El 14 de mayo de 1997, a la medianoche, un escolta llamado Osvaldo Álvarez recogió a una joven de 27 años en su casa de Soacha, un municipio humilde en las afueras de Bogotá, Colombia. La joven se llamaba Doris Adriana Niño García. Era ingeniera de sistemas. Había fundado su propia escuela de computación llamada Escuela Canadiense de Sistemas.
Era bonita. inteligente, trabajadora y estaba perdidamente enamorada del hombre más famoso de Colombia, del hombre que cantaba como nadie, del hombre que llenaba plazas, vendía millones de discos, que era adorado como un dios por todo un país. Del hombre al que llamaban el cacique de la junta. Diomedes Díaz.
Doris Adriana subió al carro de la escolta y fue llevada al apartamento 501 del edificio Plaza de Navarra en el exclusivo sector de Usaquén, al norte de Bogotá. Ahí la esperaba Diomedes. También estaba Luz Consuelo Martínez, otra de las mujeres de Diomedes, que tenía 23 años y estaba embarazada del cantante.
Había licor, había cocaína, había música, había una fiesta como las que Diomedes hacía todas las noches, porque Diomedes no sabía vivir sin fiestas, sin ron, sin cocaína, sin mujeres. Lo que pasó en las siguientes horas dentro de ese apartamento es algo que la justicia colombiana tardó 6 años en determinar, que generó tres sentencias diferentes, que llegó hasta la Corte Suprema de Justicia y hasta la Corte Constitucional y que dividió a Colombia en dos mitades irreconciliables.
Los que creen que Diomedes mató a Doris Adriana y los que creen que fue un accidente. Pero lo que nadie discute, lo que está documentado en los expedientes judiciales y en los informes de medicina legal es lo siguiente. Doris, Adriana, niño, entró viva a ese apartamento a la medianoche y nunca salió viva.
Su cuerpo fue encontrado horas después en el Alto del Zote, una vereda de San Onofre, en el municipio de Cbita, Boyacá, a más de 100 km de Bogotá. Campesinos vieron detenerse un carro blanco en la madrugada. Un hombre sacó un cuerpo del baúl y lo arrojó a unos matorrales al borde de la carretera. Era un paraje glacial, solitario, en medio de la nada.
Las autoridades hicieron el levantamiento del cadáver a las 9 de la mañana, pero no sabían quién era. Le pusieron el nombre de Sandra, la clasificaron como N, como una prostituta de la zona. Le practicaron la necropsia en el Instituto de Medicina Legal de Tunja y dictaminaron que había muerto por sobredosis de cocaína y ordenaron sepultarla en una fosa común.
Así habría terminado la historia de Doris Adriana niño si no fuera por su familia. Su hermano Rodrigo Niño no se rindió. Buscó a su hermana durante semanas. recorrió hospitales, morgues, comisarías, hasta que un mes después encontró su cuerpo en aquella fosa común en Tunja, enterrado con un nombre falso. Y cuando la familia exigió una segunda necropsia, la verdad empezó a salir a la superficie como el cadáver que los escoltas de Diomedes habían intentado enterrar en el olvido.
La segunda necropsia reveló que Doris Adriana no había muerto de sobredosis, había muerto de asfixia mecánica provocada. Alguien le había tapado la boca y la nariz con fuerza suficiente para matarla. Además, el cuerpo presentaba signos de abuso sexual, signos de violencia, señales que la primera necropsia, la que la clasificó como una sobredosis de una prostituta cualquiera, había pasado por alto o había ignorado deliberadamente.
Y así comenzó el caso judicial más escandaloso en la historia de la música colombiana, el caso que destruyó la carrera de Diomedes Díaz, el caso que lo convirtió en un asesino condenado y el caso que increíblemente, absurdamente, inexplicablemente no impidió que Colombia lo siguiera amando. Pero para entender cómo un país entero puede perdonar a un hombre condenado por homicidio, primero tienes que entender quién era Diomedes Díaz antes de aquella noche de mayo.
Porque Diomedes no era simplemente un cantante, era un mito, una religión, un fenómeno que solo puede existir en un país como Colombia. Diomedes Dionisio Díaz, maestre, nació el 26 de mayo de 1957 en la finca Carrizal, corregimiento de la junta, jurisdicción del municipio de San Juan del César en el departamento de la Guajira, Colombia.
Su nombre fue elegido por su madre Elvira en honor a un personaje de la mitología griega, un héroe guerrero que luchó en la guerra de Troya y que era famoso por su valentía y su capacidad de sobrevivir contra todo pronóstico. Pero la vida de Diomedes no empezó como la de un héroe griego, empezó como la de un niño que no tenía absolutamente nada.
Había fundado su propia escuela de computación llamada Escuela Canadiense de Sistemas.