Familia campesina desapareció en Coahuila, 12 años después un dron captó su camioneta oxidada entre…

Familia campesina desapareció en Coahuila. 12 años después, un dron captó su camioneta oxidada entre matorrales. En el norte de México, donde el horizonte se pierde entre el polvo y el cielo, hay historias que el desierto guarda con recelo, historias de familias enteras que un día están aquí y al siguiente simplemente ya no.

Este es el caso de los Salazar, una familia campesina de Coahuila que desapareció sin dejar rastro. Durante más de una década nadie supo qué les había ocurrido, hasta que un dron, sobrevolando una zona remota y llena de matorrales, captó algo que cambiaría todo. La silueta oxidada de una camioneta vieja enterrada entre la maleza, como si la tierra misma quisiera esconderla para siempre.

Pero antes de llegar a ese descubrimiento escalofriante, tenemos que regresar en el tiempo. Volver a conocer quiénes eran los Alazar, qué hacían, por qué salieron aquel día y por qué nunca regresaron. La familia Salazar vivía en un pequeño ejido a las afueras de cuatro ciénas, un municipio conocido por sus posas de agua cristalina y sus paisajes desérticos que parecen de otro planeta.

La casa de los Salazar era humilde. Paredes de adobe, techo de lámina, un par de gallinas picoteando el patio cada mañana, pero era un hogar lleno de vida. Ahí vivían don Héctor Salazar, un hombre de 52 años, de manos encallecidas por el trabajo en el campo, su esposa, doña Elisa, una mujer callada, pero de mirada fuerte, y sus dos hijos, Ramiro, de 19 años, y la pequeña Lucía, de apenas 11.

Don Héctor trabajaba arrendando tierras para cultivar zorgo y maíz. No era un trabajo que dejara mucho dinero, pero era honesto. Cada temporada él y Ramiro se levantaban antes del amanecer para revisar los cultivos, reparar cercas o llevar forraje a los animales. Doña Elisa ayudaba con las labores del hogar y vendía tamales los fines de semana en el mercado del pueblo.

Lucía, la más pequeña, iba a la escuela primaria y soñaba con ser maestra. Era una niña alegre, de trenzas largas y sonrisa contagiosa.

Tu apoyo significa todo para seguir investigando historias como esta. Los Salazar eran conocidos en elido. Saludaban a todos, ayudaban cuando podían y nunca se metían en problemas. Héctor solía decir, “Nosotros no le debemos nada a nadie. Trabajamos duro y dormimos tranquilos.” Y era verdad. La familia mantenía una vida sencilla, sin lujos ni excesos.

Su única posesión de cierto valor era una camioneta Ford Roja del año 1998. Estaba vieja, raspada, con el motor que toscía al arrancar, pero funcionaba. Y en aquellas tierras polvorientas tener un vehículo propio era un privilegio. El sábado 14 de abril de 2012 amaneció soleado como casi todos los días en Coahuila.

Pero ese día tenía algo especial para los Salazar. Iban a visitar a la abuela materna de Lucía, que vivía en un rancho alejado, a unos 60 km al sureste, cerca de la sierra. Doña Elisa llevaba semanas planeando el viaje. Su madre, doña Carmen, estaba enferma de diabetes y hacía meses que no la veía. Quería llevarle medicinas, algo de comida y pasar el día con ella.

Esa mañana, doña Elisa preparó un guisado de carne con papas, tortillas recién hechas y un termo con café. Lucía estaba emocionada, adoraba a su abuela y siempre volvía de esas visitas con dulces caseros y cuentos del pasado. Ramiro, aunque prefería quedarse ayudando en el campo, aceptó acompañarlos por petición de su padre.

Es importante que estemos todos juntos”, le dijo don Héctor mientras cargaba las bolsas en la caja de la camioneta. Alrededor de las 9 de la mañana, los cuatro abordaron la Ford Roja, don Héctor al volante, doña Elisa en el asiento del copiloto y los dos jóvenes atrás. Un vecino, don Martín, los vio partir.

Más tarde declaró a las autoridades que Héctor le había dicho, “Vamos al rancho de doña Carmen. Si todo sale bien, regresamos antes del anochecer.” Pero nunca regresaron. El camino hacia el rancho de doña Carmen no era fácil. Primero había que tomar la carretera estatal, luego desviarse por un camino de terracería que serpenteaba entre cerros bajos y vegetación espinosa.

No había señal de celular en la mayor parte del trayecto, tampoco había muchas casas. Era un territorio silencioso donde solo se escuchaba el viento y de vez en cuando el aullido de un coyote. Los Salazar conocían bien esa ruta, la habían recorrido decenas de veces. No era peligrosa en sí misma, pero sí solitaria. Y en aquellos años, Coahuila atravesaba una época oscura.

El crimen organizado operaba en las sombras. Los enfrentamientos entre grupos rivales eran frecuentes y las desapariciones comenzaban a volverse tristemente comunes. Aunque la mayoríade las familias campesinas intentaban mantenerse al margen, el miedo siempre estaba ahí, como una sombra que no se iba. Don Héctor y doña Elisa lo sabían.

Por eso siempre viajaban de día, por eso nunca se detenían en lugares desconocidos. Y por eso, cuando salieron esa mañana, nadie imaginó que algo podría salir mal. El rancho de doña Carmen estaba ubicado en una zona llamada El Saus, un nombre que aparecía apenas en los mapas. Era un lugar de unas cuantas casas dispersas, corrales viejos y tierras áridas que solo los más tercos intentaban cultivar.

Doña Carmen vivía sola desde la muerte de su esposo años atrás. Sus otros hijos se habían ido a trabajar a Monterrey y Saltillo y solo Elisa mantenía el contacto constante. Ese sábado, doña Carmen esperó a su hija durante todo el día. Preparó agua fresca, barrió el patio y puso una silla bajo la sombra de un mezquite desde donde podía ver el camino de tierra que llevaba a su casa.

Pasaron las horas, el sol comenzó a caer y la camioneta roja nunca apareció. Al principio, doña Carmen pensó que tal vez habían tenido un contratiempo, una llanta ponchada, algún problema con el motor, cosas que pasaban. Pero cuando cayó la noche y el silencio del desierto se volvió absoluto, un nudo de angustia comenzó a formarse en su pecho.

Al día siguiente, doña Carmen caminó hasta la casa de un vecino que tenía teléfono y llamó al ejido donde vivían los Salazar. Habló con don Martín, el mismo vecino que los había visto partir. “¿Ya llegaron?”, preguntó con voz temblorosa. “No, doña Carmen, no han vuelto”, respondió él. Y en ese momento ambos supieron que algo terrible había ocurrido.

La noticia de que los Salazar no habían llegado a su destino se extendió por elegido como pólvora. Don Martín fue el primero en tocar puertas, preguntando si alguien los había visto regresar. Nadie tenía información. La casa de los Salazar estaba cerrada. Las gallinas cacareaban en el patio sin que nadie les diera de comer y la camioneta roja seguía sin aparecer.

Para el lunes por la mañana la preocupación ya era generalizada. Un grupo de vecinos se reunió frente a la casa de los Salazar. Entre ellos estaba don Vicente, un hombre mayor que había conocido a Héctor desde niño. Esto no está bien, dijo con voz grave. Héctor nunca dejaría su casa sola tanto tiempo y menos con los animales sin atender.

Alguien propuso ir a buscarlos por el camino. Tal vez habían tenido un accidente. Tal vez la camioneta se había volcado en alguna curva y estaban heridos esperando ayuda. Era una posibilidad aterradora, pero al menos ofrecía una explicación lógica. Cuatro hombres de elegido, incluidos don Martín y don Vicente, subieron a una camioneta y salieron hacia el Saus, siguiendo la misma ruta que los Salazar habían tomado dos días antes.

El camino estaba tal como siempre, polvoriento, solitario, bordeado deches y gobernadora. Los hombres avanzaban despacio, con los ojos clavados en ambos lados del camino, buscando señales de un accidente, huellas de frenado, fragmentos de metal, cualquier cosa, pero no encontraron nada, ni una sola marca que indicara que algo hubiera salido mal.

Llegaron al rancho de doña Carmen pasado el mediodía. La anciana salió a recibirlos con el rostro desencajado. Los encontraron. preguntó antes de que pudieran bajar del vehículo. Don Vicente negó con la cabeza. No, doña Carmen, no hay rastro de ellos en el camino. Doña Carmen rompió en llanto. Mi hija, mis nietos, ¿dónde están? Soyloosaba mientras se aferraba al brazo de don Martín.

Los hombres intentaron consolarla, pero las palabras se sentían vacías. decidieron regresar al ejido y reportar la desaparición a las autoridades. Ya no podían esperar más. Esa misma tarde, don Martín y don Vicente se presentaron en la comandancia municipal de cuatro ciénegas. El oficial de guardia, un hombre de unos 30 años con uniforme arrugado, los escuchó con expresión aburrida.

“¿Y hace cuánto que no los ven?”, preguntó sin levantar la vista de un cuaderno. Desde el sábado en la mañana, respondió don Martín. Salieron a visitar a un familiar y nunca llegaron. Ya recorrimos el camino y no hay señales de accidente. El oficial suspiró. Miren, es probable que se hayan quedado en otro lugar.

A veces la gente cambia de planes y no avisa. Denme hasta mañana. Si para entonces no aparecen, levantamos el reporte oficial. Don Vicente apretó los puños. No entiende, oficial. Esta familia no desaparece así nada más. Algo malo pasó, pero el oficial ya había perdido interés. Regresen mañana, repitió y volvió a su papeleo. Los hombres salieron de la comandancia con una mezcla de frustración e impotencia.

Sabían que en aquellos tiempos las desapariciones eran tratadas con indiferencia por las autoridades. Había demasiados casos, demasiadas familias buscando a sus seres queridos y muy pocas respuestas. Al día siguiente, elmartes 17 de abril, don Martín regresó a la comandancia acompañado de dos primos de doña Elisa, que habían viajado desde Monclova al enterarse de la noticia.

Esta vez el oficial no tuvo más remedio que levantar el reporte. Tomó los datos básicos, nombres, edades, descripción física de cada miembro de la familia y las características de la camioneta Ford Roja, modelo 1998, con placas de Coahuila. ¿Y ahora qué sigue?, preguntó uno de los primos. Se envía la información a la Procuraduría Estatal.

Ellos se encargan de la investigación”, respondió el oficial sin mucho entusiasmo. “Mientras tanto, ustedes pueden seguir buscando por su cuenta. Si encuentran algo, repórtenlo de inmediato.” Y con eso la familia quedó en el limbo sin respuestas, sin apoyo, solo con la angustia creciendo en el pecho y la certeza de que algo terrible había ocurrido.

Durante los días siguientes, los vecinos de elegido organizaron brigadas de búsqueda. Recorrieron el camino hacia el Saus una y otra vez, esta vez explorando también los alrededores. Se internaron entre los matorrales, revisaron barrancos, preguntaron en ranchos cercanos. Algunos pastores de cabras dijeron haber visto una camioneta roja pasar el sábado por la mañana, pero nada más.

Nadie recordaba haberla visto regresar. En elido, la ausencia de los Salazar era palpable. Su casa permanecía cerrada. Las gallinas habían sido recogidas por don Martín para cuidarlas y un silencio pesado se había instalado en el lugar. Los niños que jugaban con Lucía preguntaban por ella. ¿Cuándo va a volver? Le preguntaron a doña Graciela, la maestra de la primaria.

Ella no supo qué responder. Doña Carmen, devastada, viajó eljido y se instaló en la casa de su hija. Pasaba las horas sentada en el portal, mirando el camino de tierra, como si en cualquier momento la camioneta roja fuera a aparecer levantando polvo. Rezaba el rosario cada noche, aferrada a la esperanza de que estuvieran vivos.

“Dios mío, devuélvemelos”, murmuraba entre lágrimas. Pero los días pasaban y no había noticias, ninguna llamada de rescate, ningún cuerpo encontrado, ninguna pista. Era como si la tierra se los hubiera tragado. Las teorías comenzaron a circular. Algunos decían que tal vez los habían confundido con alguien más, que un grupo armado los había interceptado en el camino creyendo que transportaban algo de valor.

Otros sugerían que quizás habían sido víctimas de un asalto que salió mal. Había incluso quienes susurraban que tal vez don Héctor había visto algo que no debía, aunque nadie podía imaginar qué. Pero todas eran solo especulaciones. Nadie sabía nada con certeza. A las dos semanas de la desaparición, un comandante de la Procuraduría Estatal visitó el ejido.

Hizo algunas preguntas rutinarias, tomó fotos de la casa de los Salazar y prometió que harían todo lo posible por encontrarlos, pero su tono era monótono, casi mecánico. Los familiares sintieron que era solo un trámite más, otro expediente que se acumularía en algún archivo polvoriento. ¿Van a buscar con helicópteros, con perros?”, preguntó uno de los primos de doña Elisa.

El comandante negó con la cabeza. “No contamos con esos recursos en este momento, pero mantendremos la alerta en los retenes carreteros. Si alguien los ve, nos informarán.” Y con eso se fue. La familia quedó nuevamente sola con el dolor creciendo y la esperanza desvaneciéndose lentamente. Don Martín y don Vicente siguieron buscando por su cuenta durante meses.

Visitaron hospitales, morgues, refugios. Pegaron carteles con las fotos de los Salazar en postes, tiendas y cruces carreteros. ¿Los han visto?, preguntaban una y otra vez, pero las respuestas eran siempre las mismas. No, lo siento, ojalá los encuentren. Mientras tanto, en algún lugar del desierto de Coahuila, bajo el sol implacable y entre los matorrales espinosos, la camioneta Ford Roja permanecía oculta, oxidándose lentamente, guardando secretos que nadie conocía todavía.

Y los Salazar seguían desaparecidos. Los primeros meses después de la desaparición fueron los más intensos. La familia se negaba a aceptar que los Salazar simplemente se hubieran esfumado. Tenía que haber una explicación, tenía que haber un rastro, por pequeño que fuera, y estaban dispuestos a encontrarlo, aunque eso significara recorrer cada centímetro de aquel territorio hostil.

Doña Carmen vendió dos cabras y un terreno pequeño que tenía cerca de su rancho para financiar la búsqueda. Con ese dinero, los primos de doña Elisa contrataron a un grupo de rastreadores locales, hombres que conocían el desierto como la palma de su mano. Eran rancheros curtidos, acostumbrados a seguir huellas de ganado perdido y a sobrevivir días enteros bajo el sol, sin más que un morral y una cantimplora.

El equipo estaba liderado por Don Chui, un hombre de casi 60 años, delgado como un mezquite, con la piel tostada por décadas de trabajo a la intemperie.Lonchuy no hablaba mucho, pero cuando lo hacía la gente escuchaba. Había encontrado a más de una persona perdida en aquellas tierras. Y aunque generalmente se dedicaba a buscar ganado, aceptó el trabajo sin dudar.

Nadie merece desaparecer así. dijo al estrechar la mano de don Martín. Durante tres semanas, don Chuy y su equipo peinaron la zona entre el ejido y el rancho de doña Carmen. Dividieron el territorio en cuadrantes y lo recorrieron a pie, a caballo y en camionetas adaptadas para el terreno irregular.

Revisaron cada camino secundario, cada vereda de cabras, cada arroyo seco. Buscaban señales, llantas, fragmentos de ropa, objetos personales, cualquier cosa que indicara que los Salazar habían pasado por ahí. Pero el desierto es cruel con los secretos que guarda. El viento borra las huellas, la arena cubre todo y los matorrales crecen tan densos en algunas zonas que se vuelve casi imposible ver más allá de unos pocos metros.

Un día, don Chui encontró algo que hizo que el corazón de todos se detuviera. Una pieza de tela roja enganchada en un arbusto deche a unos 15 km del camino principal. La tela estaba descolorida por el sol, pero era del mismo tono que la camisa que Ramiro vestía el día de la desaparición, según recordaba doña Carmen.

La noticia corrió rápido. Los familiares llegaron al lugar con una mezcla de esperanza y terror. Don Chuy examinó los alrededores con cuidado. Buscó más pistas, huellas de vehículos, restos de una fogata, cualquier cosa, pero no había nada más. Solo aquel pedazo de tela meciéndose suavemente con el viento. Doña Carmen tomó la tela entre sus manos temblorosas, la apretó contra su pecho y lloró sin consuelo. Es de mi nieto.

Sé que es de mi nieto repetía entre solozos. Los primos de Elisa llevaron la tela a la comandancia esperando que se hiciera algún tipo de análisis, pero el oficial apenas la miró. Puede ser de cualquier persona, dijo con indiferencia. Esto no prueba nada. Necesitamos algo más concreto. La frustración era insoportable.

¿Qué más necesitaban? ¿Un cuerpo, una confesión? La familia sentía que estaban gritando en el vacío, que nadie realmente los escuchaba. Mientras tanto, los rumores en la región comenzaron a volverse más sombríos. Se decía que en aquellos años varios grupos del crimen organizado utilizaban caminos rurales para trasladar mercancía ilegal, que había puntos de control clandestinos donde detenían a cualquiera que pasara, que algunas personas eran confundidas con rivales o informantes y desaparecían sin dejar rastro. Un periodista local

publicó un artículo breve sobre la desaparición de los Salazar. mencionando que eran ya la cuarta familia en desaparecer en la región en menos de 2 años. Pero el artículo pasó desapercibido. En aquel entonces las noticias de violencia y desapariciones eran tan comunes que la gente había desarrollado una especie de insensibilidad.

Era la forma de sobrevivir emocionalmente en medio del caos. Don Martín y don Vicente continuaron pegando carteles. Esta vez ampliaron el radio. Monclova, Saltillo, Torreón, incluso Monterrey. Gastaron todo lo que tenían en viajes, en copias de los carteles, en llamadas telefónicas. Visitaron estaciones de radio locales pidiendo que difundieran la información.

Algunos periodistas los entrevistaron, pero las noticias duraban un día y luego eran reemplazadas por otras tragedias. La Procuraduría Estatal realizó una conferencia de prensa donde presentó cifras sobre las desapariciones en Coahuila. El número era alarmante, más de 1000 personas desaparecidas en los últimos 3 años.

El caso de los Salazar era solo uno más en una lista interminable. El procurador habló de líneas de investigación y esfuerzos coordinados, pero todo sonaba hueco. Las familias que asistieron a la conferencia, incluida doña Carmen, salieron con más rabia que esperanza. “Líneas de investigación no han hecho nada”, gritó uno de los primos de Elisa.

“Mi prima y su familia siguen desaparecidos y ustedes solo nos dan palabras vacías.” Pero las palabras vacías eran todo lo que recibían. En elido, la vida continuaba, pero con una sombra permanente. Los vecinos evitaban hablar del tema frente a doña Carmen, que seguía viviendo en la casa de su hija.

Cada objeto en esa casa era un recordatorio doloroso. Taza de café de don Héctor todavía en la mesa, el cuaderno de Lucía con dibujos a medio terminar, la chamarra de mezclilla de Ramiro colgada en un clavo junto a la puerta. Doña Carmen no movió nada. Mantenía la casa tal como la habían dejado, como si en cualquier momento fueran a regresar y todo volviera a la normalidad.

Pero en el fondo de su corazón sabía que eso no iba a pasar. A los se meses de la desaparición, Don Chu y su equipo suspendieron la búsqueda activa. Habían recorrido cientos de kilómetros cuadrados sin encontrar nada más que aquel pedazo de tela. No tenían más recursos y el desierto es demasiadovasto para seguir buscando sin una pista concreta.

Lo siento, doña Carmen, dijo don Chuy. la última vez que la visitó. Hicimos todo lo que pudimos, pero esto es como buscar una aguja en un pajar. Si hubiera algo que encontrar, ya lo habríamos encontrado. Doña Carmen asintió en silencio. No le guardó rencor. Sabía que don Chuy había dado todo de sí. El problema no era la falta de esfuerzo, el problema era que el desierto es implacable y los secretos que guarda no los suelta fácilmente.

Los familiares siguieron haciendo lo que podían. se unieron a colectivos de familiares de desaparecidos, organizaciones que nacían en aquellos años como respuesta a la inacción del gobierno. Asistieron a marchas, a plantones frente a oficinas gubernamentales. Gritaron junto a cientos de otras personas que también buscaban a sus seres queridos.

Pero conforme pasaba el tiempo, la atención mediática disminuyó. Los carteles con las fotos de los Salazar comenzaron a despegarse de los postes borrados por la lluvia y el sol. Las llamadas a las autoridades se hicieron menos frecuentes y aunque la familia nunca dejó de buscar, la búsqueda se volvió menos intensa, menos organizada.

La realidad comenzó a imponerse. Tal vez nunca sabrían qué había pasado. En la comandancia de cuatro ciénas, el expediente de los Salazar fue archivado junto a decenas de otros casos sin resolver. Un folder amarillento con algunas fotos, un reporte mal escrito y nada más. Sin seguimiento, sin justicia, sin respuestas.

Y en algún lugar del desierto, entre los cerros bajos y los matorrales, la camioneta roja seguía ahí, invisible, olvidada, esperando. Los Salazar se habían convertido en un nombre más en la larga lista de desaparecidos de Coahuila. Una estadística, un número. Y aunque sus seres queridos seguían aferrándose a la esperanza, el mundo seguía girando sin ellos.

Pero el desierto guarda sus secretos solo por un tiempo y 12 años después alguien finalmente encontraría lo que todos habían buscado. Hay algo particularmente cruel en la forma en que el tiempo pasa cuando alguien desaparece. No es como la muerte donde hay un cierre, un funeral, un lugar para llorar. La desaparición es un duelo suspendido, una herida que nunca termina de sanar porque nunca termina de abrirse.

Y para la familia Salazar, los años que siguieron fueron exactamente eso, un dolor constante, sin alivio, sin respuestas. El primer año fue el más duro. Cada fecha significativa se convirtió en una tortura. El cumpleaños de Lucía llegó en julio, se meses después de la desaparición. Doña Carmen preparó un pastel pequeño, como si la niña fuera a volver en cualquier momento para apagar las velas.

Pero las velas se consumieron solas y la casa permaneció en silencio. En diciembre, durante las fiestas navideñas, elegido se llenó de luces y música. Las familias se reunían para las posadas. Los niños rompían piñatas y el olor a ponche y buñuelos llenaba el aire. Pero la casa de los Salazar permanecía a oscuras. Doña Carmen se negaba a celebrar.

¿Cómo voy a festejar si no sé si mi hija está viva o muerta? Decía con voz quebrada. Los vecinos intentaban consolarla, le llevaban comida, la invitaban a las misas, se sentaban con ella en las tardes largas, pero todos sabían que no había palabras suficientes para aliviar ese tipo de dolor. Al segundo año, algo comenzó a cambiar.

No es que el dolor disminuyera, sino que la familia aprendió a vivir con él. Es un proceso que nadie elige, pero que eventualmente ocurre. El cuerpo se adapta, la mente encuentra formas de seguir funcionando y la vida de alguna manera continúa. Don Martín y don Vicente dejaron de buscar activamente, pero nunca dejaron de preguntar.

Cada vez que viajaban a otro pueblo, mostraban las fotos de los Salazar. Cada vez que escuchaban rumores sobre fosas clandestinas descubiertas en la región, llamaban a las autoridades para preguntar si habían identificado a alguien. La respuesta siempre era la misma. No lo sentimos. Doña Carmen envejeció rápidamente. El dolor y la incertidumbre la consumieron.

Su cabello, que aún tenía mechones oscuros cuando desapareció su hija, se volvió completamente blanco en menos de 3 años. Desarrolló problemas del corazón y los médicos le advirtieron que el estrés la estaba matando lentamente. Pero ella no podía dejar de pensar en su familia, no podía dejar de imaginar qué les había pasado.

¿Sufrieron?, se preguntaba en voz alta durante las noches. Sintieron miedo. Pensaron en mí antes de Pero nunca terminaba la frase, no podía. Para el tercer año, algunos vecinos comenzaron a murmurar que tal vez era hora de aceptar la realidad. “Ya pasaron 3 años”, decían. “Si estuvieran vivos, ya hubieran dado alguna señal”. Pero doña Carmen se negaba a escuchar.

“Hasta que no vea sus cuerpos, yo sigo esperando”, respondía con firmeza. Y así los años siguieron pasando. Elegido cambió. Algunas familias se fueronbuscando oportunidades en las ciudades o huyendo de la inseguridad. Nuevas familias llegaron, personas que no conocían la historia de los Salazar. Para ellos la casa vacía era solo eso, una casa vacía.

No sabían que ahí habían vivido personas con sueños, con rutinas, con amor. La primaria donde estudiaba Lucía inauguró una placa en su memoria. Era una placa sencilla de madera, con su nombre y una frase: Lucía Salazar, alumna ejemplar, te recordamos con cariño. Doña Graciela, su maestra, la colocó en el patio de la escuela durante una ceremonia pequeña.

Doña Carmen asistió. sostenida por los brazos de don Martín y don Vicente, lloró en silencio mientras los niños cantaban una canción. Fue uno de los pocos reconocimientos públicos que la familia tuvo. Para el resto del mundo, los Salazar eran solo un número más en las estadísticas de desapariciones en México.

Un número que seguía creciendo año tras año. En 2015, 3 años después de la desaparición, ocurrió algo que volvió a remover el dolor. Las autoridades descubrieron una fosa clandestina cerca de Allende a unos 80 km de el ejido. Encontraron restos de más de 50 personas. La noticia sacudió a todo el estado.

Doña Carmen, junto con decenas de otros familiares de desaparecidos, viajó al lugar. Querían saber si entre esos restos estaban sus seres queridos. Fue una escena desgarradora. Madres, esposas, hijos. Todos con fotos en las manos, preguntando, rogando, esperando alguna respuesta. El proceso de identificación fue lento y caótico.

Tomaron muestras de ADN de los familiares, pero los resultados tardaron meses en llegar. Cuando finalmente llegaron, doña Carmen recibió una llamada. Su corazón latió con fuerza. Tal vez finalmente tendría una respuesta, pero la respuesta fue negativa. Ninguno de los restos correspondía a los Salazar. Doña Carmen no supo si sentir alivio o desesperación.

Por un lado, significaba que tal vez seguían vivos. Por otro significaba que el misterio continuaba. Para 2017, 5 años después de la desaparición, el caso estaba prácticamente olvidado. El expediente en la comandancia seguía archivado, cubierto de polvo. Ningún funcionario lo había revisado en años y aunque la familia seguía insistiendo, la respuesta era siempre la misma.

No hay nuevas pistas, no podemos hacer nada. México atravesaba una crisis de desapariciones sin precedentes. Más de 40,000 personas desaparecidas en todo el país, según las cifras oficiales, y la cifra real probablemente era mucho mayor. El sistema de justicia estaba colapsado, las familias quedaban abandonadas a su suerte.

Doña Carmen, ya con más de 70 años y la salud deteriorada, seguía viviendo en la casa de su hija. Los primos de Elisa le sugerían que se fuera a vivir con ellos a Monclova, que no tenía sentido que se quedara sola en aquel lugar lleno de recuerdos dolorosos. Pero ella se negaba. Si ellos regresan, quiero estar aquí para recibirlos. decía.

Don Martín y don Vicente la visitaban regularmente, le llevaban despensa, le ayudaban con las reparaciones de la casa, se sentaban con ella en el portal a compartir un café y un silencio cómplice. Ellos también seguían pensando en los Salazar. Seguían esperando un milagro. En 2019, 7 años después, doña Carmen sufrió un infarto.

Fue hospitalizada en Monclova y durante semanas los médicos no estaban seguros de que sobreviviría, pero sobrevivió. Aunque quedó más débil, más frágil. Los primos de Elisa insistieron en que no podía volver alegido. Esta vez ella aceptó. Se fue a vivir con ellos, pero con una condición, que no vendieran la casa. Es la casa de mi hija”, dijo.

“Nadie más puede vivir ahí.” La casa quedó cerrada, vigilada ocasionalmente por don Martín. Las gallinas ya no estaban. El patio se llenó de maleza. Las paredes de adobe comenzaron a agrietarse. Pero ahí seguía, como un monumento silencioso, a una familia que un día existió y luego simplemente desapareció.

Para 2020, 8 años después, las búsquedas ya eran prácticamente inexistentes. La pandemia de COVID-19 paralizó al mundo y casos como el de los Salazar quedaron aún más relegados. Las oficinas gubernamentales cerraron, las diligencias se suspendieron y las familias de desaparecidos quedaron completamente en el olvido. Pero doña Carmen seguía encendiendo una veladora cada sábado, el día en que su familia desapareció.

Rezaba el rosario, miraba las fotos viejas y susurraba, “No los he olvidado. Nunca los olvidaré.” Los años seguían pasando. 2021, 2022, 2023. Cada año que transcurría hacía que la esperanza fuera más difícil de sostener. Algunos familiares empezaron a aceptar que probablemente nunca sabrían la verdad, que los Salazar se habían unido a las miles de personas que desaparecen en México y nunca vuelven a ser encontradas.

Pero en 2024, 12 años después de aquella mañana de abril, cuando los Salazar subieron a su camioneta roja, algo cambió. Latecnología había avanzado. Los drones, que antes eran herramientas caras y poco accesibles, ahora eran comunes. Organizaciones civiles comenzaron a utilizarlos para buscar fosas clandestinas y rastros de desaparecidos en zonas difíciles de alcanzar.

Y fue precisamente uno de esos drones el que sobrevoló una zona remota al sureste de Cuatro Ciénegas, cerca de la ruta que los Salazar habían tomado hacía más de una década. El operador del dron, un joven voluntario llamado Daniel, que colaboraba con un colectivo de búsqueda, revisaba las imágenes en su computadora.

Montañas áridas, matorrales densos, terreno irregular, nada fuera de lo común. hasta que vio algo entre la vegetación espesa, casi completamente cubierto por arbustos y tierra, había un destello metálico, algo oxidado, algo rojo. Daniel amplió la imagen. Su corazón comenzó a latir más rápido. Era una camioneta vieja, oxidada, enterrada entre los matorrales, como si alguien hubiera intentado ocultarla del liberadamente, o como si el desierto finalmente estuviera revelando su secreto. Daniel se quedó mirando la

pantalla durante varios segundos sin poder creer lo que veía. Había estado operando drones para el colectivo durante casi un año, sobrevolando decenas de zonas en busca de indicios que ayudaran a familias de desaparecidos. Había encontrado cosas antes, restos de fogatas, campamentos abandonados, basura dispersa, pero nunca algo como esto.

Guardó las coordenadas exactas del punto y tomó capturas de pantalla desde varios ángulos. Luego llamó a Mónica, la coordinadora del colectivo. “Encontré algo”, dijo con voz temblorosa. “Creo que es un vehículo. Está casi completamente cubierto, pero se ve la estructura metálica y parece parece rojo.” Mónica le pidió que le enviara las imágenes de inmediato.

Cuando las recibió, sintió un escalofrío. Llevaba años trabajando con familias de desaparecidos y había aprendido que cualquier hallazgo podía ser crucial. “No toques nada más”, le dijo a Daniel. “Voy a contactar a las autoridades, pero también voy a revisar nuestra base de datos de vehículos reportados. Dame un momento.

” El colectivo mantenía registros detallados de casos de desapariciones en toda la región, incluyendo descripciones de vehículos. Mónica buscó por modelo, color y zona y ahí estaba. Camioneta Ford, modelo 1998, color rojo, placas de Coahuila, familia Salazar. Desaparecidos desde el 14 de abril de 2012, 12 años, más de una década sin respuestas.

Mónica sintió un nudo en la garganta. Había leído el caso antes, pero como tantos otros parecía destinado a quedar sin resolver. Ahora, por primera vez en 12 años había una pista concreta. Llamó inmediatamente a la Fiscalía Estatal. Al principio, como siempre, encontró indiferencia. “Tendrían que levantar un reporte”, le dijeron.

Y luego se programa una diligencia. Puede tardar semanas. Mónica perdió la paciencia. Escúcheme bien. Tenemos las coordenadas exactas de un vehículo que lleva 12 años desaparecido. Hay una familia que ha esperado respuestas durante 12 años. Si ustedes no van, nosotros vamos solos y lo documentamos todo. Y cuando la prensa se entere de que las autoridades ignoraron esto, ¿quién cree que va a quedar mal? La amenaza funcionó.

Dos días después, un equipo de la fiscalía acompañado por elementos de búsqueda se dirigió a las coordenadas proporcionadas por Daniel. Mónica y otros miembros del colectivo los acompañaron. Querían asegurarse de que todo se hiciera correctamente. El lugar era remoto, a casi 25 km del camino principal. Para llegar tuvieron que dejar los vehículos y caminar casi 2 km entre matorrales espinosos y terreno rocoso.

El sol pegaba con fuerza y el silencio del desierto era absoluto, interrumpido solo por el crujir de las botas sobre la tierra seca. Daniel iba adelante siguiendo las coordenadas en su GPS. “Está cerca”, dijo, “Muy cerca.” Y entonces lo vieron. Entre un grupo denso de gobernadora y huisches, casi completamente oculto por la vegetación que había crecido durante años, estaba la camioneta.

La pintura roja, en su mayoría desprendida, dejaba ver el metal oxidado. Las llantas estaban desinfladas y cubiertas de tierra. El parabrisas estaba roto con telarañas y polvo cubriendo el interior. La naturaleza había empezado a reclamar el vehículo como si quisiera borrarlo de la existencia, pero ahí estaba.

Después de 12 años, uno de los peritos se acercó con cuidado, documentando cada paso con fotografías. Revisó las placas. Aunque estaban oxidadas y apenas legibles, los números coincidían con los del reporte. La camioneta de don Héctor Salazar. Es ella, confirmó el perito en voz baja. Es la camioneta que estamos buscando.

Mónica sintió que las piernas le temblaban, sacó su teléfono y llamó a uno de los primos de doña Elisa, que seguía en contacto con el colectivo. “La encontramos”, dijo con voz entrecortada. Encontramos la camioneta. Del otro ladode la línea hubo un silencio largo, luego un soyo. El equipo forense comenzó a trabajar.

Acordonaron el área, tomaron fotografías desde todos los ángulos y luego iniciaron la inspección del interior. La puerta del conductor estaba ligeramente abierta, trabada por la tierra y la maleza. La forzaron con cuidado. Dentro. El tiempo había hecho su trabajo. Los asientos estaban descoloridos, rotos, con el relleno expuesto, el volante cubierto de polvo.

En el piso había objetos dispersos, una botella de agua vacía, un termo viejo, zapatos y en el asiento trasero algo que hizo que todos contuvieran la respiración. Una mochila pequeña de color rosa con calcomanías de mariposas. Uno de los investigadores la abrió con guantes. Dentro había cuadernos escolares, lápices de colores y una identificación de la escuela primaria.

El nombre en la identificación era claro, Lucía Salazar. Mónica se llevó las manos a la cara. Era real. Todo era real. La familia había estado ahí. Habían llegado a ese lugar y algo terrible les había pasado. Pero había algo que no cuadraba. Los investigadores revisaron cada centímetro del vehículo buscando restos humanos, sangre, cualquier indicio de lo que había ocurrido.

No encontraron nada, ni un solo rastro de los cuatro miembros de la familia, ni huesos, ni ropa, nada. ¿Dónde están? Murmuró uno de los peritos. Si la camioneta está aquí, ¿dónde están ellos? Ampliaron el perímetro de búsqueda con perros entrenados. con sondas, con detectores de metales. Revisaron un radio de 500 m alrededor de la camioneta.

Buscaron indicios de fosas, de perturbaciones en el terreno, de cualquier cosa que pudiera indicar dónde estaban los cuerpos, pero no encontraron nada. Era como si la familia hubiera abandonado la camioneta y simplemente hubiera desaparecido en el aire. La noticia del hallazgo se difundió rápidamente. Medios locales y nacionales llegaron al lugar.

Periodistas con cámaras, reporteros con micrófonos, todos queriendo capturar la historia. Después de 12 años encuentran camioneta de familia desaparecida, decían los titulares. Pero los cuerpos siguen sin aparecer. Doña Carmen, ahora de 76 años y con la salud muy deteriorada, fue informada por sus sobrinos.

Estaba en cama, conectada a un tanque de oxígeno. Cuando escuchó la noticia, cerró los ojos y lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas. ¿Los encontraron a ellos?, preguntó con voz débil. A mi hija, ¿a mis nietos? No, tía,” respondió uno de los sobrinos tomando su mano. Solo la camioneta. Pero están buscando. Siguen buscando. Doña Carmen asintió lentamente.

Después de 12 años, una parte de ella no esperaba respuestas, pero otra parte, la parte que nunca dejó de ser madre, seguía aferrándose a un milagro imposible. Los investigadores continuaron trabajando durante días. Llevaron la camioneta a un laboratorio forense para analizarla con más detalle.

Revisaron cada fibra, cada mancha, cada rincón. Encontraron huellas dactilares de la familia, confirmando que efectivamente habían estado dentro. Pero también encontraron algo más. Huellas que no coincidían con ninguno de los Salazar, huellas de al menos dos personas más. Eso cambiaba todo. Significaba que alguien más había estado en contacto con la camioneta, alguien que posiblemente sabía qué había pasado con la familia.

Las autoridades ampliaron la investigación, revisaron archivos antiguos buscando patrones. Descubrieron que en aquellos años, entre 2011 y 2013, había habido una ola de desapariciones en rutas rurales de Coahuila. más de 20 casos documentados, familias, comerciantes, rancheros que viajaban por caminos solitarios y nunca llegaban a su destino.

Se rumoraba que grupos criminales habían establecido retenes ilegales en esas rutas que detenían a cualquiera que pasara, buscando dinero, información o simplemente ejerciendo control territorial, y que muchas de esas personas habían sido asesinadas y enterradas en fosas clandestinas. Habían sido los Salazar víctimas de uno de esos retenes. La teoría cobraba fuerza.

Tal vez don Héctor y su familia se toparon con personas armadas. Tal vez los bajaron de la camioneta. Tal vez los interrogaron buscando algo que ellos no tenían. Y tal vez al darse cuenta de que eran campesinos inocentes, decidieron ocultarlos de todas formas para no dejar testigos.

Pero si eso era cierto, ¿dónde estaban los cuerpos? Los equipos de búsqueda intensificaron el rastreo en la zona. Utilizaron drones con cámaras térmicas, perros especializados, tecnología de radar, de penetración terrestre, revisaron barrancos, cuevas, arroyos secos, excavaron en puntos donde el terreno parecía alterado y, finalmente, a unos 300 met de donde encontraron la camioneta, los perros detectaron algo, un área pequeña cerca de un grupo de rocas grandes donde la tierra parecía haber sido removida años atrás. Los investigadores comenzaron a

excavar con cuidado, usando palaspequeñas y pinceles, como en una excavación arqueológica. A medio metro de profundidad encontraron el primer hueso. Era un fémur humano, adulto por el tamaño. Siguieron excavando. Encontraron más restos, fragmentos de costillas, vértebras, partes de un cráneo, todo mezclado con tierra y piedras, como si hubieran sido enterrados apresuradamente.

Pero había algo extraño. Los restos no estaban completos, faltaban partes y parecían corresponder a más de una persona, aunque era difícil determinarlo con precisión en ese momento. Los restos fueron enviados a laboratorios especializados en Ciudad de México para análisis forenses y pruebas de ADN. El proceso tomaría semanas, posiblemente meses.

Mientras tanto, la familia esperaba. Doña Carmen, cada vez más frágil, preguntaba todos los días, “¿Ya saben algo? ¿Son ellos?” Don Martín y don Vicente visitaban el lugar del hallazgo. Se paraban frente al área acordonada con el sombrero en la mano y guardaban silencio. No había palabras para lo que sentían. Después de 12 años, finalmente había algo.

Pero ese algo no era alivio, era dolor confirmado. Las pruebas de ADN tardaron dos meses. Fueron dos meses de angustia, de insomnio, de esperar una llamada que podía cambiarlo todo. Doña Carmen empeoró. Los médicos dijeron que su corazón estaba fallando, que era cuestión de tiempo. Finalmente, en octubre de 2024 llegaron los resultados.

Los restos correspondían a dos personas, un hombre adulto y una mujer adulta, y el ADN coincidía con don Héctor Salazar y doña Elisa, pero no encontraron rastros de Ramiro ni de Lucía. Los dos jóvenes seguían desaparecidos. La noticia de que los restos encontrados correspondían a don Héctor y doña Elisa, golpeó a la familia como un martillazo.

Después de 12 años de incertidumbre, finalmente tenían una respuesta. Pero era una respuesta a medias, dolorosa e incompleta. Los padres estaban muertos, sus hijos seguían desaparecidos. Doña Carmen recibió la noticia en su cama de hospital. Había sido internada de emergencia tres días antes por una crisis cardíaca.

Cuando sus sobrinos le dijeron que habían confirmado la identidad de Héctor y Elisa, ella cerró los ojos y dejó escapar un gemido que parecía venir desde lo más profundo de su ser. No dijo nada durante varios minutos. Solo apretó entre sus manos arrugadas un rosario viejo y murmuró una oración. ¿Y mis nietos? preguntó finalmente con voz apenas audible.

Ramiro, Lucía, siguen buscando, tía, respondió uno de los sobrinos, aunque ya no sabía si era cierto, ya no sabía qué esperar. La fiscalía emitió un comunicado oficial. Confirmaron el hallazgo de los restos de Héctor y Elisa Salazar y anunciaron que la investigación continuaba para localizar a los otros dos miembros de la familia.

hablaron de líneas de investigación activas y esfuerzos coordinados con diferentes instancias, las mismas palabras vacías de siempre. Pero esta vez había algo más. Por primera vez en 12 años había evidencia forense concreta y esa evidencia comenzaba a contar una historia. Los análisis de los huesos revelaron detalles perturbadores.

Ambos cuerpos presentaban fracturas perimortem, es decir, fracturas que ocurrieron en el momento de la muerte o poco antes. Don Héctor tenía fracturas en el cráneo consistentes con un golpe fuerte. Doña Elisa presentaba fracturas en las costillas y el brazo izquierdo como si hubiera intentado defenderse. Los forenses concluyeron que ambos habían sido víctimas de violencia extrema.

Habían sido golpeados, probablemente con objetos contundentes y luego sus cuerpos habían sido enterrados en esa fosa improvisada. Pero había algo más. El análisis de la ubicación de los restos y su estado de conservación indicaba que habían sido enterrados apresuradamente, sin mayor cuidado, como si los victimarios hubieran querido deshacerse de los cuerpos rápidamente y continuar con lo que sea que estuvieran haciendo.

¿Y qué estaban haciendo con Ramiro y Lucía? Esa pregunta se convirtió en el centro de la investigación. Los perros de búsqueda continuaron rastreando la zona durante semanas. Excavaron en múltiples puntos, pero no encontraron más restos humanos, ni de Ramiro, ni de Lucía, ni de nadie más. Era como si los dos jóvenes se hubieran esfumado.

Las teorías comenzaron a surgir. La más terrible, pero también la más probable, era que Ramiro y Lucía habían sido llevados por los agresores. En aquellos años era común que grupos criminales secuestraran a jóvenes para reclutarlos a la fuerza. A los hombres los obligaban a trabajar como sicarios o halcones. a las mujeres.

Las cosas que hacían con las mujeres eran demasiado terribles para decirlas en voz alta. Ramiro tenía 19 años cuando desapareció. Era joven, fuerte, acostumbrado al trabajo duro. Para un grupo criminal podía ser útil. Lucía tenía 11 años, apenas una niña. La sola idea de imaginar qué podría haberlepasado era insoportable.

Pero había otra teoría. menos horrible, aunque igualmente dolorosa. Tal vez Ramiro y Lucía habían sido separados de sus padres y vendidos o trasladados a otro lugar. Había redes de trata de personas operando en la región en aquellos años. Familias enteras desaparecían y algunos miembros nunca eran encontrados porque habían sido llevados lejos, a veces incluso fuera del país.

Era posible que Ramiro y Lucía estuvieran vivos en algún lugar sin poder regresar. La familia se aferró a esa posibilidad. Era lo único que les quedaba. Los primos de Elisa contactaron a organizaciones que trabajaban en la búsqueda de personas desaparecidas y trata de personas. Compartieron fotos actualizadas generadas por computadora de cómo podrían verse Ramiro y Lucía ahora. 12 años después.

Ramiro tendría 31 años. Lucía 23. Las imágenes se difundieron en redes sociales, en programas de televisión, en carteles por todo el país. Miles de personas las compartieron. Algunos reportaron haber visto a alguien parecido a Ramiro trabajando en una construcción en Monterrey. Otros dijeron haber visto a una mujer joven parecida a Lucía en un mercado de Veracruz.

Pero cada pista resultaba ser falsa. Eran personas que se parecían, pero no eran ellos. Mientras tanto, los investigadores intentaban reconstruir lo que había pasado aquella mañana del 14 de abril de 2012. Analizaron la ubicación de la camioneta, la posición de los cuerpos y los testimonios antiguos de personas que vivían en la zona.

La teoría que emergió era la siguiente. Los Salazar iban por el camino de Terracería, probablemente a unos 10 o 15 km de su destino, cuando se toparon con un retén ilegal. hombres armados, posiblemente de algún grupo criminal que operaba en la zona. Los detuvieron, les pidieron dinero, documentos o información sobre algo. Don Héctor, siendo un hombre honesto y campesino, probablemente intentó explicar que solo iban a visitar a un familiar, que no tenían nada de valor, pero eso no importó.

Los victimarios decidieron registrar la camioneta. Tal vez buscaban armas, drogas o dinero. No encontraron nada porque no había nada que encontrar. Los Salazar eran exactamente lo que parecían, una familia humilde en un viaje inocente. Entonces, ¿por qué los mataron? probablemente porque los vieron, porque sabían quiénes eran, porque en la lógica retorcida del crimen organizado dejar testigos era un riesgo o simplemente porque podían.

Porque en aquellos años de violencia desatada, la vida humana había perdido valor. Los investigadores creen que don Héctor y doña Elisa fueron ejecutados en el lugar o cerca de ahí. Luego sus cuerpos fueron arrastrados unos metros hasta donde los encontraron y enterrados apresuradamente. La camioneta fue conducida hasta el lugar donde la descubrieron, probablemente con la intención de ocultarla, y luego fue abandonada.

Y Ramiro y Lucía los llevaron. La pregunta era, ¿a dónde por qué? La Fiscalía revisó archivos de desapariciones de aquellos años buscando patrones. Descubrieron que entre 2011 y 2013, al menos 15 jóvenes de entre 10 y 25 años habían desaparecido en circunstancias similares en la región. Algunos viajaban con sus familias, otros iban solos.

Ninguno fue encontrado. Había testimonios de personas que habían escapado de grupos criminales y que hablaban de campamentos en la sierra, lugares donde mantenían a personas secuestradas, obligándolas a trabajar. Algunos testimonios mencionaban que a los niños y jóvenes los mantenían separados, entrenándolos para diferentes funciones dentro de la organización.

¿Era posible que Ramiro y Lucía hubieran pasado por eso? La investigación también reveló algo más. En 2013, un año después de la desaparición de los Salazar, hubo un enfrentamiento importante entre grupos criminales en esa misma zona. Murieron decenas de personas. Algunos cuerpos fueron encontrados, muchos otros no. Es posible que Ramiro y Lucía murieran en aquel enfrentamiento o que hayan sido ejecutados antes o después, o que hayan sido trasladados a otro estado y sus rastros se perdieran para siempre en el laberinto de violencia que era México en

aquellos años. La verdad es que nadie lo sabe con certeza. En noviembre de 2024, la familia Salazar finalmente pudo darle sepultura a don Héctor y doña Elisa. Fue una ceremonia pequeña, íntima en el cementerio municipal de Cuatro Ciénegas. Asistieron familiares, vecinos de elegido, miembros del colectivo de búsqueda y algunos periodistas que habían seguido el caso.

Don Martín y don Vicente cargaron el ataúd Héctor. Ambos lloraban en silencio, recordando a su amigo, al hombre que trabajaba duro y nunca se quejaba, recordando las tardes compartidas, los favores mutuos, las conversaciones simples sobre el clima y las cosechas. En el ataú de doña Elisa colocaron una fotografía de Ramiro y Lucía, porque aunque sus cuerpos no estaban ahí, la familia quería queestuvieran presentes de alguna manera.

Quería que la madre estuviera acompañada de sus hijos, al menos simbólicamente. Doña Carmen no pudo asistir al funeral. seguía hospitalizada, demasiado débil para moverse, pero pidió que le llevaran un puñado de tierra del cementerio. Cuando se lo entregaron, lo apretó contra su pecho y lloró. “Descanse, hija. Descanse, yerno”, murmuró.

“Yo voy a seguir buscando a mis nietos. No me voy a rendir. No hasta que los encuentre o hasta que me muera.” Y cumplió su palabra hasta el final. Doña Carmen falleció tres semanas después, el 4 de diciembre de 2024. Su corazón, que había resistido 12 años de dolor y angustia, finalmente se detuvo. Murió en paz, rodeada de sus sobrinos, con el rosario en las manos y las fotografías de su familia junto a ella.

fue enterrada en el mismo cementerio, a pocos metros de su hija y su yerno. En su lápida, los familiares colocaron una inscripción simple, pero poderosa. Nunca dejó de buscarlos, nunca dejó de amarlos. Con la muerte de doña Carmen, el caso de los Salazar tomó un giro diferente. Ya no había una abuela luchando día tras día por respuestas.

Ya no había esa voz persistente exigiendo justicia. Y aunque los primos y otros familiares continuaron la búsqueda, la intensidad disminuyó. La investigación oficial sigue abierta técnicamente, pero en la práctica está estancada. No hay nuevas pistas sobre el paradero de Ramiro y Lucía. No hay testigos dispuestos a hablar. No hay confesiones.

Solo especulaciones y teorías sin confirmar. Los miembros del grupo criminal que operaba en esa zona en 2012 probablemente están muertos, presos o dispersos. Algunos fueron abatidos en enfrentamientos con autoridades o con grupos rivales. Otros fueron arrestados por diferentes delitos y están cumpliendo condenas en prisiones estatales y federales.

Pero ninguno ha hablado sobre lo que pasó con los Salazar y probablemente nunca lo harán. Mónica, la coordinadora del colectivo que encontró la camioneta, sigue trabajando con otras familias. Ayudado a encontrar a decenas de personas desaparecidas, aunque la mayoría de las veces solo encuentra restos. Ella dice que el caso de los Salazar la marcó profundamente.

Es uno de esos casos que nunca terminas de cerrar en tu corazón”, comentó en una entrevista reciente. Porque encontramos a los padres, pero los hijos siguen ahí fuera en algún lugar y eso duele, duele mucho. Daniel, el joven que operaba el dron el día del descubrimiento, también sigue buscando.

Ha participado en docenas de operaciones de búsqueda desde entonces. Dice que cada vez que enciende su dron y lo envía al aire, piensa en los Salazar. Uno nunca sabe qué va a encontrar, dice, pero si puedo darle respuestas a una familia más, valdrá la pena. En el vida continúa. La casa de los Salazar sigue cerrada, cada vez más deteriorada por el paso del tiempo.

Algunos vecinos han sugerido demolerla o venderla, pero los familiares se niegan. Es lo único que queda de ellos, dice uno de los primos de Elisa. Mientras esa casa siga en pie, su memoria sigue viva. Don Martín murió en 2023, un año antes del descubrimiento de la camioneta. Se fue sin saber qué había pasado con sus amigos.

Don Vicente sigue vivo, aunque ya es un hombre muy mayor. Ocasionalmente visita la tumba de los Salazar, deja flores y se queda ahí en silencio durante horas. Ojalá hubiera podido hacer más, dice con voz quebrada. Ojalá los hubiéramos encontrado antes, pero nadie pudo haber hecho más. El desierto es vasto, las zonas rurales de Coahuila son extensas y peligrosas.

Y en aquellos años de violencia descontrolada, las familias estaban solas. Las autoridades no ayudaban, los medios no prestaban atención y el miedo paralizaba a todos. Hoy en 2024, México sigue atravesando una crisis de desapariciones. Más de 100,000 personas desaparecidas, según las cifras oficiales, 100,000 familias buscando, 100,000 historias como la de los Salazar.

Y aunque encontraron la camioneta, aunque encontraron a Héctor y Elisa, el caso sigue sin resolverse completamente, porque Ramiro y Lucía siguen desaparecidos, porque no hay justicia. Porque nadie ha sido arrestado, enjuiciado o condenado por lo que les pasó a esta familia. Las fotografías de Ramiro y Lucía siguen circulando en redes sociales, siguen apareciendo en carteles que familiares y activistas colocan en diferentes ciudades.

Siguen siendo compartidas con la esperanza cada vez más tenue de que alguien en algún lugar los reconozca. Hay quienes dicen que es imposible que sigan vivos después de 12 años, que si hubieran sido secuestrados y mantenidos con vida, ya habrían encontrado una forma de escapar o de enviar un mensaje. Que la estadística dice que después de tanto tiempo las probabilidades son casi nulas, pero hay otros que se aferran a la esperanza, que creen en los milagros, que conocen historias de personas que aparecieron después de décadas. quepiensan que tal vez, solo tal vez Ramiro

y Lucía están ahí fuera vivos esperando ser encontrados. La verdad es que nadie lo sabe. Lo que sí sabemos es esto. El 14 de abril de 2012, una familia campesina de Coahuila salió de su casa en una camioneta roja para visitar a un familiar. Nunca llegaron a su destino. Durante 12 años permanecieron desaparecidos.

En 2024, un dron encontró su camioneta oculta entre matorrales. Los restos de los padres fueron localizados cerca de ahí, pero los dos hijos, Ramiro y Lucía, siguen desaparecidos hasta el día de hoy. Sabemos que fueron víctimas de violencia. Sabemos que se toparon con las personas equivocadas en el lugar equivocado.

Sabemos que sus vidas fueron arrebatadas injustamente, sin razón, sin sentido, y sabemos que su historia es solo una entre miles. Miles de familias mexicanas que han pasado por lo mismo, que siguen buscando, que siguen esperando, que siguen exigiendo justicia en un país donde la justicia es un lujo que pocos pueden obtener.

La camioneta de los Salazar está ahora en un almacén forense catalogada como evidencia. Eventualmente será destruida o subastada, como ocurre con todos los vehículos que ya no se necesitan en las investigaciones. Pero antes de que eso pase, los familiares pidieron verla una última vez. Uno de los primos de Elisa visitó el almacén.

Se quedó parado frente a la camioneta oxidada durante varios minutos tocando la carrocería con la mano, como si pudiera sentir la presencia de sus seres queridos. Aquí estuvieron”, murmuró. Esta fue la última vez que estuvieron juntos como familia. Y entonces se quebró. Lloró como no había llorado en años, porque después de 12 años finalmente había algo tangible, algo real.

Pero ese algo no traía alivio, solo traía más dolor. La historia de los Salazar es una historia sin final feliz. Es una historia de pérdida, de injusticia, de un sistema que falló, pero también es una historia de resistencia, de una abuela que nunca se rindió, de vecinos que siguieron buscando, de voluntarios que dedicaron su tiempo y sus recursos para ayudar, de personas buenas intentando hacer lo correcto en medio del caos.

Y mientras Ramiro y Lucía no sean encontrados, la historia no terminará. Seguirá ahí como una herida abierta, como un recordatorio de todo lo que está mal, como una exigencia de que algo tiene que cambiar, porque nadie debería desaparecer así. Ninguna familia debería pasar por esto y ningún país debería normalizar el dolor de 100,000 familias buscando a sus seres queridos.

Hay algo profundamente perturbador en las historias que no tienen final, en los casos que quedan abiertos, suspendidos en el tiempo, sin resolución. Porque cuando una historia no termina, tampoco termina el dolor. Y el caso de la familia Salazar es exactamente eso, una historia sin final. Han pasado más de 12 años desde aquella mañana de abril, cuando Héctor, Elisa, Ramiro y Lucía subieron a su camioneta roja y se perdieron en el desierto de Coahuila.

12 años de preguntas sin respuestas, de búsquedas infructuosas, de esperanzas rotas una y otra vez. Y aunque finalmente encontraron la camioneta y los restos de los padres, el misterio sigue sin resolverse completamente. ¿Qué pasó realmente aquel día? Sabemos que se encontraron con personas violentas. Sabemos que fueron detenidos, agredidos, asesinados.

Pero los detalles exactos siguen siendo un misterio. ¿Quiénes eran esos hombres? ¿Qué buscaban? ¿Por qué decidieron matar a una familia inocente que solo iba de visita? Y la pregunta más importante de todas, ¿dónde están Ramiro y Lucía? Fueron asesinados ese mismo día y sus cuerpos enterrados en otro lugar que aún no ha sido descubierto, fueron llevados por los agresores y obligados a trabajar para ellos.

murieron en algún enfrentamiento posterior entre grupos criminales o contra todas las probabilidades siguen vivos en algún lugar sin poder regresar a casa. Nadie lo sabe y es probable que nunca lo sepamos. Esta incertidumbre es lo que hace que casos como este sean tan devastadores, porque no hay cierre, no hay un momento en el que la familia pueda decir, “Ahora sabemos qué pasó.

Ahora podemos comenzar a sanar. En lugar de eso, quedan atrapados en un limbo eterno entre la esperanza y la desesperación. Doña Carmen vivió en ese limbo durante 12 años. Cada día se despertaba preguntándose si ese sería el día en que recibiría noticias. Cada llamada telefónica podía ser la respuesta que tanto esperaba.

Cada vez que tocaban a su puerta, su corazón latía con fuerza, pensando que tal vez, solo tal vez, sus seres queridos habían regresado, pero ese día nunca llegó y murió sin saber qué había sido de sus nietos. Esa es la cruel realidad de las desapariciones en México. No es solo la pérdida, es la incertidumbre, es el no saber.

es vivir cada día con un nudo en el estómago, con la mente construyendo escenarios, algunos esperanzadores,otros aterradores. Es mirar cada rostro en la calle y preguntarse, ¿serás tú? Es mantener la ropa colgada en el closet, los platos en la mesa, la habitación intacta, esperando un regreso que probablemente nunca ocurrirá. Y no es solo la familia Salazar, son más de 100,000 familias en todo México viviendo esa misma pesadilla.

100,000 historias como esta, 100,000 personas que un día estaban aquí y al siguiente ya no. Madres buscando a sus hijos, hijos buscando a sus padres, hermanos, esposos, esposas, todos buscando. ¿Cómo llegamos a esto? La respuesta es compleja y dolorosa. Es una mezcla de crimen organizado descontrolado, corrupción institucional, impunidad sistemática y una sociedad que durante mucho tiempo prefirió mirar hacia otro lado.

Es el resultado de décadas de políticas fallidas, de autoridades que no protegen, de un sistema de justicia que no funciona. En los años en que desaparecieron los Salazar, entre 2011 y 2013, México atravesaba uno de los periodos más violentos de su historia reciente. Los enfrentamientos entre grupos criminales eran constantes. Las rutas rurales se habían convertido en territorios de nadie, donde cualquiera podía ser víctima.

Y las familias campesinas, como los Salazar, quedaban atrapadas en medio de una guerra que no era suya. Ellos no le debían nada a nadie, no estaban involucrados en nada ilegal. Solo querían visitar a un familiar enfermo. Solo querían vivir sus vidas tranquilas, trabajar la tierra, ver crecer a sus hijos.

Pero eso no importó, porque en aquellos tiempos, y tristemente aún hoy, estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, podía costarte la vida. Y lo más terrible es que casos como este rara vez se resuelven. Las estadísticas son desalentadoras. Menos del 5% de las desapariciones en México terminan con alguien siendo juzgado y condenado.

La impunidad es casi absoluta. Los responsables casi nunca pagan por sus crímenes. ¿Quién mató a Héctor y Elisa Salazar? Probablemente nunca lo sabremos. ¿Quién tiene información sobre Ramiro y Lucía? Tal vez alguien lo sabe, pero nunca lo dirá. Porque hablar es peligroso, porque la cultura del silencio está profundamente arraigada, porque en muchas comunidades la ley del más fuerte sigue siendo la única ley que realmente se cumple. Pero no todo es oscuridad.

En medio de tanta tragedia también han surgido cosas hermosas. Colectivos de búsqueda formados por madres, padres y familiares que se negaron a quedarse de brazos cruzados. organizaciones de la sociedad civil que ofrecen apoyo legal, psicológico y logístico. Voluntarios como Daniel que dedican su tiempo y sus recursos para ayudar a encontrar a los desaparecidos.

Estas personas son héroes anónimos, no tienen uniformes, no tienen presupuestos millonarios, muchas veces no tienen ni siquiera el apoyo del gobierno, pero tienen algo más importante. Tienen corazón, tienen determinación y tienen la convicción de que cada persona desaparecida merece ser buscada, merece ser recordada, merece justicia.

El descubrimiento de la camioneta de los Salazar fue posible gracias a uno de estos voluntarios. Sin el dron de Daniel, sin el trabajo del colectivo coordinado por Mónica, la familia probablemente nunca habría encontrado respuestas. Las autoridades ya habían archivado el caso, ya lo habían olvidado.

Fueron los ciudadanos comunes, movidos por la empatía y la solidaridad, quienes hicieron la diferencia. Y eso nos lleva a una pregunta importante. ¿Qué podemos hacer nosotros? Tal vez pienses que no hay nada que puedas hacer, que eres solo una persona, que estos problemas son demasiado grandes, demasiado complejos. Pero eso no es cierto.

Puedes empezar por no olvidar, por mantener vivas estas historias, por compartir la información cuando aparece una persona desaparecida, por estar atento, por reportar si ves algo sospechoso, por apoyar a las organizaciones que trabajan en la búsqueda de desaparecidos, aunque sea con una pequeña donación o compartiendo su trabajo.

Puedes exigir a las autoridades que hagan su trabajo, que investiguen, que protejan, que castiguen a los culpables. Puedes usar tu voz, tu voto, tu presencia en redes sociales para mantener la presión. Porque cuando la sociedad se moviliza, cuando la ciudadanía exige, las cosas pueden cambiar. Y sobre todo puedes elegir no ser indiferente, porque la indiferencia es lo que permite que estas tragedias continúen.

La indiferencia es lo que hace que 100,000 personas desaparezcan sin que nadie se inmute. La indiferencia es el verdadero enemigo. La historia de los Salazar no es excepcional, es trágicamente común, pero precisamente por eso no debe ser olvidada, porque cada nombre, cada rostro, cada historia representa una vida que importaba, una familia que quedó destrozada, un futuro que fue robado.

Héctor Salazar era un hombre trabajador, honesto, que soñaba con ver a sus hijos crecer. Elisa era una madre amorosa que hacía tamales paravender y ahorraba cada peso para darles un futuro mejor a sus hijos. Ramiro era un joven que apenas comenzaba su vida, que ayudaba a su padre en el campo y tenía toda una vida por delante.

Y Lucía era una niña de 11 años, de sonrisa contagiosa, que soñaba con ser maestra. Eran personas, tenían sueños, esperanzas, planes y todo les fue arrebatado en un instante, en un camino polvoriento en medio del desierto. Hoy, más de 12 años después, Héctor y Elisa descansan en un cementerio en Cuatro ciénas.

Tienen una lápida con sus nombres. Tienen un lugar donde sus seres queridos pueden ir a visitarlos, a llevarles flores, a hablarles. Pero Ramiro y Lucía siguen desaparecidos. No tienen tumba, no tienen lápida, no tienen un lugar donde su familia pueda llorarlos. Están en algún lugar, en algún rincón desconocido de este país esperando ser encontrados.

Y mientras no sean encontrados, esta historia no terminará.
La familia Salazar merece justicia. Ramiro y Lucía merecen ser encontrados. Y las más de 100,000 personas desaparecidas en México merecen que no nos rindamos. Gracias por acompañarnos en esta historia. Nos vemos en el próximo