Durante décadas, la familia Rosario fue vista como un símbolo casi perfecto de unidad en la música caribeña. Sobre el escenario, eran una sola voz, un mismo pulso, una energía contagiosa que convertía cada presentación en una fiesta colectiva.
Pero lejos de las luces y los aplausos, existía otra historia, más compleja, más dolorosa y cuidadosamente guardada.
Hoy, Toño Rosario ha decidido hablar sin rodeos y poner sobre la mesa verdades que incomodan, especialmente aquellas relacionadas con su hermano Francis Rosario y con una ruptura familiar que nunca fue tan simple como el público creyó.

Nacido el 3 de noviembre de 1955 en Higüey, Toño Rosario creció en un hogar marcado por la pobreza material y una férrea disciplina moral.
Su infancia no estuvo rodeada de privilegios, sino de sacrificios cotidianos. Su padre, Ramón Rosario, recorría barrios cantando donde fuera posible para llevar sustento a casa y fue, al mismo tiempo, el primer maestro musical de sus hijos.
Hubo momentos en los que la familia apenas sobrevivía con frutas de temporada y otros en los que fue necesario empeñar la casa para salir adelante.
Toño vendió dulces, lustró zapatos y asumió responsabilidades de adulto siendo apenas un niño. En ese contexto, la música no era un pasatiempo, sino una esperanza concreta.

Los primeros pasos artísticos de los hermanos Rosario ocurrieron en patios, fiestas barriales y celebraciones modestas.
El padre vendió los pocos bienes que tenía para comprar instrumentos usados, convencido de que el talento de sus hijos podía cambiar su destino.
Con el tiempo, ese esfuerzo dio forma a Los Hermanos Rosario, una agrupación que empezó a ganar reconocimiento local y que, gracias al apoyo de un alcalde de la zona, pudo acceder a instrumentos profesionales.
Aquella ayuda marcó un antes y un después, no solo en la calidad musical, sino en la posibilidad real de dejar atrás la miseria.

El ascenso del grupo, sin embargo, estuvo lejos de ser un camino lineal. El 19 de marzo de 1983, durante una fiesta en La Romana, ocurrió el golpe más duro.
Pepe Rosario, considerado el alma creativa y director musical del grupo, falleció tras una discusión fuera del escenario. La noticia cayó como una bomba en la familia.
Toño ha confesado que en ese momento pensaron seriamente en abandonar todo. El duelo, la confusión y el miedo se mezclaron con la sensación de haber perdido el eje que los mantenía unidos.
Solo el respaldo de amigos cercanos y del público permitió que Los Hermanos Rosario se levantaran de ese golpe y continuaran, como una manera de honrar la memoria de Pepe.
Cuando el grupo logró estabilizarse y consolidar su nombre, llegó otra decisión que marcaría a la familia. Toño Rosario optó por separarse y emprender una carrera en solitario.

Para el público, fue un movimiento audaz. Para sus hermanos, una herida profunda. Años de silencio y distancia revelan que aquella elección tuvo un costo emocional enorme.
Toño ha insistido en que no se trató de traición, sino de supervivencia artística. Necesitaba crecer como individuo, explorar su propio estilo y romper con una estructura que sentía cada vez más rígida. Así nació El Cuco, no solo como personaje escénico, sino como declaración de independencia.
El episodio más polémico, sin embargo, tiene nombre propio. Francis Rosario. Durante años se dijo que su salida del grupo obedecía a razones personales o a una supuesta falta de adaptación.
Toño desmiente esa versión simplificada. Según su testimonio, la salida de Francis fue el resultado de tensiones acumuladas durante mucho tiempo.

Diferencias en la visión artística, presiones internas y cambios en la organización del grupo terminaron por desplazarlo.
A medida que Los Hermanos Rosario se profesionalizaban, la disciplina escénica y las reglas se volvieron más estrictas. Para Francis, un artista de naturaleza emocional y espontánea, ese entorno resultó asfixiante.
Toño reconoce que hubo malentendidos profundos y una sensación de engaño que no se relaciona con dinero, sino con la confianza y las expectativas compartidas.
Muchas de esas diferencias se ocultaron deliberadamente para proteger la imagen pública de la familia. Ese silencio, sostenido durante décadas, terminó convirtiéndose en un problema mayor. Lo que pudo resolverse con diálogo se transformó en una fractura difícil de cerrar.

Hoy, cercano a los 70 años, Toño Rosario mira atrás con una mezcla de serenidad y autocrítica. No niega el dolor ni el conflicto, pero sostiene que algunas decisiones fueron necesarias para evitar que los problemas estallaran frente al público.
Para él, la separación permitió que cada miembro encontrara su propio camino y evitó un colapso aún más doloroso.
En la actualidad, Toño lleva una vida más tranquila, acompañado por una pareja que lo respalda y consciente de que la industria musical ya no es la misma.
Sus declaraciones no buscan reabrir viejas heridas, sino cerrar un capítulo marcado por rumores y versiones incompletas. Para los seguidores, es una revelación impactante.
Para la familia Rosario, quizá sea la primera vez que la verdad sale a la luz sin filtros. Y en esa verdad queda expuesto el precio oculto del éxito, cuando la fama no alcanza para curar las heridas más profundas de una familia que hizo historia en la música latina.
