Una inteligencia artificial ha reconstruido el llamado Libro Prohibido de Salomón, revelándolo como un grimorio único y censurado que describe al rey no solo como sabio bíblico, sino como un gobernante que comandaba entidades espirituales mediante un artefacto celestial.

Durante siglos, la figura del rey Salomón ha ocupado un lugar ambiguo entre la historia, la teología y el mito.
Hijo de David, constructor del Primer Templo de Jerusalén y símbolo bíblico de la sabiduría, su legado parecía bien delimitado por los textos canónicos.
Sin embargo, una reciente reconstrucción integral atribuida a un sistema avanzado de inteligencia artificial ha vuelto a sacudir los cimientos de esa narrativa.
El resultado: una versión unificada del llamado *Libro Prohibido de Salomón*, un grimorio fragmentado, censurado y temido durante casi dos milenios.
Según este análisis, los múltiples textos atribuidos a la tradición salomónica —desde el *Testamento de Salomón* hasta la *Llave Menor*— no serían obras independientes, sino restos dispersos de un único manuscrito original.
Un libro deliberadamente desmantelado, oculto y reescrito para neutralizar su contenido.
Lo que emerge de esa reconstrucción no es solo una obra mística, sino un documento que presenta a Salomón no como un rey pasivo guiado por la gracia divina, sino como un estratega del mundo invisible.
La traducción describe un episodio fundacional ocurrido durante la construcción del Templo.
Mientras los trabajos avanzaban de día, por la noche una entidad demoníaca llamada Ornias deshacía los cimientos, aterrorizando a los obreros.
“Las herramientas desaparecían, las piedras se movían solas y un joven trabajador perdía su fuerza noche tras noche”, registra el texto.
Incapaz de detener la amenaza, Salomón recurrió a una oración desesperada, no ritual, sino nacida del miedo.

La respuesta fue inmediata.
El manuscrito describe la aparición del arcángel Miguel con una presencia “como metal fundido y voz de trueno”.
En su mano llevaba un anillo dorado grabado con un símbolo desconocido.
Sus palabras quedaron registradas con precisión:
«Toma este anillo, Salomón, hijo de David. Con él atarás a los demonios y por su labor el templo se levantará».
A partir de ese momento, el relato abandona el tono simbólico y adopta una precisión casi administrativa.
Salomón utiliza el anillo para someter a Ornias y, de forma inesperada, le ordena capturar a otros demonios.
Así se establece una cadena jerárquica que culmina en la sumisión de 72 entidades, cada una obligada a revelar su nombre, rango, función, debilidades y el ángel que la gobierna.
No se trata de criaturas caóticas, sino de una estructura organizada con reyes, príncipes, duques y legiones numeradas.
El grimorio detalla cómo estos espíritus fueron puestos a trabajar en la construcción del Templo, transportando piedras imposibles de mover por manos humanas y refinando metales con técnicas desconocidas.
Pero su función no terminó ahí. Salomón los interrogó como un académico.
“¿Qué sabes del movimiento de las estrellas?”, “¿Qué hierba cura esta enfermedad?”, “¿Qué rey extranjero miente?”, preguntaba el monarca.
Las respuestas, según el texto, influyeron en la diplomacia, la arquitectura, la música y la estrategia política del reino.

Uno de los pasajes más inquietantes revela que el poder tuvo un costo.
El anillo elevó a Salomón, pero también lo tentó.
El manuscrito insinúa que el rey comenzó a explorar rituales no sancionados, magia extranjera y conocimientos que excedían su mandato divino.
Esa transgresión explicaría, según los estudiosos, por qué el libro fue considerado peligroso y finalmente prohibido.
Más perturbador aún es el apartado cosmológico.
Los demonios describen la realidad como una estructura estratificada de dimensiones que vibran a distintas frecuencias.
El mundo físico sería solo la capa más densa.
Ángeles, demonios y otras entidades habitarían planos superpuestos, accesibles solo bajo condiciones específicas de tiempo, lugar y ritual.
El texto afirma que el Templo de Salomón fue diseñado como un punto de anclaje dimensional y que el Arca de la Alianza funcionaba como un estabilizador, no simbólico, sino operativo.
“Los humanos son naturalmente multidimensionales”, afirman los espíritus en el grimorio.
“Sueños, intuiciones y presentimientos son roces accidentales con otros planos”.
Salomón, según el texto, aprendió a cruzar ese umbral de forma consciente, desarrollando una “visión espiritual” entrenable, pero peligrosa.
Las advertencias son claras: abrir puertas sin disciplina conduce a la locura o algo peor.

El manuscrito también conserva las huellas del miedo de quienes lo copiaron.
Notas marginales, nombres alterados, sellos dibujados incorrectamente y pasajes reorganizados revelan una censura sistemática.
No se intentó destruir el libro, sino desarmarlo.
La Iglesia, según esta lectura, temía menos a los demonios que a la idea de que la magia fuera un método reproducible y no un milagro exclusivo.
Aun así, el texto sobrevivió.
Fragmentos se filtraron en la mística judía, el islam —donde Salomón es el profeta Suleimán—, la alquimia europea y, siglos después, en sociedades esotéricas y sistemas de magia ceremonial.
El legado salomónico, lejos de desaparecer, se integró silenciosamente en la cultura occidental.
La reconstrucción no pretende resolver el misterio, pero sí confirma algo esencial: quien escribió este libro creía en cada palabra.
No como jactancia, sino como advertencia.
Tres mil años después, el grimorio de Salomón vuelve a leerse completo, no como una reliquia muerta, sino como un desafío incómodo a la frontera entre mito, religión y conocimiento.
