pichincha, a pocas cuadras del monumento a la bandera. Creció jugando en las plazas, tomando mate en la costanera y fotografiando cada rincón de su ciudad con una cámara digital que su padre le regaló cuando cumplió 15 años. A los 26, Valeria ya no era la adolescente tímida que retrataba palomas en el parque.

Se había convertido en una fotógrafa reconocida en el circuito local. Trabajaba en enfoque urbano, un estudio fotográfico ubicado en la calle Córdoba, a metros del teatro El Círculo. Sus compañeros la describen como meticulosa, perfeccionista, con un ojo privilegiado para capturar la luz natural de la ciudad. Sus especialidades eran los retratos urbanos y la fotografía documental de barrios marginales. Tenía un proyecto personal sobre las villas de Rosario que planeaba presentar en una muestra colectiva en el Centro Cultural Parque de España.
Vivía sola, en un departamento de un ambiente en calle Rioja, cerca del mercado del patio, un espacio pequeño pero luminoso, con plantas en la ventana, postes de cartibresón en las paredes y una mesa de trabajo eternamente cubierta de lentes, filtros y tarjetas de memoria. Su hermana Lucía, 3 años menor, la visitaba casi todos los días. Valeria era ordenada con todo, menos con su escritorio, recuerda Lucía en una entrevista para el diario La Capital. Decía que el caos creativo era parte de su proceso.

Siempre había café frío y alguna factura a medio comer mientras editaba fotos hasta la madrugada. Pero Valeria también tenía una vida afectiva complicada. Desde hacía dos años mantenía una relación con Andrés Ferraro, 32 años, diseñador gráfico que trabajaba de manera independiente desde su casa en Fisherton. Se conocieron en un evento cultural en el complejo astronómico municipal. La conexión fue inmediata. Andrés era introvertido, reflexivo, con un humor seco que contrastaba con la energía impetuosa de Valeria. Salían a cenar a los bodegones de Pellegrini, caminaban por el parque de la independencia los domingos y hablaban de mudarse juntos algún día.

En apariencia eran una pareja estable, pero como ocurre en todas las historias que terminan mal, había grietas invisibles. Andrés viajaba con frecuencia a Buenos Aires por proyectos laborales. A veces desaparecía tres o cuatro días sin dar demasiadas explicaciones. Valeria, por su parte, pasaba largas horas en el estudio fotográfico, muchas veces hasta entrada la noche. Sus amigas cercanas notaban que había comenzado a mostrarse evasiva respecto a sus horarios. Te decía, “Nos vemos el jueves.” Y después cancelaba con una excusa vaga.

Cuenta Micaela Ríos, amiga desde la secundaria. No era propio de ella. Valeria siempre fue directa, frontal. Algo estaba cambiando. El viernes 12 de mayo comenzó como cualquier otro día en Rosario. El cielo amaneció gris con esa humedad. pegajosa típica del otoño ríoplatense. La temperatura rondaba a los 18 ºC. Valeria llegó al estudio a las 9 de la mañana. Tenía agendada una sesión de fotos para una pareja que celebraba su décimo aniversario. La sesión transcurrió con normalidad. Las imágenes quedaron guardadas en su cámara Canon EOS 5D.

Alrededor del mediodía almorzó un sándwich de milanesa en El Establo, un bar sobre calle Santa Fe, donde solía ir con sus compañeros de trabajo. Fue durante esa tarde cuando todo comenzó a desviarse del libreto habitual. A las 15:23, Valeria recibió un mensaje de texto. No sabemos quién lo envió porque más tarde ese mensaje fue eliminado de su teléfono. Lo que sí sabemos gracias al registro de la compañía telefónica, es que la comunicación provenía de un número registrado en la ciudad de Buenos Aires.

Valeria leyó el mensaje, se quedó mirando la pantalla varios segundos y luego guardó el celular en su mochila con un gesto tenso. Su compañero de estudio, Federico Linares, lo notó. Le pregunté si todo estaba bien. Me dijo que sí, pero su cara decía lo contrario. Parecía nerviosa. Se mordía el labio inferior, algo que hacía cuando estaba incómoda. A las 17:00, Valeria le avisó a Federico que se retiraba temprano. Dijo que tenía que resolver un asunto personal. No dio más detalles.

Se puso su campera negra de Jein, tomó su mochila Eastpack verde militar donde siempre llevaba la cámara y salió del estudio. Federico fue la última persona del trabajo en verla. Caminó por calle Córdoba en dirección al centro. Las veredas estaban repletas de gente saliendo de oficinas, estudiantes dirigiéndose a las paradas de colectivo, vendedores ambulantes ofreciendo medias y paraguas. Valeria caminaba con las manos en los bolsillos, la mirada perdida. A las 17:34, una cámara de seguridad del Banco Nación la captó cruzando la esquina de San Martín y Córdoba.

Iba sola. No hablaba por teléfono, no miraba su celular, solo caminaba con paso firme hacia el río. La costanera de Rosario es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Un paseo extenso que bordea el Paraná, lleno de bares, puestos de choripán, artesanos y músicos callejeros. Al atardecer, las familias llevan a sus hijos a andar en bicicleta. Las parejas se besan en los bancos frente al río y los runners completan sus circuitos mientras el sol se hunde detrás de las islas entre rianas.

Es un lugar público, visible, seguro, o al menos eso parecía. A las 19:47, Valeria fue captada por última vez en una cámara de seguridad del complejo La Fluvial, un centro gastronómico sobre la costanera. Las imágenes muestran a una mujer joven con campera negra, jein oscuro y zapatillas blancas. Lleva una mochila al hombro, camina despacio mirando hacia el río, luego se detiene, saca su teléfono, escribe algo y lo guarda. Segundos después se dirige hacia el interior del complejo y ahí termina el registro visual.

Valeria desaparece de todas las cámaras como si se hubiera fundido con la neblina que comenzaba a levantarse sobre el Paraná. Esa noche, Andrés Ferraro intentó comunicarse con ella. Le envió tres mensajes de WhatsApp entre las 210 y las 23:30. Ninguno fue leído. Llamó dos veces. Las llamadas fueron directamente al buzón de voz. Andrés no se alarmó. Pensé que se había quedado sin batería o que estaba con amigas”, declaró más tarde a los investigadores. Valeria solía desconectarse cuando necesitaba espacio.

No me pareció extraño, pero el sábado 13 de mayo, cuando Valeria tampoco respondió durante todo el día, la preocupación comenzó a instalarse. Lucía fue al departamento de su hermana, tocó el timbre, nadie respondió. usó la copia de la llave que Valeria le había dado para emergencias. El departamento estaba tal como ella lo dejaba siempre, ordenado en apariencia, caótico en los detalles. La cama sin hacer, una taza de café sobre la mesada de la cocina, la notebook cerrada sobre el escritorio, pero faltaba algo crucial.

La mochila verde militar, la cámara, el celular. Lucía llamó a Andrés. Andrés llamó a los amigos. Los amigos llamaron al estudio. Nadie sabía nada. Valeria simplemente había desaparecido. El domingo 14 de mayo, Lucía presentó la denuncia formal por averiguación de paradero en la comisaría 15inta. El caso quedó en manos del oficial Juan Manuel Ibarra. En ese momento nadie imaginaba la magnitud que tomaría esta historia, porque lo que parecía una ausencia temporal de una mujer adulta pronto se revelaría como algo mucho más oscuro, algo que involucraba mentiras, secretos, una cita clandestina y una traición que todavía resuena en las calles de Rosario.

Valeria Suárez no solo había desaparecido, se había convertido en el centro de uno de los casos más perturbadores de la última década en Argentina. Este es solo el comienzo, una grabación de seguridad de un bar sobre la ribera del Paraná, donde Valeria fue vista acompañada de un hombre que nadie pudo identificar. Una conversación tensa, susurros y luego ambos abandonando el lugar por separado. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué se dijeron esa noche? Y lo más importante, ¿por qué Valeria borró todos los mensajes de su teléfono antes de desaparecer?

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En el caso de Valeria Suárez, esas 72 horas estuvieron marcadas por el desconcierto, la desesperación y una serie de descubrimientos que transformaron una simple denuncia de averiguación de paradero en una investigación criminal de alcance nacional. El lunes 15 de mayo, la familia Suárez estaba al borde del colapso. Lucía había pasado el fin de semana llamando a hospitales, recorriendo comisarías, publicando la foto de su hermana en redes sociales. Los padres de Valeria, Roberto y Marta habían viajado desde Villa Constitución, donde vivían retirados para sumarse a la búsqueda.

La casa de Lucía en el barrio Fisherton se convirtió en el centro de operaciones improvisado. Mapas de rosario desplegado sobre la mesa del comedor, listados de amigos, compañeros de trabajo, exparejas. Todo estaba siendo revisado, cuestionado, analizado. Andrés Ferraro se mostraba visiblemente afectado. Llegaba cada mañana con café y facturas de la panadería de la esquina, pero apenas probaba bocado. Tenía ojeras profundas, las manos le temblaban cuando sostenía el celular. “No puedo dejar de pensar que algo malo le pasó”, le confesó a Roberto Suárez el martes por la mañana.

Valeria no es de desaparecer así. Algo pasó. Alguien le hizo algo. Las palabras quedaron flotando en el aire como una sentencia. Mientras tanto, en la comisaría de el oficial Juan Manuel Ibarra comenzaba a armar las piezas del rompecabezas. Ibarra tenía 53 años, 30 de carrera en la policía de Santa Fe y fama de ser meticuloso hasta la obsesión. Cuando le asignaron el caso Suárez, lo primero que hizo fue solicitar el registro completo de las cámaras de seguridad de la zona costera.

Sabía que Rosario, como toda ciudad moderna, estaba llena de ojos electrónicos. Alguien tenía que haber visto algo. El miércoles 17 de mayo llegó la primera pista concreta. Un oficial auxiliar revisando las grabaciones de la fluvial encontró algo. A las 20:03 del viernes 12, Valeria Suárez ingresó al complejo gastronómico. No estaba sola. Caminaba junto a un hombre de aproximadamente 35 años con textura mediana, campera de cuero marrón, gorra oscura. No se tocaban, no caminaban del brazo, pero era evidente que iban juntos.

Entraron a Náutico, un bar con vista al río especializado en tragos y tablas de fiambres. Y Barra sintió que algo no cerraba. Andrés Ferraro había declarado que el viernes por la noche él estaba en su casa trabajando en un diseño para un cliente. Según su versión, no había visto a Valeria ese día. Entonces, ¿quién era el hombre de la campera marrón? El oficial ordenó que se solicitaran las grabaciones internas de náutico. El dueño del bar, Sergio Montero, colaboró de inmediato.

Las cámaras internas no tenían audio, pero las imágenes eran claras. Valeria y el desconocido se sentaron en una mesa del fondo, lejos de las ventanas. Ella dejó su mochila en el suelo, se quitó la campera, él mantuvo la gorra puesta. Ordenaron algo de beber, cerveza para él, un vaso de vino blanco para ella. Durante los primeros 15 minutos, la conversación pareció cordial. Valeria gesticulaba con las manos, él asentía, pero a los 20 minutos algo cambió. Valeria cruzó los brazos sobre el pecho.

Su lenguaje corporal se volvió defensivo. El hombre se inclinó hacia adelante como si estuviera insistiendo en algo. Ella negó con la cabeza varias veces. La tensión era palpable, incluso sin audio. A las 20:51, Valeria tomó su mochila y se puso de pie bruscamente. El hombre intentó detenerla tocándole el brazo, pero ella se soltó con un gesto brusco. Dejó dinero sobre la mesa y salió del bar. Él se quedó sentado unos minutos más, se frotó la cara con las manos, pagó la cuenta y salió por otra puerta.

Las cámaras externas los perdieron a ambos entre la multitud de la costanera. Esa fue la última vez que alguien vio a Valeria Suárez en Rosario. La noticia del video llegó a la familia el jueves 18 de mayo. Andrés Ferraro quedó petrificado al ver las imágenes. No entiendo nada. Fue todo lo que atinó a decir. Lucía explotó en llanto. Roberto Suárez exigió respuestas. ¿Quién es ese tipo? ¿Por qué Valeria estaba con él? ¿Por qué no nos dijo nada?

Las preguntas se multiplicaban sin respuestas. Valeria, que siempre había sido transparente con su familia, había ocultado una cita y esa cita, fuera lo que fuera, había terminado mal. Y Barra ordenó que se difundiera la imagen del hombre de la campera marrón en todos los medios de comunicación. El viernes 19 de mayo, el rostro pixelado del desconocido apareció en Telef Rosario, en la capital, en las redes sociales. Se busca información sobre este hombre visto por última vez con Valeria Suárez, decía el comunicado.

Las líneas telefónicas de la comisaría colapsaron, decenas de llamadas, la mayoría inútiles, pero una de ellas, la número 43, fue diferente. La llamada provenía de Buenos Aires. Una mujer que se identificó como Verónica Linares contó que reconocía al hombre de las imágenes. Es mi exmarido. Se llama Damián Acosta. vive en retiro. Es fotógrafo. El corazón de Ibarra se aceleró. Fotógrafo. Valeria era fotógrafa. La conexión era demasiado obvia para ser casualidad. Verónica agregó algo más. Damián suele viajar mucho.

Tiene contactos en estudios de todo el país. No me sorprendería que conociera a Valeria de algún evento del rubro. Con ese nombre, la investigación cambió de rumbo. Ibarra contactó a la policía federal en Buenos Aires y solicitó que localizaran a Damián Acosta. El sábado 20 de mayo, 8 días después de la desaparición de Valeria, dos agentes tocaron la puerta del departamento de Acosta en la calle Juncal, retiro. Nadie respondió. Los vecinos declararon que no lo veían desde hacía una semana.

Su auto, un Volkswagen vento gris, no estaba en el estacionamiento del edificio. Damián Costa también había desaparecido. Mientras tanto, en Rosario, el caso Valeria Suárez comenzaba a volverse mediático. Los canales de noticias enviaban móviles a la costanera, entrevistaban a vecinos, reconstruían los últimos pasos de la joven. El hashtag, ¿dónde está Valeria? comenzó a viralizarse en Twitter y Facebook. Su foto, esa en la que sonríe con su cámara colgada al cuello frente al monumento a la bandera, se replicó miles de veces.

Argentina entera comenzó a preguntarse qué le había pasado a la fotógrafa de Rosario. El domingo 21 de mayo ocurrió algo inesperado. Federico Linares, el compañero de trabajo de Valeria en enfoque urbano, se presentó voluntariamente en la comisaría. tenía información, no sé si es relevante, pero Valeria recibió varias veces llamadas de un número de Buenos Aires en las últimas semanas. Siempre salía de la oficina para atender, a veces volvía tensa, otras veces sonreía. Nunca me contó de quién era el número, pero noté que lo tenía agendado como de A.

Las iniciales coincidían. Damián Acosta Ibarra obtuvo una orden judicial para acceder al registro de llamadas del teléfono de Valeria. Los datos fueron reveladores. Entre el 20 de abril y el 12 de mayo, Valeria y el número asociado a Damián Acosta intercambiaron más de 200 mensajes de texto y 37 llamadas. La mayoría de las conversaciones ocurrían durante la noche cuando Andrés no estaba con ella. Valeria había estado sosteniendo una comunicación intensa, frecuente y oculta con Damián durante casi un mes, pero lo más perturbador estaba por venir.

Los peritos informáticos lograron recuperar parte de los mensajes eliminados del teléfono de Valeria. No todos, pero sí fragmentos suficientes para entender el contexto. En un mensaje del 5 de mayo, Damián escribía, “No podés seguir así. Tenés que decidir o estás conmigo o no tiene sentido.” Valeria respondía, “No es tan simple. Necesito tiempo.” El 10 de mayo, Damián insistía, “El viernes nos vemos. No aceptaré más excusas.” Valeria, está bien, pero en un lugar discreto. Damián, te paso la dirección.

El análisis de esos mensajes dejaba en claro que entre Valeria y Damián había algo más que una relación profesional. No sabemos si era amor, atracción, una aventura o simplemente una conexión intensa que ninguno de los dos sabía cómo manejar. Lo que sí sabemos es que Valeria estaba dividida entre dos hombres, Andrés Ferraro, su pareja oficial, estable, previsible, y Damián Acosta, el fotógrafo porteño misterioso que había irrumpido en su vida y la había desestabilizado. Cuando Andrés se enteró de los mensajes, su mundo se derrumbó.

Nunca sospeché nada”, dijo entre lágrimas en una entrevista para el programa Telenoche Investiga. Valeria me parecía feliz. Hablábamos de futuro, de proyectos juntos. No entiendo cómo pudo ocultarme esto. La traición era evidente, pero también lo era el dolor. Andrés no solo había perdido a Valeria físicamente, había descubierto que la mujer que creía conocer tenía una vida secreta. La investigación ahora tenía dos objetivos claros: encontrar a Valeria Suárez y localizar a Damián Costa. Porque si alguien sabía qué había pasado esa noche en la Costanera, ese alguien era él.

El lunes 22 de mayo, Ibarra emitió una orden de captura nacional contra Damián Acosta por averiguación de paradero y posible vinculación con la desaparición de Valeria Suárez. Su foto comenzó a circular en todos los medios. La presión pública era inmensa. Las redes sociales bullían con teorías, fuga romántica, crimen pasional, secuestro, trata de personas, pero en medio del caos mediático y la especulación desenfrenada, nadie esperaba lo que estaba por ocurrir. Porque la pista más importante del caso no vendría de Rosario ni de Buenos Aires, sino de un lugar mucho más lejano.

la terminal de ómnibus de retiro, donde un boleto a nombre de Valeria Suárez, con destino a Bariloche, habría un nuevo y desconcertante capítulo en esta historia. ¿Qué hacía Valeria viajando a Bariloche? ¿Era realmente ella quien compró ese boleto o alguien usó su identidad? ¿Y dónde estaba Damián Acosta mientras todo esto ocurría? Suscríbete si todavía no lo hiciste, deja tu like y contame en los comentarios qué pensás de esta historia. ¿Crees que Valeria huyó voluntariamente con Damián? ¿O hay algo mucho más oscuro detrás de todo esto?

A veces las pistas más importantes aparecen cuando menos las esperás. No en el lugar obvio, no en el momento lógico, sino en el detalle que casi nadie registra hasta que es demasiado tarde. En el caso Valeria Suárez, ese detalle llegó en forma de un boleto de ómnibus encontrado por casualidad en la terminal de retiro, Buenos Aires. un boleto que sugería algo impensado, que Valeria no había sido víctima de un crimen en Rosario, sino que había viajado voluntariamente hacia el sur del país.

O al menos eso parecía. El martes 23 de mayo, 11 días después de la desaparición de Valeria, la policía federal recibió un llamado desde la empresa de transporte Andesmar. Una empleada administrativa revisando registros de venta había encontrado algo extraño, un boleto emitido el sábado 13 de mayo a las 03:47 de la madrugada a nombre de Valeria Suárez con destino a San Carlos de Bariloche. El número de documento coincidía con el DNI de la joven desaparecida. El asiento asignado era el 24, ventanilla.

El ómnibus había partido de la terminal de retiro a las 0700 de la mañana. Llegó a Bariloche 22 horas después, el domingo 14 de mayo a las 05. La noticia cayó como una bomba. Si Valeria había desaparecido en Rosario el viernes 12 por la noche y un boleto a su nombre fue comprado en Buenos Aires apenas unas horas después. Eso significaba que o bien Valeria había viajado a la capital federal durante la madrugada, o bien alguien había usado su identidad para comprar ese pasaje.

Cualquiera de las dos opciones habría interrogantes perturbadores. Juan Manuel Ibarra viajó inmediatamente a Buenos Aires. en la terminal de retiro. Solicitó las grabaciones de seguridad del día 13 de mayo entre la 0300 y la 0700. Las imágenes eran de baja calidad, pixeladas, pero suficientemente nítidas como para confirmar lo impensable. A las 03:52, una mujer con las características físicas de Valeria Suárez se acercó a la ventanilla de Andesmar, presentó documentación y compró el boleto. Vestía campera negra, jein y zapatillas blancas.

Llevaba una mochila verde militar. Era ella, o al menos lucía exactamente como ella. Lo más desconcertante era su comportamiento. No parecía asustada. No parecía estar siendo coaccionada. Caminaba con normalidad. Esperó su turno en la fila, pagó con efectivo y se dirigió hacia la plataforma de embarque. A las 06:47 abordó el ómnibus. Las cámaras del interior del vehículo no captaron su rostro con claridad, pero el conductor Ramiro Basile declaró días después que recordaba vagamente a una mujer joven sentada en la zona del medio que durmió casi todo el viaje.

Llevaba auriculares puestos y la capucha de la campera sobre la cabeza. No le presté demasiada atención. Era una pasajera más. Pero si Valeria había viajado de Rosario a Buenos Aires durante la madrugada del sábado, como lo había hecho. Los registros de peajes de la autopista Rosario Buenos Aires no mostraban el paso de ningún vehículo registrado a su nombre ni al de Damián Costa. Las empresas de transporte terrestre no tenían registro de que ella hubiera comprado un boleto hacia la capital.

Era como si se hubiera materializado en retiro por arte de magia. La teoría más lógica era que alguien la había llevado. Damián Acosta seguía siendo el sospechoso principal. Su Volkswagen vento gris había sido reportado por un lector automático de patentes en el peaje de Sara Brazo Largo a las 0043 del sábado 13 de mayo viajando en sentido Buenos Aires. Eso confirmaba que Acosta había estado en ruta esa madrugada, pero no confirmaba que Valeria estuviera con él. Ibarra envió un equipo de investigación a Bariloche.

La ciudad ubicada en la provincia de Río Negro es uno de los destinos turísticos más populares de Argentina. Rodeada por el lago Nahuel Guapi y las montañas de los Andes Patagónicos, Bariloche atrae a miles de visitantes cada año. En mayo, temporada baja, la ciudad es más tranquila, menos turistas, menos movimiento, más fácil de rastrear a alguien, o eso se suponía. El equipo comenzó por lo obvio. Hoteles, hostales, hosterías. Mostraron la foto de Valeria en cada establecimiento. En la mayoría recibieron respuestas negativas.

Pero el jueves 25 de mayo, en una pequeña hostería familiar llamada Refugio del Bosque, ubicada a 15 km del centro de Bariloche, sobre la ruta hacia Villa Langostura, la dueña, una mujer de 60 años llamada Graciela Moretti, reconoció a Valeria inmediatamente. “Estuvo acá”, dijo Graciela sin dudarlo. Llegó el domingo 14 de mayo alrededor del mediodía. Reservó una habitación para dos noches. Vino sola, pero esa misma tarde llegó un hombre. No reservó, solo pasó tiempo con ella. Se fueron juntos a caminar por el bosque y Barra sintió que finalmente tenían algo concreto.

“¿Puede describir al hombre?”, preguntó. Graciela. Asintió. Unos 35 años. flaco, campera de cuero marrón, gorra oscura. No hablaba mucho. Ella tampoco. Parecían tensos como si estuvieran discutiendo algo importante. La descripción coincidía con Damián Acosta y Barra mostró la imagen pixelada del Bar Náutico. Graciela la observó y confirmó, “Sí, es él, estoy segura.” Ahora tenían la confirmación de que Valeria y Damián habían estado juntos en Bariloche. Pero, ¿por qué? ¿Qué hacían allí? ¿Era una fuga romántica, un intento de escapar de sus vidas en Rosario y Buenos Aires o algo más siniestro?

Graciela proporcionó más detalles. Valeria pagó la habitación en efectivo. No dejó datos de contacto. El lunes 15 de mayo, alrededor de las 107 de la mañana, ambos abandonaron la hostería. Ella llevaba su mochila verde militar, él una mochila más pequeña de color negro. Subieron a un auto gris que Graciela reconoció como un Volkswagen Vento y se fueron. Le pregunté si todo estaba bien antes de irse. Ella me sonrió y me dijo que sí, que solo necesitaban un poco de aire, pero había algo en sus ojos.

No era felicidad, era resignación, tal vez. El equipo de investigación revisó el registro de la habitación donde se había hospedado Valeria. encontraron una prenda, una bufanda de lana gris que, según Lucía Suárez, pertenecía a su hermana. Era un regalo que Valeria había recibido de su madre en su último cumpleaños. Esa bufanda confirmaba, sin lugar a dudas, que Valeria había estado allí, pero también planteaba una pregunta inquietante. Si dejó una prenda personal, fue un olvido o una señal.

El viernes 26 de mayo, un taxista de bariloche llamado Jorge Villalba contactó a la policía después de ver las noticias. Yo los llevé, dijo, “El lunes 15 por la tarde me llamaron desde el centro y les pasé a buscar frente al supermercado de Avenida Bustillo. Eran una mujer joven y un tipo con gorra. Les llevé hasta el mirador del cerro campanario. Ella iba callada mirando por la ventana. Él preguntó cuánto tiempo tardaríamos. Yo les dije 20 minutos.

Cuando llegamos, él pagó. Bajaron y me pidieron que esperara. Les dije que podía hacerlo si me pagaban la espera. Aceptaron. Jorge continuó su relato. Estuve esperando unos 40 minutos. Ellos caminaron hacia el sendero que sube al mirador. Los vi discutir ahí arriba. Ella movía las manos. Él parecía intentar calmarla. Después bajaron. Ella tenía los ojos rojos como si hubiera estado llorando. Subieron al auto y me pidieron que los llevara de vuelta al centro. Durante el viaje no hablaron ni una palabra.

Cuando llegamos, él pagó y se fueron caminando hacia la terminal de ómnibus. Fue la última vez que los vi. El testimonio de Jorge Villalba era fundamental. confirmaba que Valeria y Damián habían estado juntos en Bariloche el 15 de mayo, que habían discutido intensamente y que después se habían dirigido hacia la terminal de ómnibus. habían tomado un ómnibus de regreso hacia dónde. Los registros de venta de pasajes de ese día mostraron algo extraño. No había ningún boleto comprado a nombre de Valeria Suárez ni de Damián Costa.

Si habían viajado, lo habían hecho con otra identidad o en un vehículo particular. Mientras tanto, en Rosario, la familia Suárez intentaba procesar toda esta información. Lucía no podía creer que su hermana hubiera viajado voluntariamente con un hombre que apenas conocían. Valeria nunca fue impulsiva”, dijo en una entrevista para el programa Informe Central de Canal 3 Rosario. Si se fue con él, tenía sus razones. Pero también sé que mi hermana jamás nos habría hecho pasar por esto sin avisar.

Algo no cierra. Algo pasó en Bariloche que la obligó a seguir huyendo o que le impidió volver. Andrés Ferraro, devastado por la confirmación de que Valeria había estado con Damián, decidió viajar personalmente a Bariloche. “Necesito entender qué pasó”, declaró antes de partir. “No puedo quedarme acá sin hacer nada. mientras ella está quién sabe dónde. Su viaje fue seguido de cerca por los medios. Andrés recorrió los mismos lugares que Valeria había visitado. La hostería, el mirador del campanario, la terminal de ómnibus.

habló con testigos, con comerciantes, con cualquiera que pudiera tener información, pero nadie sabía más de lo que ya se había descubierto. El caso comenzó a tomar dimensiones nacionales. Los canales de noticias de Buenos Aires enviaron corresponsales a Bariloche. ¿Dónde está Valeria? Se convirtió en el hashtag más usado en Argentina durante esa semana. La presión pública exigía respuestas. El Ministerio de Seguridad de la Nación se involucró. Patricia Bullrich, ministra de seguridad, emitió un comunicado. Estamos trabajando en conjunto con las fuerzas provinciales para localizar a Valeria Suárez y a Damián Costa.

No descartamos ninguna hipótesis, pedimos colaboración ciudadana. Pero en medio de toda la atención mediática, algo crucial estaba siendo pasado por alto. Los investigadores se habían enfocado tanto en bariloche que no habían prestado suficiente atención a los días previos, a esa cita en el Bar Náutico, a esos mensajes borrados, a la verdadera naturaleza de la relación entre Valeria y Damián, porque lo que parecía una simple aventura o una fuga romántica estaba a punto de revelarse como algo mucho más complejo.

El domingo 28 de mayo, un familiar de Damián Acosta contactó anónimamente a la policía. No quiso identificarse, pero proporcionó información valiosa. Damián tiene un pasado problemático. Estuvo involucrado en una relación tóxica hace 3 años. Su expareja lo denunció por violencia psicológica y acoso. Nunca llegó a mayores porque ella retiró la denuncia. Pero yo siempre supe que Damián tenía problemas para manejar el rechazo. Si Valeria intentó dejarlo, no sé cómo pudo haber reaccionado. Esa declaración cambió el tono de la investigación.

Ya no se trataba solo de una pareja que había huido junta. Se trataba de un hombre con antecedentes de conducta problemática y una mujer que podía estar en peligro. Ibarra solicitó el expediente de la denuncia anterior contra Acosta. Los detalles eran perturbadores, mensajes obsesivos, apariciones no anunciadas en el trabajo de su expareja, intentos de controlar sus movimientos. La denuncia fue retirada después de que Acosta prometiera asistir a terapia, pero no había registros de que alguna vez lo hubiera hecho.

Con esa información, la orden de captura contra Damián Acosta fue elevada a nacional y urgente. Su foto sin pixelar circuló en todos los medios. Su familia fue interrogada. Sus amigos fueron contactados. Nadie sabía dónde estaba, o si lo sabían, no estaban dispuestos a decirlo. Damián Acosta se había esfumado y con él cualquier posibilidad de saber qué le había pasado realmente a Valeria Suárez, qué ocurrió realmente en ese mirador del Cerro Campanario, qué se dijeron Valeria y Damián, por qué ella lloró y lo más importante, ¿dónde están ahora?

Un testimonio que contradice todo lo que creíamos saber y que nos acerca peligrosamente a la verdad. Suscribite, dale like y deja tu comentario contándome qué pensás. ¿Crees que Damián le hizo algo a Valeria o ella sigue viva en algún lugar esperando el momento adecuado para reaparecer? Todas las teorías son bienvenidas. En toda investigación hay un momento bisagra, un instante en el que una llamada, un testimonio o una pista redefine completamente la dirección del caso. la búsqueda de Valeria Suárez.

Ese momento llegó exactamente 18 días después de su desaparición, cuando una mujer llamada Elena Cortázar, empleada de una estación de servicio en la localidad del Bolzón, a 130 km al sur de Bariloche, marcó el número de emergencias policiales y dijo, “Creo que vi a la chica que buscan en las noticias. estuvo acá hace una semana y estaba sola y tenía miedo. El Bolzón es una pequeña localidad de la provincia de Río Negro, enclavada en un valle rodeado de montañas con poco más de 20,000 habitantes.

Es conocida por sus ferias artesanales, sus cervecerías locales y su espíritu tranquilo, casi hipi. Es el tipo de lugar donde todos se conocen, donde las noticias circulan rápido y donde la aparición de una desconocida no pasa desapercibida, especialmente si esa desconocida es una mujer joven, sola, asustada, que llega a una estación de servicio en medio de la noche pidiendo un teléfono para hacer una llamada. Elena Cortazar tenía 42 años y llevaba 15 trabajando en el turno nocturno de la estación de servicio IPF, ubicada en la ruta nacional 40, entrada sur del Bolzón.

El martes 16 de mayo, alrededor de las 02:30 de la madrugada, una mujer joven entró al local. Elena la recordaba con claridad absoluta. Estaba despeinada, con la ropa arrugada, sin mochila. Me llamó la atención porque a esa hora no pasa casi nadie a pie. Le pregunté si necesitaba algo. Me dijo que necesitaba llamar por teléfono, que le habían robado el celular. Le ofrecí el teléfono del local. Llamó a un número, esperó. Nadie atendió. intentó otro número. Tampoco se quedó parada ahí llorando en silencio.

Elena no sabía en ese momento que estaba frente a Valeria Suárez. No había visto las noticias de los días anteriores porque no tenía televisión en su casa y durante el trabajo rara vez encendía la radio. Pero la imagen de esa mujer joven angustiada le quedó grabada. Le ofrecí un café. Le pregunté si estaba bien, si necesitaba que llamara a la policía. Me dijo que no, que solo necesitaba tiempo para pensar. Se sentó en uno de los bancos del exterior durante casi una hora.

Yo la vigilaba desde adentro por si necesitaba algo. Alrededor de las 03:30 se paró y se fue caminando en dirección al pueblo. No la volví a ver. Cuando Elena finalmente vio las noticias el miércoles 31 de mayo, 15 días después y el rostro de Valeria Suárez apareció en la pantalla, sintió que el estómago se le revolvía. Es ella. Es la chica de esa noche, estoy segura. Inmediatamente llamó a la policía. Su testimonio fue registrado y verificado. Los investigadores revisaron las cámaras de seguridad de la estación de servicio.

Las imágenes confirmaban todo. A las 02:34 del 16 de mayo, Valeria Suárez entraba al local, usaba el teléfono, lloraba, se sentaba afuera y luego se iba caminando. Este hallazgo era monumental por varias razones. Primero confirmaba que Valeria estaba viva el 16 de mayo, 4 días después de su desaparición inicial en Rosario. Segundo, estaba sola, no había rastro de Damián Costa. Tercero, estaba asustada, sin celular, sin mochila, aparentemente escapando de algo o alguien. Y cuarto, estaba en el Bolsón, no en Bariloche, lo que sugería que después de ese encuentro en el Mirador del Campanario, algo había sucedido que la había llevado más al sur.

Juan Manuel Ibarra viajó inmediatamente a El Bolsón con un equipo ampliado de investigadores. Entrevistaron a Elena Cortázar en profundidad. revisaron cada detalle de esa noche. Elena recordó algo más. Cuando usó el teléfono, alcancé a ver el número que marcó. Empieza con 341. Es un código de área de rosario. Intentó ese número tres veces, nadie atendió. Y Barra solicitó los registros de llamadas del teléfono de la estación de servicio. El número que Valeria había marcado era el de su hermana Lucía.

Lucía Suárez quedó devastada al enterarse. Revisé mi teléfono de esa madrugada. Tengo tres llamadas perdidas a las 0236, 0239 y 0241. Eran de un número desconocido. Yo estaba durmiendo. No las atendí. Si hubiera sabido que era Valeria, si hubiera contestado, la culpa la consumió. Pero también le dio esperanza. Si Valeria había intentado contactarla, significaba que quería volver, que necesitaba ayuda, que estaba intentando escapar de lo que fuera que le estuviera pasando. Los investigadores comenzaron un rastrillaje intensivo en el bolsón.

Mostraron la foto de Valeria en cada comercio, cada hotel, cada hostal. El jueves 1 de junio, un empleado de una pensión familiar llamada La Araucaria, ubicada a cinco cuadras de la plaza central, reconoció a Valeria. Estuvo acá dos noches. Se registró el martes 16 de mayo, alrededor de las 040 de la mañana. Pagó en efectivo. Dijo que se llamaba Laura Martínez y que venía de Neuken. No tenía documentos. dijo que se los habían robado. Le pregunté si quería hacer la denuncia.

Me dijo que lo haría después. Le di la habitación 7. Se quedó hasta el jueves 18 a la mañana. Después se fue y no supe más de ella. La habitación siete ya había sido ocupada por otros huéspedes, pero los investigadores la revisaron igual. Encontraron algo crucial, un papel arrugado en el cesto de basura. Era una nota manuscrita con la letra de Valeria, confirmado más tarde por un perito calígrafo. No puedo volver. No todavía. Lo siento mucho. Necesito desaparecer hasta que sea seguro.

Damián no puede encontrarme. Si lo hace, no sé qué va a pasar. Esa nota era la confirmación de lo que los investigadores ya sospechaban. Valeria no había desaparecido voluntariamente en una fuga romántica. Estaba huyendo de Damián Acosta, tenía miedo de él y había tomado la decisión consciente de desaparecer para protegerse, pero eso generaba nuevas preguntas. ¿Qué había pasado en Bariloche que la había asustado tanto? Damián la había amenazado, había intentado hacerle daño y dónde estaba ella ahora.

El viernes 2 de junio, la Policía Federal organizó una conferencia de prensa. Juan Manuel Ibarra, el fiscal del caso Horacio Bermúdez y un representante del Ministerio de Seguridad presentaron los nuevos hallazgos. Tenemos evidencia de que Valeria Suárez estuvo en el Bolsón hasta el 18 de mayo. Desde entonces no tenemos información de su paradero. Lo que sí sabemos es que ella estaba huyendo. Hacemos un llamado a Valeria. Si estás viendo esto, queremos que sepas que estamos acá para ayudarte.

Tu familia te está esperando. No estás sola. También intensificaron la búsqueda de Damián Acosta. elevando la orden de captura a nivel internacional por posible amenaza y privación ilegítima de la libertad. Mientras tanto, en Rosario, Andrés Ferraro procesaba todo con una mezcla de alivio y dolor. Alivio porque Valeria aparentemente seguía viva, dolor porque ahora entendía que ella había estado en peligro y él no había estado ahí para protegerla. Si hubiera sabido lo que Damián era realmente, jamás habría permitido que se acercara a ella”, declaró en una entrevista.

“Pero Valeria nunca me contó, nunca me dio señales, o tal vez las dio y yo no las vi. No lo sé, solo quiero que vuelva.” La familia Suárez decidió amplificar su campaña. Organizaron una marcha frente al monumento a la bandera en Rosario. Miles de personas se sumaron. Carteles con el rostro de Valeria, velas, globos blancos. Lucía dio un discurso desgarrador. Valeria, si estás escuchando esto, quiero que sepas que te amamos. No importa lo que haya pasado, no importa qué errores creas que cometiste, queremos que vuelvas a casa.

Vení con nosotros. Vamos a protegerte. No tenés que seguir huyendo sola. El caso se volvió un fenómeno social. Programas de televisión dedicaban horas al análisis. Psicólogos, criminólogos, periodistas de investigación debatían sobre las posibles motivaciones de Damián Costa, sobre el estado emocional de Valeria, sobre las fallas del sistema que no habían detectado las señales de una relación potencialmente peligrosa. El hashtag Valeria no estás sola se convirtió en tendencia nacional, pero en medio de toda la exposición mediática, algo crucial estaba por ocurrir.

El lunes 5 de junio, un trabajador de un refugio de montaña en la localidad de Lago Puelo, a 30 km al sur de El Bolzón, contactó a la policía. Una mujer que coincide con la descripción de Valeria Suárez. Estuvo acá hace dos semanas. Se quedó tres días. Dijo que estaba haciendo treking sola. Parecía cansada, asustada. Le ofrecimos ayuda, pero dijo que estaba bien. Se fue el 21 de mayo, no sé hacia dónde. El refugio llamado Piedra Parada estaba ubicado en una zona remota, accesible solo por un sendero de 4 horas de caminata desde el pueblo más cercano.

No tenía electricidad, no tenía conexión a internet, era el lugar perfecto para alguien que quisiera desaparecer. Los investigadores llegaron al refugio el martes 6 de junio. El encargado, un hombre de 50 años llamado Mario Gutiérrez, confirmó todo. Estuvo acá. Llegó agotada con ampollas en los pies, casi sin comida. Le di sopa, pan, un lugar donde dormir. Hablamos poco. Me dijo que necesitaba estar sola, que estaba pensando en cosas importantes de su vida. respetamos su espacio. El 21 de mayo a la mañana se fue.

Llevaba solo una mochila pequeña que le habíamos prestado con algo de comida y agua. Dijo que iba hacia el norte, de vuelta a la civilización. Esa fue la última pista confiable de Valeria Suárez. Desde el 21 de mayo hasta el 6 de junio, 16 días. No había ningún registro de ella, ninguna cámara, ningún testigo, ninguna transacción. Era como si hubiera decidido desaparecer por completo o como si algo le hubiera impedido seguir dejando rastros. ¿Qué pasó con Valeria después de abandonar ese refugio?

¿Logró llegar a algún lugar seguro o algo le sucedió en el camino de regreso? Y la pregunta más inquietante, ¿dónde está Damián Acosta mientras todo esto ocurre? Suscríbete al canal, dale like y contame en los comentarios qué creés que pasó con Valeria. ¿Está viva? ¿Logró escapar? ¿O esta historia tiene un final trágico? Te leo. Hay casos que se resuelven con claridad. un culpable identificado, un cuerpo encontrado, una confesión, un juicio y después están los casos que nunca terminan de cerrar, los que nos dejan con más preguntas que respuestas, los que nos recuerdan que a veces la realidad es más compleja y más dolorosa que cualquier ficción que podamos imaginar.

El caso Valeria Suárez es uno de esos, una historia que sacudió a toda Argentina. que expuso las grietas de nuestras vidas privadas y que hasta el día de hoy sigue sin tener un final definitivo. A partir del 6 de junio de 2024, la búsqueda de Valeria Suárez entró en una fase que los investigadores llaman punto muerto. No había nuevas pistas, no había nuevos testigos, no había movimientos bancarios, no había registros migratorios. Valeria se había esfumado y Damián Acosta también.

Dos personas que habían compartido un vínculo intenso, secreto y problemático, ahora desaparecidas, sin dejar rastro claro de su paradero. Juan Manuel Ibarra y su equipo no se rindieron. Durante todo junio y julio revisaron cada detalle, cada testimonio, cada cámara de seguridad. Rastrearon rutas secundarias. senderos de montaña, pueblos remotos. Consultaron con guardaparques, con guías de turismo, con pobladores de zonas rurales. Nada. Era como si la Patagonia se los hubiera tragado. El 14 de julio, dos meses después de la desaparición de Valeria, ocurrió algo que cambió el tono de la investigación.

Un pescador en las orillas del río azul, cerca de la localidad de El Maitén, encontró una mochila verde militar semisumergida entre las rocas. La mochila estaba mojada, deteriorada, pero todavía conservaba algunos elementos en su interior. Una cámara Canon EOS 5D con la tarjeta de memoria dañada por el agua, un cargador de celular, una billetera vacía sin documentos y una libreta de notas con páginas ilegibles por la humedad. Los peritos forenses confirmaron que la mochila pertenecía a Valeria Suárez.

Su hermana Lucía reconoció las calcomanías pegadas en la parte frontal, una del festival de cine de Mar del Plata y otra de una banda de rock indie Rosarina. La cámara tenía el número de serie registrado a nombre de Valeria. Era su equipo de trabajo el que llevaba consigo el día que desapareció. El hallazgo era devastador. Si la mochila había sido encontrada en un río, significaba que en algún momento Valeria se había desprendido de ella o alguien la había tirado allí intencionalmente.

Los peritos analizaron la mochila en busca de huellas dactilares, ADN, cualquier rastro biológico. Encontraron solo las huellas de Valeria. No había señales de violencia en la mochila, no había sangre, no había desgarros. Simplemente parecía haber caído o sido abandonada en el río y arrastrada por la corriente hasta quedar atrapada entre las rocas. El río azul fluye desde la cordillera de los Andes hacia el este, pasando por valles, bosques y pequeñas localidades. Los investigadores calcularon que la mochila podía haber sido arrojada o perdida en cualquier punto de un trayecto de más de 100 km.

Rastrear el origen exacto era prácticamente imposible. Organizaron rastrillajes en las zonas aledañas, buscando más pertenencias de Valeria o en el peor de los casos su cuerpo. No encontraron nada. La tarjeta de memoria de la cámara fue enviada a un laboratorio especializado en Buenos Aires. Los técnicos intentaron recuperar las imágenes almacenadas. El daño por agua era severo, pero lograron extraer algunos archivos fragmentados, entre ellos tres fotografías tomadas el 19 de mayo. Las imágenes mostraban paisajes montañosos, un atardecer sobre un lago, y en una de ellas, de manera borrosa, se alcanzaba a ver el reflejo de Valeria en el agua.

Estaba sola, con el pelo suelto, mirando hacia el horizonte. No sonreía. Su expresión era de una tristeza profunda. Esas fotografías fueron las últimas imágenes conocidas de Valeria Suárez. Las últimas pruebas de que ella había estado viva caminando por la Patagonia intentando encontrar algo. Paz, claridad, una forma de recomenzar. Nunca lo sabremos. El 3 de agosto, casi tres meses después de la desaparición, la investigación dio un giro cuando Damián Acosta finalmente fue localizado, no en Argentina, sino en Chile.

Estaba en la ciudad de Puerto Varas, a 200 km al sur de la frontera, trabajando como fotógrafo freelance en un hotel. Carabineros de Chile lo detuvieron en cumplimiento de la orden de captura internacional emitida por Argentina. fue extraditado una semana después. Damián Acosta fue trasladado a Buenos Aires y puesto bajo custodia federal. Durante el primer interrogatorio negó cualquier participación en la desaparición de Valeria. Estuvimos juntos en Bariloche. Es cierto, tuvimos una relación, pero ella decidió irse. Yo no le hice nada.

nunca le haría daño. Los interrogatorios se extendieron por días. Damián fue sometido a pruebas psicológicas, análisis de coherencia de su relato, confrontaciones con evidencia. Su versión era la siguiente. Él y Valeria se conocieron en un evento de fotografía en Buenos Aires en abril. Hubo una conexión inmediata. Comenzaron a intercambiar mensajes. La relación se intensificó rápidamente. Valeria le confesó que estaba con alguien más, pero que no era feliz. Damián insistió en que se vieran. El 12 de mayo se encontraron en Rosario.

Hablaron, discutieron sobre el futuro de la relación. Valeria no quería dejar a Andrés todavía. Damián se frustró. Esa noche ella decidió irse con él a Buenos Aires. Viajaron en su auto, llegaron a retiro. Ella compró el boleto a Bariloche. Él la siguió en su vehículo. En Bariloche, según Damián, pasaron dos días juntos. Discutieron constantemente. Valeria quería volver. Sentía culpa por haber dejado a su familia sin avisar. Lamián le pidió que se quedara, que intentaran construir algo juntos lejos de todo.

Ella se negó. El 15 de mayo en el mirador del campanario tuvieron su última conversación. Ella me dijo que esto había sido un error, que necesitaba estar sola, que no podía seguir con esto. Yo me enojé, le dije cosas hirientes, pero nunca la toqué, nunca la amenacé. Ella bajó del mirador, tomó un taxi y se fue. Yo me quedé ahí furioso, dolido. Después volví a mi auto y decidí irme a Chile. No quería seguir en Argentina, no quería enfrentarme a todo este lío.

El relato de Damián coincidía parcialmente con los testimonios recabados. El taxista Jorge Villalba confirmó que los había llevado al mirador y que habían discutido. Elena Cortázar de la estación de servicio en el Bolzón confirmó que Valeria había llegado sola, asustada, sin celular, pero había una contradicción crucial. Si Damián se había ido de Bariloche el 15 de mayo, ¿por qué Valeria seguía huyendo días después? de qué o de quién tenía miedo. Durante los interrogatorios, Damián fue confrontado con su historial de violencia psicológica contra su expareja.

Él minimizó los hechos. Fue una época difícil de mi vida. Estaba en terapia. había cambiado. Los peritos psicológicos determinaron que Damián mostraba rasgos de personalidad narcisista, dificultad para manejar el rechazo y una tendencia a la manipulación emocional, pero no encontraron evidencia concluyente de que hubiera cometido un delito violento contra Valeria. Sin cuerpo, sin pruebas forenses de violencia, sin testigos directos de un crimen, la fiscalía no pudo presentar cargos por homicidio. Damián Acosta fue acusado de abandono de persona y de obstrucción a la justicia por no presentarse ante las autoridades cuando fue solicitado.

Fue condenado a 2 años de prisión en suspenso y libertad condicional. Salió en libertad en octubre de 2024. La familia Suárez quedó destrozada. “Este hombre sabe qué le pasó a mi hermana”, dijo Lucía en conferencia de prensa. “Y se está yendo libre. Esto es una injusticia.” Mientras tanto, la búsqueda de Valeria continuó. Su caso fue incluido en el programa nacional de personas desaparecidas. Su foto fue distribuida en toda Argentina y países limítrofes. Los medios seguían cubriendo el caso, aunque con menor frecuencia.

El hashtag char, ¿dónde está Valeria? Se mantuvo activo gracias al esfuerzo de su familia y de miles de personas que no querían que su historia se olvidara. El 12 de noviembre de 2024, 6 meses después de su desaparición, la familia Suárez organizó una vigilia en la costanera de Rosario, en el mismo lugar donde Valeria había sido vista por última vez antes de partir hacia Buenos Aires. Miles de personas asistieron, globos blancos fueron liberados al cielo mientras un coro cantaba gracias a la vida.

Lucía leyó una carta dirigida a su hermana. Valeria, sé que estás en algún lugar. No sé si elegiste desaparecer o si algo te pasó. No sé si estás viva o si ya no estás con nosotros, pero quiero que sepas que nunca vamos a dejar de buscarte. Nunca vamos a aceptar el silencio como respuesta. Si estás ahí afuera, si podés oírnos, por favor volvé. Te extrañamos. Te amamos. No hay día que no pensemos en vos. Y si algo te pasó, si alguien te hizo daño, te prometo que vamos a encontrar la verdad.

No vamos a parar hasta que tu historia tenga un final justo, porque vos no sos un expediente, no sos una estadística, sos nuestra hermana, nuestra amiga, nuestra fotógrafa, nuestra Valeria y Argentina entera no va a olvidarte. Hoy, enero de 2026, el caso de Valeria Suárez sigue abierto. No hay nuevas pistas significativas. Su familia continúa buscándola. Grupos de voluntarios organizan rastrillajes periódicos en la Patagonia. Su foto sigue circulando en redes sociales y Argentina entera sigue preguntándose qué pasó con la fotógrafa de Rosario que desapareció una noche de mayo.

Hay teorías para todos los gustos. Algunos creen que Valeria decidió comenzar una nueva vida con una identidad diferente, lejos de todos, libre de las presiones de su antigua existencia. Otros creen que sufrió un accidente en las montañas. y su cuerpo nunca fue encontrado. Y están quienes están convencidos de que Damián Acosta le hizo algo esa noche del 15 de mayo y que su historia de la separación en el Mirador es una mentira construida para evadir la justicia.

Lo que sí sabemos con certeza es que Valeria Suárez era una mujer de 26 años, con sueños, con talento, con una familia que la amaba, que se vio envuelta en una relación complicada, que la llevó a tomar decisiones que cambiaron su vida para siempre, que huyó de algo o alguien, que intentó pedir ayuda y que en algún momento de su viaje por la Patagonia dejó de dar señales. Su caso nos recuerda que detrás de cada desaparición hay una historia humana compleja, que las relaciones pueden volverse tóxicas sin que nos demos cuenta que a veces las

personas que amamos ocultan batallas que no vemos y que el silencio, ese silencio que se instala cuando alguien desaparece puede congelar a toda una nación. Este fue el caso que congeló a Argentina. La historia de Valeria Suárez, una joven que desapareció una noche de mayo y cuyo rastro se perdió en las montañas del sur. Una historia de amor, mentiras, miedo y una búsqueda obstinada por la verdad que todavía continúa.