LA ESCLAVA LAVANDERA que almidonó el uniforme militar con SAVIA DE MANZANILLO: ¡Los Ojos Blancos!

LA ESCLAVA LAVANDERA que almidonó el uniforme militar con SAVIA DE MANZANILLO: ¡Los Ojos Blancos!

.
.
.

Dưới el calor espeso de la costa de Veracruz, donde el aire huele a sal y a algodón húmedo, comenzó la historia que todavía se susurra en los portales cuando alguien se queja de que una camisa le arde en el cuello.

La hacienda El Salitral se extendía como una mancha blanca entre manglares y campos resecos. Sus paredes encaladas brillaban bajo el sol implacable, pero detrás de esa claridad vivían sombras antiguas. Allí trabajaba Elena, lavandera desde niña, esclavizada desde que tuvo memoria. Tenía cuarenta y dos años y las manos curtidas por la lejía, el agua hirviendo y el roce constante de la tela contra la piedra. En sus palmas había cicatrices blancas, como ríos secos trazados por el dolor.

El antiguo dueño de la hacienda, antes de morir, había firmado una carta de manumisión a su favor. Tal vez fue remordimiento, tal vez miedo al juicio divino, pero aquel documento sellado por el Registro Civil significaba la libertad. Elena lo guardaba como un tesoro. No sabía leer con fluidez, pero reconocía su nombre y el sello oficial. Ese papel era su vida futura.

Todo cambió cuando el capitán Valeriano Mendizábal tomó posesión del lugar.

Valeriano no era un héroe de guerra. Era un hombre obsesionado con el rango, con las apariencias y con el brillo de los botones dorados de su uniforme. Había comprado la hacienda con dinero que no le pertenecía, fondos desviados del ejército. Su ambición era tan grande como su cobardía. Necesitaba que todo a su alrededor reflejara disciplina y pureza. Sobre todo, su ropa.

El día que descubrió la carta de libertad de Elena, la citó en su despacho. No hubo gritos. Solo el sonido seco del papel al romperse y el crujido de las llamas en el brasero.

—Ahora me perteneces —dijo, mientras el documento ardía.

Elena observó las cenizas volar por la ventana abierta. No lloró. No suplicó. Solo guardó silencio y memorizó la risa del hombre que acababa de robarle el futuro.

Lo que Valeriano no sabía era que había quemado una copia.

El original permanecía escondido en un cofre metálico dentro del doble fondo de su escritorio de caoba. Lo guardaba junto a libros de contabilidad falsificados y fajos de dinero militar. Había conservado la carta auténtica por superstición, temiendo que destruirla del todo le trajera mala suerte.

Elena descubrió la verdad gracias a Nicanor, el arriero. Hombre callado, de mirada honesta, que veía más de lo que decía. Una noche, junto a las caballerizas, le confesó que había visto al capitán ocultar papeles importantes en un compartimento secreto.

—No quemó nada verdadero —murmuró Nicanor—. Solo quiso quebrarte.

Aquella revelación encendió algo más fuerte que la rabia. Encendió un plan.

El capitán exigía que su uniforme blanco fuera el más impecable de todo el puerto. Se aproximaba una revista militar presidida por el coronel Arrieta, un hombre severo que no toleraba escándalos públicos ni desórdenes administrativos.

Valeriano estaba nervioso. Sabía que pronto auditarían las cuentas. Su única defensa era proyectar una imagen intachable.

Elena conocía otro tipo de verdades: las de la tierra.

En los manglares cercanos crecía el manzanillo, llamado por los viejos pescadores el “árbol de la muerte”. Su savia lechosa quemaba la piel; el simple contacto con los ojos podía provocar ceguera. Elena había visto sus efectos en animales y en algún campesino imprudente.

Si el capitán quería un blanco perfecto, lo tendría.

Durante noches enteras se internó en el manglar. Con trozos de cuero protegía sus manos mientras recogía la savia espesa en un cuenco de barro. El líquido tenía un olor agrio y traicionero. Mezcló pequeñas cantidades con almidón de yuca y lo dejó secar hasta formar una costra casi invisible.

Impregnó con esa mezcla el cuello y los puños del uniforme de gala.

El plan era sencillo y terrible: el calor del mediodía y el sudor activarían la toxina. El picor obligaría al capitán a tocarse el rostro. Sus manos llevarían el veneno a los ojos.

La víspera del desfile, Elena planchó la guerrera con precisión casi religiosa. Se cubrió la boca con un paño empapado en vinagre para no inhalar vapores peligrosos. Cuando terminó, el uniforme brillaba como una pieza celestial.

A la mañana siguiente, el aire de San Juan de la Punta vibraba con redobles de tambor. Las tropas formaban en la plaza. El coronel Arrieta inspeccionaba con mirada de acero.

Valeriano apareció montado en su caballo fino, vestido de blanco radiante. El sol arrancaba destellos de la tela almidonada. Sonreía.

Al principio fue solo un leve picor en la nuca. Luego un ardor persistente. El sudor comenzó a empapar el cuello. La savia, seca y dormida, despertó.

Valeriano mantuvo la compostura mientras el coronel hablaba sobre honor y disciplina. Pero el dolor crecía como brasas bajo su piel. Sintió agujas calientes clavándose en el cuello. La tela rígida rozaba y activaba más toxina.

Cuando llevó la mano enguantada a su garganta para aflojar la guerrera, sus dedos se contaminaron. Instantes después, se frotó los ojos.

El grito fue inhumano.

Cayó al suelo retorciéndose, arrancándose el uniforme. Sus ojos comenzaron a nublarse con una opacidad lechosa. Gritaba que lo quemaban vivo. En su delirio mencionó el cofre, el despacho, sus “medicinas”.

El coronel Arrieta ordenó llevarlo al hospital militar y, de inmediato, envió una patrulla a custodiar la hacienda.

Pero el sargento Ortega, cómplice en los desvíos de fondos, comprendió el peligro. Si el cofre era abierto, ambos estaban perdidos. Cabalgó hacia El Salitral con una antorcha en la mano.

Elena, al oír los rumores en la plaza, corrió también. Cruzó el manglar con Nicanor para atajar camino. El barro les llegó a las rodillas. La mula se atascó en arena movediza. Nicanor la obligó a seguir sola.

—Corre. Yo me encargo.

Elena llegó primero a la hacienda. Entró en el despacho prohibido. Encontró el mecanismo secreto. Extrajo el cofre.

En ese instante, Ortega irrumpió y volcó una lámpara de aceite. Las llamas devoraron el escritorio.

El humo llenó la habitación. Elena se escondió tras las cortinas, abrazando el cofre ardiente. Ortega intentaba destruir todo cuando la puerta fue derribada por soldados.

El coronel Arrieta entró entre el humo.

Ortega fue reducido. Elena salió de su escondite y arrastró el cofre hasta los pies del coronel.

—Aquí está lo que busca —dijo, sin arrodillarse.

El incendio fue sofocado a medias. En el patio, el candado cedió bajo una bayoneta. Dentro había dinero, libros falsificados y la carta original de libertad.

El coronel leyó el documento.

—Usted es libre desde hace tres años.

Elena sintió que el mundo se vaciaba de peso.

Poco después llegó la noticia: Valeriano había perdido la vista de forma irreversible. En su delirio confesaba robos y nombres de oficiales implicados. Una lista hallada en el cofre extendía la corrupción hasta altos rangos.

La hacienda fue confiscada. Ortega murió a causa de las quemaduras. Valeriano fue degradado públicamente y condenado a cadena perpetua en la fortaleza de San Juan de Ulúa. Allí, ciego y atormentado, pasó sus últimos años.

Elena no presenció su caída final. Con la carta doblada contra el pecho, abandonó El Salitral al amanecer. Nicanor, con el brazo vendado, la acompañó hasta el camino real.

Caminó hacia la sierra, lejos del mar y del manzanillo. En un pueblo pequeño abrió una lavandería propia. Sus sábanas eran famosas por su blancura, pero jamás volvió a usar veneno alguno.

Había aprendido que la verdad, cuando madura, quema más que cualquier savia.

Y así, cuando en los portales de Veracruz alguien siente que la ropa le arde en el cuello bajo el sol, todavía recuerdan la historia de la lavandera que convirtió un uniforme impecable en el arma más letal contra la arrogancia.