¡HARFUCH CATEA MANSIÓN OCULTA DE ALITO MORENO: SENADOR CORRUPTO Y DIRIGENTE DEL PRI, AUTOS DE LUJO!

Última hora. Harfuch catea la mansión de 500 millones de pesos de Alito Moreno. Una burla descarada al pueblo mexicano. Una mansión escondida en Campeche, comprada con dinero, robado al erario. Sí. Al dinero de las escuelas, de los hospitales, de los que trabajan. 12 agentes encapuchados, rifles en mano, irrumpen a las 11:56 de la noche en uno de los fraccionamientos más exclusivos del país.

Rompen la puerta, entran sin pedir permiso y lo que encuentran al otro lado es grotesco. Un palacio de mármol con candelabros de cristal, pisos climatizados, obras de arte de 50 millones y un sótano que parece sacado de una serie de narcotraficantes. Pero no, no es de un arco, es de Alejandro Alito Moreno, exgobnador de Campeche y actual dirigente nacional del PRI.

En su declaración patrimonial dijo tener casas modestas y terrenos baratos, pero nunca mencionó esta. Una casa con cine privado, albercas climatizadas, elevador interno y una cochera subterránea para 50 autos de lujo. Todo pagado según la fiscalía con contratos inflados, empresas fantasma y dinero triangulado a nombre de su propio hijo.

Un niño de 8 años. Sí, 8 años firmando como dueño de una constructora que recibió 22,000 millones de pesos durante el gobierno de su padre. ¿Dónde estaba esa constructora? en una notaría corrupta que hoy ya no existe. Y el notario huyó a España hace 2 años antes de que pudieran tocarlo. Pero esa noche, la del cateo, todo se vino abajo.

Arfuchi y su equipo de inteligencia financiera lograron lo impensable: rastrear la propiedad oculta a través de un documento escolar, una dirección filtrada por una exdirectora de primaria, una simple hoja que desató el escándalo político más explosivo del sexenio. que no solo encontraron oro, no solo encontraron efectivos o encontraron nombres, fechas y algo más.

Una red criminal que toca jueces, empresarios, policías y exfuncionarios de alto nivel. Y todo está firmado por Alito Moreno. Campeche no dormía. La humedad de diciembre pegaba en la piel como aceite caliente. Los ventanales de la mansión estaban cerrados, las luces apagadas, pero adentro el lujo respiraba solo. Cuatro albercas, una con fondo de piedra volcánica, otra con paredes de cristal templado, una más en el techo junto a un jacuzzi de hidromasaje y al fondo una sala de cine insonorizada con butacas italianas y un proyector de alta gama.

No había nadie, ni guardias, ni cámaras activas, solo los pasos lentos de los agentes caminando por pisos de mármol blanco, mirando cuadros valuados en millones. Era como caminar en el interior de una mentira demasiado perfecta. Afuera, lasurban blindadas esperaban en silencio. La calle, completamente cerrada por el equipo táctico de Harf, parecía detenida en el tiempo.

El cielo anunciaba tormenta y los vecinos, enmudecidos detrás de cortinas caras, solo atinaban a grabar con el celular. El cateo fue autorizado por la Suprema Corte en tiempo récord, menos de 4 horas después del hallazgo que lo cambió todo, porque ese mismo día un reporte de inteligencia financiera llegó a manos de Omar García Harfuch y el resto fue reacción inmediata.

El documento revelaba lo imposible. Una constructora con contratos por 22,000 millones de pesos. Pero no a nombre de Alito, a nombre de su hijo, un niño que en 2016 apenas tenía 8 años. cómo un niño funda una empresa constructora, cómo firma actas notariales y cómo factura miles de millones. La respuesta es simple y brutal, no lo hizo.

Fue usado como prestanombres. Y todos lo sabían. La notaría que firmó los papeles ya no existe. Cerró misteriosamente en 2021. Pero el notario público que autorizó la creación de la empresa huyó a Madrid, España hace exactamente 2 años. No fue un error, fue un escape. Y ahí comenzó todo. Una dirección, un número telefónico en el expediente escolar de uno de los hijos, un pago de colegiatura hecho desde una cuenta de la misma empresa fantasma.

La pista no vino de Hacienda, vino de una exdirectora de primaria. Esa mujer en su declaración dijo una sola frase que heló la sangre de los investigadores. Ningún niño vive ahí. Esa casa nunca recibió a nadie, pero aparecía en todos los documentos. 11:56 de la noche, cielo cerrado, lluvia fina y un silencio que pesaba como plomo en el fraccionamiento.

El convoy llegó sin sirenas, tres suburb negras blindadas con vidrios polarizados. En el asiento trasero de la unidad central, un agente sostenía el sobre con la orden de cateo urgente sellada y firmada por la Suprema Corte. La instrucción era clara. Entren, revisen todo, documenten cada objeto y si hay evidencia, asegúrenla.

12 agentes de élite encapuchados con rifles largos y chalecos tácticos descendieron en formación cerrada. Uno revisó la cerradura, otro colocó un ariete metálico, un tercero cronometró el ingreso. A las 11:58 la puerta principal voló en 1000 astillas. Adentro no había nadie, solo el eco de las botas contra már mol, el zumbido de los sensores apagados y el olor penetrante de madera cara, cuero nuevo y pintura fresca.

El clima artificial hacía parecer que era de día. El aire acondicionado estaba encendido. Las luces se activaban por movimiento. Pero lo que comenzó como un cateo silencioso, pronto se convirtió en otra cosa, porque al ingresar a la oficina privada ubicada al fondo de la mansión, encontraron lo imposible. Un salón rectangular con muros revestidos de caoba, libreros empotrados, un escritorio de diseño italiano y una bóveda escondida detrás de un espejo.

En el centro, un mapa antiguo de Campeche cubierto por una lámina de cristal y debajo del mapa carpetas, decenas con nombres, con firmas, con fechas y con algo más las claves de toda una red de desvío de recursos. El agente que abrió la primera carpeta tembló. Eran actas de adjudicación directa, contratos millonarios, firmas de jueces, empresarios y exfuncionarios del gabinete de Alito Moreno.

Cada documento era una trampa, cada hoja una línea directa al crimen. Y en un cajón del escritorio protegido con huella digital estaba la joya más peligrosa de todas, un diario fechado entre 2015 y 2019 escrito a mano con iniciales, códigos, montos y palabras que pusieron al equipo en alerta máxima.

Entre las anotaciones, una frase subrayada en rojo. La instrucción fue clara, que el dinero regrese disfrazado. Afuera la lluvia se volvió tormenta. La suburbán encendieron luces y Harfush desde su oficina en Ciudad de México recibió el primer informe preliminar. Solo dijo cuatro palabras: “Aquiven protocolo sombra.” Ya.

Mientras los agentes revisaban sala por sala, mientras la lluvia golpeaba los ventanales, como si el cielo también estuviera furioso. Afuera, al otro lado del país, una madre contaba monedas para pagar la colegiatura de su hijo. Doña Gloria gana 3,000 pesos al mes limpiando oficinas en Talpan. Viaja 3 horas al día, come lo que puede y aún así nunca ha fallado con la mensualidad porque según ella lo único que le puede dejar a su hijo es la educación.

Esa misma noche, en la oficina blindada de Alito Moreno, los agentes encontraron pagos por colegiaturas mensuales de 120,000 cubiertos con transferencias desde la cuenta de la empresa fantasma creada a nombre de su hijo. Un niño de 8 años, dueño de una constructora multimillonaria, pagando escuelas de élite mientras miles como Gloria comen arroz con huevo cada noche.

Esa es la violencia que no hace ruido, la que mata por contraste, la queere con cifras frías. En la misma mansión, en el closet de la recámara principal había 14 relojes Rolex, 45 bolsas Luis Viton y un sobre con 2,0000 dólar en efectivo, acomodados como si fueran papeles viejos. En un rincón bajo una alfombra turca, los agentes hallaron 11 lingotes de oro y junto a ellos 345 centenarios envueltos en papel periódico.

Pero lo que rompió a uno de los peritos fue otra cosa. Un dibujo hecho por un niño firmado con crayones como Rafa. En la esquina decía, “Mi papá es el mejor constructor del mundo.” Era el hijo, el mismo que fue usado como fachada, como escudo, como cómplice inocente de un robo institucional. El papel estaba arrugado, guardado entre documentos financieros, como si ni siquiera mereciera un cajón digno.

Porque para quienes mueven millones, los afectos también son utilería. Ese dibujo terminó en una bolsa de evidencia. Y esa imagen, la de un niño dibujando sin saber que su nombre estaba en el acta de una empresa criminal fue lo que más dolió a uno de los agentes. Usaron a su propio hijo para robar.

¿Qué no harían con los hijos de los demás? Esa pregunta quedó suspendida en el aire mientras bajaban al sótano y al bajar lo que vieron ya no se podía ocultar. El sótano era otra mansión debajo de la mansión, piso de granito pulido, luces LED encajadas en el techo y 20 autos de lujo estacionados como si fueran piezas de museo.

Cada uno con placas personalizadas, cada uno pagado con facturas trianguladas desde una misma fuente. Constructora RMC, ese nombre lo cambió todo. La empresa solo operó de 2016 a 2019, exactamente los años en que Alito Moreno fue gobernador de Campeche. El problema no era solo que recibiera contratos públicos. El problema era cuántos y por cuánto.

22000 millones de pesos. Cuatro contratos nada más. Uno para un parque público, otro para rehabilitar unas banquetas, uno más para un puente peatonal y el último para construir topes vehiculares. Sí, topes. 22,000 millones para topes. Cada obra fue facturada por cifras que no resisten auditoría.

Cada pago se hizo por adjudicación directa y cada transferencia fue dividida en partes pequeñas ocultas, entre cuentas de inversión, movimientos bursátiles y fondos controlados desde entidades sin actividad. La ruta del dinero era clara: Gobierno estatal de Campeche, Tesorería de Obra Pública, constructora RMC, cuentas, espejos o fondos privados, compras de lujo, una fórmula repetida hasta el cansancio en la corrupción mexicana, pero esta vez con una anomalía central.

El dueño era un niño y eso es lo que lo hace imperdonable, porque detrás de cada firma había un engaño legal y detrás de cada contrato una simulación validada por funcionarios, jueces y notarios. El notario que firmó el acta de Constitución desapareció en 2023. viajó a Madrid con su familia. Cerró oficinas antes de que alguien pudiera interrogarlo, pero el equipo de Harf ya lo tiene ubicado y el expediente, según fuentes internas, será internacionalizado.

Lo más alarmante fue estos. En la nómina oficial de la empresa aparecían nombres inexistentes, 40 empleados fantasmas con sueldos superiores a 50,000 pesos mensuales, pagados religiosamente cada quincena con dinero público y una dirección fiscal registrada en una bodega abandonada, sin computadoras, sin oficinas.

Solo un letrero viejo que decía, “Se renta.” Así se robó el dinero. Así se construyó el imperio. Así se blindó el crimen bajo capas de legalidad aparente. Y en el centro de todo, un apellido Moreno. Todo parecía encajar. El robo, la empresa, el hijo, la casa, hasta que un detalle rompió el patrón. Una de las carpetas incautadas marcada como contratos ordinarios 004 contenía una hoja suelta, sin membres, sin sellos, sin número de folio, pero con una firma, la de Alejandro Moreno Cárdenas y a un costado escrita a mano una frase escalofriante. Estos pagos se

validan por instrucción directa. Nadie fuera del círculo debe saber. Era una nota dirigida a un exfuncionario de confianza y la letra coincidía, según los peritos caligráficos, con otras escritas de puño y letra por Alito Moreno en documentos oficiales del Congreso. Lo que al principio parecía una empresa fantasma terminó siendo una fachada planificada al detalle.

Los registros revelaron que los pagos de la constructora cubrían no solo lujos personales, sino también cuotas escolares. Vacaciones al extranjero, vuelos en jet privado, asesorías legales en Miami y lo más delicado, campañas políticas. Sí, parte del dinero fue desviado para financiar posicionamientos en medios, redes sociales, encuestas manipuladas y campañas internas del PRI.

Una red de autofinanciamiento político encubierta como empresa de construcción, pagada con dinero público y protegida con el silencio de jueces y operadores financieros. En otra caja fuerte, los agentes encontraron sobres con iniciales. GJJ SLLB, todos vinculados a figuras del aparato judicial en Campeche y junto a ellos copias de cheques, actas de reuniones y una lista titulada Aliados 2019 recursos comprometidos.

El documento contenía nombres de al menos siete personajes políticos y montos altos transferidos en efectivo en sobres o en pagos disfrazados como consultorías. Era la confirmación de algo que México sospecha hace años. La corrupción no se esconde, se organiza y lo que parecía un simple robo era un sistema, una maquinaria, una red que operó sin freno durante años.

Cuando Harfou leyó la transcripción del documento, su gesto cambió. Esto no es un caso más. Es un golpe al corazón de la institucionalidad, dijo. Y en ese momento tomó una decisión que ni su equipo esperaba. Ciudad de México, 5:12 de la madrugada. La luz blanca del despacho rebotaba en las paredes de mármol gris sobre el escritorio de Harf, una carpeta abierta, fotos, transcripciones, evidencia y en el centro la frase escrita por Alito a mano, “Nadie fuera del círculo debe saber.

” Harf no habló durante los primeros minutos, solo observó, respiró profundo, cerró la carpeta y levantó el teléfono directo al despacho presidencial. Necesito una excepción al fuero. Esto no puede esperar. Del otro lado, silencio. Luego una respuesta. Haz lo que tengas que hacer, pero con pruebas irrefutables. En ese momento, Harfuch no dudó.

Convocó a su equipo más cercano. Inteligencia financiera, unidad jurídica, operaciones especiales. La orden fue clara. Vamos a construir un caso que ningún juez corrupto pueda desmantelar. Hoy el Estado responde con toda su fuerza. A las 6:28, el primer borrador del expediente ya estaba siendo digitalizado.

74 hojas con anexos o con declaraciones con pruebas cruzadas, todo firmado, todo sellado, todo en regla. Y al pie del documento, la firma de Omar García Harfuch, no como político, como comandante institucional. Su siguiente paso fue más audaz. solicitó una audiencia extraordinaria con la Suprema Corte para presentar personalmente la solicitud de excepción al fuero.

Sabía que el terreno era peligroso, que los abogados de alito ya se estaban moviendo, que vendrían amparos, recursos, tácticas dilatorias. Pero también sabía algo más. Cuando usas a un niño para lavar dinero, pierdes todo derecho a esconderte tras el fuero. Frente a los medios, Harf dio un mensaje breve, sin rodeos.

Esto no es persecución política, es persecución criminal. y no vamos a ceder ni un metro más. La declaración se volvió viral en minutos, pero adentro, en los pasillos del poder, ya se sentía el temblor, porque lo que se venía no era solo un juicio, era una prueba de fuego para el sistema judicial mexicano.

Y esta vez el expediente no venía desde el Congreso, venía desde el subsuelo de una mansión de 500 m000ones, con pruebas tan claras, tan descaradas, que negarlas sería complicidad. La noticia estalló como dinamita político. A las 8:13 de la mañana, los principales noticieros del país abrieron con la imagen que paralizó a México, un lingote de oro, una carpeta con la firma de alito y una orden firmada por Harfuch.

Los titulares eran contundentes. Cae la fachada de Alito, mansión de 500 millones cateada por corrupción. El PRI al borde del abismo. En redes, el escándalo superó los 2 millones de mensiones en menos de 6 horas, pero en los círculos de poder el temblor fue peor. Senadores, diputados, exgobernadores, todos comenzaron a moverse, a borrar fotos, a revisar cuentas, a consultar abogados.

El PRI emitió un comunicado frío, ambiguo, casi defensivo. Confiamos en el debido proceso y en la honorabilidad de nuestros dirigentes, pero nadie creyó una sola palabra porque las imágenes hablaban solas y las pruebas ya estaban en manos de la Fiscalía General de la República. Al mismo tiempo, en Campeche, la Fiscalía Estatal pidió colaboración a Interpol para localizar al notario desaparecido en Madrid y se anunció una revisión integral de los contratos firmados entre 2015 y 2020.

Una auditoría retroactiva, una cacería institucional. Las primeras consecuencias comenzaron a sentirse de inmediato. Se congelaron cuentas bancarias vinculadas a la empresa Fantasma. Se suspendieron licencias de operación a constructoras relacionadas. Se ordenó el aseguramiento de al menos tres propiedades más vinculadas a familiares de alito.

Pero también hubo miedo. Tres empresarios implicados en los contratos comenzaron a colaborar con la fiscalía a cambio de protección. Uno de ellos, según fuentes internas, entregó una lista de nombres y lo que decía esa lista estremeció a todos porque incluía jueces, incluía exfiscales, incluía incluso a un actual senador. El escándalo ya no era estatal, era federal y el sistema comenzaba a resquebrajarse desde adentro.

Mientras tanto, en la mansión cateada, los peritos aún encontraban evidencia. Registros de pagos a campañas internas, listas de beneficiarios de contratos y en uno de los discos duros, fotografías de fotografías de reuniones privadas con políticos de alto perfil en esa misma casa, rodeados de obras de arte y copas de vino de 20,000 pes.

Era la corrupción con cara, con fecha y con dirección exacta. Y mientras el país digería digería el tamaño del escándalo, el país no hablaba de otra cosa. En los mercados, en los camiones, en los centros de trabajos, en las redes, en las escuelas, en las esquinas, todos repetían la misma frase con rabia contenida.

500 millones y ni siquiera lo escondió. Las imágenes de la mansión con sus autos de lujo, sus lingotes, sus relojes y su oficina blindada se convirtieron en el espejo de una furia colectiva. Porque mientras millones luchan por sobrevivir con salarios de miseria, hay quienes usaron a sus propios hijos para lavar el futuro del país.

Y lo que más dolía no era el dinero, era la burla, la impunidad, el descaro. En la Cámara de Diputados la presión se volvió insostenible. Legisladores de todas las bancadas exigieron un juicio político contra Alejandro Moreno. Organizaciones civiles presentaron denuncias colectivas y en las calles comenzaron a aparecer pintas, frases en muros, en puentes, en bardas de escuelas públicas.

Esa casa es nuestra. Fuero no es perdón que devuelva cada peso. Y al centro de todo una figura serena, firme, inamovible, Omar García Harfuch, porque fue su equipo el que rastreó la pista y fue su análisis el que rompió la fachada, fue su decisión la que encendió el cateo y fue su voz la que dijo frente a millones, “No importa cuántos abogados tenga, no importa cuántos amigos tenga en el poder, esta vez el estado no se va a doblar.” La frase se volvió mural.

tweet video viral. Pero más allá de la retórica, lo que Harfou logró fue algo más profundo, romper el pacto silencioso que permitía a los corruptos esconderse tras trajes caros y discursos patrióticos. Esta vez no se trató de un escándalo pasajero, se trató de un punto de quiebre, un antes y un después, porque lo que se encontró en esa casa y lo que representa es un símbolo, un recordatorio brutal de todo lo que está roto y de todo lo que aún puede repararse.

Mientras tanto, la investigación sigue, los nombres siguen saliendo, los nexos se siguen confirmando y la presión pública ya no se puede contener. Pero la pregunta más dura no es para Alito, es para todos los que sabían y callaron. Porque si un niño de 8 años fue usado como escudo, ¿cuántos más están siendo usados ahora mismo? M.