El sol caía con fuerza sobre las calles polvorientas de San Miguel de Allende, Guanajuato, en aquel febrero de 2019. Era un día ordinario, uno de esos en los que las madres caminan apuradas hacia la escuela para recoger a sus hijos. Cuando la vida de toda una comunidad cambió para siempre, Lucía Torres Mendoza, de apenas 8 años, con su uniforme escolar azul marino y su mochila rosa llena de dibujos de mariposas, nunca llegó a casa. Su madre, Patricia Mendoza, la esperaba como cada tarde frente a la puerta de su modesta casa de adobe, en el barrio de la Aurora, un vecindario donde todos se conocían por nombre.
Cuando el reloj marcó las 3:30 y luego las 4, Patricia comenzó a sentir ese vacío en el estómago que toda madre reconoce como presagio. A las 5 de la tarde ya había recorrido las cuatro cuadras que separaban su hogar de la escuela primaria Benito Juárez tres veces preguntando a cada vecino, a cada comerciante, a cada niño que salía con su familia.
Nadie había visto a Lucía después de que sonó la campana de salida. Su mejor amiga, Sofía Ramírez, declaró más tarde a las autoridades que la había visto salir del salón, pero que ella se había quedado esperando a su hermano mayor. La maestra, la señora Guadalupe Vázquez, confirmó que Lucía había estado en clase todo el día, participativa y alegre como siempre. había entregado su tarea de matemáticas con una carita feliz dibujada en la esquina superior derecha, como hacía con cada trabajo que completaba.
El primer día de búsqueda fue un caos controlado de vecinos solidarios, autoridades locales que aún no comprendían la magnitud del caso, y una familia destrozada que se aferraba a la esperanza de que lucía. simplemente se había perdido jugando en algún patio vecino. Roberto Torres, el padre de la niña, trabajaba como albañil en una construcción a las afueras de la ciudad. Cuando recibió la llamada de su esposa, dejó todo y corrió de regreso. Con las manos aún manchadas de cemento y el corazón galopando en el pecho.
La policía municipal inició el protocolo de búsqueda inmediata. El comandante Héctor Ruiz, un hombre curtido por 30 años de servicio en distintas corporaciones del Estado, sabía que las primeras horas eran cruciales. Organizó grupos de rastreo, revisó las cámaras de seguridad de los comercios cercanos, aunque eran pocas en ese barrio, y comenzó a interrogar a conocidos y desconocidos. Las imágenes granuladas de la única cámara funcional en una tienda de abarrotes a dos cuadras de la escuela mostraban a decenas de niños saliendo, pero en ningún momento se distinguía claramente a Lucía con su uniforme y mochila característica.

Patricia no comió ni durmió durante aquella primera semana. Sus ojos, antes brillantes y llenos de vida, se hundieron en círculos oscuros de preocupación y desvelo. Pegó volantes con la foto de Lucía en cada poste, en cada pared disponible, en las ventanas de autobuses y taxis. La imagen mostraba a una niña de rostro redondo, cabello castaño largo, recogido en dos coletas, ojos grandes y oscuros que parecían mirar directamente al alma de quien observara la fotografía. Debajo, con letras rojas, decía desaparecida.
Lucía Torres Mendoza, 8 años, última vez vista el 14 de febrero de 2019 en San Miguel de Allende. Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. La Fiscalía General del Estado de Guanajuato activó la alerta Amber y el rostro de Lucía apareció en noticieros estatales y nacionales. Llegaron llamadas, cientos de ellas. La mayoría falsas alarmas o avistamientos equivocados. Una mujer en Querétaro juró haber visto a una niña idéntica en un mercado, pero resultó ser otra menor con cierto parecido.
Un hombre en león reportó haber escuchado llantos infantiles provenientes de una casa abandonada, pero al inspeccionarla solo encontraron gatos callejeros. Roberto dejó su trabajo para dedicarse completamente a la búsqueda. Recorrió poblados cercanos, mostró la foto de su hija en plazas públicas, suplicó a los noticieros que mantuvieran el caso vigente. Patricia, por su parte, se unió a un grupo de madres de desaparecidos en Guanajuato, mujeres que compartían su dolor y su desesperación. En esas reuniones semanales, en un modesto salón comunitario, escuchó historias similares, algunas con finales trágicos, otras aún sin resolver.
Todas ellas la mantenían en pie, le recordaban que no estaba sola en su batalla contra la incertidumbre. El hermano mayor de Lucía, Javier, de 15 años, cambió completamente. El muchacho alegre y bromista que solía perseguir a su hermana por la casa, se convirtió en un joven silencioso y retraído. Se culpaba por no haber ido a recogerla ese día, aunque su madre le había dicho que no era necesario porque ella misma esperaría en casa. Las noches eran especialmente difíciles.
La habitación que compartía con Lucía permanecía intacta. Su cama tendida con las sábanas de unicornios, sus muñecas alineadas en el estante, sus libros de cuentos apilados junto a la almohada. Patricia se negaba a mover nada, convencida de que su hija regresaría y querría encontrar todo exactamente como lo había dejado. La investigación policial exploró todas las líneas posibles. Interrogaron a maestros, personal de limpieza de la escuela, conductores de transporte público que hacían rutas cercanas. Revisaron los antecedentes de todos los adultos que vivían en un radio de 10 manzanas alrededor de la última ubicación conocida de Lucía.
No encontraron nada sospechoso, ni agresores sexuales registrados, ni personas con historiales violentos recientes. Era como si la tierra se hubiera abierto y tragado a la niña sin dejar rastro. En el barrio las teorías se multiplicaban. Algunos vecinos susurraban sobre redes de trata, otros sobre secuestros exprés que habían salido mal. Doña Carmela, la dueña de la tienda de la esquina, una mujer de 70 años con una memoria prodigiosa, juraba haber visto una camioneta blanca sin placas merodeando la zona esos días, pero no podía dar más detalles.
El señor Arturo, que vendía elotes en un carrito cerca de la escuela, recordaba haber visto a un hombre alto con gorra observando la salida de los niños días antes de la desaparición, pero su descripción era tan vaga que resultó inútil para las autoridades. El primer aniversario de la desaparición de Lucía fue devastador. Patricia organizó una misa en la parroquia de San Miguel Arcángel, la misma iglesia donde habían bautizado a su hija 8 años atrás. Asistieron vecinos, amigos, compañeros de escuela, periodistas que seguían cubriendo el caso.
El padre Gonzalo, un sacerdote jesuita que conocía bien a la familia, dirigió una homilía conmovedora sobre la esperanza y la fe en tiempos de oscuridad. Patricia sollozó durante todo el servicio, sostenida por Roberto, quien apretaba con fuerza una foto enmarcada de Lucía contra su pecho. La vida en San Miguel de Allende continuó su curso, como siempre hace, indiferente al dolor individual de sus habitantes. Los turistas seguían llenando las calles coloniales, tomando fotografías de las fachadas coloridas y las iglesias barrocas.
Los mercados seguían ofreciendo artesanías y comida tradicional, pero en el barrio de la Aurora, un manto invisible de tristeza cubría cada esquina. Los padres ahora acompañaban a sus hijos hasta la puerta de la escuela, se negaban a dejarlos jugar solos en la calle, instalaban cerraduras adicionales en sus puertas. El caso de Lucía había cambiado la forma en que toda una comunidad percibía la seguridad. Roberto consiguió trabajos esporádicos, lo suficiente para mantener a la familia a flote, pero su verdadera ocupación seguía siendo la búsqueda de su hija.
Creó un grupo de Facebook llamado Ayúdanos a encontrar a Lucía Torres, que llegó a tener más de 50,000 seguidores. publicaba actualizaciones semanales, compartía técnicas de búsqueda, agradecía cada mensaje de apoyo. Algunos días recibía información útil, otros solo mensajes crueles de personas que parecían disfrutar del dolor ajeno. Aprendió a filtrar, a mantener la esperanza a pesar de la toxicidad que a veces inundaba las redes sociales. Patricia volvió a trabajar en una tienda de ropa en el centro histórico, no por necesidad económica inmediata, sino porque quedarse en casa todo el día mirando las pertenencias de Lucía, la estaba consumiendo lentamente.
Sus compañeras de trabajo fueron comprensivas, le permitían tomar llamadas en cualquier momento si tenían que ver con la búsqueda. Le daban espacio cuando veía una niña de la edad de Lucía entrar con su madre a probarse vestidos. Javier terminó la secundaria con calificaciones mediocres, un contraste marcado con el estudiante brillante que había sido antes. Entró a la preparatoria sin verdadero entusiasmo, cumpliendo con los movimientos básicos de la vida, porque era lo que se esperaba de él. comenzó a escribir en un cuaderno que guardaba bajo su colchón páginas y páginas de cartas dirigidas a su hermana, contándole sobre su día, sobre lo que había aprendido en la escuela, sobre cuánto la extrañaba.
Era su forma de mantenerla presente, de no dejar que la ausencia la borrara por completo de su vida cotidiana. El comandante Ruiz se jubiló seis meses después de la desaparición de Lucía, pero el caso lo perseguía. Era el único que no había podido resolver en sus últimos años de servicio y eso le carcomía. Desde su retiro seguía en contacto con Roberto, le pasaba tips sobre nuevas técnicas de investigación, le conectaba con otros investigadores privados y grupos de búsqueda.
Su reemplazo, el capitán Fernando Salazar, un hombre más joven, pero igualmente comprometido, heredó el caso junto con una pila de documentos, entrevistas grabadas y un creciente sentimiento de frustración. Las pistas se habían agotado. Cada línea de investigación llevaba a callejones sin salida. Los expertos en criminología que la fiscalía trajo de la Ciudad de México revisaron el caso desde cero y llegaron a las mismas conclusiones, sin testigos oculares claros, sin evidencia física, sin demandas de rescate. El caso de Lucía Torres era uno de los más desconcertantes que habían enfrentado.
Las estadísticas eran desalentadoras. Después de dos años sin pistas sólidas, las probabilidades de encontrar a un menor con vida disminuían dramáticamente, pero Patricia se negaba a aceptar estadísticas. Cada mañana se despertaba con la certeza de que ese sería el día en que encontrarían a su hija. Visitaba regularmente el Centro de Justicia para Mujeres en Guanajuato, donde un equipo de psicólogas la ayudaba a procesar el trauma sin perder la esperanza. Le enseñaron técnicas de respiración para los ataques de pánico, formas de canalizar la ansiedad en acciones productivas.
Algunas noches, cuando el peso era demasiado, permitía que Roberto la abrazara mientras lloraba hasta quedarse dormida. Pero cada amanecer se levantaba nuevamente lista para continuar. El segundo aniversario llegó con una sensación diferente, más pesada. Ya no era la esperanza frenética de los primeros meses, sino una determinación sombría, casi ritualística. La misa fue más pequeña, asistieron menos personas. Los medios ya no cubrían el caso con la misma intensidad. Las historias de desapariciones se acumulaban en todo México y cada nueva tragedia empujaba a las anteriores más hacia el olvido.
Pero la familia Torres se negaba a ser olvidada. En marzo de 2021, exactamente 2 años y un mes después de la desaparición de Lucía, algo extraordinario sucedió. Un incendio devastador se desató en una propiedad abandonada en las afueras de San Miguel de Allende, en una zona semirural conocida como Los Sabinos. La casa había pertenecido a la familia Castellanos, prósperos comerciantes que habían abandonado la propiedad décadas atrás tras la muerte del patriarca. Durante años el lugar se había deteriorado, convirtiéndose en refugio ocasional de personas sin hogar y en escenario de historias locales de fantasmas que los niños del área se contaban para asustarse.
El fuego comenzó cerca de las 3 de la madrugada. Algunos vecinos reportaron haber visto llamas anaranjadas iluminando el cielo nocturno y el cuerpo de bomberos de San Miguel de Allende respondió rápidamente. Para cuando llegaron, la estructura de madera del segundo piso ya estaba completamente consumida y las llamas amenazaban con extenderse a los matorrales secos circundantes. El capitán de bomberos, Enrique Medina, coordinó los esfuerzos mientras sus hombres luchaban por controlar el incendio antes del amanecer. Tomó casi 5 horas apagar completamente las llamas.
Cuando finalmente el humo se disipó y las primeras luces del alba revelaron la extensión del daño, los bomberos comenzaron la inspección rutinaria para asegurarse de que no hubiera víctimas atrapadas. La estructura principal había colapsado parcialmente, dejando expuestos vigas carbonizadas y paredes de adobe agrietadas. Fue durante esta inspección que uno de los bomberos más jóvenes, Daniel Ortiz, notó algo inusual. Debajo de lo que había sido la cocina principal, ahora reducida a escombros humeantes, había una abertura que el colapso del piso había revelado.
Al principio pensó que era un simple sótano de almacenamiento común en las casas antiguas de la región. Pero cuando Daniel se asomó con su linterna iluminando a través del humo residual, vio algo que le heló la sangre, escalones de concreto que descendían a una oscuridad que parecía demasiado profunda, demasiado deliberada. El capitán Medina fue notificado inmediatamente. Descendió con precaución los escalones, acompañado por dos de sus hombres, todos equipados con máscaras respiratorias por el humo persistente. Lo que encontraron en el fondo era un sótano que claramente no había sido diseñado para almacenamiento ordinario.
Las paredes estaban reforzadas con concreto. Había una puerta metálica pesada que el calor había deformado, pero no destruido, y en el interior, iluminado por sus linternas, un espacio de aproximadamente 4 m por 3 m con una cama pequeña, estantes con alimentos enlatados y en el rincón más alejado, acurrucada y cubierta con una manta sucia, una niña. El capitán Medina, padre de tres hijos, sintió que el mundo se detenía. La niña, claramente desnutrida y en estado de shock, no reaccionó inmediatamente a la luz.
Tenía el cabello largo y enmarañado, la piel pálida por la falta de sol y vestía ropas que parecían haber sido blancas, pero ahora estaban grises de mugre. Cuando finalmente abrió los ojos enormes y oscuros, Daniel reconoció algo familiar en ese rostro. Había visto esa cara antes en los volantes que aún adornaban algunos postes del centro de San Miguel de Allende. Lucía, preguntó el capitán con voz temblorosa, ¿eres Lucía Torres? La niña no respondió inmediatamente. Había olvidado cómo sonaba su propio nombre pronunciado por una voz amable.
Después de un momento que pareció eterno, asintió levemente con la cabeza. Los paramédicos fueron llamados de inmediato. Mientras esperaban su llegada, los bomberos mantuvieron la distancia, conscientes de que la niña estaba aterrorizada y confundida. El capitán Medina contactó directamente a la fiscalía y a la policía municipal. En menos de 30 minutos, el lugar estaba acordonado como escena del crimen y un equipo completo de investigadores forenses había llegado. Lucía fue trasladada con extremo cuidado al hospital general de San Miguel de Allende.
Los médicos que la recibieron quedaron impactados por su condición. Pesaba apenas 22 kg. severamente por debajo del peso saludable para una niña que ahora tenía 10 años. Mostraba signos de desnutrición crónica, deshidratación y su piel estaba marcada por la falta de exposición solar. Sus ojos, sin embargo, estaban alerta, moviéndose constantemente, como si esperara que algo terrible sucediera en cualquier momento. El capitán Salazar fue quien tuvo el difícil privilegio de llamar a Patricia Torres. Eran las 9 de la mañana de un miércoles ordinario.
Patricia estaba preparando el desayuno antes de ir a trabajar cuando su teléfono sonó. Al ver que era un número de la policía, su corazón se aceleró. Durante dos años cada llamada de las autoridades había traído falsas alarmas o noticias descorazonadoras. Esta vez, sin embargo, la voz al otro lado de la línea temblaba con una emoción contenida. “Señora Torres”, comenzó el capitán Salazar, “Necesito que se siente. Hemos encontrado a Lucía. Está viva. Está en el hospital, pero está viva.
Patricia dejó caer el teléfono. El sonido del aparato golpeando el piso de cerámica alertó a Roberto, quien corrió desde el baño con la cara aún cubierta de espuma de afeitar. La escena que encontró fue la de su esposa en el suelo, soyando incontrolablemente, pero esta vez no eran lágrimas de desesperación, sino de un alivio tan profundo que parecía físicamente doloroso. Roberto recogió el teléfono, escuchó la información del capitán y sintió que sus rodillas cedían. se dejó caer junto a Patricia y ambos se abrazaron en el piso de su cocina llorando y riendo simultáneamente.
El trayecto al hospital fue un borrón. Roberto condujo mientras Patricia intentaba procesar la información. ¿Cómo era posible? ¿Dónde había estado? ¿Quién la había tomado? Estaba lastimada. Las preguntas se atropellaban en su mente, pero ninguna importaba tanto como el hecho fundamental. Su hija estaba viva. Después de 732 días de incertidumbre, de pesadillas, de imaginar los peores escenarios posibles, Lucía estaba viva. Javier, quien había estado en la escuela cuando recibió el mensaje urgente de su padre, llegó al hospital con los ojos hinchados.
Había corrido la mayor parte del camino, incapaz de esperar el autobús. Durante dos años había preparado mentalmente el peor escenario posible. Había aceptado que probablemente nunca volvería a ver a su hermana. Ahora, de pie frente a la entrada del hospital, tenía miedo. Miedo de que fuera un error. Miedo de que Lucía no lo recordara. Miedo de no saber qué decir o cómo comportarse. Los médicos permitieron que la familia viera a Lucía solo después de haberla estabilizado y de que un equipo de psicólogos especializados en trauma infantil preparara el terreno.
La doctora Elena Vargas, una psiquiatra infantil con experiencia en casos de secuestro, explicó a los Torres que Lucía estaba en shock, que probablemente necesitaría tiempo para reconectarse con su vida anterior, que el proceso de recuperación sería largo y complejo. Cuando finalmente permitieron a Patricia y Roberto entrar a la habitación, lo hicieron despacio, casi con reverencia. Lucía estaba sentada en la cama del hospital, cubierta con sábanas blancas limpias con una vía intravenosa en su brazo derecho. Había sido bañada y vestida con una bata hospitalaria.
Su cabello, ahora limpio, pero aún enmarañado, había sido recogido en una coleta. Cuando vio a sus padres, su rostro permaneció inmóvil por un momento, como si su cerebro necesitara tiempo extra para procesar lo que sus ojos veían. Entonces, algo en su interior se quebró. Un soy profundo emergió de su garganta, seguido de otro y otro. Patricia corrió hacia la cama y envolvió a su hija en un abrazo desesperado, murmurando su nombre una y otra vez como una oración.
Roberto se unió rodeando a ambas con sus brazos y los tres lloraron juntos durante largos minutos. El personal médico en la habitación discretamente se retiró dándoles privacidad para ese momento que ninguna palabra podría describir adecuadamente. Javier esperó afuera dándoles tiempo. Cuando finalmente entró, Lucía lo miró con ojos que parecían haber envejecido décadas en solo dos años. Pero cuando él dijo suavemente, “Hola, hermanita.” Algo en su mirada se suavizó. Extendió una mano pequeña y delgada hacia él y Javier la tomó con cuidado, como si fuera algo infinitamente frágil.
Las primeras horas fueron una mezcla de alegría abrumadora y realización gradual del trauma que Lucía había experimentado. Hablaba poco y cuando lo hacía era en voz muy baja, casi un susurro. Los psicólogos advirtieron a la familia que no la presionaran para que contara lo sucedido, que permitieran que la información surgiera naturalmente cuando ella estuviera lista. Pero algunos detalles comenzaron a emerger en fragmentos desconexos. Había estado en ese sótano todo el tiempo. La casa abandonada en Los Sabinos había sido su prisión durante 732 días.
Alguien la había llevado ahí el día de su desaparición. Alguien que ella describió solo como el hombre. No había visto su rostro claramente porque siempre usaba una máscara cuando bajaba a alimentarla. Le traía comida cada dos o tres días, siempre en silencio. Nunca respondía sus súplicas de que la dejara ir. El sótano había sido preparado con anticipación. Había una pequeña letrina, estantes con provisiones, una cama con sábanas viejas. Los investigadores trabajaron febrilmente para reconstruir lo sucedido. La casa había pertenecido a Mauricio Castellanos, quien había muerto en 2005.
Su hijo Ricardo Castellanos, de 43 años, había heredado la propiedad, pero nunca la había vendido ni vivido en ella. Ricardo trabajaba como mecánico en un taller en el otro extremo de San Miguel de Allende y llevaba una vida aparentemente normal. No había antecedentes criminales, no había señales de alerta. Pero cuando las autoridades fueron a buscarlo para interrogarlo sobre la propiedad, Ricardo había desaparecido. Su pequeño apartamento en el centro estaba vacío. Algunas pertenencias habían sido empacadas. Apresuradamente, su empleador reportó que no había llegado a trabajar desde el día del incendio.
El equipo forense, que inspeccionó su vivienda, encontró fotografías de Lucía tomadas desde la distancia, recortes de periódicos sobre su desaparición y un cuaderno con anotaciones obsesivas sobre sus rutinas escolares. El capitán Salazar emitió una orden de aprensión y alertó a todas las corporaciones policíacas del estado. Las cámaras de peaje capturaron el vehículo de Ricardo, un sedán gris destartalado, viajando hacia el norte en dirección a Querétaro, la noche del incendio. Parecía que al darse cuenta de que el fuego había revelado su secreto, había huído.
La pregunta que atormentaba a los investigadores era, “¿Había iniciado él mismo el incendio accidentalmente o alguien más había prendido fuego a la propiedad sin saber lo que ocultaba? La investigación reveló que Ricardo había sido un niño problemático con registros de servicios sociales por comportamiento antisocial en la secundaria. Había sido despedido de varios empleos por hacer sentir incómodas a compañeras de trabajo. Sus vecinos lo describían como un hombre callado, casi invisible, que nunca causaba problemas, pero que tampoco establecía relaciones significativas.
era precisamente el tipo de persona que podía pasar desapercibida en una comunidad, el que nadie sospecha porque nunca llama la atención. Patricia se enfrentaba ahora a una nueva batalla, ayudar a su hija a sanar. Lucía necesitó semanas de hospitalización para recuperar peso y fuerza física. Los médicos descubrieron que milagrosamente no había sufrido abuso sexual, algo que habían temido dado el perfil del caso. Ricardo aparentemente la había mantenido cautiva por razones que aún no comprendían completamente. Quizás una obsesión enfermiza, un deseo de poseer algo puro y controlar completamente otra vida.
Las sesiones de terapia fueron intensas. Lucía tenía pesadillas constantes, le aterraban los espacios cerrados y la oscuridad. Durante meses no pudo dormir sin una luz encendida. Había olvidado muchas cosas de su vida anterior, nombres de amigas, lecciones que había aprendido en la escuela, incluso algunos recuerdos familiares se habían difuminado, pero otros permanecían vívidamente claros. El sonido de la voz de su madre, el olor de la colonia de su padre, la forma en que Javier solía hacerla reír persiguiéndola por la casa.
La comunidad de San Miguel de Allende respondió con un apoyo abrumador. Se organizaron colectas para ayudar con los gastos médicos y de terapia. La escuela Benito Juárez preparó un programa especial para reintegrar a Lucía gradualmente, conscientes de que ahora tenía 10 años, pero su educación se había detenido a los ocho. Sus antiguas compañeras, ahora en cuarto grado, se comprometieron a ayudarla a ponerse al día. Sofía Ramírez, su mejor amiga, la visitó con la supervisión de los psicólogos.
El reencuentro fue hermoso y desgarrador a la vez. Sofía había crecido en esos dos años. Estaba más alta. Su voz había cambiado ligeramente. Pero cuando vio a Lucía, rompió a llorar y corrió a abrazarla. Hablaron durante horas con Sofía contándoles sobre todo lo que se había perdido, las nuevas maestras, los cambios en el barrio, las películas que habían estrenado. Lucía escuchaba con fascinación y tristeza, consciente del tiempo robado que nunca recuperaría. Mientras tanto, la búsqueda de Ricardo Castellanos se intensificó.
se convirtió en uno de los fugitivos más buscados en el estado de Guanajuato. Su foto apareció en programas de televisión nacionales, en periódicos, en carteles distribuidos por toda la región central de México. Había quien juraba haberlo visto en Querétaro, otros en Michoacán, algunos incluso reportaron avistamientos en la Ciudad de México, pero todas las pistas resultaban falsas o llegaban demasiado tarde. Roberto Torres, quien había dedicado dos años a buscar a su hija, ahora canalizaba esa misma energía en asegurarse de que Ricardo fuera capturado.
Se convirtió en una presencia constante en la fiscalía, presionando para que no bajaran la guardia, compartiendo en redes sociales cualquier información que pudiera ayudar. Su grupo de Facebook, que había servido para buscar a Lucía, ahora se transformó en una plataforma para rastrear a su captor. Patricia, por otro lado, se enfocó completamente en la recuperación de Lucía. Dejó su trabajo para dedicarse tiempo completo a acompañar a su hija a terapias, citas médicas y gradualmente a reconstruir una rutina que se sintiera segura y normal.
Aprendió sobre trastorno de estrés postraumático, sobre cómo el trauma infantil puede manifestarse de formas inesperadas, sobre la importancia de la paciencia y la consistencia. Javier también cambió. Ver a su hermana regresar tan frágil, tan dañada por la experiencia, encendió en él una determinación que no sabía que poseía. decidió que estudiaría criminología, que dedicaría su vida a ayudar a encontrar a otros niños desaparecidos, a asegurarse de que ninguna familia tuviera que pasar por lo que la suya había vivido.
Comenzó a hacer trabajos de voluntariado con organizaciones de búsqueda, a pesar de que aún estaba en la preparatoria. Tres meses después de su rescate, Lucía habló por primera vez extensamente sobre su experiencia. Fue durante una sesión de terapia con la doctora Vargas, con Patricia presente. Describió cómo el hombre la había abordado ese día después de la escuela, ofreciéndole ayuda para encontrar un cachorro perdido. Lucía, como la mayoría de los niños, había sido advertida sobre no hablar con extraños.
Pero este hombre parecía genuinamente preocupado por el animal y ella amaba a los perros. La había llevado apenas unas cuadras antes de forzarla a entrar en su vehículo. El viaje al sótano había sido corto, lo que confirmaba que siempre había estado cerca en las afueras de su propia ciudad. Durante los primeros días, Lucía había gritado y llorado constantemente, pero nadie la escuchaba. La casa estaba suficientemente aislada y el sótano había sido diseñado para amortiguar el sonido. Con el tiempo había dejado de gritar porque comprendió que era inútil.
El hombre le traía comida, latas de atún, frijoles, tortillas que se ponían duras rápidamente. A veces le dejaba libros viejos, cuadernos de colorear con crayones gastados, nunca le hablaba, nunca respondía sus preguntas. Para Lucía, los días se fundían en una monotonía interminable de oscuridad, solo interrumpida por las visitas del hombre, y la débil luz que filtraba a través de una pequeña rejilla de ventilación en lo alto del sótano. Había intentado escapar una vez. Cuando el hombre bajó para dejarle comida, Lucía había corrido hacia las escaleras, pero él la había alcanzado fácilmente.
Después de ese incidente, instaló un mejor sistema de cerradura en la puerta del sótano, eliminando cualquier posibilidad de fuga. Lucía aprendió que resistirse solo empeoraba las cosas, así que se volvió dócil, cooperativa, esperando el momento que nunca llegaba. Lo más difícil, contó a la doctora Vargas, no era el hambre o el frío o la soledad, aunque todos esos elementos habían sido terribles, lo más difícil era el silencio, el no saber si alguien la estaba buscando, si sus padres la recordaban, si el mundo exterior aún existía.
Había días en que se preguntaba si todo había sido un sueño, si su familia y su vida anterior habían sido solo una fantasía elaborada de su imaginación. Conservó su cordura, explicó pensando en su familia. Cada noche, antes de dormir se repetía los nombres de cada miembro. Patricia, Roberto, Javier. recordaba la disposición de su casa, el color de las paredes de su habitación, la forma en que la luz del sol entraba por la ventana de la cocina durante las mañanas.
Estos recuerdos se convirtieron en su ancla en la evidencia de que había existido un antes y que con suerte existiría un después. El relato de Lucía destrozó a Patricia, pero también le dio claridad sobre lo que su hija había soportado. Entendió que la recuperación sería un camino largo, probablemente de años, pero también vio la increíble fuerza que Lucía había demostrado simplemente sobreviviendo. Su hija era una luchadora y juntas enfrentarían lo que viniera. La pregunta del incendio seguía sin respuesta clara.
Los investigadores forenses determinaron que el fuego había comenzado en el segundo piso, en lo que había sido un dormitorio. Encontraron evidencia de un acelerador, lo que sugería que no había sido accidental. La teoría predominante era que Ricardo, quizás sintiéndose vigilado o temiendo que su secreto fuera descubierto, había decidido quemar la evidencia. Pero si ese era el caso, ¿por qué no se aseguró de que Lucía estuviera eliminada? También había sido un acto de cobardía de último minuto, una incapacidad de cometer ese acto final.
Otra teoría, menos popular, pero posible era que alguien más había iniciado el fuego sin saber lo que ocultaba la casa. Los Sabinos tenía un historial de vandalismo menor y no era impensable que algunos adolescentes buscando emociones hubieran prendido fuego a la casa abandonada. Si ese era el caso, habían salvado inadvertidamente la vida de Lucía. Para julio de 2021, 4 meses después del rescate, Lucía había ganado peso y comenzaba a parecerse más a la niña de 10 años que debía ser.
Su cabello había sido cortado y cuidado profesionalmente. Sonreía ocasionalmente, especialmente cuando Javier hacía sus viejas bromas tontas. Había vuelto a la escuela en un programa especial de verano, rodeada de apoyo constante de maestros y compañeros. La historia de Lucía había capturado la atención nacional. Periodistas de todo México solicitaban entrevistas, pero la familia declinaba respetuosamente la mayoría. hicieron una excepción con un programa de investigación respetado que había cubierto el caso desde el principio, principalmente para agradecer públicamente a todos los que habían ayudado en la búsqueda y para dar esperanza a otras familias con seres queridos desaparecidos.
Durante esa entrevista, Patricia habló con una elocuencia nacida del sufrimiento. Nunca perdimos la esperanza ni un solo día. Y quiero que todas las familias que están pasando por esto sepan que los milagros existen. Lucía está aquí, está con nosotros y cada día se vuelve un poco más fuerte. No se rindan. Nunca se rindan. Roberto compartió su perspectiva sobre la importancia de la comunidad sin San Miguel de Allende, sin nuestros vecinos, amigos y hasta desconocidos que compartieron las fotos de Lucía, que rezaron por ella, que nos apoyaron.
No sé cómo hubiéramos sobrevivido estos dos años. Este rescate no fue solo obra de los bomberos o la policía. fue el resultado de una comunidad que se negó a olvidar a una niña. Lucía no participó en la entrevista, pero permitió que mostraran fotos recientes de ella en el jardín de su casa, sonriendo tímidamente mientras jugaba con un cachorro que la familia había adoptado, un golden retriever llamado Sol, que se había convertido en su constante compañero y fuente de consuelo.
La búsqueda de Ricardo Castellanos continuó sin éxito durante meses. La fiscalía no descartaba que pudiera haber cruzado la frontera hacia Estados Unidos o que estuviera escondido en alguna comunidad rural donde nadie hiciera preguntas. Cada lad se seguía meticulosamente, pero Ricardo parecía haberse evaporado. En noviembre de 2021, 8 meses después del rescate de Lucía, llegó un avance. Un anónimo contactó la línea de denuncia de la fiscalía, reportando haber visto a un hombre que coincidía con la descripción de Ricardo en un pequeño pueblo de Oaxaca llamado San Pedro Mixtepec.
El informante, más tarde identificado como un maestro local que había visto los carteles de búsqueda, explicó que el hombre trabajaba en una pequeña carpintería y se hacía llamar José Hernández. Un operativo coordinado entre la Fiscalía de Guanajuato y las autoridades de Oaxaca se puso en marcha rápidamente. En la madrugada de un domingo, un equipo táctico rodeó la carpintería y la casa adyacente donde el sospechoso vivía. Ricardo Castellanos fue arrestado sin resistencia. Cuando las autoridades entraron, lo encontraron durmiendo en un catre con una simple maleta conteniendo toda su vida.
desde que había huído. La noticia de su captura llegó a la familia Torres mientras estaban en misa dominical. El capitán Salazar llamó personalmente a Roberto para informarle. Esta vez, cuando Patricia vio la expresión de su esposo cambiar mientras hablaba por teléfono, supo que eran buenas noticias. En medio de la iglesia, Roberto simplemente asintió con la cabeza hacia ella y formó las palabras lo atraparon con los labios. El juicio de Ricardo Castellanos comenzó 6 meses después, en mayo de 2022.
Fue un proceso mediático que captó la atención de todo Guanajuato. Ricardo se declaró culpable de secuestro, privación ilegal de la libertad y múltiples cargos relacionados. Su abogado defensor intentó argumentar que sufría de trastornos psiquiátricos que disminuían su responsabilidad, pero los psiquiatras forenses determinaron que aunque tenía problemas de personalidad, era plenamente consciente de sus acciones y de su ilegalidad. Durante el juicio, Ricardo finalmente habló sobre sus motivaciones. Sus palabras fueron perturbadoras y revelaron una mente profundamente desconectada de la realidad emocional.
Explicó que había visto a Lucía y la había percibido como perfecta, como algo que quería preservar para sí mismo. No tenía un plan claro más allá de mantenerla oculta, de poseer esa perfección. Cuando se le preguntó si había considerado el dolor que causaría a la familia, respondió con una indiferencia escalofriante que hizo que Patricia tuviera que salir de la sala del tribunal. El juez José María González, un magistrado con 30 años de experiencia, sentenció a Ricardo Castellanos a 50 años de prisión, sin posibilidad de libertad condicional.
En su declaración final, el juez expresó, “El daño que ha causado no solo a Lucía Torres Mendoza, sino a toda su familia y comunidad es incalculable. Ha robado dos años de la infancia de una niña. Ha causado un trauma que posiblemente la acompañe toda su vida. Esta sentencia busca justicia, pero también envía un mensaje claro. Nuestra sociedad no tolerará estos actos de violencia contra los más vulnerables. Patricia leyó una declaración de impacto de la víctima en nombre de Lucía, quien aún era considerada demasiado joven y frágil para testificar.
Con voz firme, pero cargada de emoción, Patricia habló directamente a Ricardo. Nos quitaste dos años con nuestra hija, dos años de cumpleaños, de Navidades, de días ordinarios que ahora son extraordinarios simplemente porque ella está aquí. Pero no destruiste a nuestra familia, no destruiste a Lucía. Ella es más fuerte de lo que jamás imaginaste y cada día se recupera un poco más. Tú, en cambio, pasarás el resto de tu vida en prisión y ese será tu legado. La vida después del juicio, comenzó a normalizarse gradualmente para la familia Torres.
Lucía continuó su terapia, ahora con sesiones semanales en lugar de diarias. regresó a la escuela regular, aunque un año detrás de sus compañeros de edad, debido al tiempo perdido. Hizo nuevas amistades, aunque mantuvo una cercanía especial con Sofía, quien había permanecido constante a su lado. Roberto volvió a trabajar en la construcción, pero ahora también dedicaba tiempo a hablar en escuelas y grupos comunitarios sobre seguridad infantil y prevención de secuestros. Su experiencia le había dado una perspectiva única y sentía la responsabilidad de usar su historia para ayudar a otros.
Patricia abrió un pequeño negocio de repostería desde su casa, algo que siempre había querido hacer, pero nunca había encontrado el tiempo. Ornear se convirtió en su terapia y cada pastel o pan que creaba era una afirmación de que la vida continuaba, de que la belleza y la alegría aún existían. Javier entró a la universidad para estudiar criminología tal como había planeado. Se unió a grupos de búsqueda de personas desaparecidas como voluntario, utilizando las redes sociales para amplificar casos que de otro modo podrían pasar desapercibidos.
La experiencia con Lucía había definido el curso de su vida, pero en lugar de amargura había encontrado propósito. Lucía, ahora de 12 años en 2023, era una niña diferente de la que había sido antes del secuestro, pero también diferente de la niña aterrorizada que había sido rescatada. Las cicatrices emocionales permanecían manifestándose en ocasionales ataques de ansiedad y dificultades para confiar en desconocidos. Pero también había desarrollado una resiliencia notable, una profundidad emocional inusual para su edad. Descubrió el amor por el arte durante su terapia, dibujar y pintar.
se convirtió en una forma de procesar experiencias que eran demasiado difíciles de expresar con palabras. Sus obras, guiadas por un terapeuta de arte comenzaron como imágenes oscuras de sótanos y sombras, pero gradualmente evolucionaron hacia paisajes brillantes, jardines llenos de flores y retratos de su familia. Una de sus pinturas, un autorretrato que mostraba a dos versiones de sí misma, una en la sombra y otra en la luz. Fue exhibida en una galería local en un evento benéfico para familias de desaparecidos.
En la escuela, Lucía era conocida no solo como la niña que fue rescatada, sino como una estudiante dedicada con un talento particular. escribía cuentos, algunos claramente influenciados por su experiencia, otros que exploraban mundos completamente fantásticos, alejados de cualquier oscuridad. Su maestra de español, la señora Beatriz Moreno, reconoció ese talento y la animó a participar en un concurso estatal de escritura creativa para estudiantes de secundaria. El 14 de febrero de 2024, 5 años después de su desaparición, la familia Torres organizó una celebración privada.
No era una conmemoración del secuestro, sino una celebración de supervivencia, de familia, de amor inquebrantable. Invitaron a los bomberos que la habían rescatado, al capitán Salazar y su equipo, a la doctora Vargas, a maestros y amigos que habían sido parte de su recuperación. El capitán Medina, el bombero que había descendido primero al sótano aquel día de marzo, le regaló a Lucía un álbum de fotos que su equipo había compilado. Imágenes del día del rescate cuidadosamente editadas para no mostrar nada traumático, fotos de la comunidad celebrando su regreso, artículos de periódico sobre su historia.
En la primera página había escrito para Lucía, que nos enseñó que la luz siempre vence a la oscuridad. Durante la celebración, Lucía, ahora de 13 años, habló brevemente ante los presentes. Su voz era suave, pero clara. Durante mucho tiempo pensé que lo que me pasó me definiría para siempre, que siempre sería la niña del sótano. Pero mi familia, mis doctores, mis maestros, todos ustedes me han ayudado a entender que soy mucho más que eso. Soy Lucía Torres Mendoza.
Me gustan los perros, el arte, escribir historias. Tengo una familia que me ama, tengo amigos, tengo una vida y cada día esa vida se vuelve un poco más brillante. Hubo pocas personas que no lloraron al escuchar estas palabras. La historia de Lucía Torres se convirtió en un símbolo de esperanza en México, un país devastado por decenas de miles de desapariciones. Su caso fue excepcional, no solo por su final feliz, sino por lo que representaba, la posibilidad de que otros niños desaparecidos también pudieran ser encontrados vivos.
Inspiró a familias a continuar sus búsquedas, a comunidades a mantenerse vigilantes, a autoridades a no cerrar casos como imposibles. Patricia y Roberto se convirtieron en defensores vocales de reformas en los protocolos de búsqueda de personas desaparecidas. trabajaron con legisladores estatales para mejorar la coordinación entre diferentes agencias para asegurar que las primeras horas después de una desaparición se utilizaran eficientemente para proporcionar más recursos a familias en búsqueda. Su testimonio ante el Congreso de Guanajuato fue instrumental en la aprobación de nuevas leyes que fortalecían los mecanismos de alerta Amber.
San Miguel de Allende también cambió. La comunidad que había sentido colectivamente el trauma de la desaparición de Lucía, experimentó una transformación. Se formaron comités de vigilancia vecinal más robustos. Las escuelas implementaron programas más completos de seguridad infantil. Pero más importante, la ciudad mantuvo viva la memoria de lo sucedido, no para regodearse en el trauma, sino como recordatorio de la importancia de proteger a los más vulnerables y de nunca rendirse en la búsqueda de justicia. El caso también tuvo repercusiones más amplias en cómo los medios cubrían desapariciones en México.
Tradicionalmente, muchos casos recibían atención limitada, especialmente si involucraban a familias de bajos recursos o comunidades marginadas. La persistencia de la familia Torres y la forma en que mantuvieron el caso en el ojo público sirvió como modelo para otras familias. Organizaciones no gubernamentales comenzaron a ofrecer capacitación en medios sociales y advocacy para familias de desaparecidos. Ricardo Castellanos, mientras tanto, cumplía su sentencia en el Centro de Readaptación Social de Guanajuato. Los reportes penitenciarios indicaban que era un prisionero retraído que evitaba interacción con otros reclusos.
rechazó múltiples solicitudes de entrevistas de periodistas y documentalistas interesados en su perspectiva. Su defensor de oficio intentó apelar la sentencia argumentando que 50 años era excesivo, pero la apelación fue rechazada unánimemente por el Tribunal Superior. Para Lucía cada logro, por pequeño que fuera, era una victoria. El primer día que pudo dormir con la luz apagada, la primera vez que entró a un espacio cerrado sin tener un ataque de pánico, el día que pudo hablar sobre su experiencia en clase sin llorar.
Cada uno de estos momentos marcaba su progreso hacia una recuperación que sus doctores le recordaban que no tenía una línea de meta definida, sino que era un viaje continuo. En 2025, Lucía cumplió 14 años. Había crecido casi una cabeza desde su rescate. Ahora era casi tan alta como su madre. Su rostro había perdido la palidez enfermiza y había adquirido el color saludable de una adolescente activa. Había desarrollado una pasión por el baloncesto, un deporte que descubrió en la escuela y que le proporcionaba una forma de canalizar energía y construir confianza en su cuerpo.
Su historia de escritura titulada La luz en la grieta ganó el segundo lugar en el concurso estatal. Era un cuento metafórico sobre una semilla que crece en la oscuridad, alimentada únicamente por una diminuta grieta por donde filtra luz, hasta que finalmente rompe la superficie y florece. Los jueces comentaron sobre la madurez emocional y la belleza lírica de su prosa sin saber la historia real detrás de la metáfora. Javier se graduó de la universidad con honores y comenzó a trabajar con una organización no gubernamental dedicada a la búsqueda de personas desaparecidas.
Su primer caso asignado involucró a un niño de 9 años desaparecido en Irapuato.
