Eh, estoy esperando que no llueva mañana. Tengo que trabajar hasta tarde. Ni me hables. Nosotros también estamos esperando que no llueva. Tenemos que resolver algunos asuntos. Bueno, los voy a dejar porque ya tarde tengo que irme a casa porque mi marido se queja de que tardo mucho en la calle. Quédate un poco más, todavía es temprano y tu marido es un pesado.
Eso no es novedad para nadie. ¿Sabes qué? Entonces no no puedo. Ya está reclamando porque ayer también llegué tarde a casa. Me advirtió tío que hoy no me demorara. Entonces vamos a acompañarte hasta la puerta. Es una pena, pero estaba disfrutando mucho nuestra noche juntos. El caso que congeló a Argentina, tres hermanos, una desaparición y una pista inesperada en un bar nocturno.
Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina. Viernes 23 de marzo de 2012. Eran las 11:30 de la noche cuando tres hermanos cruzaron la puerta del bar El Refugio nocturno ubicado en el corazón del barrio Pichincha. Lucía Méndez, de 28 años, enfermera del hospital provincial, entraba junto a sus dos hermanos. Tomás, de 32 años, mecánico de profesión, y Ezequiel, de 25, estudiante de derecho en la Universidad Nacional de Rosario.
Ninguno de ellos imaginaba que esa noche cambiaría sus vidas para siempre. Ninguno sospechaba que en las próximas horas uno de ellos desaparecería. sin dejar rastro en medio de una multitud de testigos.
Ahora sí, prepárate porque lo que estás por escuchar es uno de los casos más perturbadores que ha enfrentado la ciudad de Rosario.
El refugio nocturno era un bar tradicional rosarino de esos que llevan décadas sirviendo cerveza tirada y empanadas fritas hasta la madrugada. Las paredes de ladrillo a la vista estaban decoradas con viejos carteles de chapa de kilmes y fotos en blanco y negro de rosario en los años 60. El piso de baldosas blancas y negras, algunas rotas en las esquinas, brillaba bajo la luz amarillenta de lámparas colgantes.

Una barra larga de madera oscura ocupaba todo el lateral izquierdo del local, donde el dueño Mario Santini, de 56 años, atendía con la misma rutina de siempre. Al fondo, cerca de los baños, había una rocola que esa noche reproducía cuarteto y tango, mezclando a la mona Jiménez con Aníbal Troilo. El aire estaba cargado de humo de cigarrillo, olor a cerveza derramada y el aroma de la parrilla que funcionaba sin parar.
Esa noche el bar estaba repleto. Era viernes, fin de quincena, y la gente había cobrado sus sueldos. trabajadores del puerto, empleados de comercio, estudiantes universitarios, parejas de mediana edad, todos compartían el mismo espacio ruidoso y caluroso. La temperatura exterior superaba los 25 gr, a pesar de ser casi medianoche, y el calor húmedo característico de Rosario hacía que la gente buscara refugio en lugares con aire acondicionado o al menos con ventiladores.
El refugio nocturno tenía tres ventiladores de techo que giraban perezosamente sin lograr refrescar demasiado el ambiente. Los tres hermanos Méndez venían de una situación familiar complicada. Su padre, Roberto Méndez, había fallecido 6 meses atrás de un infarto fulminante a los 63 años. era tornero jubilado y había dejado algunas deudas pendientes.
La madre Marta, de 60 años había caído en una depresión profunda que requería atención constante y medicación. Los hermanos se turnaban para cuidarla, pero las tensiones crecían día a día. Había discusiones sobre si vender o no la casa familiar en Barrio Alberdi, sobre cómo distribuir las responsabilidades del cuidado materno, sobre quién debía hacerse cargo de las deudas del padre.
Esa noche habían decidido encontrarse para hablar, para intentar limar asperezas, para recordar que antes de ser adversarios en una herencia complicada eran hermanos. Lucía recuerda, necesitábamos ese encuentro. Llevábamos semanas discutiendo por teléfono, por mensajes, siempre a los gritos. Tomás me dijo que fuéramos a un lugar neutral, que tomáramos algo, que habláramos como personas civilizadas.
Yo venía de un turno doble en el hospital, estaba agotada, pero acepté. Pensé que tal vez esa noche podríamos arreglar las cosas. Se sentaron en una mesa cerca de la ventana que daba a la calle Rioja. Desde allí podían ver el movimiento constante de la avenida. Los colectivos que pasaban cada 5 minutos, los taxis detenidos en la parada de la esquina, la gente caminando apresurada.
Pidieron tres cervezas kilmes en botella y una picada para compartir. Aceitunas, salame, queso, mar del Plata, pan. Tomás encendió un cigarrillo marboro rojo. Ezequiel revisaba su celular Nokia cada 2 minutos. Lucía miraba por la ventanacon expresión ausente. Tomás dice, “Al principio la conversación fue tensa.
Hablamos de mamá, de sus medicamentos, de quién iba a quedarse con ella el fin de semana largo que venía por Semana Santa. Yo le dije a Ezequiel que no podía ser siempre Lucía la que cargara con todo, que él también tenía que poner el hombro. Él se defendió diciendo que estaba con los exámenes finales de la facultad.
Yo le contesté que todos teníamos obligaciones, que eso no era excusa. Lucía nos pidió que nos calmáramos, que no habíamos ido ahí para pelear otra vez. La conversación fue subiendo de tono, las cervezas se terminaban y pedían más. A las 12:15 de la madrugada ya llevaban dos rondas. El ruido del bar aumentaba conforme avanzaba la noche.
La rocola sonaba más fuerte. La gente hablaba a los gritos para hacerse escuchar. Algunos parroquianos cantaban fragmentos de canciones con voces desafinadas por el alcohol. El calor era sofocante, los ventiladores no daban abasto. Lucía se quitó la campera de Jin que llevaba y la colgó en el respaldo de su silla. Ezequiel recuerda, en un momento dado, Lucía se levantó y dijo que iba al baño.
Yo seguía discutiendo con Tomás sobre la casa, sobre si debíamos venderla o alquilarla. Él insistía en vender. Yo pensaba que mamá no iba a soportar perder la casa donde vivió 40 años. La discusión nos absorbió completamente. No sé cuánto tiempo pasó exactamente, tal vez 10 minutos, 15. Cuando levantamos la vista, Lucía no había vuelto.
Tomás agrega, “Al principio no le di importancia.” Pensé que se había encontrado con alguna conocida que estaba en la puerta fumando un cigarrillo que había ido a comprar algo a un kiosco cercano. Pero Ezequiel me hizo notar que su campera seguía colgada en la silla, que su cartera estaba debajo de la mesa. Lucía nunca dejaría su cartera sola.
Ahí empecé a preocuparme. Se levantaron a buscarla. Primero fueron hacia los baños. Había una fila de cuatro mujeres esperando para entrar al único baño de damas del local. Le preguntaron a cada una si habían visto a Lucía. Describieron su aspecto físico 160 de altura, cabello castaño largo recogido en cola de caballo, remera negra lisa, jein azul oscuro, zapatillas blancas toper.
Ninguna la había visto. Tocaron la puerta del baño. Una mujer de unos 40 años salió molesta por el apuro. No había nadie más adentro. Fueron hasta la barra. Mario Santini, el dueño, estaba sirviendo copas de fernet con Coca-Cola, la bebida favorita de los rosarinos. Le preguntaron si había visto salir a Lucía.
El hombre, con el delantal manchado de cerveza y la frente sudorosa, negó con la cabeza. tenía demasiado trabajo como para fijarse en cada cliente que entraba o salía. Le sugirió que preguntaran a Damián, el mozo que atendía las mesas. Damián Quiroga, de 22 años, estudiante de comunicación social que trabajaba de noche para pagarse la facultad, tampoco recordaba haberla visto levantarse.
Damián, declaró después, esa noche estaba desbordado de trabajo. Éramos solo dos mozos para todo el bar y teníamos todas las mesas ocupadas. La gente pedía sin parar. Algunos se enojaban porque tardábamos en traer las cosas. Yo me movía de un lado a otro como robot. Podían haber pasado 1 cosas frente a mí y no me hubiera dado cuenta.
Los hermanos revisaron la vereda de afuera. La calle Rioja estaba iluminada por faroles públicos de luz amarillenta que creaban charcos de claridad entre sombras. Había gente caminando, parejas de novios abrazadas, grupos de amigos saliendo de otros bares. Le preguntaron a un vendedor de flores que estaba en la esquina si había visto a una mujer de las características de Lucía.
El hombre, un boliviano de unos 50 años llamado Ramiro, que llevaba 20 años vendiendo rosas en esa esquina, dijo que había visto pasar mucha gente, pero no podía asegurar nada. Le preguntaron al encargado del kiosco de la otra vereda. Tampoco tenía información. Tomás cuenta. Volvimos al bar y empezamos a preguntar mesa por mesa.
Le mostrábamos la foto de Lucía que teníamos en el celular. Algunos nos miraban con fastidio, otros con preocupación genuina, pero nadie la había visto. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Ezequiel estaba pálido. Yo sentía que el corazón se me salía del pecho. Llamamos a su celular. Sonaba apagado. Eran las 12:50 de la madrugada.
Habían pasado aproximadamente 30 minutos desde que Lucía se levantó de la mesa. Tomás tomó la decisión de llamar a la policía. Marcó el 911 desde su celular. La operadora le pidió calma y le explicó que en casos de adultos desaparecidos había que esperar 24 horas para hacer la denuncia formal. Tomás perdió los estribos. Le gritó que su hermana había desaparecido de un bar lleno de gente, que algo malo había pasado, que necesitaban ayuda inmediata.
La operadora, ante la insistencia y la descripción de las circunstancias inusuales, prometió enviar un móvilpolicial al lugar. A la 1:15 de la madrugada llegó un patrullero de la comisaría octava. Dos oficiales descendieron del vehículo. El cabo primero, Gustavo Romero, de 38 años con 23 años de servicio, y el agente Jorge Molina de 26 años con apenas 2 años en la fuerza.
Romero era un policía veterano de estatura media, barriga pronunciada, bigotes grises y mirada cansada de quien ha visto demasiado. Molina era delgado, nervioso, todavía con ganas de demostrar que podía hacer bien su trabajo. Romero entró al bar con autoridad, pidió hablar con el encargado. Mario Santini salió de detrás de la barra secándose las manos en el delantal.
El oficial le pidió que bajara la música. La rocola quedó en silencio. Todas las conversaciones se detuvieron. Decenas de ojos se clavaron en los policías. Romero explicó la situación con voz fuerte. Una mujer de 28 años había desaparecido del local hacía aproximadamente una hora. Pidió que quien tuviera información se acercara. El silencio fue absoluto.
Nadie se movió. El cabo Romero declaró posteriormente, “Mi primera impresión fue de incredulidad. En mis 23 años de carrera había visto desapariciones en parques, en calles oscuras, en zonas peligrosas, pero nunca dentro de un bar repleto de testigos. Era absurdo. Alguien tenía que haber visto algo.
Los policías comenzaron a tomar declaraciones. Hablaron con Mario Santini, con Damián Quiroga el mozo, con el otro mozo de turno, Claudio Benítez, de 35 años. Preguntaron si el bar tenía salidas alternativas. Santini confirmó que había tres. La puerta principal quedaba a calle Rioja, una puerta lateral que conectaba con un pasillo estrecho que desembocaba en calle alta y una puerta trasera en la cocina que daba a un patio interno compartido con el edificio de departamentos de al lado.
Las tres puertas estaban siempre abiertas durante el horario de funcionamiento por razones de seguridad y ventilación. Ezequiel dice, “Cuando escuché que había tres salidas, me invadió el pánico. Lucía podría haber salido por cualquiera de ellas. Podría estar en cualquier lugar.” Pregunté si había cámaras de seguridad.
El dueño dijo que sí, que tenían cuatro cámaras instaladas. Por primera vez en toda la noche sentí un poco de alivio. Pensé que las cámaras nos mostrarían qué había pasado. Mario Santini los llevó a una oficina pequeña en el primer piso sobre el bar. Era un cuarto de 3 por 3 m con una mesa de metal, una silla giratoria desvencijada, estantes llenos de facturas y papeles desordenados, y en un rincón un grabador de video digital conectado a un monitor de 14 pulgadas.
Santini encendió el equipo con manos temblorosas. explicó que las cámaras grababan en circuito cerrado las 24 horas y que el sistema guardaba las últimas 72 horas de material antes de sobreescribir. El cabo Romero se sentó frente al monitor. Comenzó a revisar las grabaciones desde las 11:30 de la noche, hora en que los hermanos habían llegado.
La cámara uno ubicada sobre la barra mostraba una vista general del salón principal. La imagen era en blanco y negro, de baja resolución, con marcas de tiempo en la esquina inferior derecha. Se veía claramente la mesa donde se habían sentado los tres hermanos. Se les veía conversar, beber cerveza, gesticular con las manos.
A las 12:18 minutos, Lucía se levantaba de la mesa. La cámara la seguía parcialmente mientras caminaba entre las mesas hacia el fondo del local. Luego desaparecía del encuadre. Romero cambió a la cámara dos, ubicada en el pasillo que llevaba a los baños. Esta cámara mostraba un corredor estrecho, mal iluminado, con puertas a ambos lados.
Se veía a Lucía entrar en el encuadre a las 12:19. Caminaba con paso normal, sin signos de incomodidad o miedo. Se detenía frente a la puerta del baño de mujeres. Había dos personas esperando. Lucía se quedaba de pie, cruzaba los brazos. A las 12:20 entraba al baño. Las dos mujeres que esperaban también entraban en los siguientes minutos. Pero Lucía no salía.
La grabación continuaba. Pasaban 5 minutos, 10, 15. Las otras mujeres salían del baño. Lucía no aparecía. Tomás interrumpió. Eso es imposible. Preguntamos a todas las mujeres que salieron del baño. Todas dijeron que no la habían visto adentro. Una de ellas fue la última en salir antes que llegáramos nosotros.
aseguró que el baño estaba vacío. El cabo Romero rebobinó la grabación varias veces. Efectivamente, Lucía entraba al baño a las 12:20, pero nunca se la veía salir por esa puerta. El oficial pidió revisar la cámara 3 ubicada en la puerta lateral que conectaba con el pasillo hacia calle alta. La imagen mostraba una puerta de metal con una barra antipánico.
Durante todo el periodo, entre las 12:20 y las 12:50, nadie había usado esa salida. La puerta permanecía cerrada, no había movimiento. La cámara 4 estaba en la cocina enfocando la puerta trasera que daba al patio interno. Las imágenesmostraban a los cocineros trabajando, platos yendo y viniendo, humo de la parrilla.
Pero en el momento crucial, entre las 12:20 y las 12:40, la grabación presentaba un corte abrupto. Pantalla se ponía negra durante casi 20 minutos. Luego las imágenes volvían a aparecer como si nada hubiera pasado. Mario Santini se puso nervioso. No entiendo qué pasó. El sistema nunca falla. Está conectado a un UPS que mantiene todo funcionando, incluso si hay cortes de luz.
Alguien tuvo que haber manipulado el grabador. El agente Molina revisó el equipo. Efectivamente, había señales de manipulación. El cable de una de las cámaras había sido desconectado y vuelto a conectar, dejando ese espacio sin grabación. Alguien con acceso a esa oficina había saboteado deliberadamente el sistema. El cabo Romero ordenó que nadie abandonara el bar.
Todos los empleados y clientes presentes en ese momento debían dar sus datos personales y quedar a disposición para interrogatorios posteriores. La noche que había comenzado como un intento de reconciliación familiar se había convertido en una pesadilla policial. Tomás termina este capítulo diciendo, “En ese momento entendí que algo terrible había pasado.
Mi hermana no se había ido por voluntad propia. Alguien en ese bar sabía exactamente qué había ocurrido y ese alguien había hecho todo lo posible para que no quedaran pruebas. Los primeros rayos del sol comenzaban a iluminar las calles de Rosario cuando el caso de Lucía Méndez pasó oficialmente a manos de la división de delitos complejos de la Policía de Investigaciones de Santa Fe.
Era sábado 24 de marzo de 2012, aproximadamente a las 6:30 de la mañana. El bar, El Refugio nocturno, permanecía acordonado con cinta policial amarilla y negra. Dos patrulleros bloqueaban la entrada de calle Rioja. efectivos con chalecos antibalas vigilaban el perímetro mientras los vecinos del barrio Pichincha se asomaban a sus ventanas tratando de entender qué había sucedido en su tranquilo vecindario.
El inspector Carlos Ferreira, de 46 años, fue asignado como responsable principal de la investigación. Ferreira era un hombre de aspecto severo, calvicie pronunciada, anteojos de marco metálico y una reputación intachable construida durante 25 años en la fuerza. Había resuelto casos de secuestros, homicidios y tráfico de personas en Rosario y el interior de Santa Fe.
Conocía la ciudad como la palma de su mano, sus zonas peligrosas, sus bandas criminales, sus redes de corrupción. Era metódico, obsesivo con los detalles y tenía fama de no descansar hasta encontrar respuestas. Lo acompañaban la subinspectora Patricia Domínguez, de 34 años, especialista en análisis de evidencias y perfiles criminales y el sargento Rubén Costa, de 40 años, experto en análisis de video y sistemas de seguridad.
El inspector Ferreira declaró en su momento. Cuando llegué al bar y revisé la escena, supe inmediatamente que no era un caso ordinario. Una mujer adulta, sin problemas psiquiátricos conocidos, sin deudas graves, sin enemigos declarados, desaparecía de un lugar público lleno de testigos y alguien había manipulado deliberadamente las cámaras de seguridad. Eso no era casualidad.
Eso era planificación. Lo primero que hizo Ferreira fue ordenar el cierre total del bar. Nadie podía entrar o salir sin autorización. Los empleados que habían terminado su turno durante la madrugada fueron localizados en sus casas y traídos de vuelta para interrogatorio. Los clientes que habían permanecido en el bar hasta el cierre alrededor de las 4 de la madrugada también fueron citados.
En total había 58 personas que estuvieron presentes en el refugio nocturno entre las 11:30 de la noche del viernes y las 4 de la madrugada del sábado. Patricia Domínguez, la subinspectora, estableció un protocolo de entrevistas riguroso. Cada persona sería interrogada individualmente sin posibilidad de comunicarse con otros testigos.
Se tomarían declaraciones filmadas y grabadas en audio. Se pedirían datos de contacto, domicilios, actividades laborales, antecedentes penales, si los hubiera. Además, se solicitaría a cada persona que describiera exactamente dónde estaba, qué estaba haciendo y qué vio entre las 12 y las 12:40 de la madrugada la ventana temporal crítica en la que Lucía había desaparecido.
Domínguez recuerda, las primeras declaraciones fueron frustrantes. La mayoría de la gente estaba borracha esa noche. Sus recuerdos eran confusos, contradictorios. Algunos ni siquiera recordaban a qué hora habían llegado al bar. Otros mezclaban eventos de esa noche con otras noches.
Era como armar un rompecabezas gigante donde las piezas no encajaban. Mientras tanto, el sargento Rubén Costa se concentró en analizar exhaustivamente las grabaciones de seguridad. Instaló su equipo portátil en la oficina del bar y comenzó a revisar cuadro por cuadro. fotograma por fotograma, cada segundo video disponible.
La cámara del pasillo de los baños era su principal foco de atención. Lucía entraba al baño a las 12:20. Exactamente. A las 12:21 entraba otra mujer identificada posteriormente como Roxana Gutiérrez, de 33 años, empleada administrativa que esa noche estaba celebrando el cumpleaños de una amiga. Roxana salía del baño a las 12:23. A las 12:24 entraba otra mujer, Daniela Peralta, de 28 años, estudiante de arquitectura.
Salía a las 12:27. A las 12:29 entraba una tercera mujer, Gloria Escobar, de 42 años, comerciante. Salía a las 12:32. Luego, durante varios minutos, nadie más entraba al baño. A las 12:37 aparecían en cámara Tomás y Ezequiel golpeando la puerta del baño de mujeres. A las 12:38 salía Gloria Escobar nuevamente, la última que había entrado.
Los hermanos se asomaban al interior, se les veía gesticular con desesperación. El baño estaba vacío. Costa hizo un descubrimiento importante. En el baño de mujeres había una ventana pequeña de aproximadamente 60 cm por 40 cm que daba al patio interno del edificio. Las cámaras de seguridad no cubrían ese patio.
Costa fue personalmente a inspeccionar esa ventana. Estaba a 2 m de altura del suelo del baño. Tendría marcos metálicos oxidados con pintura blanca descascarada. Tenía un pestillo simple que se abría desde adentro. Costa intentó abrirla. El marco estaba hinchado por la humedad y costaba moverlo, pero con esfuerzo logró abrirlo. Se asomó.
El patio interno era un espacio de unos 4 m por 5 con piso de cemento agrietado, paredes de ladrillo sin revocar y un portón de chapa que conectaba con un callejón lateral que a su vez desembocaba en calle alta. El portón tenía un candado viejo, pero al inspeccionarlo, Costa notó que las bisagras estaban flojas y que con suficiente fuerza se podía mover la estructura completa sin necesidad de abrir el candado.
El sargento Costa informó. La ventana del baño era una vía de escape viable. Una persona delgada y ágil podría pasar por ella, especialmente si alguien la ayudaba desde afuera. Una vez en el patio podría forzar el portón y salir al callejón. Desde allí, en 30 segundos, estaría en calle alta, completamente fuera del alcance de las cámaras del bar.
Esta teoría cobró fuerza cuando el equipo forense, liderado por el Dr. Héctor Suárez, de 52 años, médico legista y criminalista con 30 años de experiencia, examinó la ventana y el patio. Encontraron marcas de roce en el marco metálico de la ventana, consistentes con un cuerpo humano pasando por un espacio estrecho.
En el Alfeizar exterior, a 2,5 de altura del patio, había fibras textiles negras enganchadas en una astilla de madera del marco. Las fibras coincidían con el tipo de tejido de algodón de la remera que llevaba Lucía esa noche. En el piso del patio, junto a la pared, había una marca de pisada parcial en el polvo acumulado, correspondiente a una zapatilla deportiva de número aproximado 39 o 40, que era exactamente el número que calzaba Lucía. El Dr. Suárez explicó.
Las evidencias apuntaban claramente a que Lucía había salido por esa ventana, pero surgía una pregunta lógica. ¿Por qué? ¿Por qué una mujer de 28 años, sin problemas mentales, sin amenazas conocidas, decidiría escapar por una ventana de un baño en lugar de simplemente salir por la puerta principal? Y si alguien la obligó, ¿cómo lo hizo sin que las otras mujeres que estaban en el baño se dieran cuenta? Ferreira ordenó interrogatorios exhaustivos de las tres mujeres que habían compartido el baño con Lucía, Roxana Gutiérrez, Daniela Peralta y
Gloria Escobar. Las tres fueron llevadas a la comisaría y entrevistadas por separado en salas de interrogatorio estándar. Paredes grises, mesa metálica, sillas incómodas, grabadora en el centro, ventana con cortina cerrada. Roxana Gutiérrez declaró, “Entré al baño alrededor de las 12:21. Había dos puertas de cubículos.
Los dos estaban ocupados. Escuché ruido de agua corriendo en uno de ellos. Esperé mi turno. Tardé menos de 2 minutos. Salí. No presté atención a quién estaba en los cubículos. Yo solo quería hacer mis necesidades y volver con mis amigas. Daniela Peralta fue más detallista. Yo entré después que Roxana. Me acuerdo porque nos cruzamos en la puerta.
Había un cubículo libre. El otro seguía ocupado. Entré al que estaba libre. Mientras estaba adentro, escuché que alguien abría y cerraba el otro cubículo, pero no vi quién era. Yo estaba concentrada en lo mío. Cuando salí, el baño parecía vacío. Lavé mis manos y salí. Todo fue muy rápido, quizás 3 minutos en total.
Gloria Escobar, la última mujer en entrar antes que llegaran los hermanos de Lucía, proporcionó información crucial. Yo entré al baño sobre las 12:29. Los dos cubículos estaban libres, las puertas abiertas. Entré a uno, hice lo mío, me lavé las manos. Tardé tal vez 3 minutos. Cuando estaba por salir, escuché un golpe fuerte en la pared, como sialguien hubiera empujado algo o tropezado.
Me asomé a ver qué era ese ruido, pero no vi nada. Los cubículos estaban vacíos. Pensé que habría sido un ruido de las cañerías o de la cocina del otro lado de la pared. Salí del baño. A los pocos segundos llegaron dos hombres desesperados preguntando por una mujer. Me pidieron que volviera a mirar. Volví a entrar.
Revisamos todo. No había nadie. El inspector Ferreira, analizando estas declaraciones, estableció una línea temporal precisa. Lucía entró al baño a las 12:20. Roxana entró a las 12:21 y salió a las 12:23. Daniela entró a las 12:24 y salió a las 12:27. Entre las 12:27 y las 12:29, durante aproximadamente 2 minutos, nadie más entró o salió del baño.
Según las cámaras. Gloria entró a las 12:29 y escuchó un golpe fuerte poco antes de salir alrededor de las 12:31. Gloria salió a las 12:32 y fue interceptada por los hermanos de Lucía a las 12:37. Esto significaba que Lucía tuvo una ventana de aproximadamente 11 minutos entre las 12:20 y las 12:31 para salir por esa ventana.
El golpe que escuchó Gloria probablemente fue el momento exacto en que Lucía caía o era bajada al patio. Ferreira razonó. Si Lucía salió por voluntad propia, lo hizo con extraordinaria discreción para que tres mujeres que compartieron el baño con ella no notaran nada. Si fue forzada, quien lo hizo tuvo que actuar con precisión milimétrica, aprovechando los breves momentos en que estaba sola en el baño.
Pero hay otra posibilidad más inquietante, que alguien la estuviera esperando del otro lado de esa ventana. La investigación se amplió al patio interno y al callejón lateral. Los peritos encontraron más evidencias. En el callejón, a unos 10 metros del portón del patio, había marcas de neumáticos frescas sobre la tierra húmeda. Las marcas correspondían a un vehículo liviano, probablemente un auto sedán o una camioneta pequeña.
Los neumáticos dejaban un dibujo particular que los expertos identificaron como compatible con neumáticos Fate Sentiva de Rodado 15, un modelo económico muy común en Argentina durante 2012. Se estimaba que en Rosario había más de 20,000 vehículos con esos neumáticos. Además, los investigadores encontraron en el patio debajo de la ventana del baño, un objeto que cambiaría completamente el rumbo de la investigación.
Era un encendedor metálico de marca Sipo con grabados ornamentales en la superficie. El encendedor estaba rayado, con marcas de uso prolongado, pero funcionaba perfectamente. En uno de sus lados tenía una inscripción casi borrada que bajo luz ultravioleta en el laboratorio forense logró leer Para mi amor siempre juntos.
Mr. Tomás, al ser informado de este hallazgo, declaró, “Ese encendedor no pertenecía a Lucía. Ella no fumaba. Nosotros lo sabríamos si tuviera algo así. Además, esas iniciales MR no corresponden a nadie de nuestra familia ni de su círculo cercano que yo conozca. Ese objeto fue dejado ahí por quien la ayudó a salir o por quien se la llevó.
El inspector Ferreira ordenó análisis de huellas dactilares del encendedor. Se encontraron huellas parciales de dos personas diferentes. Una de las huellas fue cotejada contra las bases de datos policiales. Había coincidencia. Pertenecía a Marcelo Rivero, de 36 años, empleado del bar El Refugio Nocturno. Rivero trabajaba como ayudante de cocina y tenía antecedentes penales, dos condenas por robo agravado cumplidas entre 2005 y 2008 y una denuncia por violencia de género presentada por una expareja en 2010 que no prosperó por
falta de pruebas. Ferreira recuerda ese momento. Cuando vi el nombre de Marcelo Rivero en el sistema, supe que estábamos frente a algo más grande, un empleado del bar con acceso a todas las áreas, incluyendo la cocina desde donde se podía alcanzar el patio con antecedentes penales y cuyo encendedor aparece exactamente donde creemos que Lucía salió del edificio.
Eso no era coincidencia. Marcelo Rivero fue localizado en su domicilio, un departamento de dos ambientes en barrio Fisherton, en el sur de Rosario. Era sábado a las 3 de la tarde. Rivero estaba durmiendo cuando la policía tocó su puerta. abrió con ropa de dormir, ojos hinchados, aliento alcohólico.
Los oficiales le informaron que debía acompañarlos para un interrogatorio rutinario. Rivero no opuso resistencia, pero preguntó de qué se trataba. Le dijeron que era sobre la desaparición de una mujer en el bar. Rivero palideció visiblemente en la sala de interrogatorio de la comisaría, Marcelo Rivero se sentó frente al inspector Ferreira y la subinspectora Domínguez.
Era un hombre de estatura media, complexión robusta por años de trabajo físico, brazos tatuados con diseños tribales, cabello muy corto, barba de varios días, tenía mirada esquiva, manos inquietas que no dejaban de moverse. Ferreira comenzó el interrogatorio mostrándole el encendedor dentro de una bolsa de evidencia. reconoce este objeto. Rivero miró elencendedor y tragó saliva. Sí, es mío.
Lo perdí hace unos días. ¿Dónde lo perdió exactamente? No sé. Lo llevaba siempre en el bolsillo del pantalón. Un día me di cuenta que no lo tenía más. Pensé que se me había caído en algún lado. ¿Recuerda cuándo fue la última vez que lo vio? No sé, tal vez el jueves o el viernes, no estoy seguro.
Ferreira deslizó una foto sobre la mesa. Era una imagen del patio interno del bar con un círculo rojo marcando el lugar exacto donde se encontró el encendedor. Lo encontramos aquí en el patio del bar, debajo de la ventana del baño de mujeres, la misma ventana por donde creemos que salió Lucía Méndez la noche del viernes. Ro se puso nervioso.
Yo trabajo en la cocina. Salgo al patio todo el tiempo a tirar la basura, a fumar, a descansar un rato. Es normal que se me haya caído ahí. Salió al patio el viernes por la noche. Sí, varias veces. Estaba muy estresado. Había mucho trabajo. Salí a fumar tres o cuatro veces durante mi turno. ¿A qué hora termina su turno? A las 2 de la mañana.
Yo entro a las 8 de la noche y salgo a las 2. ¿Dónde estaba? Entre las 12 y las 12:40 de la madrugada del viernes en la cocina trabajando. Estábamos a full con los pedidos. ¿Alguien puede corroborar eso? Claro, mis compañeros de cocina. éramos tres esa anoche, yo, el parrillero Osvaldo Paz y el ayudante Javier Luna. La subinspectora Domínguez intervino.
Señor Rivero, tenemos evidencias de que las cámaras de seguridad del bar fueron manipuladas durante esa noche. Específicamente la cámara que apunta a la puerta trasera de la cocina. Usted tenía acceso directo a esa área. ¿Sabe algo sobre eso? Rivero se tensó. Yo no toqué ninguna cámara, no sé nada de eso. Ferreira aumentó la presión.
Marcelo, le voy a hacer franco. Encontramos su encendedor en el lugar exacto por donde creemos que desapareció Lucía. Las cámaras que podían mostrar qué pasó fueron saboteadas. Usted tiene antecedentes penales. Usted tenía acceso completo al patio. ¿Qué quiere que pensemos? Rivero comenzó a sudar. Yo no hice nada.
No conozco a esa mujer. Nunca la vi antes de esa noche. Mi encendedor se cayó ahí porque yo estaba fumando. Eso es todo. ¿Conoce a alguien con las iniciales MR además de usted? Rivero dudó unos segundos. No sé, tendría que pensar. son iniciales comunes. El interrogatorio continuó durante dos horas más, pero Rivero mantuvo su versión.
Negó cualquier participación en la desaparición de Lucía. Explicó que el encendedor era un regalo de su expareja, Mónica Ramírez, de ahí las iniciales MR grabadas. Insistió en que había estado en la cocina durante todo su turno y que sus compañeros podían confirmarlo. Ferreira decidió detenerlo preventivamente bajo sospecha de complicidad en privación ilegítima de la libertad mientras se profundizaban las investigaciones.
Ezequiel, al enterarse de la detención de Rivero, declaró, “Por fin teníamos un sospechoso concreto, alguien con motivos, con oportunidad, con acceso. Yo quería creer que lo habíamos encontrado, que pronto tendríamos respuestas, pero en el fondo sentía que faltaban piezas. Nada de esto explicaba por qué Lucía había salido por esa ventana, ni a dónde había ido después.
Mientras Rivero permanecía detenido, el inspector Ferreira ordenó interrogar a los otros dos empleados de cocina. Osvaldo Paz, el parrillero, de 45 años, y Javier Luna, el ayudante de 22 años. Nin. Ambos declararon que efectivamente Rivero había estado en la cocina durante toda la noche del viernes, aunque admitieron que en varios momentos el ritmo de trabajo era tan intenso que cada uno se concentraba en sus propias tareas y podían pasar varios minutos sin verse entre ellos.
Paz recordaba que Ribero había salido al patio al menos tres veces a fumar y que en una de esas ocasiones había demorado más de lo habitual, tal vez 7 u 8 minutos. Luna confirmó esa versión. La investigación también se extendió al dueño del bar, Mario Santini. ¿Por qué las grabaciones de la cámara de la cocina se habían cortado precisamente en el momento crítico? Santini fue sometido a un interrogatorio exhaustivo.
Explicó que el sistema de cámaras había sido instalado 3 años atrás por una empresa de seguridad local llamada Securtech. El mantenimiento era mínimo, solo revisaban el sistema cada 6 meses. La última revisión había sido en enero de 2012. Santini juró no haber manipulado nada. dijo que la oficina donde estaba el grabador permanecía cerrada con llave, pero que varios empleados tenían acceso a ella.
Él mismo, su socio minoritario Néstor Campos y el encargado de turno noche, Damián Quiroga, el mozo. Ferreira interrogó a Néstor Campos, de 62 años, jubilado que había invertido sus ahorros en el bar como socio pasivo. Campos declaró que rara vez visitaba el bar, que confiaba en Santini para el manejo diario y que nunca había tocado el sistema de cámaras. Quedaba entoncesDamián Quiroga.
el mozo que había atendido a los hermanos Méndez esa noche. Damián fue citado nuevamente para un interrogatorio más profundo. Era domingo 25 de marzo por la mañana. Damián llegó a la comisaría acompañado de su padre, un electricista de barrio Ludueña. El joven estaba visiblemente nervioso, sus manos temblaban. Ferreira notó inmediatamente ese nerviosismo.
El inspector comenzó suavemente, “Damián, necesito que me cuentes exactamente qué hiciste el viernes por la noche, desde que llegaste al bar hasta que te fuiste.” Damián respiró hondo. Llegué a las 9 de la noche. Mi turno empieza a esa hora. Atiendo mesas hasta las 3 de la madrugada. Esa noche fue caótica. Estábamos repletos.
Atendí como 30 mesas diferentes durante el turno. No paré ni un segundo. En algún momento subiste a la oficina donde está el grabador de cámaras, Damián titubeó. Sí. Subi un par de veces. ¿Para qué? Para buscar cosas. Ahí guardamos servilletas de repuesto, vasos extras, cosas que se nos acaban abajo. ¿A qué hora subiste? No recuerdo exactamente, tal vez a las 11, tal vez más tarde.
Domínguez intervino. Damián, encontramos marcas de manipulación en el grabador. Alguien desconectó y volvió a conectar el cable de la cámara de la cocina. Eso requería conocimiento del sistema y acceso a la oficina. Tú tenías ambas cosas. Damián palideció. Yo no hice eso. No sé quién lo hizo, pero yo no fui.
¿Viste a alguien más subir a la oficina esa noche? No, no vi a nadie. Ferreira cambió de táctica. Damián, ¿conocías a Lucía Méndez antes del viernes? No, nunca la había visto. ¿Conoces a Marcelo Rivero? Sí, trabajamos juntos. Él está en la cocina. Yo atiendo las mesas. ¿Cómo es tu relación con él? Normal, profesional. hablamos poco.
¿Él te pidió alguna vez que hicieras algo fuera de lo común? No, nunca. El interrogatorio duró 3 horas. Damián mantuvo su versión de inocencia, pero su nerviosismo persistente generaba dudas. Ferreira decidió no detenerlo por falta de pruebas concretas, pero lo colocó bajo vigilancia. Mientras tanto, los medios de comunicación locales comenzaron a hacerse eco del caso.
Los noticieros de Rosario abrían con titulares impactantes. Mujer desaparece misteriosamente de bar, lleno de gente. Búsqueda desesperada en Rosario. Emple de bar detenido en caso de desaparición. La familia Méndez realizó conferencias de prensa suplicando información. Tomás, con lágrimas en los ojos, dijo frente a las cámaras, “Por favor, si alguien sabe algo, si alguien vio algo, que hable.
Lucía es una buena persona. Tiene una madre enferma que la necesita. Nosotros la necesitamos. No se merecía esto. La semana que siguió a la desaparición de Lucía Méndez fue de angustia insoportable para su familia y de trabajo incesante para los investigadores. El lunes 26 de marzo, el caso ya ocupaba las primeras planas de los diarios rosarinos.
La nación Clarín y los medios locales como la capital dedicaban páginas completas al misterio. Programas de televisión de alcance nacional comenzaban a interesarse. El caso tenía todos los elementos que capturan la atención pública. una víctima sin enemigos aparentes, una desaparición en circunstancias imposibles, un bar lleno de testigos que no vieron nada y un empleado sospechoso con antecedentes penales.
El inspector Ferreira formó un equipo ampliado de 12 detectives para seguir todas las líneas de investigación simultáneamente. Se estableció un centro de operaciones en la comisaría octava con mapas de rosario en las paredes, fotografías de la escena, líneas temporales dibujadas en pizarras blancas y teléfonos sonando constantemente con llamadas de personas que creían haber visto a Lucía o que tenían teorías sobre qué había ocurrido.
Una de las primeras acciones fue rastrillar completamente el barrio Pichincha y las zonas circundantes. 50 efectivos policiales apoyados por voluntarios organizados por la familia peinaron calle por calle, preguntaron puerta por puerta, revisaron contenedores de basura, terrenos valdíos, cocheras abandonadas.
Se distribuyeron miles de volantes con la fotografía de Lucía, descripción física detallada y números de contacto. La fotografía mostraba a Lucía sonriendo en una reunión familiar navideña con su uniforme de enfermera, el cabello suelto sobre los hombros, los ojos brillantes. Era una imagen que conmovía, que humanizaba el caso, que hacía imposible olvidar su rostro.
Tomás recuerda esos días. No dormíamos. Salíamos a la calle con los volantes a las 6 de la mañana y volvíamos a las 11 de la noche. Hablábamos con comerciantes, con taxistas, con gente que vivía en la zona. Preguntábamos una y otra vez si habían visto algo raro esa noche del viernes. Algunos nos ayudaban con genuina preocupación, otros nos miraban con lástima y otros simplemente no querían problemas y nos ignoraban.
El análisis forense del bar arrojó másevidencias. Se encontraron huellas dactilares de Lucía en el cubículo del baño, en el pestillo de la ventana y en el marco interior de la ventana. Esto confirmaba que ella misma había abierto y manipulado esa ventana. No había señales de forcejeo dentro del baño, no había sangre, no había indicios de violencia.
Todo apuntaba a que Lucía había salido por esa ventana de manera voluntaria, o al menos sin resistencia visible. El doctor Suárez del equipo forense comentó, “Lo que nos resultaba inexplicable era el motivo. Si Lucía quería irse del bar, ¿por qué no salir simplemente por la puerta principal? ¿Por qué arriesgarse a trepar por una ventana estrecha a 2 met de altura? La única explicación lógica era que alguien la estaba esperando del otro lado, alguien con quien ella había acordado ese encuentro secreto.
Esta hipótesis llevó a investigar la vida personal de Lucía con mayor profundidad. Los detectives hablaron con sus compañeros del hospital provincial. Todos describían a Lucía como una enfermera dedicada, responsable, querida por pacientes y colegas. Trabajaba en el área de urgencias, un lugar de alta presión donde había visto situaciones extremas, accidentes de tránsito, víctimas de violencia, enfermos terminales.
Una de sus compañeras, Andrea Sosa, de 34 años, reveló información importante. Lucía había estado saliendo con alguien en secreto durante los últimos meses. No quería que su familia lo supiera porque estaban pasando por un momento difícil y no quería agregar más complicaciones. Ferreira interrogó a Andrea extensamente.
¿Sabes quién era esa persona? Andrea dudó. No estoy segura. Lucía era muy reservada con eso, pero una vez mencionó un nombre, Martín. dijo que era alguien que había conocido en el hospital, pero no un médico ni un enfermero, tal vez un administrativo o alguien de mantenimiento, algo más que te haya contado sobre él.
Dijo que era complicado, que tenía sus propios problemas, pero que la hacía sentir bien en medio de todo el caos familiar que estaba viviendo. Esta revelación abrió una nueva línea de investigación. ¿Quién era Martín? Podía ser Marcelo Rivero usando un nombre falso. Los detectives solicitaron registros de empleados del Hospital Provincial de los últimos 2 años.
Había 43 empleados administrativos y de mantenimiento, cuyo nombre era Martín o alguna variante. Martín, Martiniano, Martino. Se inició un proceso de identificación y localización de cada uno de ellos. Mientras tanto, Marcelo Rivero permanecía detenido. Su abogado defensor, el Dr. Julio Fernández, de 50 años, letrado de oficio asignado porque Rivero no podía pagar un abogado privado, presentó una beas Corpus argumentando detención arbitraria sin pruebas suficientes.
El juez de garantías, Dr. Ricardo Molina, de 60 años con 35 años en la magistratura, analizó el caso. Las evidencias contra Rivero eran circunstanciales, su encendedor en la escena, su acceso al patio, sus antecedentes. Pero no había testigos que lo ubicaran en el patio en el momento crítico. No había evidencia directa de que hubiera interactuado con Lucía.
No había móvil claro. El juez ordenó su liberación bajo fianza y prohibición de salir de la ciudad. Rivero salió de la comisaría el miércoles 28 de marzo, 4 días después de la desaparición. Ezequiel se enfureció al enterarse era el único sospechoso concreto que teníamos y lo dejaron libre. Sentí impotencia, bronca, desesperación.
¿Qué más necesitaban para mantenerlo detenido? Su encendedor estaba ahí. Él tenía los medios, tenía los antecedentes. ¿Qué más querían? Ferreira intentó calmarlo. Entiendo tu frustración, Ezequiel, pero necesitamos pruebas sólidas. Si lo manteníamos detenido sin fundamento, cualquier evidencia posterior podría ser anulada en juicio.
Es mejor tenerlo vigilado afuera y seguir investigando. La investigación del hospital provincial rindió frutos el jueves 29 de marzo. Los detectives identificaron a un empleado que llamó su atención. Martín Andrés Solari, de 31 años, técnico en mantenimiento de equipos médicos. Solari trabajaba para una empresa tercerizada que daba servicio al hospital.
Su función era reparar y dar mantenimiento a las máquinas de rayos X, electrocardiógrafos, monitores de signos vitales. Visitaba el hospital dos o tres veces por semana. Los registros mostraban que había coincidido en múltiples ocasiones con Lucía durante los últimos 6 meses. Los investigadores fueron al domicilio de Solari, un departamento en barrio Echesortu, zona norte de Rosario.
Era un edificio de tres pisos pintado de beige con rejas en las ventanas. Solari vivía en el segundo piso, departamento B. Tocaron el timbre. No hubo respuesta. Hablaron con los vecinos. Una señora mayor del primer piso, Estela Guzmán, de 70 años, dijo que Solari era un inquilino tranquilo, que vivía solo, que trabajaba mucho y se lo veía poco.
Nohabía notado nada extraño en los últimos días. Ferreira decidió obtener una orden judicial para revisar el departamento. El viernes 30 de marzo, una semana exacta después de la desaparición, entraron al departamento de Solari con la orden en mano. El lugar estaba vacío, no había nadie, pero lo que encontraron fue revelador. El departamento era pequeño, de un ambiente con cocina integrada y baño.
Los muebles eran escasos, una cama de una plaza. un ropero de melamina, una mesa con dos sillas, una televisión vieja de tubo sobre un mueble. En el ropero encontraron ropa de hombre, herramientas de trabajo, manuales técnicos de equipos médicos, pero lo más importante estaba en el cajón de la mesa de luz, una fotografía de Lucía.
Era una foto casual tomada con celular e impresa en papel fotográfico. Lucía aparecía sentada en una plaza con el mate en la mano sonriendo a la cámara. Al dorso de la foto había una dedicatoria escrita a mano con letra femenina. Para Martín con todo mi cariño, siempre tuya, L. Domínguez encontró también un celular viejo, un Motorola básico en el cajón de la cocina. Lo encendieron.
Tenía batería. Revisaron los mensajes de texto. Había conversaciones entre Solari y un número que al verificar pertenecía a Lucía. Los mensajes databan de enero a marzo de 2012. Eran mensajes románticos, íntimos. Lucía escribía, “No puedo dejar de pensar en vos.” Solari respondía, “Yo tampoco. Necesito verte pronto.
” En otro mensaje del 20 de marzo, tres días antes de la desaparición, Lucía escribía, “Mis hermanos me están volviendo loca con el tema de la casa. Necesito escaparme de todo esto.” Solari respondía, “Escapémonos juntos. El viernes podemos vernos.” Lucía, voy a estar con mis hermanos el viernes. Vamos a ir a tomar algo.
Solari, decime dónde puedo buscarte. Ferreira leyó esos mensajes con creciente comprensión. Aquí está. Lucía había planeado encontrarse con Solari esa noche. Le dijo dónde iba a estar. Él fue a buscarla. Por eso salió por la ventana para reunirse con él sin que sus hermanos se enteraran. No fue un secuestro.
Fue una huida voluntaria, pero surgían nuevas preguntas. Si Lucía se había ido voluntariamente con Solari, ¿por qué no había contactado a su familia en toda una semana? ¿Por qué su celular seguía apagado? ¿Dónde estaban ahora? Los investigadores emitieron una orden de búsqueda y captura para Martín Solari.
Su fotografía obtenida del registro de empleados del hospital fue distribuida a todas las fuerzas policiales de la provincia de Santa Fe y provincias limítrofes. Solari era de estatura media, delgado, cabello castaño corto, rostro ovalado, sin rasgos distintivos, particularmente memorables. Los registros indicaban que tenía un Volkswagen Gold Gris modelo 2005, patente GFR 528.
Ese auto también fue incluido en la alerta. Tomás, al enterarse de estos descubrimientos, sintió una mezcla de alivio y traición. Por un lado, me aliviaba saber que Lucía, aparentemente se había ido por voluntad propia, que no la habían secuestrado a la fuerza. Pero por otro lado, me dolía que nos hubiera mentido, que nos hubiera hecho pasar por todo esto.
Si quería irse con ese hombre, podría habernoslo dicho. No tenía que desaparecer así. El caso tomó un giro el sábado 31 de marzo cuando una mujer llamada Claudia Moreira, de 42 años, dueña de una estación de servicio en la ruta nacional 9, a unos 60 km al norte de Rosario, llamó a la línea de denuncias. Dijo que había visto a una pareja que coincidía con las descripciones de Lucía y Solari el sábado 24 de marzo por la mañana, un día después de la desaparición.
La pareja había cargado combustible en un Volkswagen Gold Gris y había comprado comida y bebidas en el minimercado de la estación. Claudia recordaba a la mujer porque parecía nerviosa, agitada, como si estuviera huyendo de algo. Los detectives viajaron inmediatamente a esa estación de servicio. Revisaron las grabaciones de las cámaras de seguridad del sábado 24.
A las 9:40 de la mañana se veía claramente un Volkswagen Gold Gris entrando a cargar combustible. Bajaba un hombre Solari y cargaba 20 L de nafta sú. La mujer permanecía en el auto. Luego, ambos entraban al minimado. La calidad de la imagen no era excelente, pero los expertos confirmaron con un 90% de certeza que se trataba de Lucía Méndez y Martín Solari.
Compra dos sándwiches, dos botellas de agua, una bolsa de galletitas y un mapa de rutas de Argentina. Ferreira analizó el video una y otra vez. Estaban huyendo. Compraron un mapa. Eso significa que no tenían un destino claro o que querían opciones. La ruta nueve va hacia el norte, hacia Santiago del Estero, Tucumán, Salta.
podían estar yendo a cualquiera de esas provincias. Se emitieron alertas en todas las provincias del norte argentino, pero el rastro se perdía después de esa estación de servicio. No hubo más avistamientos confirmados, era como si se hubieranevaporado. Mientras tanto, la vida de los hermanos Méndez se desmoronaba. Su madre Marta, al enterarse de que Lucía había huído voluntariamente, entró en un estado de shock profundo.
Dejó de comer, dejó de hablar. Tuvo que ser internada en el hospital neuropsiquiátrico por riesgo de deshidratación y depresión severa. Tomás y Ezequiel se turnaban entre visitarla en el hospital, hablar con la prensa y seguir buscando a su hermana. Ezequiel dice, “Yo no podía entender nada. Si Lucía estaba enamorada de ese Solari, si quería estar con él, ¿por qué no nos lo contó? Éramos sus hermanos, hubiéramos entendido.
Sí, estábamos peleados por la herencia, por mamá, por mil cosas, pero seguíamos siendo familia. No tenía que desaparecer así. No tenía que destruirnos de esta manera. El caso se complicó aún más el martes 3 de abril cuando la empresa donde trabajaba Solari, Techmet Servicios, contactó a la policía. El gerente, ingeniero Pablo Sánchez, de 47 años, informó que Solari había renunciado a su trabajo el jueves 22 de marzo, un día antes de la desaparición de Lucía.
había enviado un email simple diciendo que dejaba el trabajo por motivos personales y que no volvería. Esto indicaba premeditación. Solari había planificado la huida con anticipación. Los investigadores profundizaron en el pasado de Solari. Descubrieron que tenía su propia historia complicada.
Había estado casado entre 2006 y 2010 con una mujer llamada Valeria Torres. El matrimonio terminó en divorcio tras acusaciones mutuas de infidelidad y maltrato psicológico. Solari había perdido la custodia de su hija de 4 años, Sofía, y tenía una orden judicial que le prohibía acercarse a menos de 200 met de su exesposa.
Valeria Torres fue localizada y entrevistada. vivía en Villa Constitución, a 50 km de Rosario. Valeria declaró: “Martín siempre fue manipulador. Al principio parecía encantador, atento, romántico, pero de a poco mostró su verdadera cara. Era controlador, celoso, posesivo. Si yo hablaba con algún amigo, armaba escándalo.
Si salía con mis amigas, me acusaba de serle infiel. Vivía paranoya. Cuando decidí separarme, me amenazó. Dijo que me iba a arruinar la vida, que me quitaría a mi hija. Por suerte, la justicia me dio la razón y le impusieron la restricción. No lo veo hace más de un año. Esta información pintaba a Solari como una persona con problemas serios de control y posesividad.
¿Era Lucía consciente de esto cuando se involucró con él? ¿O Solari le había ocultado su verdadera naturaleza? Ferreira comenzó a sospechar que la situación podía ser más oscura de lo que parecía. Al principio pensé que era una historia de amor prohibido, dos personas huyendo juntas para estar juntos. Pero cuando supe sobre el pasado violento de Solari, empecé a pensar que tal vez Lucía no estaba con él voluntariamente.
Tal vez al principio sí, tal vez lo había aceptado esa noche del viernes. Pero luego las cosas cambiaron. El hecho de que llevaran una semana sin contactar a nadie era muy preocupante. El miércoles 4 de abril, 11 días después de la desaparición, llegó la primera comunicación directa. Un sobre fue dejado en el buzón de la casa familiar de los Méndez en barrio Alberdi.
No tenía remitente, no tenía estampillas postales. Alguien lo había depositado personalmente durante la noche o temprano en la mañana. Marta, que acababa de recibir el alta del hospital neuropsiquiátrico, pero seguía muy débil, no salió de su habitación. Tomás encontró el sobre al mediodía cuando fue a visitarla.
Tomás describe ese momento. Abrí el buzón para ver si había llegado alguna carta del banco o algo así. Vi un sobre blanco, común, sin nada escrito afuera. Lo abrí. Adentro había una hoja de cuaderno arrancada prolijamente. Reconocí inmediatamente la letra de Lucía. Era un mensaje escrito a mano. La carta decía, “Queridos Tomás y Ezequiel, sé que deben estar furiosos conmigo y lo entiendo.
Sé que los lastimé profundamente y no encuentro palabras para disculparme. Necesitaba alejarme de todo. La situación en casa era insostenible. Sentía que me ahogaba. Conocí a alguien que me hace sentir viva otra vez, que me entiende, que me da la paz que no encontraba en ningún lado. Decidimos empezar de nuevo juntos, lejos de Rosario, lejos de todo lo que nos lastimaba.
Por favor, no me busquen. Estoy bien. Estoy feliz. Cuiden a mamá. Díganle que la amo y que algún día lo va a entender. Los quiero, Lucía. La carta fue inmediatamente entregada a la policía. Los peritos grafotécnicos confirmaron que la caligrafía coincidía con la de Lucía. El papel era común, imposible de rastrear.
No había huellas dactilares, además de las de Tomás. Para los investigadores, la carta planteaba más preguntas que respuestas. ¿Por qué Lucía no había llamado por teléfono? ¿Por qué usar una carta anónima dejada en un buzón en lugar de un contacto directo?realmente estaba bien o la habían obligado a escribir eso.
Ezequiel no se convenció. Esa carta no sonaba como Lucía. Ella siempre fue directa, frontal. Si quería decirnos algo, nos lo decía a la cara o al menos por teléfono. Esto de la carta anónima era raro. Además, decir que está feliz cuando nos tiene a todos destruidos, cuando mamá estuvo internada. Eso no es propio de ella. Yo creo que alguien la obligó a escribir eso.
La aparición de la carta generó un debate intenso dentro del equipo de investigación. Algunos detectives consideraban que era evidencia suficiente de que Lucía estaba viva y actuando por voluntad propia y que, por lo tanto, el caso debía reclasificarse de desaparición sospechosa a persona adulta que eligió alejarse. Otros, incluyendo Ferreira y Domínguez, mantenían serias dudas.
La forma en que se entregó la carta, la falta de contacto directo, el silencio absoluto del teléfono celular de Lucía, todo apuntaba a que algo no estaba bien. El inspector Ferreira argumentó en una reunión del equipo investigativo el jueves 5 de abril, si Lucía realmente está bien y actuando libremente, ¿por qué no llamó por teléfono a su madre que estuvo internada? ¿Por qué no envió un mensaje tranquilizador directo? Esta carta parece más un intento de cerrar la investigación que una comunicación genuina.
No voy a cerrar este caso hasta tener pruebas concluyentes de que Lucía está a salvo. Se intensificó la búsqueda de Solari y su vehículo. Los peajes de las rutas nacionales fueron notificados. Las compañías de telefonía celular fueron requeridas para rastrear cualquier actividad en los teléfonos de Lucía y Solari, pero ambos aparatos permanecían apagados o sin señal desde el sábado 24 de marzo.
Los bancos fueron consultados para rastrear movimientos en las cuentas bancarias. Solari había retirado todo su dinero, aproximadamente 12,000 pesos argentinos de su cuenta el jueves 22 de marzo, el día que renunció a su trabajo. Lucía no había movido su cuenta desde el viernes 23. Los días pasaban sin nuevos avances significativos. La prensa comenzó a perder interés.
Otros casos ocupaban los titulares. La familia Méndez organizó marchas en el centro de Rosario pidiendo ayuda para encontrar a Lucía. Tomás apareció en programas de televisión nacionales rogando que su hermana se comunicara, que al menos les diera señales de vida, que les dejara saber que realmente estaba bien.
En uno de esos programas, transmitido el lunes 9 de abril, Tomás dijo frente a las cámaras con la voz quebrada, “Lucía, sé que tal vez estás viendo esto. Si de verdad te fuiste por tu decisión, si de verdad estás feliz, solo quiero escucharlo de tu propia voz. Llámame, mándame un mensaje, demuéstranos que estás bien. Mamá te necesita, nosotros te necesitamos.
Por favor, no nos hagas esto. Esa misma noche algo extraordinario sucedió. El celular de Tomás sonó a las 11:40 de la noche. Era un número desconocido. Tomás atendió con el corazón acelerado. Del otro lado escuchó la voz de Lucía. Estaba llorando. Lucía dijo, “Tomás, soy yo. Por favor, perdóname. No quería que las cosas fueran así.
” Tomás, intentando mantener la calma mientras le hacía señas desesperadas a Ezequiel, que estaba en la misma habitación. Lucía, ¿dónde estás? ¿Estás bien? Decime que estás bien. Estoy bien. Estoy a salvo, pero no puedo decirte dónde estoy. ¿Por qué no? ¿Por qué nos hiciste esto? Mamá estuvo internada. Nos tenés destruidos. Lo sé, lo sé, lo siento muchísimo, pero necesitaba alejarme.
Ustedes no lo entienden. La situación era insoportable. Lucía, ¿estás con Solari? ¿Te está obligando a algo? Hubo una pausa larga. No me está obligando a nada. Yo elegí estar con él. Entonces, ¿por qué lloras? Si todo está tan bien, ¿por qué estás llorando? Porque extraño todo, los extraño a ustedes, extraño a mamá, pero no puedo volver.
¿Por qué no podés volver? Porque porque las cosas se complicaron. No puedo explicártelo por teléfono. Lucía, la policía te está buscando. Hay una investigación. Si no aparecés, Solar iba a terminar preso. Que no lo busquen. Por favor, deciles que no lo busquen. Él no me hizo nada malo. Entonces aparece vos. Venía a Rosario, aunque sea un día.
Hablá con la policía. Demostrá que estás bien. Luego podés volver a irte si eso es lo que querés. No puedo. No puedo volver. Hay cosas que no sabes, cosas que pasaron. ¿Qué cosas? Contame, yo te puedo ayudar. En ese momento se escuchó la voz de un hombre al fondo, probablemente Solari, diciendo algo que no se entendía claramente.
Lucía respondió con voz asustada, “Ya voy, dame un minuto.” Luego volvió al teléfono. Tomás, tengo que colgar. Por favor, cuida a mamá. Decile que la amo y perdóname. Lucía, no colgues. Lucía, por favor. La llamada se cortó. Tomás intentó devolver la llamada inmediatamente, pero el número estabaapagado o fuera de área.
Llamó a la policía de inmediato. Ferreira activó el protocolo de rastreo de llamadas. La empresa telefónica informó que la llamada se había originado desde una antena celular en la ciudad de Salta, a más de 1000 km al norte de Rosario. La triangulación ubicaba el origen en un radio de aproximadamente 3 km en el centro de la capital salteña.
Ferreira contactó inmediatamente con la policía de Salta. Se organizó un operativo de búsqueda en la zona, pero Salta es una ciudad de más de 600,000 habitantes, con miles de hoteles, hostales, casas de alquiler temporal. Encontrar a dos personas sin dirección específica era como buscar una aguja en un pajar. De todos modos, se distribuyeron las fotografías de Lucía y Solari a todos los hoteles de la zona céntrica.
Se revisaron registros de alojamientos de los últimos 15 días. Se pusieron alertas en terminales de ómnibus y la estación de trenes. Ezequiel, que había escuchado toda la conversación por altavoz, estaba destrozado. La escuché y sentí que era ella, pero al mismo tiempo no lo era. Sonaba asustada, confundida, como si estuviera actuando bajo presión.
Cuando escuché esa voz de hombre al fondo y vi cómo reaccionó Lucía, supe que algo andaba muy mal. Ese tipo la tiene controlada de alguna manera. La llamada cambió completamente la dinámica del caso. Ahora había certeza de que Lucía estaba viva, ubicación aproximada en Salta y crecientes sospechas de que no actuaba completamente libre.
El fiscal de la causa, Dr. Andrés Maldonado, de 49 años con 20 años en la Fiscalía Criminal de Rosario, decidió elevar los cargos contra Solari de persona buscada para interrogatorio, a sospechoso de privación ilegítima de la libertad y posible coacción. Se libró una orden de captura nacional. Los medios volvieron a encenderse con el caso.
La llamada de Lucía fue el tema principal en todos los noticieros. Expertos en psicología forense fueron invitados a programas de televisión para analizar el tono de voz de Lucía, sus palabras, el contexto de la llamada. La mayoría coincidía en que mostraba señales de estar bajo coerción o manipulación psicológica. En Salta, el operativo produjo un resultado inesperado.
El miércoles 11 de abril, una empleada del hotel colonial, un alojamiento económico en el barrio San Martín de Salta, llamó a la policía diciendo que reconocía a la pareja de las fotografías. Habían estado alojados en el hotel desde el domingo 25 de marzo hasta el martes 10 de abril, registrados bajo los nombres falsos de Lucas Méndez.
y María Solís habían pagado en efectivo. La empleada Mónica Ruiz, de 38 años los describió como una pareja que casi no salía de la habitación, que pedía comida a domicilio y que la mujer siempre parecía nerviosa, inquieta. La policía salteña llegó al hotel en cuestión de minutos, pero Solari y Lucía ya se habían ido.
Según Mónica, habían dejado la habitación esa misma mañana a las 8, llevando solo dos bolsos pequeños. No dejaron información de hacia dónde se dirigían. Los investigadores revisaron la habitación. encontraron algunas prendas de ropa olvidadas, un mapa de rutas del noroeste argentino con varias rutas marcadas con marcador y en el bote de basura una nota arrugada escrita a mano por Lucía que decía, “No sé si hice lo correcto. Tengo miedo.
¿Y si nos encuentran? ¿Y si todo esto fue un error?” Esa nota fue la evidencia más clara hasta el momento de que Lucía no estaba completamente convencida de su situación. Domínguez analizó la nota. Esta es la confirmación que necesitábamos. Lucía tiene dudas profundas sobre lo que está haciendo. La palabra miedo es clave.
¿Miedo de qué? ¿De que los encuentren o miedo de Solari? El rastro se perdía nuevamente. Los días siguientes fueron de angustia renovada. Las rutas marcadas en el mapa sugerían que podrían dirigirse hacia Jujuy, la provincia más al norte, fronteriza con Bolivia. Planeaban cruzar la frontera. Se alertó a Gendarmería Nacional, la fuerza que controla las fronteras argentinas.
Se intensificaron los controles en los pasos fronterizos de Laquiaca y Aguas Blancas. El viernes 13 de abril, 20 días después de la desaparición inicial, ocurrió el quiebre definitivo del caso. A las 4 de la madrugada, una patrulla de Gendarmería nacional en el puesto de control de Aguas Blancas, Salta, frontera con Bolivia, detuvo a un Volkswagen Gol gris que intentaba cruzar hacia el país vecino.
El conductor era Martín Solari, la acompañante era Lucía Méndez. Ambos fueron detenidos inmediatamente. El comandante de Gendarmería en el puesto, mayor Gustavo Herrera, de 43 años con 20 años de servicio, relató. El vehículo se acercó al control de rutina. Pedimos documentación. El conductor Solari entregó su DNI con mano temblorosa. La mujer que lo acompañaba miraba hacia abajo, no hacía contacto visual.
Algo en su lenguaje corporal me llamó laatención. Revisé las alertas activas en el sistema y ahí estaban Solari y Méndez, buscados por la justicia de Santa Fe. Procedimos a la detención sin resistencia. Lucía fue separada inmediatamente de Solari y atendida por una psicóloga de gendarmería, la licenciada Carolina Vega, de 35 años.
En un primer momento, Lucía insistió en que estaba bien, que se iba a consolar y voluntariamente que no había ningún problema. Pero conforme avanzaba la conversación con la psicóloga, en un ambiente tranquilo, separado de Solari, comenzó a quebrarse. Después de dos horas de conversación, Lucía finalmente dijo la verdad.
Lucía confesó entre lágrimas. Al principio todo parecía romántico, emocionante. Martín me decía que me entendía, que mi familia no me valoraba, que juntos podíamos ser felices. Esa noche del viernes, cuando salí por la ventana del baño, estaba convencida de que estaba haciendo lo correcto. Él me esperaba en el patio, me ayudó a bajar.
Nos fuimos en su auto, pero en cuanto salimos de Rosario, todo cambió. se puso paranoico, controlador. Revisaba mi celular constantemente. Me hizo apagar mi teléfono y romper la tarjeta SIM. Me decía que si contactaba a mi familia arruinaría todo, que la policía me perseguiría por abandonar a mi madre enferma.
Me llenó la cabeza de miedos. En Salta quise volver. Quise llamar a mis hermanos, pero él se enojaba. me amenazaba con dejarme sola en el medio de la nada, sin dinero, sin nada. La carta que mandamos a mi familia la escribí yo, pero él me dictó qué poner. La llamada a Tomás la hice a escondidas cuando Martín estaba durmiendo, pero me descubrió y me obligó a colgar.
Estos días han sido una pesadilla. No sé en qué momento pasé de sentirme enamorada a sentirme prisionera. Esta declaración fue grabada en video y constituía evidencia fundamental. Solari fue formalmente acusado de privación ilegítima de la libertad, coacción y manipulación psicológica. Fue trasladado de vuelta a Rosario bajo custodia policial fuerte.
Lucía, tras ser evaluada médicamente y confirmarse que no tenía lesiones físicas, pero sí signos de estrés postraumático agudo, fue también trasladada a Rosario, pero en condición de víctima, no de acusada. El sábado 14 de abril por la tarde, Lucía llegó a Rosario. En el aeropuerto la esperaban Tomás, Ezequiel y su madre Marta, que había insistido en estar presente a pesar de su estado delicado de salud.
El reencuentro fue de lágrimas, abrazos interminables, palabras entrecortadas por el llanto. Tomás describe ese momento. Cuando vi a Lucía bajar del avión, escoltada por dos oficiales, pero finalmente libre, sentí que me sacaban un peso gigante del pecho. La abracé y no quería soltarla nunca más. Le dije que todo iba a estar bien, que estábamos ahí para ella, que nunca más iba a estar sola.
Los días posteriores al rescate de Lucía fueron de reconstrucción, sanación y revelaciones finales sobre todo lo que realmente había ocurrido esa noche del 23 de marzo y en las semanas siguientes. El inspector Ferreira completó la investigación con interrogatorios exhaustivos a Solari, análisis de todas las evidencias recolectadas y declaraciones detalladas de Lucía que permitieron armar el rompecabezas completo.
Martín Solari, enfrentado a evidencias abrumadoras y declaraciones testimoniales sólidas, finalmente decidió colaborar con la justicia a cambio de una eventual reducción de pena. El lunes 16 de abril, en presencia de su abogado defensor y del fiscal Maldonado, Solari confesó toda la verdad en una declaración que quedó registrada en las 200 páginas del expediente judicial. Solari explicó.
Conocí a Lucía en enero de 2012 cuando fui a hacer un mantenimiento al hospital provincial. Ella estaba en su descanso tomando mate en el patio del hospital. Empezamos a hablar. Me contó que estaba pasando por un momento difícil con su familia. Yo también le conté mis problemas, mi divorcio, la pérdida de la custodia de mi hija. Nos identificamos mutuamente.
Empezamos a vernos en secreto. Ella no quería que su familia supiera porque ya tenían suficientes problemas. Yo tampoco quería hacerlo público porque tenía la restricción de mi exesposa y cualquier relación nueva podía complicarme legalmente. Con el tiempo, la relación se intensificó. Yo estaba obsesionado con ella.
Era la primera persona que me hacía sentir valorado en mucho tiempo. Solari continuó relatando cómo planificó la huida. En marzo, Lucía me contó que la situación con sus hermanos era insostenible por la herencia de su padre. Yo le sugerí que nos fuéramos juntos, que empezáramos de nuevo en otro lugar, lejos de todo lo que nos lastimaba.
Ella al principio dudó, pero finalmente aceptó. Renuncié a mi trabajo el jueves 22. Saqué todo mi dinero del banco. El viernes 23, Lucía me avisó que iba a estar en el refugio nocturno con sus hermanos. Le dije que fuera al baño, quehabía una ventana que daba a un patio y que yo la esperaría.
Ahí llegué al bar alrededor de las 12. Entré como un cliente más. Pedí una cerveza en la barra. Observé dónde se sentaban los hermanos. Cuando vi que estaban discutidos, concentrados en su pelea, me escabullí hacia la cocina. Le pregunté a uno de los cocineros dónde estaba el baño para clientes. Me indicó el pasillo.
Pasé rápido y salí por la puerta trasera hacia el patio. Esperé ahí fumando. Dejé mi encendedor en el suelo sin darme cuenta. A las 12:20 escuché ruido en el baño. Me acerqué a la ventana. Lucía me vio desde adentro. Esperó a que los dos cubículos estuvieran libres. se subió al inodoro, abrió la ventana y comenzó a pasar. La ayudé a bajar.
Salimos del patio forzando el portón. Caminamos rápido hasta la esquina donde había dejado estacionado mi auto. Nos fuimos. Esta versión coincidía con las evidencias físicas y las líneas temporales establecidas por la investigación. Pero el fiscal Maldonado quería saber sobre las cámaras de seguridad manipuladas.
Solari admitió, “La manipulación de las cámaras no la hice yo. Fue Damián Quiroga, el mozo. Yo lo había conocido unos meses atrás cuando visitaba el bar ocasionalmente. Hablamos un par de veces. Le conté que estaba enamorado de una mujer, pero que su familia no aprobaba la relación. No le di detalles. Le pregunté como al pasar si el bar tenía cámaras de seguridad.
Me dijo que sí y me explicó dónde estaba el grabador. Una semana antes de la huida, lo busqué fuera del bar y le pedí un favor. Le ofrecí 3,000 pesos. Si esa noche del viernes, entre las 12 y las 12:30 desconectaba temporalmente la cámara de la cocina que apuntaba al patio. Le dije que era para poder encontrarme con mi novia sin que nadie lo viera.
Él aceptó. Necesitaba el dinero para pagar deudas de la facultad. Lo hizo tal como quedamos. Esta confesión llevó a la detención inmediata de Damián Quiroga, quien fue acusado de complicidad en privación ilegítima de la libertad y obstrucción a la justicia. Damián, confrontado con la declaración de Solari, terminó confesando también.
dijo que nunca imaginó que la situación era tan grave, que pensó que era simplemente una pareja que quería verse en secreto, que si hubiera sabido las consecuencias nunca habría aceptado el dinero. Su participación le valió una condena de 2 años de prisión condicional y multa económica. El inspector Ferreira explicó.
La pieza que faltaba era precisamente esa. Necesitábamos saber quién había manipulado las cámaras. Solari no tenía acceso a la oficina, pero Damián sí. Los 3000 pesos fueron suficiente motivación para que un joven endeudado cometiera un error que marcaría su vida. A veces la complicidad no viene de mala intención, sino de necesidad económica y falta de juicio.
Respecto a Marcelo Rivero, el empleado de cocina que había sido el primer sospechoso, quedó completamente exonerado. Su encendedor en el patio era efectivamente porque fumaba ahí regularmente. Su nerviosismo durante los interrogatorios se debía a sus antecedentes penales y al miedo natural de volver a tener problemas con la justicia.
Se le ofreció disculpas públicas y una compensación económica por los días de detención injusta. Rivero aceptó las disculpas, pero demandó al Estado por daño moral, caso que se resolvió 2 años después con un acuerdo extrajudicial. Lucía, en sesiones terapéuticas extensas con la psicóloga forense, la doctora Silvia Ramos, de 51 años, especialista en víctimas de manipulación psicológica, fue reconstruyendo cómo había caído gradualmente bajo el control de Solari.
Lucía reflexionó en una de esas sesiones. Al principio, Martín era todo lo que yo necesitaba. era atento, comprensivo, me escuchaba durante horas en medio del caos familiar que vivía. Él era mi refugio. Pero mirando atrás, me doy cuenta que desde el principio hubo señales de alerta que ignoré.
Me aislaba sutilmente de mis amigos. Decía cosas como, “Ellos no te entienden como yo o tu familia no te valora lo suficiente. Me hacía sentir que solo él me comprendía realmente. Cuando propuso que huyéramos juntos, yo ya estaba tan manipulada que me pareció la solución perfecta. Pensé que estaba eligiendo el amor por sobre los problemas familiares.
No entendí que estaba cayendo en una trampa de control. La doctora Ramos explicó el fenómeno. Lo que Lucía experimentó es un patrón clásico de manipulación psicológica en relaciones de pareja. El manipulador primero crea un vínculo emocional fuerte. Se presenta como el salvador o el único que comprende a la víctima. Luego gradualmente comienza el aislamiento social y familiar, haciéndola depender emocionalmente solo de él.
Finalmente, cuando tiene el control completo, aparecen las amenazas, la coacción, el miedo. La víctima queda atrapada, sintiéndose culpable de estar en esa situación e incapaz de salir.Lucía tuvo la valentía de llamar a su hermano en Salta, lo cual fue su tabla de salvación. Muchas víctimas no lo logran nunca.
El juicio contra Martín Solari comenzó en agosto de 2012 y duró 3 meses. Fue uno de los juicios más mediáticos de ese año en Argentina. Los hermanos Méndez asistieron a todas las audiencias sentados en primera fila apoyando a Lucía. El fiscal Maldonado construyó un caso sólido basado en la declaración de Lucía, las evidencias físicas, los testimonios de testigos, los mensajes de texto encontrados en el celular de Solari y la confesión parcial del propio acusado.
La defensa de Solari intentó argumentar que había sido una relación consensuada, que simplemente terminó mal, que Lucía había ido voluntariamente, que no hubo secuestro ni privación de libertad, pero las evidencias eran abrumadoras. Los mensajes de texto mostraban un patrón progresivo de control. Los testimonios de la exesposa de Solari establecían un historial de comportamiento manipulador.
La declaración de Lucía, consistente en múltiples entrevistas, demostraba coacción y miedo. La nota encontrada en Salta expresaba dudas y temor. La llamada grabada a su hermano contenía señales claras de angustia. El 15 de noviembre de 2012, el Tribunal Oral Criminal de Rosario, presidido por la jueza Marta Sánchez, de 58 años con 30 años en la magistratura, dictó sentencia.
Martín Andrés Solari fue declarado culpable de privación ilegítima de la libertad agravada, coacción, manipulación psicológica y obstrucción a la justicia. La condena fue de 8 años de prisión efectiva, sin posibilidad de libertad condicional durante los primeros cuatro años. La jueza Sánchez, al leer la sentencia, dijo, “Este caso nos recuerda que el secuestro y la privación de libertad no siempre involucran violencia física visible o cadenas y encierros.
A veces ocurren a través de la manipulación psicológica, del control emocional, del aislamiento progresivo. Solari se aprovechó de un momento de vulnerabilidad en la vida de Lucía Méndez. Construyó una relación basada en dependencia emocional y luego la mantuvo contra su voluntad a través del miedo y las amenazas.
Esto no es amor, esto es abuso. Y nuestra sociedad debe aprender a identificar estas señales antes de que sea demasiado tarde. Tomás, al escuchar la sentencia sintió finalmente algo de paz. No devolverá los días de angustia, no borrará el daño hecho a mamá. No reparará el tiempo perdido. Pero al menos hay justicia.
Al menos ese hombre no podrá hacerle esto a nadie más durante muchos años. La vida de Lucía después del juicio fue de reconstrucción lenta pero constante. Continuó trabajando como enfermera en el hospital provincial, donde sus colegas la recibieron con apoyo y comprensión. inició terapia psicológica intensiva para procesar el trauma vivido.
La relación con sus hermanos, aunque dañada por los eventos, comenzó a sanar gradualmente. Los tres aprendieron que las peleas familiares, pores que parezcan, nunca valen la pena si destruyen los vínculos esenciales. Ezequiel reflexiona años después. El caso de Lucía nos cambió como familia. nos hizo entender que los problemas materiales, las herencias, las casas, el dinero, todo eso es secundario.
Lo primordial es estar ahí el uno para el otro. Vendimos la casa familiar finalmente. Usamos el dinero para cuidar mejor a mamá y para ayudar a Lucía con sus gastos terapéuticos. Ya no discutimos por esas cosas, aprendimos a priorizar. Marta, la madre, se recuperó gradualmente de la depresión. El regreso de Lucía le dio nuevas fuerzas para seguir adelante.
Aunque nunca volvió a ser exactamente la misma después de la pérdida de su esposo y la desaparición temporal de su hija, encontró un equilibrio que le permitió disfrutar de sus últimos años, rodeada de sus tres hijos reunidos. El bar El Refugio Nocturno cerró definitivamente 6 meses después de los eventos.
Mario Santini, el dueño, no pudo soportar la presión mediática y el estigma asociado con el lugar. El edificio fue vendido y posteriormente demolido. Hoy en ese lugar hay un edificio de departamentos modernos. Pocos de los residentes actuales conocen la historia de lo que ocurrió allí en marzo de 2012. El inspector Carlos Ferreira, quien llevó adelante la investigación, se retiró de la policía en 2018 después de una carrera distinguida.
Entrevistas posteriores siempre menciona el caso de Lucía Méndez como uno de los más complejos y significativos de su carrera. En 2015, durante una conferencia sobre violencia de género y control psicológico, Ferreira dijo, “Este caso me enseñó que los crímenes más peligrosos no siempre son los más violentos externamente.
A veces el daño más profundo ocurre sin un solo golpe físico, a través del control mental, del aislamiento, de la manipulación emocional. Como sociedad debemos estar alertas a estas dinámicas.Debemos educar a nuestros jóvenes sobre relaciones saludables versus relaciones tóxicas.
Debemos crear espacios seguros donde las víctimas puedan pedir ayuda sin vergüenza ni miedo. Lucía, quien durante años mantuvo perfil bajo y rechazó entrevistas mediáticas, finalmente accedió en 2016 a participar en un documental. sobre violencia psicológica en relaciones de pareja. En ese documental producido por Canal 5 de Rosario, Lucía dijo, “Quiero que mi historia sirva para que otras personas reconozcan las señales.
Si tu pareja te aísla de tu familia y amigos, si te hace sentir que solo él o ella te entiende, si te controla, si te hace dudar de tu propio juicio, si te genera miedo, eso no es amor. El amor verdadero no aísla, no controla, no genera miedo. Yo tardé demasiado en darme cuenta. Casi pierdo todo por eso.
Si mi historia ayuda aunque sea a una persona, a identificar una relación tóxica y salir de ella a tiempo, entonces todo lo que viví habrá tenido algún sentido. El caso que congeló a Argentina durante la primavera de 2012 dejó lecciones profundas que resonaron mucho más allá de Rosario. Se implementaron nuevos protocolos en la policía santa Feesina para casos de desapariciones de adultos, reconociendo que no siempre es necesario esperar 24 horas cuando las circunstancias son sospechosas.
Se intensificaron las campañas de concientización sobre violencia psicológica en relaciones de pareja. Se crearon líneas telefónicas de ayuda específicas para víctimas de manipulación y control emocional. Hoy, más de una década después, la historia de Lucía Méndez sigue siendo estudiada en facultades de psicología, en academias policiales y en programas de prevención de violencia de género, no porque haya sido el caso más violento, sino porque ejemplifica perfectamente cómo el control y la manipulación pueden ser tan destructivos como la violencia
física. Los hermanos Méndez permanecen unidos. Se reúnen cada domingo en la casa donde ahora vive Tomás con su familia. Toman mate, conversan, se ríen, discuten a veces, pero siempre desde el amor y el respeto que casi pierden en marzo de 2012. Lucía nunca volvió a tener una relación de pareja seria.
dice que todavía está sanando, aprendiendo a confiar nuevamente, reconstruyendo su capacidad de amar sin miedo. Martín Solari cumple actualmente su condena en la Unidad Penitenciaria número 3es de Rosario. Ha participado en programas de rehabilitación para agresores, aunque los informes psicológicos indican que su progreso es limitado.
Su exesposa Valeria obtuvo finalmente la custodia total de su hija Sofía, quien hoy tiene 15 años y no tiene contacto con su padre desde 2012. Damián Quiroga, el mozo que aceptó los 3000 pesos para manipular las cámaras, cumplió su condena condicional, terminó su carrera de comunicación social y hoy trabaja en una agencia de publicidad en Buenos Aires.
en entrevistas anónimas ha expresado profundo arrepentimiento por su participación, reconociendo que su decisión basada en necesidad económica tuvo consecuencias que nunca imaginó. El encendedor Cipo de Solari, aquel objeto que se convirtió en pieza clave de la investigación, permanece guardado en el depósito de evidencias de los tribunales de Rosario, etiquetado con el número de causa judicial.
Es un recordatorio metálico y frío de cómo los objetos más pequeños pueden desentrañar los misterios más complejos. Rosario, esa ciudad que nunca duerme, con sus bares llenos, su música alta y sus calles iluminadas, siguió adelante como siempre lo hace. Pero quienes vivieron de cerca el caso de los tres hermanos, la mujer que desapareció y la pista inesperada en un bar nocturno, jamás lo olvidaron, porque les recordó que en medio de la multitud, del ruido y las luces pueden ocurrir tragedias silenciosas.
que detrás de cada desaparición hay una familia destrozada, una vida interrumpida, un conjunto de decisiones que cambiaron todo. Y les recordó sobre todo que el amor verdadero libera, mientras que el control destruye. Que ninguna relación vale la pena si el precio es la libertad. Que la familia con todos sus conflictos y complejidades, sigue siendo el refugio más importante cuando todo lo demás se derrumba.
Este fue el caso que congeló a Argentina. una historia de hermanos, de amor tóxico, de manipulación psicológica, de una investigación policial meticulosa y, finalmente, de justicia y sanación. Una historia que, aunque ocurrió en 2012, sigue siendo absolutamente relevante hoy, porque los patrones de control y abuso no han desaparecido, siguen ocurriendo todos los días en todas las ciudades, afectando a personas de todas las edades y condiciones sociales.
La mejor manera de honrar la experiencia de Lucía es aprender de ella, reconocer las señales, hablar abiertamente sobre estos temas. y crear una sociedad donde nadie tenga que elegir entre el amor y la libertad, porque el verdadero amor nunca exige esesacrificio.
