TESTIMONIO CATÓLICO IMPACTANTE: Tu Dios Imaginario o Yo. Mi Esposo Ateo hoy es Diácono Católico

¿Estás orando por alguien que parece imposible de convertir? Andrea lo hizo durante 3 años. Su esposo ateo la dejó por fanática religiosa. Le dio a elegir Dios o él. Ella eligió a Dios y lo perdió. Pero siguió orando un rosario al día durante 1000 días sin ver ningún cambio. Hasta que una madrugada en una capilla de adoración Dios hizo lo imposible.

Escúchala. Mi nombre es Andrea Beltrán Ruiz. Tengo 34 años. Soy de Guadalajara, Jalisco, y hace 8 años, cuando me convertí al catolicismo, mi esposo ateo me pidió el divorcio. Me dijo, “Elige tu Dios imaginario o yo.” Yo elegí a Dios y perdí a mi esposo. Eso creí porque tres años después, el mismo hombre que me había dejado por fanática religiosa entró a una capilla de adoración eucarística a las 2 de la mañana y ese día Cristo lo encontró.

Hoy mi esposo Ricardo no solo es católico, es diácono permanente. Y nuestra historia es la prueba de que Dios responde las oraciones de formas que nunca imaginamos. Conocí a Ricardo en la universidad en 2010. Yo estudiaba mercadotecnia en ingeniería biomédica. Era brillante, atractivo, seguro de sí mismo.

Y era ateo, no ateo pasivo, ateo militante. Leía a Dawkins, a Hitchens, a Harris. Argumentaba contra la religión con la misma pasión con la que otros la defendían. Yo era católica, bueno, católica de nombre. Bautizaba de bebé, primera comunión a los 9 años y luego nada más. No iba a misa, no rezaba, no pensaba en Dios.

Para mí la religión era algo cultural, no personal. Creía en Dios de la misma forma que creía en la gravedad, algo que existe, pero que no afecta mi vida diaria. Ricardo y yo conectamos inmediatamente. Nos casamos en 2014, cuando yo tenía 22 años y el 24. Fue una boda civil. Yo había sugerido casarnos por la iglesia por tradición, pero Ricardo se negó rotundamente.

No voy a fingir creer en algo para complacer a tu familia, me dijo. Y yo acepté porque en ese momento mi fe no era lo suficientemente importante como para pelear por ella. Los primeros años de matrimonio fueron buenos. Ricardo trabajaba en una empresa de tecnología médica. Yo en una agencia de publicidad ganábamos bien, viajábamos, teníamos todo lo que se supone te hace feliz, un buen departamento, un buen auto, buenas vacaciones, pero había algo que faltaba, un vacío que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.

Lo llenábamos con más trabajo, más compras, más distracciones, pero el vacío seguía ahí. En 2017, cuando yo tenía 25 años, sufrí un aborto espontáneo. Fue devastador. Ni siquiera sabía que estaba embarazada. Tenía 6 semanas y de repente, una noche, dolor intenso, sangrado, hospital, lo siento, no hay apido. Ricardo lo manejó con lógica.

Son cosas que pasan. Es biología. La naturaleza es cruel a veces, pero podemos intentar de nuevo. Y siguió con su vida como si nada. Pero yo no podía. Algo se había roto en mí. Y por primera vez en años tuve un pensamiento que me asustó. Y si ese bebé tenía alma. Y si ahora está en algún lugar.

Y si nunca lo voy a conocer. Ricardo me dijo que eso era pensamiento mágico, que no había alma, que solo había células que dejaron de dividirse, pero sus palabras que buscaban consolarme con lógica, me hicieron sentir más vacía. Un día caminando por el centro de Guadalajara entré a la catedral. No sé por qué, solo entré.

Me senté en una banca y lloré. Lloré por ese bebé que nunca conocí. Lloré por el vacío que sentía. Lloré porque no sabía cómo llenar ese hueco. Una monja se acercó a mí. Era mayor, tal vez de 65 años. Se sentó a mi lado en silencio. Después de unos minutos me preguntó, “¿Puedo orar contigo?” Asentí. Y ella oró. No recuerdo exactamente qué dijo, pero recuerdo que habló con Dios como si fuera una persona real, presente, que nos escuchaba.

Y al final dijo, “Señor, que esta hija tuya sepa que su bebé está contigo, que está en paz y que algún día lo volverá a ver.” Esas palabras me rompieron y me sanaron al mismo tiempo. Empecé a soylozar. La monja me abrazó. Y cuando me calmé, me dijo algo que nunca olvidaré. Hija, Dios te está buscando y creo que hoy te encontró.

¿Cuánto tiempo tienes sin confesarte? 15 años, respondí. ¿Quieres hacerlo ahora? Y sin pensarlo mucho, dije que sí. Ese 12 de marzo de 2018 a las 4:30 de la tarde me confesé por primera vez desde mi primera comunión. Le conté al sacerdote todo. Mi indiferencia hacia Dios, mi matrimonio con un ateo, mi estilo de vida materialista, mi vacío.

Y cuando terminé, él me dio la absolución. Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y sentí algo físico, como si un peso que había cargado durante años se levantara de mis hombros. Salí del confesionario llorando, pero no de tristeza, de alivio, de libertad. Desde ese día todo cambió.

Empecé a ir a misa todos los domingos. Empecé a rezar el rosario, empecé a leer sobre la fe católica y por primera vez en mi vida, Dios no era una idea abstracta, era una persona, alguien que me amaba, alguien que había estado esperándome. Ricardo lo notó inmediatamente. ¿Por qué vas tanto a la iglesia? Me preguntó con tono de preocupación.

Esto es por el aborto, Andrea. No necesitas religión, necesitas terapia. Le expliqué que no era por el aborto. Bueno, el aborto había sido el detonante, pero lo que había encontrado era más grande. Había encontrado sentido, había encontrado paz, había encontrado a Dios. Ricardo se molestó. Andrea, eso es pensamiento mágico.

Dios no existe. La religión es un consuelo para gente que no puede enfrentar la realidad. Tú eres inteligente, no necesitas eso. Pero yo ya no podía volver atrás. Había probado la presencia de Dios y no iba a fingir que no existía para complacer a mi esposo. Los siguientes meses fueron de tensión creciente. Yo iba a misa.

Ricardo se quedaba en casa viendo eso como una fase que pasaría. Yo rezaba el rosario por las noches. Él se burlaba. Le estás hablando a un collar. Intenté compartir mi fe con él sin presionarlo. Le hablaba de lo que estaba aprendiendo, de los padres de la iglesia, de la historia del cristianismo, de la lógica de la fe.

Pero él respondía con argumentos ateos que había memorizado de sus libros. En diciembre de 2018 le propuse que renováramos nuestros votos por la iglesia. Ricardo, nos casamos civilmente, pero ahora mi fe es importante para mí. Quiero que nuestro matrimonio sea un sacramento. Él me miró con incredulidad. ¿Me estás pidiendo que finja creer en tu Dios para validar nuestro matrimonio, Andrea, ya estamos casados legalmente.

Eso es suficiente. No se trata de fingir, le dije. Se trata de reconocer que Dios es parte de nuestra vida, al menos de la mía. Pues de la mía no, respondió Taje. Y si sigues por este camino, va a destruir nuestro matrimonio. Esas palabras me dolieron, pero no me detuvieron. En febrero de 2019, Ricardo me dio un ultimátum.

Andrea, esto tiene que parar. Tu obsesión religiosa está arruinando nuestra relación. Antes éramos un equipo, ahora siento que vivo con una extraña. O dejas esta fase o vamos a tener problemas serios. Le dije que no era una fase, que había encontrado algo real, que no podía simplemente apagarlo como si fuera un interruptor.

Y entonces él dijo las palabras que me destrozaron. Entonces tenemos un problema, porque yo no voy a vivir con alguien que pone a un ser imaginario por encima de su esposo real. En abril de 2019, Ricardo me entregó los papeles del divorcio. Elige, me dijo, tu dios imaginario. Goyó, porque no puedes tener ambos.

Lloré durante días. Amaba a Ricardo. Era mi esposo. Era el hombre con quien había planeado mi vida. ¿Cómo podía elegir entre él y Dios? Hablé con mi director espiritual, un sacerdote jesuita. Le conté todo. Él me escuchó con paciencia y me dijo, “Andrea, entiendo tu dolor, pero no puedes negar a Cristo por salvar tu matrimonio.

Cristo mismo dijo, “El que ama a su esposo más que a mí no es digno de mí. Ora, confía y deja el resultado en manos de Dios. Tomé la decisión más difícil de mi vida.” Le dije a Ricardo, “No voy a firmar los papeles. No voy a pedir el divorcio, porque ante Dios tú sigues siendo mi esposo, pero tampoco voy a renunciar a mi fe.

Así que si tú quieres divorciarte, tendrás que hacerlo tú.” Ricardo firmó los papeles, inició el proceso legal y en junio de 2019 nos separamos. Él se fue del departamento. Yo me quedé y mi mundo se derrumbó. Los siguientes dos años fueron los más oscuros de mi vida. El divorcio se alargó por cuestiones legales. Ricardo quería dividir todo inmediatamente.

Yo no quería firmar nada porque seguía creyendo que Dios podía restaurar nuestro matrimonio. Mis amigas me decían que lo dejara ir. Andrea, él te dejó. Él eligió. Sigue con tu vida. Pero yo no podía porque sabía que el matrimonio ante Dios es indisoluble y seguía amándolo. Así que hice lo único que podía hacer, orar.

Presé el rosario por él todos los días durante 2 años sin falta, incluso cuando no tenía ganas. Incluso cuando me parecía inútil. Incluso cuando Ricardo empezó a salir con otra mujer. Sí, empezó a salir con alguien más. Una colega de su trabajo, también atea, también científica. Cuando me enteré fue como un cuchillo en el corazón, pero seguí orando.

Mis amigas católicas me apoyaban. Andrea, estás haciendo lo correcto. Dios ve tu fidelidad. Pero honestamente, había días en que dudaba, días en que me preguntaba, ¿para qué? Dios realmente va a cambiar a un ateo militante que ya tiene otra novia. Pero algo dentro de mí no me dejaba rendirme. Una voz interior que decía, “Sigue orando.

Confía.” En marzo de 2021, dos años después de nuestra separación, Ricardo terminó con esa mujer. No sé por qué. Él nunca me lo dijo, pero supe por amigos en común que estaba pasando por una crisis. Su trabajo, que siempre había sido su identidad, ya no le daba sentido. Estaba exitoso, bien, pero estaba vacío.

Ese mismo vacío que yo había sentido 3 años antes. El 24 de junio de 2021, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, nuestra parroquia organizó una adoración eucarística nocturna. De 10 de la noche 6 de la mañana. Yo me apunté para el turno de 2 a 3 a. Llegué a las 2 de la mañana. La capilla estaba en silencio.

Solo dos personas más. Me arrodillé ante el santísimo y empecé a rezar por Ricardo como lo había hecho durante 2 años. A las 2:15 de la mañana escuché la puerta de la capilla abrirse. Alguien entró. Por el rabillo del ojo vi que era un hombre. Se sentó en la última banca. No le di importancia. Seguí rezando. Pero a los 5 minutos ese hombre empezó a llorar.

No era llanto silencioso, era soyosos profundos, como si algo dentro de él se estuviera rompiendo. Volteé por instinto y mi corazón casi se detiene. Era Ricardo. Me quedé congelada. ¿Qué hacía él ahí? ¿Cómo había llegado? ¿Por qué estaba llorando? Me levanté lentamente y caminé hacia él. Ricardo, susurré. Él levantó la vista.

Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas. Me miró como si estuviera viendo un fantasma. Andrea, yo no sabía que estabas aquí. ¿Qué haces aquí? Le pregunté. Todavía en Soc. No lo sé, respondió con voz quebrada. Estaba manejando. Son las 2 de la mañana. No podía dormir. Estoy vacío y vi esta capilla con luz encendida y algo me dijo, “Entra.

” Y entré y Andrea sentí algo, algo real, como si alguien me estuviera esperando. Se derrumbó. lloró en mis brazos como un niño y entre soyosos me dijo, “Andrea, tenías razón. He estado vacío durante 3 años. Pensé que eras tú la que necesitaba terapia, pero era yo. He estado huyendo de esto, de él. Y hoy, hoy me alcanzó.

” Esa noche Ricardo se quedó en adoración hasta las 6 de la mañana. No habló mucho, solo se arrodilló ante el santísimo y lloró. Y cuando salimos me dijo, “No sé qué es esto. No sé qué me pasó, pero fue real y necesito entenderlo. Los siguientes meses fueron de acompañamiento. Ricardo empezó a ir a misa conmigo, al principio con escepticismo, pero poco a poco algo cambió.

empezó a hacer preguntas, preguntas honestas, no para debatir, para entender. Leyó a Agustín, a Tomás de Aquino, a Sias Luis, a Scott Hun y cada libro, cada conversación, cada misa lo acercaban más a la fe. El 8 de diciembre de 2021, solemnidad de la Inmaculada Concepción, Ricardo fue recibido en plena comunión con la Iglesia Católica.

Fue bautizado. Su bautismo infantil en una iglesia protestante era válido, pero se bautizó condicionalmente por seguridad, confirmado y recibió su primera comunión. Lloré durante toda la misa porque había orado por esto durante casi 3 años y Dios había respondido. En enero de 2022, Ricardo y yo renovamos nuestros votos matrimoniales en una misa sacramental.

Después de 3 años de separación, de dolor, de oración persistente, Dios restauró nuestro matrimonio. Y no solo lo restauró, lo transformó. Pero Dios no se detuvo ahí. En 2023, Ricardo sintió un llamado al diaconado permanente. Habló con nuestro párroco. Empezó el proceso de formación y el 15 de agosto de 2024, solemnidad de la Asunción, fue ordenado diácono.

Hoy el mismo hombre que hace 8 años me pidió el divorcio por fanática religiosa sirve en el altar. predica homilías, bautiza, bendice matrimonios y lo hace con una pasión que nunca mostró por nada antes. ¿Cómo sucedió? Dios, oración, fidelidad y la Eucaristía. Hace unos meses le pregunté, Ricardo, ¿qué pasó esa noche en la capilla? ¿Qué sentiste realmente? me miró con esa mirada seria que tiene ahora cuando habla de cosas sagradas.

Sentí una presencia, no vi nada. No escuché una voz audible, pero sentí que alguien me decía, “He esperado por ti.” Y supe que era Jesús, el mismo Jesús que yo había negado durante 30 años. Estaba ahí esperándome y me rendí. Mi nombre es Andrea Beltrán Ruiz, tengo 34 años y estoy en paz de haber elegido a Dios sobre mi matrimonio, porque al elegir a Dios no perdí mi matrimonio.

Dios me lo devolvió transformado. Hoy mi esposo no solo es católico, es diácono. Y nuestra historia es la prueba de que cuando oras con fe, aunque parezca imposible, aunque pase tiempo, aunque duela, Dios responde. No siempre como esperamos, sino mejor, mucho mejor. Le expliqué que no era por el aborto. Bueno, el aborto había sido el detonante, pero lo que había encontrado era más grande.

Había encontrado sentido, había encontrado paz, había encontrado a Dios. Las historias reales tienen el poder de transformar vidas. La que acabas de escuchar puede ser el inicio del cambio en la vida de alguien más. Ayúdanos a compartir este mensaje. Dale like si este testimonio resonó contigo. Suscríbete para más historias de transformación y fe.

Comparte con alguien que esté buscando respuestas. Comenta tu propia experiencia abajo. Tu historia también puede inspirar a miles. Gracias por ser parte de esta comunidad de buscadores de verdad. Hasta el próximo testimonio.