Drew Scott, conocido internacionalmente por ser una de las estrellas del exitoso programa *Property Brothers*, ha revelado recientemente detalles inéditos y dolorosos sobre su vida matrimonial con Linda Fan.Durante años, la imagen pública mostraba una pareja perfecta, moderna y equilibrada, pero detrás de esa fachada se escondía una realidad muy distinta: una convivencia marcada por la presión, los silencios incómodos y un infierno emocional que duró más de siete años.
Nacido el 28 de abril de 1978 en Vancouver, Canadá, Drew creció en una granja de caballos en Maple Ridge junto a su hermano gemelo Jonathan y su hermano mayor JD.
Su infancia estuvo marcada por la sencillez y el trabajo duro, valores inculcados por sus padres Jim y Joan Scott.

Desde pequeño, Drew mostró una personalidad observadora, meticulosa y reservada, con una imaginación creativa que lo llevó a soñar con transformar espacios y diseñar planos.
Sin embargo, esas inseguridades tempranas, como ser blanco de burlas por su estatura y ser malinterpretado por su introspección, le hicieron construir una fachada emocional para protegerse.
Esta habilidad para ocultar su verdadero estado de ánimo se volvió crucial cuando comenzó su carrera en la actuación, donde vivió una doble vida: un joven seguro y encantador ante las cámaras, pero lleno de dudas y ansiedad en la intimidad.
Aunque inicialmente su pasión era la actuación, Drew y su hermano Jonathan decidieron cambiar radicalmente de rumbo hacia el mundo inmobiliario y el diseño.
El éxito llegó con *Property Brothers*, un programa innovador que rápidamente se convirtió en un fenómeno cultural a nivel mundial.

En 2010, durante la semana de la moda en Toronto, Drew conoció a Linda Fan, una creativa apasionada por el diseño y el arte.
Desde el inicio, hubo una conexión especial entre ellos, compartiendo intereses y una ética de trabajo intensa.
Sin embargo, lo que parecía una historia de amor perfecta fue, con el tiempo, una prisión de perfección y expectativas.
La relación de Drew y Linda estuvo marcada por una exigencia constante de mantener una imagen impecable.
Cada día debía ser “instagramable”, cada gesto debía tener significado y profundidad.
La espontaneidad desapareció para dar paso a un guion de felicidad continua, que poco a poco fue desgastando la relación.
El matrimonio, celebrado en 2018 en una ceremonia romántica en Italia, ya mostraba grietas invisibles.
Los viajes constantes de Drew por trabajo y la intensa actividad profesional de Linda generaron una falta de tiempo compartido y un desgaste emocional que ambos intentaban ocultar.
En privado, Drew confesaba sentirse agotado y como si estuviera actuando incluso en casa.
La convivencia se volvió una coreografía de silencios incómodos, donde evitar discusiones era prioridad para no romper la imagen pública.

La rutina que adoptaron, aunque al principio parecía saludable, pronto se convirtió en una cárcel de formalismos.
Desayunos programados, meditaciones mecánicas y reuniones planificadas reemplazaron la espontaneidad y el cariño genuino.
Las diferencias fundamentales, como el deseo de Drew de formar una familia y la falta de entusiasmo de Linda por ello, nunca se resolvieron y se convirtieron en fuentes de frustración.
El trabajo se volvió refugio para Drew, quien evitaba enfrentar la crisis emocional en casa.
Linda, por su parte, se volcó en sus proyectos personales y en una búsqueda espiritual intensa, que algunos allegados interpretaron como una forma de evasión.
Los pequeños gestos dañinos —desdén disfrazado de sarcasmo, indiferencia, miradas juzgadoras— fueron acumulándose, causando heridas invisibles pero profundas.
Drew admitió sentirse insuficiente y poco valorado, mientras Linda sentía que Drew se había convertido en un personaje que complacía a todos menos a sí mismo.
La presión emocional tuvo consecuencias físicas y mentales para Drew: insomnio crónico, ansiedad y dependencia de suplementos para dormir.
Linda, por su parte, buscaba paz en el yoga y la meditación, pero con una intensidad casi obsesiva.

La exposición constante en redes sociales, donde Linda cuidaba cada publicación para mostrar una relación ideal, generó tensiones adicionales.
Drew se sentía incómodo con esa exposición forzada y expresó su deseo de ser solo esposo y no socio de contenido, lo que provocó discusiones prolongadas.
En 2024, tras años de sufrimiento silencioso, Drew decidió tomar un retiro en Big Sur, California, donde se enfrentó a sus emociones y escribió un diario honesto sobre su autoengaño y frustraciones.
Este proceso le llevó a una conversación sincera con Linda, en la que confesó su agotamiento y la consideración del divorcio.
Un mes después, Drew hizo pública su verdad en una serie de entrevistas privadas, revelando que su matrimonio no estaba bien desde hacía años.
Este acto de vulnerabilidad sorprendió a sus seguidores y medios, generando tanto apoyo como polémica.
Lejos de derrumbarse, Drew inició un proceso de transformación personal: redujo sus compromisos laborales, retomó actividades creativas olvidadas y comenzó un grupo de apoyo para hombres en crisis matrimonial.
Junto a Linda, iniciaron terapia de pareja, no para salvar el matrimonio de inmediato, sino para sanar heridas y evitar repetir patrones destructivos.
En 2025, Drew se convirtió en un referente de la masculinidad emocionalmente consciente, compartiendo lecciones valiosas sobre la autenticidad, el valor de decir basta y la importancia de la vulnerabilidad.
Tras la confesión pública, Drew decidió mudarse de la casa que compartía con Linda, un espacio que se había convertido en un museo de lo que fue y no pudo sostenerse.
En su nuevo hogar en Santa Bárbara, encontró la paz que necesitaba para reconstruirse y escribir un libro sobre su experiencia.

Actualmente, Drew se dedica a dar charlas sobre salud emocional y lidera una comunidad en línea para compartir historias de rupturas y sanación.
Aunque ha sido vinculado sentimentalmente con una terapeuta, él mismo afirma que está explorando el amor propio sin prisa.
Linda también ha vivido este proceso a su manera, con introspección y sin buscar el espectáculo.
Ha retomado su carrera independiente y ha iniciado un programa de mentoría para mujeres diseñadoras.
Para ella, la separación es una transición necesaria, no un fracaso.
Drew comparte siete lecciones que aprendió tras su colapso matrimonial, entre ellas:
– No todo lo que se construye con amor debe durar para siempre.
– Fingir que estás bien es agotador y nunca engañas a quien vive contigo.
– A veces decir basta es el acto más amoroso que puedes tener contigo mismo.
– No eres menos hombre por llorar, dudar o pedir ayuda.
– Las redes sociales no son terapia, son una vitrina.
– Perdonarte es más difícil que perdonar al otro, pero es lo que realmente te libera.
Estas enseñanzas han resonado en miles de personas y han abierto un espacio para hablar con honestidad sobre las dificultades emocionales, especialmente en hombres.
La historia de Drew Scott no es un cuento de hadas ni una tragedia, sino un retrato humano sobre la complejidad del amor, la importancia de la verdad y el valor de la vulnerabilidad.
Después de años de ocultar su dolor tras una sonrisa perfecta, Drew ha encontrado la fuerza para vivir con autenticidad, aceptando sus cicatrices y construyendo una nueva versión de sí mismo, más libre y en paz.
