El TRISTE FINAL de PABLO LARIOS: El Mejor PORTERO MEXICANO de la HISTORIA

fue el portero que llevó a México al famoso quinto partido en un mundial. Ostenta el récord de recibir solo dos goles en una Copa del Mundo con la selección. Sus voladas, sus acrobacias bajo los tres palos quedaron marcadas en la memoria de millones, pero todo ese éxito se fue apagando. Tragedias familiares, pérdidas irreparables y un consumo excesivo de drogas lo llevaron a tocar fondo. Más de 20 cirugías de tabique no pudieron reconstruir lo que el dolor ya había destrozado.

Terminó solo, olvidado y murió en el silencio. Esta es la triste historia de Pablo Larios. Para muchos, el mejor portero mexicano de la historia. Pablo Lario Hiwasaki, nació un 31 de julio de 1960 en Zacatepec, Morelos. Su apellido japonés venía de su madre, descendiente de inmigrantes, pero su sangre ardía como la del más aguerrido mexicano. Desde chico supo lo que era ganarse el pan con el cuerpo. Ayudaba a su padre en la tienda de materiales de construcción cargando bultos de cemento entre polvo y calor.

Pablo Larios 🇲🇽 Born: 31.7.60 Died: 31.1.19 Mexico (1983 ...

Su infancia no tuvo lujos ni descanso. Jugaba al fútbol entre piedras y tierra con lo que hubiera y si había que hacerlo descalso, lo hacía sin chistar. No tenía padrinos, ni contactos, ni nadie que le abriera puertas, solo sus reflejos, sus saltos y una rebeldía que no conocía límites. Se pasaba las tardes volando por el aire en canchitas improvisadas, soñando con que algún día alguien se diera cuenta de lo que podía hacer. Su ambición no era ser famoso, era volar.

sacar pelotas imposibles y volar otra vez. En 1980, después de años de insistencia y sacrificios, le dieron su primera oportunidad en el equipo de su tierra, Zacatepec. En el Betusto estadio Coruco Díaz, el mismo que había visto pasar generaciones de futbolistas rústicos y luchadores, debutó como profesional. No era un arquero cualquiera, arriesgaba, jugaba con los pies, salía del área como si fuera un defensa más y volaba como si tuviera alas. En tiempos en que los porteros eran estáticos y conservadores, Larios era una revolución con guantes.

Cada atajada suya era un acto de locura controlada. Se lanzaba contra delantero sin dudar, con un estilo que más tarde muchos le atribuirían a Jorge Campos. Pero fue Pablo quien lo hizo primero. Fue él quien rompió las reglas sin pedir permiso. Y así, desde un barrio humilde entre cemento y tierra, el chico que cargaba bultos se fue abriendo paso hacia el Olimpo del fútbol mexicano. Apenas empezó a tener minutos en Zacatepec, quedó claro que Pablo Larios no era un arquero común.

Tenía algo distinto en la mirada. No solo volaba, lo hacía con rabia, con hambre. Atajaba como si cada pelota fuera la última, como si no pudiera permitirse ni un error. No se tiraba, se lanzaba al vacío. Cada bolada suya parecía una jugada de otro deporte. Era puro instinto, puro espectáculo. Sus lances eran tan exagerados como efectivos. Con una elasticidad brutal, se estiraba hasta lo imposible. Y lo que muchos creían que era show, él lo convertía en seguridad.

Reflejos de felino, agallas de guerrero. Larios hacía lo que otros no se animaban. Salir a cortar centros lejos del área, achicar al borde del suicidio, jugar con los pies cuando eso todavía se consideraba un sacrilegio para los porteros. Fue adelantado a su época y lo pagó con la incomprensión de algunos, pero se ganó el respeto de todos. En 1984, Cruz Azul lo fichó. Ya no era solo una promesa de provincia. Era un fenómeno nacional. En la máquina se volvió ídolo.

Su figura acrobática debajo del arco se volvió parte del paisaje. Con sus manos sostuvo partidos imposibles y no tardó en llegar la llamada que cambiaría su vida para siempre, la de la selección mexicana. El técnico Bora Milutinovic lo eligió como titular indiscutido para el mundial de 1986 y ahí en casa con todo un país encima, Larios no falló. México llegó al anciado quinto partido, los cuartos de final, algo que parecía un sueño eterno para el Tri y gran parte de ese logro se lo deben a él.

En toda la copa solo le hicieron dos goles. Dos. Récord histórico que todavía no ha sido superado por ningún arquero mexicano en mundiales. Fue el guardián del arco en la época más gloriosa del fútbol azteca contra Alemania. En aquel partido inolvidable que terminó en penales, Lario sostuvo el equipo con atajadas milagrosas. voló como siempre, pero ese día lo hizo para todo un país. Después del mundial, su nombre era sinónimo de seguridad, de grandeza. Jugó en Puebla, donde también dejó huella, y más tarde en Toros Nesa, ese club excéntrico que siempre le vino bien a su estilo desafiante.

Nunca fue políticamente correcto, nunca buscó agradar a todos, solo quería defender el arco como nadie más lo hacía. En su mejor momento fue uno de los jugadores mejor pagados de México. Tenía una colección de autos clásicos, más de 60. Vivía con lujos que jamás hubiera imaginado de niño, pero no era ostentoso. Larios seguía siendo el mismo tipo humilde, reservado, que prefería hablar con atajadas. Sus compañeros lo admiraban, sus rivales lo respetaban, la afición lo amaba. En una época sin redes sociales, sin cámaras en cada rincón, Pablo se convirtió en leyenda por lo que hacía en la cancha, no por lo que decía afuera.

Y mientras su carrera subía como un cohete, nadie imaginaba la tormenta que se venía, pero como dice el dicho, todo lo que sube termina cayendo. Y a Pablo Larios, la vida le quitó lo que el fútbol alguna vez le dio. En 1999, ya retirado del profesionalismo, con los guantes colgados y los recuerdos brillando, llegó el primer golpe. Su padre, aquel hombre que lo había enseñado a trabajar desde niño, murió. Y no habían pasado ni dos meses cuando la tragedia volvió a tocar la puerta.

Su esposa también falleció. Dos pérdidas brutales casi seguidas. En silencio, Pablo empezó a apagarse. El arquero que lo había enfrentado todo, penales, delanteros brutales, estadios llenos, no supo cómo parar ese dolor, porque no hay técnica, ni reflejo, ni volada que te salve del vacío que dejan los tuyos cuando se van. Se encerró, se cayó y comenzó a buscar alivio donde nadie lo encuentra. La cosa no terminó ahí. 3 años después, el horror volvió a golpearlo sin piedad.

Su hijo mayor, de apenas 19 años, decidió cruzar el río Bravo como indocumentado para ir a ver a su novia a un concierto en Estados Unidos, pero nunca llegó. El agua se lo tragó, se ahogó y con él se fue una parte del alma de Pablo. Poco después también murió su hermana y como si eso no alcanzara, su hija fue secuestrada. Una seguidilla de golpes imposibles de asimilar. La tragedia no lo soltaba, lo acorralaba, lo destruía. Y así, en silencio, Pablo se rindió ante algo que no se ve en los partidos, pero que destroza igual.

La tristeza. Empezó a consumir cocaína, primero como escape, después como dependencia, luego como condena, lo que el fútbol nunca pudo quebrar. La vida lo hizo pedazos. Porque a veces no hace falta un error en la cancha para perderlo todo. A veces basta con que la realidad te aplaste de golpe y no tengas cómo pararte de nuevo. La dura caída. Después de la muerte de su hijo, algo en Pablo Larios se rompió para siempre. Como si todo lo anterior, la pérdida de su padre, su esposa, la tragedia tras tragedia, hubieran sido golpes que resistió por orgullo, por costumbre.

Pero lo del hijo fue distinto, lo desarmó, lo vació por dentro y a partir de ahí lo que vino fue una caída sin red, un descenso lento pero devastador. Pablo ya no era el arquero que todos recordaban, ni siquiera físicamente. La adicción a la cocaína, que había comenzado como una vía de escape al dolor, se volvió una sentencia. Empezó a consumir cada vez más, sin control. Lo hacía para adormecer la mente, para no pensar, para olvidarse de lo que había perdido.

Pero con cada línea también iba perdiendo otra parte de sí mismo. Su nariz fue el primer aviso de que ya no había vuelta atrás. El tabique nasal colapsó completamente. Se le formó un hueco visible en el rostro y aunque intentó repararlo, las más de 20 operaciones a las que se sometió no lograron devolverle el rostro de antes. No solo estaba desfigurado, estaba marcado, estigmatizado. Ya no era el ídolo del Mundial 86, era el exarquero desfigurado por la droga.

Su imagen en la calle generaba debate. Había gente que lo miraba de reojo. Algunos ni siquiera lo reconocían. Y lo más triste, muchos que lo admiraron también lo juzgaron. Porque así somos. Elevamos a los ídolos para después dejar que se caigan solos. Y en esa soledad la adicción se volvió más fuerte, más cruel, porque ya no la usaba para olvidar. La usaba porque era lo único que le quedaba, su única rutina, su único refugio, el fútbol, los amigos, la familia, el reconocimiento, todo se había ido.

Solo quedaba eso, un polvo blanco que ya no le daba placer, solo dependencia. Algunos intentaron ayudarlo. Hubo gente que lo llamó, que le ofreció apoyo. Pero Pablo no era un tipo de pedir favores. Jamás lo fue. Era orgulloso, callado. Y eso en este tipo de batallas es casi una condena. No daba entrevistas, no pedía perdón, no buscaba lástima, solo caminaba con el rostro vendado, con los ojos tristes y con el cuerpo cada vez más cansado. Intentos de redención.

Cuando parecía perdido, destruido por completo, Pablo Larios hizo algo que sorprendió a muchos. No se rindió. Ya no tenía el físico, ni el rostro, ni la vida que alguna vez conoció. Pero todavía tenía algo que muchos habían olvidado, historia. Y esa historia, aunque marcada por el dolor, podía servir. Así lo entendió, así lo encaró. En los últimos años de su vida, Larios empezó a recorrer escuelas, canchas de barrio, centros comunitarios. Iba a contar su verdad, sin filtros, sin vergüenza, con el rostro lleno de cicatrices y una voz cargada de dolor, pero firme.

No hablaba como un exfutbolista, hablaba como un sobreviviente. Contaba todo. ¿Cómo fue llegar a la cima? Lo que se siente atajar en un mundial, la gloria de escuchar un estadio coreando tu nombre. Pero también contaba el otro lado, el oscuro, el de perder a los tuyos uno por uno, el de la cocaína como refugio, el de las noches interminables, el de las cirugías, el de mirar al espejo y no reconocerse. No buscaba lástima, buscaba conciencia. Si podía evitar que un solo pibe terminara como él, valía la pena exponerse.

Se paraba frente a jóvenes que muchas veces no sabían quién era hasta que empezaba a hablar. Entonces lo entendían todo, porque nadie mejor que él para advertir lo que la droga te arranca. Nadie mejor que alguien que lo tuvo todo y lo perdió por completo. Había algo poderoso en su presencia, en su voz cascada. en su rostro marcado. Era imposible no escucharlo, porque su vida era prueba suficiente de que el infierno existe y de que la fama no te protege de nada.

Los que lo vieron en esas charlas coinciden en lo mismo. No hablaba como víctima, hablaba con responsabilidad. Sabía que había tomado malas decisiones, pero también sabía que el sistema, el entorno, la soledad, la presión, todo había empujado y lo decía. con dolor, con verdad. Por momentos parecía recuperar algo de sí mismo. Aunque el cuerpo ya no respondía como antes, su espíritu volvía a asomar. Era otra vez el Larios valiente, el que no se achicaba, el que se tiraba de cabeza a donde nadie quería meterse.

Y aunque la prensa ya no lo buscaba y los homenajes no llegaban, había una parte de él que parecía en paz porque había encontrado una nueva misión: prevenir, evitar que otros repitieran su historia, no desde el discurso moral, sino desde la experiencia más cruda. No se salvó. pero intentó salvar a otros y eso para un hombre tan roto ya era una forma de redención, el triste final. Finalmente, Pablo Larios murió el 31 de enero de 2019. Tenía apenas 58 años.

Pablo Larios: El mítico portero que sufrió por las ...

La causa fue devastadora. Primero una parálisis intestinal que lo llevó de urgencia al hospital y luego un paro respiratorio terminó de apagarlo. Su cuerpo ya no aguantaba más. Demasiadas operaciones, demasiada lucha, demasiada tristeza acumulada. Estaba cansado y aunque no lo decía, se le notaba. Falleció en Puebla, lejos del ruido de los estadios, lejos de los flashes, lejos del lugar que alguna vez lo tuvo en lo más alto y lo más doloroso. Murió sin gloria, sin homenajes nacionales, sin portadas, sin que el fútbol mexicano reaccionara como debía ante la pérdida de uno de sus arqueros más importantes.

Lo despidieron excompañeros, algunos periodistas que todavía lo recordaban con cariño y unos pocos hinchas fieles. Pero no fue el adiós que merecía, porque estamos hablando del arquero que llevó a México al quinto partido en el Mundial 86, el que tiene el récord de menos goles recibidos por un mexicano en una Copa del Mundo. El que cambió la forma de atajar en este país. Se fue en soledad, como vivió sus últimos años, sin ruido, sin escándalo, sin reconocimiento real.

Un final sin justicia para un tipo que aunque se cayó mil veces nunca dejó de luchar. Y ahora te pregunto a ti, ¿qué viste todo? ¿Que conociste al arquero, al hombre, al caído? ¿Crees que Pablo Larios fue responsable de su caída o simplemente lo dejaron solo cuando más lo necesitaba? Podemos decir que la vida de un futbolista de élite está llena de triunfos, pero también de caídas. Lo verdaderamente importante es ser perseverante y tener metas claras, tal como es el caso de Rafa Márquez, quien tuvo que superar innumerables obstáculos para llegar a la cima.