En el verano de 1997, la ciudad de la paz bullía con la energía de finales de año. Las calles empedradas del centro histórico se llenaban de vendedores ambulantes que ofrecían textiles coloridos y artesanías, mientras el aroma a salteñas recién horneadas flotaba en el aire fresco de la mañana. Pero para la familia Cordero ese diciembre no traería celebraciones, sino una pesadilla que duraría casi dos décadas. Ana Lucía y Valeria Cordero, primas de 13 y 14 años respectivamente, habían sido inseparables desde la infancia.
Ana Lucía, la menor, era una niña de cabello negro lacio que le caía hasta la cintura y ojos oscuros llenos de curiosidad. Valeria, apenas un año mayor, tenía rasgos más delicados y un lunar distintivo bajo el ojo izquierdo. Ambas compartían la misma risa contagiosa que resonaba en la casa de la abuela Carmen en el barrio de Sopocachi, donde se reunía toda la familia cada domingo. El 18 de diciembre de 1997 las primas salieron de la casa de Ana Lucía alrededor de las 3 de la tarde.
Le dijeron a la madre de Ana Lucía, Rosa Cordero, que irían al mercado lanza a comprar cintas para el cabello para la fiesta de Navidad de la escuela. Rosa les dio algunos billetes arrugados y les advirtió que regresaran antes de que oscureciera.
Las niñas caminaron juntas por la avenida Arce riendo y planeando cómo decorarían sus uniformes escolares para la fiesta. Varios vecinos las vieron pasar frente a la panadería de don Héctor, quien más tarde recordaría haberlas saludado cuando entraron a comprar un pan de queso para compartir. Era una tarde como cualquier otra en La Paz, con el cielo despejado y el imponente Ilimani custodiando la ciudad desde la distancia. Pero Ana Lucía y Valeria nunca llegaron al mercado lanza. Cuando las 6 de la tarde llegaron y la oscuridad comenzó a cubrir las calles empinadas de la paz, Rosa Cordero empezó a preocuparse.
Llamó a su hermana Marta, la madre de Valeria, quien vivía a pocas cuadras de distancia. Ninguna de las dos había visto a las niñas desde que salieron. A las 7 de la noche, con el pánico creciendo en sus pechos, ambas madres salieron a buscarlas. recorrieron el camino hacia el mercado, preguntando a cada vendedor, a cada transeunte si habían visto a dos niñas con las descripciones de sus hijas. Algunos recordaban haberlas visto caminando juntas, pero nadie sabía hacia dónde habían ido después.

A las 9 de la noche, Rosa y Marta llegaron a la estación de policía de Sopocachi con los ojos hinchados de tanto llorar. El oficial de guardia, un hombre de mediana edad con el uniforme impecable, les dijo que debían esperar 24 horas antes de presentar una denuncia formal de desaparición. Probablemente se fueron a casa de alguna amiga y se les olvidó avisar. Dijo con tono condescendiente que hizo que la sangre de Rosa hirviera de rabia e impotencia.
Pero las madres sabían que algo terrible había pasado. Ana Lucía y Valeria eran niñas responsables, criadas, con valores fuertes y respeto hacia sus familias. Jamás harían algo así. Esa noche ninguna de las dos durmió. Se quedaron despiertas sentadas en la sala de la casa de Rosa, tomando té de coca mientras miraban fijamente la puerta, esperando que en cualquier momento sus hijas entraran riendo, explicando algún malentendido inocente. Al día siguiente, con las primeras luces del amanecer, presentaron la denuncia oficial.
El caso fue asignado al detective Ramiro Salazar, un hombre de 45 años con décadas de experiencia en la policía de La Paz. Salazar tenía una reputación de ser minucioso y dedicado, pero también realista sobre las posibilidades de encontrar a personas desaparecidas en un país donde los recursos policiales eran limitados y los casos se acumulaban sin resolverse. Las primeras semanas de la investigación fueron frenéticas. Salazar y su pequeño equipo entrevistaron a todos los que pudieron encontrar que hubieran estado en la zona ese día.
Don Héctor, el panadero, confirmó que las niñas habían comprado pan alrededor de las 3:30 de la tarde. Una vendedora de flores en la esquina de la avenida Arce recordó haberlas visto hablando con un hombre cerca de una camioneta blanca, pero su descripción era vaga. un hombre normal, ni muy alto ni muy bajo, quizás de 30 años con gorra. Ese testimonio hizo que la sangre de las madres se congelara. Salazar inmediatamente amplió la búsqueda poniendo carteles con las fotos de las niñas en cada esquina de la paz.
Las imágenes mostraban a Lucía y Valeria sonriendo en la última fiesta de cumpleaños de la abuela Carmen, apenas dos meses antes de su desaparición. Bajo las fotos en letras grandes y rojas decía: “Desaparecidas. Si tiene información, comuníquese con la policía. Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Rosa y Marta se convirtieron en sombras de sí mismas. Rosa dejó su trabajo en una tienda de telas para dedicarse completamente a buscar a su hija. Marta, quien trabajaba limpiando casas, apenas podía concentrarse en sus tareas.
Ambas recorrían las calles de La Paz todos los días, mostrando fotos, preguntando, rogando por cualquier información. La familia Cordero se unió en el dolor. La abuela Carmen, una mujer de 70 años que había criado a seis hijos en la pobreza del Alto antes de mudarse a Sopocachi, organizaba rosarios todas las noches en su casa. Decenas de vecinos y familiares se reunían para rezar por el regreso seguro de las niñas. La pequeña sala de la abuela se llenaba de voces, murmurando ave marías mientras las velas parpadeaban proyectando sombras danzantes en las paredes pintadas de azul claro.
El hermano menor de Ana Lucía, Óscar, de apenas 9 años, no entendía completamente lo que había pasado. Preguntaba cada noche cuándo regresaría su hermana y Rosa no sabía qué responderle. ¿Cómo le explicas a un niño que su hermana podría no volver nunca? ¿Cómo mantienes la esperanza cuando cada día que pasa hace que esa esperanza se sienta más como una mentira cruel? El detective Salazar seguía trabajando en el caso, pero la falta de evidencia concreta lo frustraba profundamente.
No había cuerpos, no había testigos confiables del secuestro, si es que había sido un secuestro. No había demandas de rescate. Las niñas simplemente se habían desvanecido como el humo en el aire enrarecido de la paz. Seis meses después de la desaparición, Salazar recibió una llamada anónima. Una voz de mujer, temblorosa y asustada le dijo que había visto a dos niñas que coincidían con las descripciones de Ana Lucía y Valeria en una casa en el Alto, específicamente en la zona de Villa Dolores.
La mujer no dio su nombre ni más detalles antes de colgar abruptamente. Salazar organizó un operativo inmediato. con un grupo de cinco oficiales llegó a la dirección aproximada que la llamante había mencionado. Villa Dolores era un laberinto de casas de ladrillo sin terminar, calles sin pavimentar y una pobreza que golpeaba como un puñetazo en el estómago. Pasaron horas tocando puertas, interrogando a residentes, pero no encontraron nada. Nadie había visto a las niñas, nadie sabía nada o nadie quería hablar.
Rosa y Marta, que habían esperado afuera durante el operativo con los corazones en las gargantas, se derrumbaron cuando Salazar salió negando con la cabeza. Marta cayó de rodillas en la tierra roja del alto y gritó hasta quedarse sin voz. Rosa la abrazó y ambas lloraron abrazadas mientras el viento frío de la altitud azotaba el rostro. Los años comenzaron a pasar con una lentitud dolorosa. 1998 llegó y se fue sin noticias. Luego, 1999, el nuevo milenio llegó con fuegos artificiales y celebraciones en la paz, pero para la familia Cordero fue solo otro año sin sus niñas.
Salazar seguía revisando el caso ocasionalmente, pero nuevos casos llegaban constantemente y los recursos eran cada vez más escasos. Rosa desarrolló un ritual. Cada 18 de diciembre, en el aniversario de la desaparición caminaba la ruta que sus hijas habían tomado ese día fatídico, desde su casa hasta la panadería de don Héctor, luego por la avenida Arce. Se detenía en cada lugar donde alguien las había visto. Cerraba los ojos y trataba de sentir su presencia, de entender qué había pasado.
Era una forma de mantenerlas vivas, de no dejar que el mundo las olvidara. Marta tomó un camino diferente. Se sumó en grupos de apoyo para familiares de personas desaparecidas. Descubrió que había docenas, cientos de familias en Bolivia. viviendo la misma pesadilla. Juntos organizaban marchas, exigían mejor investigación policial, presionaban a los políticos, pero la realidad era clara. En un país con recursos limitados y problemas sociales profundos, las personas desaparecidas rara vez reaparecían. Para 2005, 8 años después de la desaparición, Rosa había envejecido 20 años.
Su cabello, que antes era negro azabache como el de su hija, ahora estaba completamente gris. Líneas profundas surcaban su rostro, marcas del dolor interminable. Óscar, ahora un adolescente de 17 años, había crecido con la sombra de su hermana ausente sobre cada momento de su vida. Era callado, introspectivo, como si una parte de él también hubiera desaparecido ese día de diciembre. La abuela Carmen murió en 2007, a los 80 años, sin saber qué le había pasado a sus nietas, en su lecho de muerte con la familia reunida alrededor.
Sus últimas palabras fueron: “Cuiden a las niñas cuando regresen.” Rosa y Marta se aferraron a esas palabras como un salvavidas. Cuando regresen, no, si regresan. La abuela había mantenido la fe hasta el final. El detective Salazar se jubiló en 2010. En su último día de trabajo, llamó a Rosa y Marta a su oficina. Les entregó una caja con copias de todo el expediente del caso, entrevistas, fotos, reportes. No pude encontrarlas. Les dijo con voz quebrada. Y por primera vez en 13 años las mujeres vieron lágrimas en los ojos del viejo detective.
Pero alguien más puede. No dejen que este caso se cierre. No dejen que las olviden. Para 2014, 17 años después de la desaparición, la mayoría de la gente en el barrio había olvidado o simplemente había aceptado que Ana Lucía y Valeria Cordero nunca regresarían. Pero Rosa y Marta no podían rendirse. Ahora ambas en sus 50, con cuerpos cansados y espíritus agotados seguían buscando. Habían puesto anuncios en periódicos en toda Bolivia. Habían contactado organizaciones internacionales de búsqueda de personas desaparecidas.
Habían hablado con psíquicos, curanderos, cualquiera que prometiera ayuda. Aunque Rosa sabía en el fondo que muchos solo querían aprovecharse de su desesperación. Fue en marzo de 2014 cuando todo cambió. Rosa recibió una llamada de una trabajadora social en Cochabamba, a cientos de kilómetros de La Paz. Señora Cordero”, dijo la mujer con voz cuidadosa, “creo que hemos encontrado a su hija.” Las palabras golpearon a Rosa como un rayo. Por un momento no pudo respirar, no pudo pensar. “¿Qué logró decir finalmente?” Su voz apenas un susurro.
Una mujer joven llegó a un refugio aquí en Cochabamba hace tr días, explicó la trabajadora social. Está muy perturbada, no habla mucho, pero llevaba una identificación vieja. El nombre es Ana Lucía Cordero y la foto, aunque vieja, se parece a ella. Creemos que podría ser su hija. Rosa no recuerda cómo llegó de la Paz a Cochabamba. El viaje de 6 horas en autobús fue un borrón de lágrimas, oraciones y una esperanza tan intensa que dolía físicamente. Marta viajó con ella, aferrándose a su mano con tanta fuerza que después Rosa tendría moretones.
Llegaron al refugio al anochecer. Era un edificio modesto en las afueras de Cochabamba, pintado de amarillo pálido, con rejas en las ventanas y un pequeño jardín en el frente. La trabajadora social, una mujer joven llamada Patricia, las recibió en la entrada. Antes de que la vean, dijo Patricia con voz gentil, pero firme. Necesito prepararlas. Esta mujer está profundamente traumatizada. No ha hablado mucho desde que llegó. Y hay algo más. Patricia pausó como si estuviera buscando las palabras correctas.
Ella insiste en que no es Ana Lucía Cordero. Dice que ese no es su nombre. Rosa sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies. ¿Qué quiere decir con que no es su nombre? Tiene su identificación, ¿verdad? Sí, pero ella dice que la identificación no es suya, que se la dieron. Es complicado, señora Cordero. Solo les pido que sean pacientes con ella. Patricia las guió por un pasillo estrecho con paredes pintadas de verde claro. Pasaron por una sala común donde varias mujeres miraban televisión, sus rostros marcados por historias que Rosa prefería no imaginar.
Finalmente, Patricia se detuvo frente a una puerta cerrada. “Está aquí”, dijo tocando suavemente la puerta antes de abrirla. La habitación era pequeña y simple, una cama individual, una silla, una ventana con cortinas azules y en la cama, sentada con las piernas cruzadas y la espalda contra la pared, había una mujer joven. Rosa se quedó congelada en la entrada. La mujer tenía alrededor de 30 años. Su cabello negro, que alguna vez debió ser largo y lacio como el de An Lucía, estaba cortado desigualmente a la altura de los hombros.
Su rostro era más delgado de lo que Rosa recordaba, con pómulos pronunciados y ojos que habían visto demasiado. Había cicatrices pequeñas en sus manos y brazos, marcas que contaban historias silenciosas de dolor. Pero esos ojos, Rosa conocía esos ojos eran los ojos de su hija. “Ana Lucía”, susurró Rosa dando un paso vacilante hacia la cama. La mujer la miró sin expresión, como si estuviera viendo a través de ella, en lugar de verla directamente. “Mi nombre es María”, dijo con voz monótona, casi mecánica.
“No conozco a Ana Lucía”. Rosa sintió que sus piernas cedían y Marta tuvo que sostenerla. “Mi amor, soy yo, tu mamá”, dijo Rosa, y las lágrimas comenzaron a caer libremente por sus mejillas. “He estado buscándote durante 17 años.” La mujer parpadeó lentamente sin cambiar su expresión. Mi madre murió cuando yo era pequeña. No te conozco. Marta se acercó también buscando algo familiar en el rostro de la mujer. Valeria, ¿está Valeria contigo? Por favor, necesitamos saber. Por primera vez algo pareció cambiar en los ojos de la mujer.
Un destello de algo, miedo, confusión. cruzó su rostro antes de que se cerrara de nuevo. No conozco a ninguna Valeria, están confundidas. Yo soy María, solo María. Patricia intervino suavemente. Señoras, creo que es mejor que descansen esta noche. Pueden quedarse en el hotel cercano y regresar mañana. Esto va a tomar tiempo. Esa noche, en una habitación de hotel barata que olía humedad y desinfectante, Rosa y Marta no durmieron. Se quedaron sentadas en una de las camas, aferradas la una a la otra, tratando de procesar lo que habían visto.
Era ella, dijo Rosa una y otra vez como un mantra. Lo sé. Vi sus ojos. Eran los ojos de mi hija. Marta no estaba tan segura. Pero, ¿por qué negaría ser Ana Lucía? ¿Por qué diría que su nombre es María? No lo sé, admitió Rosa. Pero vamos a descubrirlo. No la perdí una vez para perderla de nuevo. Durante los siguientes días, Rosa y Marta visitaron el refugio cada día. La mujer que decía llamarse María, se mantenía distante, repitiendo la misma historia.
Su nombre era María. Había crecido en Sucre. Su madre había muerto cuando era pequeña. No conocía a nadie llamado Ana Lucía o Valeria. Pero había contradicciones en su historia, detalles que no encajaban, momentos en que parecía olvidar lo que había dicho antes. Patricia les explicó que esto era común en víctimas de trata de personas o secuestro prolongado. A veces les hacen un lavado de cerebro tan profundo que realmente creen la nueva identidad que les dieron. O tal vez es un mecanismo de defensa.
Si ella acepta ser Ana Lucía, tiene que aceptar todo lo que le pasó desde que desapareció. Rosa contactó a la nueva detective asignada al caso, una mujer joven llamada Elena Torres. Torres ordenó pruebas de ADN inmediatamente. “En dos semanas tendremos respuestas definitivas”, les dijo. Esas dos semanas fueron las más largas de la vida de Rosa. seguía visitando a la mujer en el refugio todos los días tratando de construir alguna conexión, buscando cualquier indicio de que su hija todavía estaba ahí dentro, bajo el caparazón de esta María que había creado.
Un día Rosa llevó una foto vieja, la misma que habían usado en los carteles de personas desaparecidas 17 años atrás. mostraba a Lucía y Valeria sonriendo con los brazos alrededor de los hombros de la otra. “Mira esto”, le dijo a María poniéndole la foto en las manos. “Esta eres tú y esta es tu prima Valeria. Desaparecieron juntas. Por favor, si sabes algo, si recuerdas algo.” María miró la foto durante un largo momento. Sus manos comenzaron a temblar.
Rosa vio como sus ojos se llenaban de lágrimas, la primera emoción real que había mostrado desde que se habían conocido. “Yo no puedo”, susurró María y empujó la foto de vuelta hacia Rosa. “No me hagas recordar, por favor, es mejor así.” Pero Rosa no cedería. Siguió visitando, siguió hablando, siguió mostrándole fotos de la familia, contándole historias de su infancia. Le habló de cómo Ana Lucía amaba bailar, cómo solía robar galletas del tarro de la cocina, cómo lloraba cuando veía perros callejeros porque quería llevarlos todos a casa.
Y lentamente, muy lentamente, las grietas comenzaron a aparecer en la fachada de María. Un día, Rosa mencionó a la abuela Carmen y María o Ana Lucía murmuró, “Abuela hacía el mejor api morado. Rosa se congeló. El api morado era la bebida de maíz morado que la abuela Carmen hacía cada invierno. Era una receta especial que no compartía con nadie fuera de la familia. “¿Cómo sabes eso?”, preguntó Rosa con voz temblorosa. Los ojos de María se abrieron como si ella misma estuviera sorprendida por lo que había dicho.
Yo no sé, solo lo sé. Esa noche Rosa llamó a la detective Torres con renovada esperanza. Está ahí. le dijo, “Mi hija está ahí dentro. Solo necesitamos ayudarla a recordar. Los resultados del ADN llegaron una semana después. La Detective Torres llamó a Rosa y Marta a su oficina en Cochabamba. Su rostro era serio, pero Rosa pudo ver un brillo de satisfacción en sus ojos. Es una coincidencia”, anunció Torres con un 99 9% de certeza. La mujer en el refugio es Lucía Cordero.
Rosa se derrumbó en la silla sollozando tan fuerte que su cuerpo entero se sacudía. Marta la abrazó también llorando, pero había dolor mezclado con el alivio. Porque si Ana Lucía estaba viva, ¿dónde estaba Valeria? Torres continuó. Ahora necesitamos entender qué le pasó durante estos 17 años y qué le sucedió a Valeria. Con su permiso, me gustaría traer a un psicólogo especializado en trauma para trabajar con Ana Lucía. El proceso fue largo y doloroso. El psicólogo, el Dr.
Ramiro Gutiérrez, era un hombre de 60 años con experiencia trabajando con víctimas de trata y secuestro. Explicó que forzar a Ana Lucía a recordar podría ser devastador, que necesitaban ir despacio, construir confianza. El cerebro tiene formas de protegerse del trauma, explicó el Dr. Gutiérrez a Rosa y Marta en una de sus muchas sesiones. Ana Lucía construyó esta identidad de María como una forma de sobrevivir a lo que sea que le pasó. Desmantelar eso significa que tendrá que enfrentar esos recuerdos nuevamente.
Pero Rosa necesitaba saber, necesitaba entender qué le había pasado a su hija, dónde había estado, por qué había negado su propia identidad y más que nada necesitaba saber qué le había pasado a Valeria. Las sesiones de terapia comenzaron en abril de 2014. Al principio, Ana Lucía, porque Rosa se negaba a llamarla María ahora que sabían la verdad, permanecía callada durante las sesiones, sus ojos fijos en la pared, su cuerpo rígido como una estatua. Pero el doctor Gutiérrez era paciente.
Usaba técnicas de terapia EMDR trabajando con los movimientos oculares de Ana Lucía para procesar los traumas sin forzarla a hablar de ellos directamente. Usaba arterapia dándole papel y crayones y dejándola expresar lo que las palabras no podían. Los dibujos que Ana Lucía creaba eran perturbadores, habitaciones oscuras, figuras amenazantes sin rostro, una niña pequeña llorando en una esquina y en casi todos los dibujos había otra figura, otra niña con un lunar bajo el ojo. “Valeria”, susurró Marta cuando vio los dibujos por primera vez.
Está dibujando a Valeria. Pasaron tres meses de terapia intensiva antes de que Ana Lucía comenzara a hablar y cuando finalmente lo hizo, las palabras salieron en fragmentos rotos, imágenes desconectadas de una pesadilla viviente. “Nos subieron a una camioneta”, dijo un día, su voz apenas audible. Estaba en sesión con el Dr. Gutiérrez y Rosa y Martha escuchaban desde una habitación contigua a través de un intercomunicador, lágrimas rodando por sus rostros. Había un hombre nos dijo que nos llevaría a comprar helado.
Éramos niñas tontas. Le creímos. El doctor Gutiérrez asintió gentilmente. Eso no las hace tontas, Ana Lucía. Eran niñas. Él era el monstruo. Ana Lucía continuó. Aunque claramente le dolía. Nos llevó lejos, muy lejos, a una casa grande en el campo. Había otras niñas ahí y mujeres, todas tristes, todas asustadas. Era lo que Rosa y Marta habían temido, pero esperado no confirmar. Trata de personas. Sus hijas habían sido secuestradas y vendidas. En las siguientes semanas, más detalles emergieron en fragmentos.
Anna Lucía y Valeria habían sido llevadas a una red de trata que operaba entre Bolivia, Perú y Chile. Las mantenían drogadas al principio para que no pudieran escapar o recordar cómo habían llegado ahí. Las obligaban a trabajar en casas, en campos y peor, cosas que Ana Lucía aún no podía verbalizar, pero que todos podían inferir de sus silencios y lágrimas. ¿Y Valeria? preguntó finalmente Marta durante una sesión familiar, su voz quebrándose con cada sílaba. Por favor, Ana Lucía, necesito saber qué le pasó a mi hija.
Ana Lucía se quedó callada por un largo momento. Sus manos se retorcían en su regazo y Rosa podía ver cómo luchaba internamente con la respuesta. Estuvimos juntas por 5 años. dijo finalmente Ana Lucía, 5 años. Nos mantenían juntas porque éramos familia, porque nos cuidábamos mutuamente. Pero luego su voz se quebró. Luego nos separaron. Valeria intentó escapar. Yo no sé qué le pasó después. Me dijeron que había muerto. Me dijeron que si yo intentaba escapar, me pasaría lo mismo.
Marta se desplomó, su cuerpo sacudido por soyosos, pero Ana Lucía no había terminado. Pero no estoy segura si era verdad, continuó mirando directamente a su tía por primera vez. A veces nos mentían, nos decían que nuestras familias habían muerto, que nadie nos estaba buscando, que no teníamos nada a que volver. Me dijeron que eras tú quien me había vendido, mamá, que necesitabas el dinero y me habías entregado a esa gente. Rosa ahogó un soyo. Nunca, mi amor, nunca.
Cada día de estos 17 años te he buscado. Cada día. La detective Torres intensificó la investigación con la información nueva, con las descripciones vagas que Ana Lucía podía proporcionar sobre las ubicaciones donde había estado, Torres comenzó a trabajar con agencias internacionales, especialmente en Perú y Chile, donde Ana Lucía creía haber estado. Resultó que Ana Lucía había pasado 12 años en diferentes lugares, casas, granjas, talleres textiles y legales. siempre moviéndose, siempre bajo control de diferentes personas. Los traficantes la habían documentado con identificaciones falsas, nombres falsos.
María Quispe, Carmen Mamani, Rosa Flores, había sido tantas personas diferentes que había comenzado a olvidar quién era realmente. “¿Cómo escapaste?”, preguntó Rosa una noche mientras ambas se sentaban en el jardín del refugio viendo las estrellas en el cielo limpio de Cochabamba. Ana Lucía tardó en responder. No escapé exactamente, dijo finalmente. La mujer para quien trabajaba en los últimos años limpiaba su casa en Cochabamba. Era cruel, pero no como los otros. Un día se puso muy enferma. Creo que estaba muriendo.
Me dijo que podía irme, que ella no me necesitaba. Me dio algo de dinero y la identificación que tenía de mí, la que decía Ana Lucía Cordero. Dijo que la habían encontrado en mi bolso cuando me trajeron hace años. Era un detalle pequeño, pero significativo, que después de todo ese tiempo, esa identificación escolar había sobrevivido pasando de mano en mano entre los traficantes hasta finalmente regresar a su verdadera dueña. “¿Por qué fuiste al refugio?”, preguntó Rosa. “No sabía a dónde más ir”, admitió Ana Lucía.
Parte de mí quería buscar a mi familia, a ti, pero otra parte tenía miedo. Y si lo que me habían dicho era verdad, ¿y si me habías vendido? ¿Y si no me querías de vuelta? Rosa tomó la mano de su hija, sosteniéndola con firmeza. Nunca dejaría de quererte. Nunca. Eres mi hija, mi sangre, mi corazón. Nada de lo que pasó fue tu culpa. La búsqueda de Valeria continuaba. Torres había logrado rastrear algunos de los lugares donde Ana Lucía había estado y estaba trabajando con autoridades de Perú y Chile para desmantelar las redes de trata.
Habían rescatado a varias mujeres y niñas, pero ninguna era Valeria. Ana Lucía trabajaba con un dibujante forense tratando de recordar cómo se veía Valeria la última vez que la había visto. Tendrían que agregar 12 años a los 14 que Valeria tenía cuando desapareció, convirtiéndola ahora en una mujer de 26 años. En septiembre de 2014, 6 meses después del reencuentro inicial, la detective Torres recibió información de contactos en Lima. Perú. Habían encontrado a una mujer en un hospital psiquiátrico.
Había estado ahí por años sin identificación, sin memoria de quién era, pero alguien había notado que coincidía vagamente con la descripción actualizada de Valeria. Marta voló a Lima con Ana Lucía. El viaje fue tenso, lleno de esperanza y terror en partes iguales. Y si era Valeria, y si no lo era, y si era Valeria, pero no las reconocía como le había pasado con Ana Lucía. El hospital psiquiátrico era un edificio sombrío en las afueras de Lima, con paredes grises y ventanas enrejadas.
Una doctora, la doctora Sandoval, las recibió en la entrada. La paciente llegó hace 8 años”, explicó la doctora mientras caminaban por pasillos que olían a antiséptico y tristeza. La encontraron vagando por las calles, completamente desorientada. No podía decir su nombre ni de dónde era. Tenía signos severos de abuso físico y psicológico. La hemos estado cuidando desde entonces, pero nunca ha recuperado sus memorias. La doctora las llevó a un patio interno donde varios pacientes se sentaban o caminaban sin rumbo.
Y allí, sentada sola en un banco bajo un árbol pequeño, había una mujer con cabello corto y mal cortado, meciéndose suavemente de adelante hacia atrás. Marta se acercó despacio con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. La mujer levantó la vista cuando Marta se le acercó y ahí, bajo el ojo izquierdo, había un lunar. Valeria”, susurró Marta cayendo de rodillas frente al banco. La mujer la miró con ojos vacíos, sin reconocimiento, pero Ana Lucía, quien se había acercado también, se sentó al lado de la mujer y tomó su mano.
“Valeria”, dijo Ana Lucía suavemente. “Soy yo, Ana Lucía, tu prima. ¿Me recuerdas?” Por un momento largo no hubo respuesta. Luego lentamente, la mujer volteó para mirar a Ana Lucía directamente. Sus labios se movieron formando palabras que apenas se podían escuchar. Prima fue suficiente. Marta y Ana Lucía abrazaron a Valeria entre ellas, las tres llorando. Aunque Valeria parecía confundida sobre por qué estaba llorando. Las pruebas de ADN confirmaron lo que sus corazones ya sabían. Esta era Valeria Cordero, pero a diferencia de Ana Lucía, quien había logrado preservar algo de su identidad, a pesar de todo, Valeria había sido completamente destruida por lo que fuera que le había pasado.
La doctora Sandoval explicó que Valeria sufría de amnesia disociativa severa. Su mente había cerrado completamente los recuerdos como mecanismo de protección. ¿Se recuperará?, preguntó Marta desesperadamente. La doctora Sandoval no pudo ofrecer garantías. Tal vez con el tiempo, con terapia intensiva e con amor y seguridad. Pero hay que ser realistas. El daño es profundo. Valeria podría nunca recuperar completamente sus memorias. Llevar a Valeria de vuelta a Bolivia fue un proceso complicado que involucró autoridades de ambos países, papeles legales y mucha paciencia.
Pero finalmente, en diciembre de 2014, 17 años casi al día de su desaparición, ambas primas estaban de vuelta en la paz. La familia organizó una reunión pequeña en la casa de Rosa. No querían abrumar a las chicas, especialmente a Valeria, quien se asustaba fácilmente con ruidos fuertes o demasiada gente. Óscar, ahora un hombre de 24 años, conoció finalmente a la hermana que apenas recordaba. Se abrazaron torpemente, extraños unidos por sangre, pero separados por tiempo y trauma. Ana Lucía se movía por la casa como si estuviera en un sueño tocando objetos, mirando fotos viejas en las paredes.
“Recuerdo esto”, murmuraba de vez en cuando, un destello de memoria atravesando la oscuridad. Valeria se sentaba en el sofá mirando todo con ojos curiosos, pero desconectados, como un niño viendo el mundo por primera vez. La recuperación fue lenta. Anna Lucía continuaba con terapia intensiva, trabajando a través de los años de trauma. Había días buenos donde podía reír, hablar sobre el futuro, hacer planes. Y había días oscuros donde no podía salir de la cama, donde las pesadillas eran tan reales que no podía distinguirlas de la realidad.
Valeria requería cuidado constante, no podía quedarse sola, no podía hacer tareas básicas sin ayuda, pero había momentos, pequeños milagros donde algo parecía resonar. Una vez Rosa estaba cocinando en la cocina y Valeria entró. Rosa estaba preparando el Pancho, el plato favorito de Valeria cuando era niña. Valeria se acercó, olió la comida y sonró. Huele bien”, dijo, y aunque eran solo dos palabras, para Marta significaban esperanza. La detective Torres y su equipo continuaban investigando, rastreando la red de tráfico que había destruido tantas vidas.
Con el testimonio de Andalucía y evidencia recopilada en Perú y Chile, lograron arrestar a varias personas involucradas, pero muchos más nunca fueron encontrados. desapareciendo en las sombras como fantasmas. En 2015, un año después del regreso de las primas, Rosa organizó un evento público en La Paz. Invitó a medios de comunicación, a otras familias de personas desaparecidas, a activistas. Quería contar la historia de sus hijas, no solo para obtener justicia, sino para prevenir que otras familias vivieran el mismo infierno.
Ana Lucía, con apoyo de su terapeuta, estuvo de acuerdo en hablar públicamente. Era aterrador, pero ella sentía que era importante. Si su historia podía salvar aunque fuera a una niña, valdría la pena el dolor de contarla. El evento se realizó en la plaza Murillo, en el corazón de la paz. Cientos de personas se reunieron, familias sosteniendo fotos de sus propios seres queridos desaparecidos, periodistas con cámaras, políticos haciendo promesas que probablemente no cumplirían. Ana Lucía se paró frente al micrófono temblando.
Rosa estaba a su lado sosteniendo su mano. Marta estaba en la audiencia con Valeria, quien miraba todo con curiosidad tranquila. “Mi nombre es Ana Lucía Cordero”, comenzó Ana Lucía y su voz se quebró al decir su propio nombre. un nombre que había negado, olvidado, pero que ahora reclamaba nuevamente. Hace 17 años, mi prima Valeria y yo desaparecimos de estas calles. Fuimos robadas. Nuestra infancia fue robada. Nuestras familias fueron destruidas. Pero estoy aquí hoy para decirles que sobrevivimos.
Hizo una pausa respirando profundamente. No todas las historias terminan como la nuestra. Muchas niñas que conocí durante esos años nunca regresaron a casa, nunca recuperaron sus nombres, nunca vieron a sus familias nuevamente. Cuento mi historia por ellas y cuento mi historia para que otras familias no tengan que sufrir lo que la mía sufrió. La multitud estalló en aplausos. Varias personas lloraban abiertamente. Rosa abrazó a su hija susurrando, “Estoy tan orgullosa de ti.” Después del evento, varias sobrevivientes de trata se acercaron a Ana Lucía, compartiendo sus propias historias, agradeciendo por darles voz.
Fue abrumador, pero también sanador, saber que no estaba sola, que había una comunidad de sobrevivientes apoyándose mutuamente. Los meses siguientes trajeron cambios lentos pero significativos. Ana Lucía comenzó a asistir a clases nocturnas para obtener su certificado de secundaria. Había perdido años de educación y estaba determinada a recuperarlos. Era difícil. Su concentración no era la mejor después de todo el trauma y había conceptos que las otras estudiantes ya conocían, pero que para ella eran completamente nuevos. Pero persistía.
Valeria mostraba pequeñas mejoras. Comenzó a reconocer consistentemente a los miembros de la familia. Podía completar tareas simples con supervisión. Un día, mientras Marta le mostraba un álbum de fotos viejas, Valeria señaló una imagen de las dos cuando Valeria tenía 5 años. “Mamá”, dijo Valeria, y aunque probablemente no recordaba realmente, la palabra hizo que Marth llorara de alegría. Rosa se convirtió en una activista trabajando con organizaciones que combatían la trata de personas. organizaba talleres en escuelas enseñando a niños y padres sobre los peligros, cómo mantenerse seguros o qué señales buscar.
Cada vez que salvaba a un niño de un posible secuestro con su educación, sentía que honraba los años perdidos de sus hijas. En 2016, Ana Lucía conoció a un hombre en una de sus reuniones de grupo de apoyo. Su nombre era Diego y él también era sobreviviente, no de trata, pero de abuso y trauma familiar. Se entendían de una manera que pocas personas podían. Su relación se desarrolló lentamente, construida sobre fundamentos de confianza y paciencia. Diego nunca presionaba, nunca exigía más de lo que Ana Lucía podía dar.
¿Crees que merezco ser feliz? Le preguntó Ana Lucía a su terapeuta un día mientras hablaban sobre su relación con Diego. El doctor Gutiérrez la miró con firmeza. Ana Lucía, tú mereces todo el amor, felicidad y paz que este mundo pueda ofrecer. Lo que te pasó no define tu valor, tú defines tu valor. Fueron palabras que Ana Lucía repitió para sí misma todos los días tratando de creerlas. En 2017, 20 años después de la desaparición, la familia organizó una ceremonia privada en el cementerio donde la abuela Carmen estaba enterrada.
No era exactamente un funeral. Ambas primas estaban vivas después de todo, pero era una forma de marcar el cierre de un capítulo y el comienzo de otro. Cada miembro de la familia compartió palabras. Óscar habló sobre crecer con la sombra de su hermana desaparecida y lo surrealista que era tenerla de vuelta. Marta agradeció a Rosa por nunca rendirse, por mantener la búsqueda cuando todos los demás habían perdido la esperanza. Rosa habló directamente a sus hijas, diciéndoles cuánto las amaba, cuánto había luchado por ellas, cuánto seguiría luchando por su recuperación.
Y Ana Lucía, con Valeria sentada a su lado tomando su mano, habló finalmente sobre su prima. “Valeria intentó protegerme”, dijo, las lágrimas rodando libremente. Cuando nos separaron, ella peleó. Ella siempre fue la valiente y aunque su mente no recuerda, su corazón sí. Cuando nos reencontramos en Lima, ella no me reconoció con su mente, pero tomó mi mano como si nunca nos hubiéramos separado. Eso es amor más allá de la memoria. La vida continuó como siempre lo hace.
No fue un cuento de hadas. Las cicatrices de esos 17 años nunca desaparecieron completamente. Ana Lucía tenía pesadillas recurrentes. Valeria probablemente nunca recuperaría completamente sus memorias o independencia. Había días duros, días donde el peso del pasado parecía insoportable, pero también había días buenos. Ana Lucía se graduó de la secundaria en 2018 a los 35 años y Rosa lloró de orgullo en la ceremonia. Valeria aprendió a hacer algunas cosas por sí misma. Cocinar comidas simples, leer libros infantiles, cuidar un pequeño jardín que Marta había plantado en su patio.
En 2019, Ana Lucía y Diego se casaron en una ceremonia pequeña. Valeria fue la dama de honor caminando por el pasillo con ayuda de Marta, sonriendo con esa sonrisa inocente que había mantenido a pesar de todo. Era un momento de felicidad pura, prueba de que incluso después de la oscuridad más profunda, la luz podía encontrar su camino. La historia de las primas Cordero se convirtió en algo conocido en Bolivia y más allá. inspiró cambios en cómo el país manejaba casos de personas desaparecidas, llevando a mejor entrenamiento policial y más recursos dedicados a estas investigaciones.
Rosa y Marta se convirtieron en voces prominentes en el movimiento contra la trata de personas, trabajando incansablemente para prevenir que otras familias sufrieran lo que ellas habían sufrido. Para 2020, 23 años después de la desaparición original, la familia había encontrado una nueva normalidad. No era la vida que habrían tenido si aquel día de diciembre de 1997 nunca hubiera pasado, pero era su vida ahora construida sobre fundamentos de amor, persistencia y la negativa a rendirse ante la desesperanza.
Ana Lucía trabajaba ahora en el refugio donde había sido encontrada. ayudando a otras mujeres que pasaban por lo que ella había vivido. Era trabajo duro emocionalmente, pero también increíblemente satisfactorio. Cada mujer que ayudaba a recuperarse era una pequeña victoria contra los monstruos que habían robado su propia infancia. Valeria, aunque nunca recuperó completamente sus memorias, encontró paz en su vida simple. amaba sentarse en el jardín con su madre, sentir el sol en su rostro, escuchar los pájaros cantar.
No recordaba el trauma del pasado y en cierta forma esa era una bendición. Vivía en un presente eterno, rodeada de amor. Rosa seguía poniendo flores frescas en la tumba de la abuela Carmen. Cada semana las encontré, mamá, le decía a la lápida. Tardó mucho tiempo, pero las traje a casa. Ahora puedes descansar. Una tarde de marzo de 2021, Ana Lucía y Valeria se sentaron juntas en el mismo parque donde solían jugar cuando eran niñas antes de que todo cambiara.
Ana Lucía observaba a Valeria recoger flores silvestres, organizándolas en patrones que solo ella entendía. ¿Sabes?, dijo Ana Lucía en voz alta, aunque no estaba segura de si Valeria realmente entendía. Pasamos 17 años separadas. perdidas, rotas, pero estamos aquí, sobrevivimos y eso tiene que significar algo. Valeria levantó la vista sonriendo esa sonrisa inocente y le ofreció a Ana Lucía una de las flores. “Bonita,” dijo. Ana Lucía tomó la flor sintiendo las lágrimas llenar sus ojos por millonésima vez desde su regreso.
Pero estas lágrimas eran diferentes, no eran de dolor o pérdida, sino de gratitud. Gratitud por estar viva. Gratitud por su familia que nunca se rindió. Gratitud por cada día nuevo, cada momento de normalidad, cada pequeña alegría que antes daba por sentado. Sí, acordó Ana Lucía, sosteniendo la flor contra la luz del sol, bonita. Y en ese momento simple, dos primas sentadas juntas en un parque compartiendo una flor bajo el cielo infinito de la paz, había sanación. No completamente, nunca completamente.
Las cicatrices permanecerían siempre. Los años perdidos nunca podrían ser recuperados. Pero había esperanza, había amor, había vida. La historia de Ana Lucía y Valeria Cordero no era la historia que sus familias habrían escogido escribir, pero era su historia y la estaban reclamando, palabra por palabra, día por día. Eran sobrevivientes, eran luchadoras y contra todo pronóstico habían encontrado su camino de regreso a casa. En los años siguientes, su historia continuaría inspirando cambios, ayudando a otros sobrevivientes y recordando al mundo que las personas desaparecidas no son solo estadísticas, son hijas, hermanas, primas, amigas, son amadas, son extrañadas y merecen ser buscadas sin descanso.
Y para Rosa y Marta, que habían dedicado 17 años a buscar sin parar, que habían rechazado rendirse incluso cuando el mundo les decía que era inútil, su recompensa era simple, pero infinitamente preciosa. Tener a sus hijas de vuelta, poder abrazarlas, verlas crecer en mujeres fuertes a pesar de todo lo que habían soportado. El 18 de diciembre ya no era solo el aniversario de una desaparición, ahora también marcaba el comienzo del viaje de regreso. Un recordatorio de que mientras haya amor, mientras haya familia, mientras haya esperanza, ninguna oscuridad es permanente.
Y en el corazón de la paz, bajo la mirada eterna de Lilimani, la familia Cordero continuaba viviendo, amando, sanando un día a la vez.
