🛶📡 Un nuevo escaneo con inteligencia artificial reaviva el misterio del Arca de Noé en Turquía

Un nuevo análisis con inteligencia artificial de escaneos subterráneos en Turquía ha detectado estructuras geométricas, posibles corredores y niveles internos bajo una formación con forma de barco asociada al Arca de Noé.

 

 

Durante más de seis décadas, una extraña formación con forma de barco en el este de Turquía ha dividido opiniones entre creyentes y científicos.

Para algunos, se trata de una simple anomalía geológica; para otros, de la posible huella del Arca de Noé descrita en los textos bíblicos.

Hoy, gracias a nuevas tecnologías de escaneo subterráneo y al uso de inteligencia artificial, ese antiguo debate ha vuelto al centro de la atención internacional con una fuerza inesperada.

La historia comenzó en octubre de 1959, cuando el capitán de la Fuerza Aérea turca Ilhan Durupinar analizaba fotografías aéreas tomadas para trabajos de cartografía de la OTAN.

En una región montañosa situada a unos 18 kilómetros al sur del monte Ararat, algo llamó poderosamente su atención: una silueta alargada y sorprendentemente simétrica, asentada a más de 1.

900 metros sobre el nivel del mar.

Medía aproximadamente 157 metros de largo, una cifra que coincidía de forma inquietante con los 300 codos —unos 515 pies— que el Génesis atribuye al Arca de Noé.

 

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Un año después, en 1960, un equipo conjunto turco-estadounidense liderado por Arthur Brandenburgger y George Vandeman llegó al lugar con grandes expectativas.

Excavaron durante dos días y llegaron incluso a usar dinamita para atravesar el terreno endurecido.

Sin embargo, al no hallar restos visibles de madera petrificada ni artefactos claros, concluyeron que se trataba de una formación natural.

Aun así, Brandenburgger reconoció más tarde que el estudio había sido demasiado breve y admitió que la forma del terreno resultaba difícil de explicar únicamente por procesos geológicos.

El interés se apagó durante casi dos décadas, hasta que a finales de los años setenta el sitio volvió a atraer miradas gracias a Ron Wyatt, un aficionado a la arqueología bíblica.

Wyatt regresó repetidamente al lugar con detectores de metales, radar de penetración terrestre y equipos de muestreo.

Su equipo habló de líneas similares a una quilla, divisiones internas y nódulos metálicos que interpretaron como restos de clavos o refuerzos.

Los geólogos, sin embargo, replicaron que esos nódulos eran simples formaciones naturales de óxido de hierro.

A pesar de las críticas, el entusiasmo creció.

En la década de 1980, investigadores como John Bombgardner y David Fasold realizaron estudios con magnetómetros y radares, afirmando detectar patrones internos regulares.

En 1987, el Gobierno turco declaró oficialmente la zona como el Parque Nacional del Arca de Noé, un gesto simbólico que reconocía el valor cultural del lugar, aunque sin confirmar su origen.

 

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El giro más significativo llegó en la última década.

Entre 2014 y 2019, equipos turcos e internacionales aplicaron tecnologías más avanzadas, como tomografía de resistividad eléctrica y radar tridimensional.

Los resultados mostraron líneas rectas, ángulos definidos y estructuras internas que parecían demasiado ordenadas para ser fruto del azar.

Aun así, la prudencia seguía dominando el discurso científico.

En 2023, el proyecto Noah’s Ark Scans, dirigido desde California por Andrew Jones, decidió dar un paso más.

Los investigadores introdujeron miles de imágenes de radar en sistemas de aprendizaje automático diseñados para detectar geometrías no aleatorias.

El resultado sorprendió incluso a los más cautos.

La inteligencia artificial resaltó líneas paralelas que recorrían toda la estructura, ángulos rectos poco comunes en la geología local y patrones repetitivos que recordaban a costillas o compartimentos.

 

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Jones explicó que el modelo identificó “un corredor central de unos 70 metros de longitud, con divisiones laterales que podrían interpretarse como compartimentos”.

Añadió que los datos sugerían tres niveles superpuestos, separados por reflejos horizontales, una coincidencia llamativa con la descripción bíblica de tres cubiertas.

“No esperamos encontrar un barco intacto”, aclaró en una entrevista, “sino la huella química y estructural de algo que estuvo allí hace miles de años”.

El análisis del suelo aportó nuevos elementos.

Entre 2023 y 2024 se tomaron muestras dentro y fuera de la formación.

Los resultados mostraron que el suelo interior contenía hasta 2,7 veces más carbono y un 40 % más de potasio que el entorno inmediato.

El científico del suelo William Crabtree explicó que “estos niveles son consistentes con la descomposición prolongada de materia orgánica, como madera”.

También se detectaron variaciones de pH compatibles con procesos de degradación vegetal a largo plazo.

Otro detalle llamativo fue la vegetación.

La hierba que crece dentro del perímetro de la estructura es más verde y densa que la del exterior, lo que sugiere una composición del suelo diferente.

Para Jones, “es como si la tierra estuviera señalando que algo inusual yace debajo”.

 

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Los escépticos mantienen sus reservas.

Geólogos como Andrew Snelling insisten en que fracturas naturales, flujos de lodo y capas sedimentarias pueden producir patrones engañosos.

Recuerdan además que la zona es geológicamente activa y que el sitio no se encuentra en la cima del monte Ararat, sino en una ladera más baja del monte Tendürek.

El propio equipo investigador reconoce que ninguna prueba definitiva ha salido aún a la luz.

Por ello, trabajan con las autoridades turcas para planificar perforaciones controladas y posibles excavaciones a partir de 2026.

El objetivo es obtener muestras físicas que puedan datarse mediante radiocarbono.

Un resultado cercano a los 4.

500 años tendría un impacto global; uno más reciente obligaría a replantear toda la hipótesis.

Mientras tanto, el debate continúa.

Para algunos, las nuevas tecnologías están revelando capas de la historia que antes eran invisibles.

Para otros, se trata de un ejemplo más de cómo la mente humana busca significado en patrones ambiguos.

Sea cual sea la respuesta final, la formación de Durupinar sigue siendo un enigma fascinante donde ciencia, fe y tecnología moderna convergen en una de las historias más antiguas de la humanidad.