El 15 de abril de 1957, el teléfono sonó en un departamento de la Ciudad de México con la noticia que paralizaría a una nación entera: el avión de Pedro Infante se había estrellado en Mérida. No había sobrevivientes. En ese instante, Irma Dorantes, una joven de apenas 22 años con una hija pequeña en brazos y una comida a medio hacer en la estufa, sintió que el mundo se le venía encima. Creyó que acababa de enviudar. Creyó que su dolor era el de una esposa que pierde al compañero de su vida. Pero Irma no sabía que, para la ley y para los hombres poderosos que rodeaban al ídolo, ella ya no era nadie.

Legalmente, Irma Dorantes había muerto civilmente seis días antes que Pedro.
Esta es la historia que las biografías románticas suelen omitir, la crónica de un despojo calculado y de cómo el sistema judicial mexicano, en complicidad con intereses oscuros, orquestó la “desaparición” de una mujer para proteger el mito y, sobre todo, la fortuna del artista más querido de México.
El Prólogo de una Trampa
Para entender la magnitud de la tragedia, hay que rebobinar la cinta. Irma era apenas una adolescente de 13 años, una extra más en los estudios de cine, cuando conoció a un Pedro Infante de 31 años, ya consagrado, carismático y, crucialmente, casado. La asimetría era total: él tenía el poder, el dinero y la fama; ella, la necesidad y la inocencia. Lo que comenzó como un cuento de hadas donde el príncipe protege a la niña pobre, pronto se convirtió en una jaula de oro construida sobre cimientos de papel mojado.
Pedro, atrapado en un matrimonio infeliz con María Luisa León, buscó desesperadamente una salida. Pero en el México conservador de los años 50, el divorcio no era un simple trámite; era una mancha social. Se dice que aparecieron papeles de divorcio “mágicos” desde Morelos, firmas dudosas y consentimientos que nunca existieron. Sobre esa base endeble, Pedro e Irma se casaron el 10 de marzo de 1953 en Mérida. Irma creyó que el amor finalmente tenía el sello de legitimidad. Se equivocaba.

La Sentencia Silenciosa
Mientras Irma vivía su vida como la señora de Infante en la famosa casa de Cuajimalpa, conocida como “Ciudad Infante”, una guerra se gestaba en los tribunales. María Luisa León no se quedó de brazos cruzados y, armada con la ley, impugnó el divorcio.
El golpe final llegó con una precisión quirúrgica. El 9 de abril de 1957, una semana antes del accidente aéreo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dictó sentencia: el matrimonio de Irma y Pedro quedaba anulado. Era bigamia. Ante los ojos del Estado, Irma Dorantes pasaba de ser la esposa legítima a ser una concubina, y su hija, Irma Infante, se convertía automáticamente en una niña “ilegítima”.
Lo más cruel es que Irma no se enteró por una notificación judicial, sino por la realidad aplastante de los hechos consumados tras la muerte de Pedro. Cuando el ídolo cayó, la protección se evaporó.
El Saqueo de Ciudad Infante

Lo que ocurrió tras el accidente del 15 de abril no fue un duelo respetuoso en la intimidad del hogar. Fue un saqueo. Mientras las estaciones de radio repetían “Amorcito Corazón” y el pueblo lloraba en las calles, en “Ciudad Infante” la escena era de rapiña.
Hombres que no vestían de luto, vinculados al entorno administrativo de Pedro (donde resonaba el nombre de Antonio Matouk), llegaron a la residencia. No buscaban fotos ni recuerdos sentimentales. Levantaron pisos, vaciaron cajas fuertes y revolvieron cajones en busca de lo único que importaba ahora que el mito había muerto: títulos de propiedad, dinero en efectivo y contratos.
Cuando Irma intentó entrar a su propia casa para recoger ropa para su hija, se encontró con las puertas cerradas. La orden fue seca y brutal: “No tienes derecho a estar aquí”. La sentencia del 9 de abril fue el arma perfecta. Sin matrimonio válido, no había herencia. Irma Dorantes recibió cero pesos de una fortuna incalculable, estimada en millones de la época.
La Estigma de la Ilegitimidad
El castigo no se limitó a lo económico. En una sociedad donde la moral pública lo era todo, Irma y su hija fueron marcadas. La niña, que había sido la adoración de Pedro, creció bajo la sombra de un apellido que era a la vez un monumento y una condena.
En la escuela, Irma Infante no era la hija del héroe, era la prueba viviente del pecado. “¿Tú eres la hija de la otra?”, eran murmullos constantes. Irma madre tuvo que blindar a su hija no solo de la pobreza —pues tuvieron que empezar desde cero, trabajando en lo que saliera— sino del juicio público. Mientras el mundo celebraba a Pedro Infante como un santo laico, su verdadera familia (la que él había elegido en sus últimos años) era tratada como un error administrativo que había que borrar.
Dignidad vs. Dinero
Durante décadas, Irma Dorantes guardó silencio. No vendió exclusivas, no se peleó en los programas de chismes, no comercializó su dolor. Rechazó ofertas millonarias para contar “su verdad” porque entendió que para el mercado, su tragedia era solo entretenimiento.
Tuvo que pasar medio siglo para que, en 2007, decidiera escribir un libro, “Así fue nuestro amor”. No lo hizo por venganza, sino por dignidad. Fue un acto de reafirmación: “Yo existí. Yo lo amé. Yo estuve ahí”.
Hoy, a sus más de 90 años, Irma Dorantes es la última testigo de esa época dorada y terrible. Sobrevivió a María Luisa, sobrevivió a los administradores que se enriquecieron con el dinero de Pedro, y sobrevivió al sistema que intentó aplastarla. No se quedó con las mansiones ni con las regalías, pero conservó algo que los ladrones de cuello blanco no pudieron llevarse: la integridad de quien sabe que su amor fue real, aunque un juez dijera lo contrario.
La historia de Irma Dorantes nos obliga a mirar más allá del ídolo de bronce y ver a la mujer de carne y hueso que pagó la factura de la leyenda. Nos recuerda que, a veces, la justicia legal y la justicia moral son dos líneas que nunca se tocan, y que el precio de amar a un mito puede ser la propia identidad.
