Hay lugares en el mundo donde millones de personas caminan cada año sin que nada malo ocurra. Lugares con cámaras de seguridad, guardaparques, senderos perfectamente marcados, turistas por todas partes, lugares donde en teoría es imposible que alguien desaparezca sin dejar rastro. El Gran Cañón es exactamente ese tipo de lugar. Cada año cerca de 6 millones de visitantes recorren sus miradores, caminan por sus senderos, toman miles de fotografías frente a uno de los paisajes más impresionantes del planeta. Es seguro, es vigilado, es predecible.
Y sin embargo, en julio de 2023, dos niñas peruanas desaparecieron allí como si la tierra se las hubiera tragado. No estaban solas en medio del desierto. No se aventuraron en zonas prohibidas en la oscuridad de la noche. Estaban con su familia en pleno día, rodeadas de cientos de turistas en uno de los senderos más transitados del parque y en cuestión de minutos simplemente dejaron de existir.
La familia Vargas Mendoza era el perfecto ejemplo de la clase media trabajadora peruana que con esfuerzo y sacrificio logra salir adelante. Rodrigo Vargas tenía 41 años y trabajaba como ingeniero mecánico en una empresa minera en las afueras de Lima. Su esposa Carolina Mendoza, de 38 años era profesora de matemáticas en un colegio estatal de Chorrillos. Ambos se habían conocido en la universidad, en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Ingeniería, y desde el primer día supieron que estaban destinados a estar juntos.
Se casaron jóvenes a los 23 años, cuando todavía estaban terminando sus estudios. Fue una boda sencilla en una iglesia pequeña de barranco con apenas 50 invitados, pero llena de amor y esperanza. Los primeros años fueron difíciles, como lo son para la mayoría de las parejas jóvenes en Perú. vivían en un departamento alquilado de un solo dormitorio en San Juan de Miraflores. Rodrigo trabajaba de día y estudiaba de noche para terminar su carrera. Carolina daba clases particulares de matemáticas para ayudar con los gastos, pero nunca se rindieron, nunca dejaron de soñar.
Tres años después de casarse nació su primera hija, Valentina. Fue un parto complicado. Carolina estuvo en labor de parto durante 18 horas. Hubo momentos en que los médicos temieron por la vida de ambas. Pero finalmente, a las 3 de la madrugada de un frío día de mayo, Valentina llegó al mundo llorando con fuerza, como anunciando que estaba lista para conquistar la vida. Rodrigo lloró cuando la vio por primera vez. Era tan pequeña, tan frágil, tan perfecta. “Voy a darte todo lo que yo nunca tuve”, le susurró mientras la cargaba por primera vez.

Te lo prometo. Dos años después llegó Camila. Este parto fue más fácil, más rápido. Camila nació casi sonriendo. O al menos eso juraba Carolina. Desde bebé fue diferente a su hermana mayor. Mientras Valentina era tranquila y observadora, Camila era inquieta, curiosa, siempre queriendo explorar todo lo que la rodeaba. Las dos niñas crecieron en un hogar lleno de amor, pero también de disciplina. Rodrigo y Carolina creían firmemente en la educación como herramienta para salir adelante. Las niñas iban a un buen colegio privado, no de los más caros, pero con buena reputación académica.
Estudiaban inglés los sábados. Valentina tomaba clases de piano. Camila practicaba natación. No eran una familia rica. Definitivamente no. Rodrigo y Carolina seguían midiendo cada gasto, ahorrando cuando podían, sacrificando caprichos personales para darles lo mejor a sus hijas. Pero eran felices, eran unidos, eran en todos los sentidos una familia normal. Durante años Rodrigo y Carolina hablaban de un sueño, llevar a sus hijas a conocer Estados Unidos. Querían que las niñas vieran que el mundo era más grande que Lima, más grande que Perú.
Querían ampliar sus horizontes, mostrarles otras culturas, otros paisajes, otras posibilidades. Pero un viaje a Estados Unidos es caro, muy caro para una familia de clase media peruana. Las visas, los pasajes, el hospedaje, la comida, todo suma. Y con dos hijas en colegio privado, clases extras, gastos médicos, no sobraba mucho al final del mes. Así que empezaron a ahorrar en serio, con un plan. abrieron una cuenta de ahorros especial. Cada mes sin falta depositaban el 10% de sus ingresos, a veces más si había algún ingreso extra.
Dejaron de salir a comer a restaurantes, cancelaron suscripciones innecesarias, dejaron de comprar ropa nueva a menos que fuera absolutamente necesario. Cada sol contaba. Las niñas sabían del plan. Sabían que papá y mamá estaban ahorrando para un gran viaje y ellas también ayudaban a su manera. Valentina guardaba el dinero que recibía en cumpleaños en una alcancía con forma de cerdito. Camila dejó de pedir juguetes nuevos cada vez que iban al centro comercial. Pasaron 3 años, tres largos años de sacrificio, de disciplina, de mantener el sueño vivo, incluso cuando parecía inalcanzable.
Y finalmente, en mayo de 2023, Rodrigo revisó la cuenta de ahorros y anunció durante la cena, “Lo logramos. Tenemos suficiente para el viaje.” Las niñas gritaron de emoción. Valentina, que ya tenía 10 años y era más consciente del esfuerzo que esto había significado, se levantó de la mesa y abrazó a sus padres con lágrimas en los ojos. “Gracias, papá. Gracias, mamá. Los amo tanto. Camila, de 8 años saltaba por toda la sala. Vamos a conocer el Gran Cañón.
Vamos a ver el Gran Cañón. Había visto un documental en la escuela sobre las maravillas naturales del mundo y desde ese día no dejaba de hablar del Gran Cañón. Esa noche, después de que las niñas se durmieron, Rodrigo y Carolina se sentaron en la pequeña sala de su departamento y se tomaron de las manos. Lo logramos”, dijo Carolina suavemente. “Lo logramos”, repitió Rodrigo. “Nuestras hijas van a conocer el mundo. No sabían que ese viaje, ese sueño cumplido, se convertiría en la peor pesadilla de sus vidas.
Los meses siguientes fueron de planificación intensa. Rodrigo pasaba horas investigando en internet, leía blogs de viajeros, veía videos en YouTube, comparaba precios de hoteles y pasajes. Quería que todo fuera perfecto. No podían darse el lujo de equivocarse o desperdiciar dinero. Decidieron que irían en julio durante las vacaciones escolares de las niñas. El plan era pasar dos semanas. La primera semana en California visitando Los Ángeles, San Francisco y los parques temáticos. La segunda semana recorrería Arizona con el Gran Cañón como destino principal.
Carolina se encargó de los trámites de las visas. Fue un proceso estresante, reunir todos los documentos necesarios, demostrar solvencia económica, llenar formularios interminables. El día de la entrevista en la embajada estadounidense, toda la familia estaba nerviosa. Las niñas se pusieron sus mejores vestidos. Rodrigo se puso el único traje que tenía, el mismo que usaba para ocasiones especiales desde hace 10 años. La entrevista fue breve, pero intensa. El oficial consular les hizo preguntas sobre el propósito del viaje, sobre sus trabajos, sobre si tenían intención de quedarse en Estados Unidos.
“Señor, solo queremos que nuestras hijas conozcan su país”, dijo Rodrigo con honestidad. “Hemos ahorrado durante 3 años para esto. Vamos a regresar a Perú. Este es nuestro hogar.” Dos semanas después recibieron la noticia. Las cuatro visas habían sido aprobadas. Hubo celebración en casa, pizza para las niñas, una botella de vino barato para Rodrigo y Carolina. Risas, planes, emoción. El 10 de julio de 2023, exactamente dos semanas antes de la tragedia, la familia Vargas Mendoza fue al aeropuerto Jorge Chávez, acompañada de los abuelos paternos de las niñas, don Alberto y doña Esperanza.
una pareja de 70 y tantos años que había trabajado toda la vida como comerciantes en el mercado de Surquillo. “Cuiden mucho a mis nietas”, dijo doña Esperanza abrazando a Carolina con fuerza. La señora tenía lágrimas en los ojos. Era la primera vez que sus nietas salían del país. La primera vez que viajaban tan lejos. “No se preocupe, mamá”, respondió Carolina. “Vamos a cuidarlas con nuestra vida. No les va a pasar nada.” Don Alberto le dio un fuerte abrazo a Rodrigo.
Disfruten, hijo. Se lo merecen ustedes y las niñas se merecen esto. Las niñas abrazaron a sus abuelos. Valentina, siempre más emocional, lloró un poco. Camila, más pragmática, ya estaba mirando hacia la puerta de embarque, ansiosa por subir al avión. Vamos a mandar fotos todos los días”, prometió Rodrigo. Y cumplieron. Durante la primera semana en California, el grupo familiar de WhatsApp estaba constantemente activo. Fotos en Disneyland, videos de las niñas conociendo a Mickey Mouse, selfies en el muelle de Santa Mónica, imágenes del Golden Gate en San Francisco.
Valentina y Camila estaban en éxtasis. Cada día era una nueva aventura. Comían hamburguesas gigantes, tomaban helados de sabores que nunca habían probado, hablaban en su inglés básico con otros turistas y se reían cuando no entendían las respuestas. Todo era perfecto, todo era mágico, todo era exactamente como lo habían soñado. El 22 de julio, la familia dejó California y manejó hacia Arizona en un auto que habían rentado. Era un Toyota RAV 4 plateado, espacioso y cómodo. Durante el viaje, que duró aproximadamente 7 horas, las niñas cantaban canciones en el asiento trasero, jugaban juegos de palabras, miraban por la ventana fascinadas por el cambio de paisaje.
El desierto de Arizona es impresionante. Vastedad infinita, cactus gigantes, montañas rojas en el horizonte, todo bajo un cielo azul tan intenso que parece irreal. “Falta mucho para llegar al Gran Cañón”, preguntaba Camila. cada media hora. “Ya casi, mi amor”, respondía Carolina paciente. “Ya casi”. Llegaron al pueblo de Tusayan, ubicado a la entrada del Parque Nacional del Gran Cañón, al anochecer del 22 de julio. Se registraron en un hotel modesto pero limpio llamado Red Feather Lodge. Era un hotel de dos pisos con fachada de madera que intentaba imitar el estilo de las cabañas del viejo oeste.
La habitación tenía dos camas queen size, un pequeño baño y una ventana que daba al estacionamiento. No era lujoso, pero era acogedor. Esa noche cenaron en un restaurante mexicano del pueblo, acos, quesadillas, guacamole. Las niñas probaron por primera vez los jalapeños y Camila hizo una cara tan graciosa cuando sintió el picante que toda la familia estalló en carcajadas. “Mañana vamos a conocer el Gran Cañón”, anunció Rodrigo mientras pagaban la cuenta. “De verdad, papá, mañana.” Valentina estaba emocionadísima.
Mañana mismo, primera hora. Esa noche las niñas casi no pudieron dormir. Camila se la pasaba preguntando cosas. Es verdad que es tan profundo que si gritas no se escucha el eco hay animales peligrosos. Podemos bajar hasta el fondo. Mañana van a ver todo con sus propios ojos dijo Carolina apagando la luz. Ahora a dormir. Necesitan energía para mañana. Pero el sueño tardó en llegar. Las niñas cuchicheaban entre ellas en la oscuridad, imaginando cómo sería, qué verían, qué sentirían.
Ninguna de ellas podía imaginar que al día siguiente sus vidas cambiarían para siempre, que en menos de 24 horas la familia Vargas Mendoza estaría destrozada, que Valentina y Camila caminarían hacia un destino del que nunca regresarían. El 23 de julio de 2023 amaneció con un cielo completamente despejado, ni una sola nube. El sol brillaba intenso sobre el desierto de Arizona. La temperatura a las 8 de la mañana ya alcanzaba los 25ºC, pero era un calor seco, tolerable, nada como la humedad sofocante de Lima en verano.
La familia Vargas Mendoza desayunó en el comedor del hotel. Waffles con jarabe de maple para las niñas, huevos revueltos y café para los adultos. Todos estaban de buen humor, emocionados por lo que el día traería. A las 9 de la mañana, la familia subió al Toyota RAF 4 plateado y se dirigió hacia la entrada del Parque Nacional del Gran Cañón. El trayecto desde el hotel era corto, apenas 15 minutos. En el camino pasaron junto a otros autos llenos de turistas, todos con el mismo destino, todos con la misma emoción reflejada en sus rostros.
La entrada al parque costaba $35 por vehículo, válida por 7 días. Rodrigo pagó con su tarjeta de crédito y recibió un mapa del parque junto con un folleto de seguridad. El guardabosques en la caseta, un hombre mayor de unos 60 años con barba gris y sombrero de Ranger, les dio indicaciones básicas. Bienvenidos al Gran Cañón. Mantengan a los niños supervisados en todo momento. No se acerquen demasiado a los bordes. No salgan de los senderos marcados. Si van a hacer caminatas largas, lleven suficiente agua.
El calor aquí puede ser engañoso y la deshidratación llega rápido”, explicó el guardabosques con una sonrisa amable pero firme. “Gracias, lo tendremos en cuenta”, respondió Rodrigo. El guardabosques se agachó para hablar con las niñas a través de la ventana. “¿Es su primera vez aquí, señoritas?” Sí, respondieron ambas al unísono con las caras iluminadas de entusiasmo. Entonces están a punto de ver algo que recordarán por el resto de sus vidas. Disfruten y pórtense bien, les dijo guiñando un ojo.
Rodrigo arrancó y continuaron por la carretera interna del parque. El camino serpenteaba entre bosques de pinos ponderosa y árboles de enebro. A través de los árboles, ocasionalmente se vislumbraban destellos del cañón a lo lejos, como si el paisaje quisiera adelantar lo que vendría. ¿Ya llegamos? ¿Ya llegamos?”, preguntaba Camila cada minuto rebotando en su asiento. “Paciencia, Cami”, le decía Valentina, aunque ella misma estaba igual de ansiosa. Finalmente, después de otros 10 minutos de manejo, llegaron a Mother Point, uno de los miradores más populares y accesibles del parque.
El estacionamiento estaba lleno. Rodrigo tuvo que dar varias vueltas antes de encontrar un espacio libre. Cuando finalmente estacionó, toda la familia bajó del auto. Hacía calor, pero había una brisa agradable. El aire olía a pino y a tierra seca. “Por aquí!”, indicó Rodrigo leyendo los letreros. “El mirador está a 5 minutos caminando.” Caminaron por un sendero pavimentado rodeado de árboles. Otros turistas iban en la misma dirección. Se escuchaban voces en diferentes idiomas: inglés, español, francés, japonés, alemán.
El Gran Cañón es verdaderamente un destino internacional y entonces llegaron al borde y todo quedó en silencio. Incluso Camila, que no paraba de hablar, se quedó completamente muda. Frente a ellos se extendía una inmensidad imposible de describir con palabras: El Gran Cañón en todo su esplendor. kilómetros y kilómetros de formaciones rocosas en tonos rojos, naranjas, marrones, púrpuras, capas geológicas que contaban millones de años de historia de la Tierra. El río Colorado serpenteando en el fondo, tan abajo que parecía un hilo verde azulado.
Era abrumador, era sobrecogedor, era literalmente grandioso. “Papá”, susurró Valentina tomando la mano de su padre. Es es lo sé, mi amor, respondió Rodrigo emocionado. Él también lo sé. Carolina tenía lágrimas en los ojos. No sabía si era por la belleza del paisaje o por la emoción de ver a sus hijas experimentar algo tan impresionante. Pasaron aproximadamente una hora en Mother Point. Tomaron docenas de fotos, selfies familiares con el cañón de fondo, fotos individuales de cada niña, videos panorámicos.
Rodrigo incluso le pidió a otro turista, un señor estadounidense muy amable, que tomara una foto de los cuatro juntos. Esa foto, tomada a las 10:15 de la mañana del 23 de julio de 2023, sería la última imagen de la familia Vargas Mendoza, completa y feliz. Después de Mother Point, decidieron continuar hacia otros miradores menos concurridos. El plan era recorrer varios puntos panorámicos durante el día, almorzar en alguno de los restaurantes del parque y tal vez hacer una pequeña caminata por uno de los senderos más fáciles antes de regresar al hotel por la tarde.
“Vamos a Java Pie Point”, sugirió Rodrigo mirando el mapa. Dice aquí que tiene un museo geológico y el mirador es menos lleno que este. “Perfecto, asintió Carolina. Las niñas van a aprender algo en el museo. Volvieron al auto y manejaron aproximadamente 5 minutos hasta Javapie Point. El estacionamiento aquí era más pequeño, pero había más espacios disponibles. Estacionaron sin problema. Eran las 11:10 de la mañana. Bajaron del auto. El calor había aumentado un poco. Rodrigo se aseguró de que las niñas llevaran sus gorras puestas.
Carolina repartió botellas de agua. Tomen agua, niñas. No queremos que se deshidraten, instruyó. Caminaron hacia el mirador. Yapai Point es diferente de Matter Point. Es más íntimo, con menos gente, lo que permite disfrutar del paisaje con más tranquilidad. Tiene barandas de metal a lo largo del borde y el sendero está completamente pavimentado. Llegaron al borde del mirador nuevamente esa vista impresionante. Desde este ángulo, el cañón se veía ligeramente diferente, con otras formaciones rocosas visibles. “Miren, creo que puedo ver el río desde aquí”, dijo Valentina señalando hacia abajo.
“Yo también lo veo”, agregó Camila entusiasmada. Habría tal vez unas 30 personas en el mirador ese momento. Familias con niños, parejas de ancianos, algunos jóvenes mochileros, todos admirando el paisaje, tomando fotos, disfrutando del momento. Rodrigo sacó su teléfono para grabar un video panorámico. Quería capturar el paisaje en movimiento con audio incluido para poder revivirlo cuando estuvieran de vuelta en Lima. Carolina se quedó unos pasos atrás con las niñas. Estaba revisando su propia cámara fotográfica, una canon pequeña que habían comprado específicamente para el viaje.
“Mamá, tengo calor”, dijo Camila. “¿Puedo quitarme el abrigo?” A pesar del calor del desierto, Carolina había insistido en que las niñas llevaran abrigos ligeros, porque había leído en internet que el viento en los miradores podía ser frío. “Sí. Claro, mi amor, dámelo. Yo lo guardo en mi mochila”, respondió Carolina. Camila se quitó su abrigo rosado y se lo entregó a su madre. Carolina lo dobló y lo guardó en la mochila que llevaba colgada al hombro. “¿Y tú, vale, tienes calor?”, preguntó.
“Un poco, pero estoy bien”, respondió Valentina. En ese momento, Rodrigo terminó de grabar su video y volteó hacia su familia. Carolina, ven, vamos a tomarnos otra foto familiar aquí. Carolina asintió. Vengan, niñas. Pero entonces vio algo, una pareja de ancianos, claramente turistas también, que estaban luchando con una cámara de video antigua, de esas con cinta, intentando figurar cómo grabar. Carolina, siempre servicial, se acercó a ellos. ¿Necesitan ayuda? La pareja era de Iowa. El señor, de unos 70 años agradeció efusivamente.
Oh, sí, por favor. No entendemos cómo funciona este botón. Queremos grabar un mensaje para nuestros nietos, pero no sale nada. Carolina, que aunque enseñaba matemáticas, también era bastante hábil con tecnología, tomó la cámara y en 30 segundos identificó el problema. Aquí está el issue. Tienen que presionar este botón primero para encender la pantalla y después este otro para grabar. Oh, muchas gracias, jovencita. Muy amable de su parte, dijo la señora. Esa interacción tomó aproximadamente 2 minutos. 2 minutos en los que Carolina no estaba mirando directamente a sus hijas.
Dos minutos que cambiarían todo. Cuando Carolina terminó de ayudar a la pareja y volteó hacia donde había dejado a Valentina y Camila, no estaban. Al principio no se alarmó. Probablemente fueron con su papá, pensó. Caminó hacia donde estaba Rodrigo, que seguía en el borde del mirador tomando más fotos con su teléfono. “Rodri, ¿dónde están las niñas?”, preguntó con tono casual. Rodrigo volteó confundido. ¿Qué? ¿Estaban contigo? Sí, pero ayudé a esa pareja con su cámara y cuando volteé ya no estaban.
Pensé que habían venido contigo. Rodrigo miró alrededor. No, no han venido conmigo. Debe ser que fueron al baño. El baño público estaba a unos 50 met del mirador, claramente señalizado. “Voy a revisar”, dijo Carolina caminando rápidamente hacia allá. Llegó al baño de mujeres, entró. Había dos mujeres lavándose las manos, tres cubículos. Carolina revisó uno por uno. Vacíos. Disculpen. Han visto a dos niñas pequeñas, una de 10 años y otra de ocho peruanas, una con vestido floreado y la otra con pantalón jein.
Preguntó a las dos mujeres que estaban en el baño. Ambas negaron con la cabeza. Carolina salió del baño. Su corazón comenzaba a latir más rápido. Caminó de vuelta hacia el mirador. Tal vez las niñas simplemente habían ido a ver otra sección del mirador. Pero Java Pie Point no es tan grande. Puedes ver todo el perímetro en un vistazo. Y las niñas no estaban. ¿Las encontraste? Preguntó Rodrigo cuando Carolina regresó. No estaban en el baño, respondió Carolina. Y ahora había un toque de preocupación real en su voz.
Qué raro dijo Rodrigo frunciendo el seño. Valentina, Camila, ¿dónde están? Gritó en voz alta. Varios turistas voltearon a mirarlos, pero nadie respondió. Rodrigo caminó rápidamente hacia el auto. Tal vez las niñas habían regresado al Toyota por alguna razón, aunque no tenía mucho sentido. El auto estaba cerrado, vacío. Rodrigo corrió de vuelta. No están en el auto. Carolina ahora estaba definitivamente preocupada. comenzó a caminar en círculos alrededor del área del mirador, llamando a las niñas en voz alta.
Valentina, Camila, niñas, no es gracioso. Vengan aquí ahora mismo. Otros turistas comenzaron a darse cuenta de que algo andaba mal. Una mujer se acercó a Carolina. Perdió a alguien. ¿Puedo ayudar? Mis hijas, respondió Carolina con voz temblorosa. Dos niñas, 18 años. Estaban aquí hace un momento. No las encuentro. La mujer inmediatamente sacó su teléfono. Voy a llamar a los guardaparques ahora mismo. Rodrigo y Carolina revisaban frenéticamente cada rincón del área. Miraban entre los árboles, revisaban detrás de los letreros informativos, preguntaban a cada persona que veían si habían visto a dos niñas peruanas.
Nadie había visto nada. Eran las 11:10 de la mañana. Habían pasado apenas 10 minutos desde la última vez que Carolina había visto a sus hijas, pero esos 10 minutos parecían una eternidad. A las 11:15 llegó el primer guardabosques en una camioneta oficial del parque. Era una mujer de unos 35 años de complexión atlética con el uniforme verde característico de los Rangers del Parque Nacional. Soy la Ranger Jessica Torres. Me informaron que tienen a dos niñas desaparecidas”, dijo bajando de la camioneta con una radio en la mano.
“Sí, sí, nuestras hijas.” Rodrigo prácticamente le gritó, “Valentina y Camila, 18 años. Las vimos por última vez hace como 15 minutos aquí mismo.” Está bien, mantengan la calma. Esto pasa más seguido de lo que creen y casi siempre las encontramos rápido. Los niños se distraen, se alejan un poco. “Déjenme activar el protocolo”, dijo la Ranger Torres hablando por su radio. “Unidad central, aquí Torres, código amarillo en Java Pie Point, dos menores reportadas como desaparecidas. Niñas 10 y 8 años.
Necesito backup inmediato y iniciar búsqueda rápida.” La respuesta llegó inmediatamente. Recibido, Torres. Enviando unidades adicionales, ETA 5 minutos. La Ranger Torres se dirigió a Rodrigo y Carolina. Necesito que me den toda la información posible, nombres completos, descripciones físicas que vestían, cualquier detalle que pueda ayudar. Rodrigo intentaba mantener la compostura, pero su voz temblaba. Valentina Vargas Mendoza, 10 años, 1,35 de altura aproximadamente, pelo largo negro hasta la cintura, piel morena, vestido color azul con flores amarillas, zapatillas blancas.
Camila Vargas Mendoza, 8 años, 1,20 de altura. Pelo negro recogido en cola de caballo, piel morena, pantalón jein azul, camiseta rosada con un unicornio, zapatillas rosadas, la Ranger Torres. Anotaba todo en una libreta pequeña. Las niñas hablan inglés un poco, pero no mucho. Su primer idioma es español, respondió Carolina. ¿Tienen alguna condición médica, medicamentos que necesiten? No, están sanas. Son niñas sanas y normales. Carolina comenzaba a llorar. Es posible que se hayan alejado intencionalmente. ¿Estaban molestas por algo?
¿Pelearon? No. Rodrigo alzó la voz sin querer. No, perdón, no peleamos. Están felices. Estamos de vacaciones. Todo estaba bien, no tiene sentido que se alejaran. En ese momento llegaron tres camionetas más de guardabosques. En total, cinco rangers comenzaron a coordinar el operativo de búsqueda inmediata. El protocolo de búsqueda de menores en parques nacionales es muy específico y se activa inmediatamente. No se esperan 24 horas, como en algunos casos de adultos desaparecidos. Cuando un niño desaparece, cada minuto cuenta exponencialmente.
El ranger David Foster, un hombre de 4 y tantos años con 20 años de experiencia en búsqueda y rescate, tomó el control de la operación. Está bien, equipo. Dos niñas, 8 y 10 años, última vez vistas en este punto hace aproximadamente 20 minutos. Iniciamos búsqueda en anillos concéntricos desde esta ubicación. Torres y Mitchell tomen el sendero Rim Trail hacia el este. Johnson y yo vamos hacia el oeste. Ramírez, tú te quedas aquí con los padres por si las niñas regresan solas y coordinas por radio.
Instruyó Foster con la autoridad de alguien que ha hecho esto muchas veces. Los rangers se dispersaron inmediatamente. Algunos corrían por los senderos gritando los nombres de las niñas. Valentina, Camila, somos guardabosques, no están en problemas. Vengan aquí. Otros comenzaron a entrevistar a todos los turistas presentes en el área. Vio a dos niñas pequeñas, peruanas, una con vestido azul y otra con pantalón jein. ¿Hace cuánto? ¿Hacia dónde iban? La mayoría de la gente no había notado nada. Estaban enfocados en el paisaje, en sus propias familias, en tomar fotos.
Es fácil no notar a dos niñas entre docenas de personas. Pero entonces apareció un testimonio clave. Una mujer canadiense, Ann Robertson, de unos 50 años, se acercó a uno de los Rangers. Creo que vi a las niñas que están buscando. El Ranger Mitchell inmediatamente la llevó con Foster. “Señora, ¿puede decirnos exactamente qué vio?”, preguntó Foster sacando su libreta. Estaba tomando fotos del cañón. Debe haber sido hace unos 15 minutos, tal vez 20. Vi a dos niñas pequeñas, morenas.
Una llevaba un vestido celeste o azul, no estoy segura. Estaban caminando por el sendero. Señaló hacia el Rim Trail, el sendero pavimentado, que conecta varios miradores a lo largo del borde del cañón. Iban solas. Sí, iban tomadas de la mano. Me pareció un poco extraño que fueran solas, pero había bastante gente alrededor, así que asumí que sus padres estaban cerca. ¿Hacia qué dirección iban? Hacia el este por ese sendero, indicó Robertson. Parecían asustadas, perdidas o caminaban normalmente.
Caminaban normalmente. De hecho, parecían, no sé, curiosas, como explorando. No parecían en peligro. Esta información fue inmediatamente radiada a todos los Rangers. El enfoque de búsqueda cambió a concentrarse en el Rim Trail, dirección Este. El Rim Trail es uno de los senderos más populares del Gran Cañón. Es un camino pavimentado de aproximadamente 20 km que bordea el borde sur del cañón conectando múltiples miradores. Es relativamente seguro con varandas en la mayoría de las secciones, pero hay algunos tramos donde las varandas terminan y el borde del cañón está peligrosamente cerca.
Dos rangers comenzaron a recorrer el sendero a pie rápidamente, gritando los nombres de las niñas. Otros dos lo recorrieron en vehículos todo terreno, revisando las secciones más lejanas. Mientras tanto, en Yabapay Point, Rodrigo y Carolina estaban destruidos. Carolina lloraba desconsoladamente. Rodrigo caminaba de un lado a otro como león enjaulado, incapaz de quedarse quieto. ¿Cómo pude perderlas de vista? Solllosaba Carolina. ¿Cómo pude ser tan estúpida? Solo las dejé solas. 2 minutos. 2 minutos. No es tu culpa intentaba consolarla Rodrigo, aunque él mismo estaba consumido por la culpa.
Es mi culpa también. Debía haber estado más atento. El Ranger Ramírez, que se había quedado con ellos, intentaba mantenerlos calmados. Escuchen, sé que es difícil, pero necesito que mantengan la esperanza. En mi experiencia, la mayoría de estos casos se resuelven en las primeras horas. Los niños se distraen, caminan un poco lejos, pero generalmente los encontramos bien. Generalmente, Rodrigo capturó esa palabra. ¿Qué pasa cuando no es generalmente? Ramírez no respondió a esa pregunta. A las 11:45, media hora después de la desaparición inicial, llegaron recursos adicionales.
Un helicóptero del servicio de parques nacionales despegó desde una base cercana. tenía capacidad para sobrevolar grandes áreas y estaba equipado con cámaras de alta resolución. También llegaron perros rastreadores, dos pastores alemanes entrenados específicamente para búsqueda de personas. Los manejadores les dieron a oler ropa de las niñas que estaban en el auto de la familia, una chaqueta de Valentina y un suéter de Camila. Los perros inmediatamente captaron un rastro, comenzaron a tirar de sus correas. emocionados, llevando a sus manejadores directamente hacia el Rim Trail, en la misma dirección que la testigo canadiense había indicado.
“Tenemos rastro confirmado, radiaron los manejadores. Los perros van hacia el este por el Rim Trail. Todos los recursos de búsqueda se concentraron en esa dirección. Los perros avanzaron por el sendero pavimentado durante aproximadamente 200 m. Había muchos olores mezclados. Cientos de personas caminan por ese sendero cada día, pero los perros están entrenados para filtrar y seguir un olor específico. Y entonces, abruptamente, los perros se detuvieron. Se quedaron quietos, comenzaron a dar vueltas en círculos, olfateaban el aire, el suelo, las rocas cercanas, pero no avanzaban.
¿Qué pasa?, preguntó uno de los rangers. El manejador, un hombre llamado Tom, con 30 años de experiencia trabajando con perros de búsqueda, frunció el seño. No sé. Es como si el rastro simplemente terminara aquí. ¿Cómo que terminara? Los perros están confundidos. Detectaban el olor claramente hasta este punto, pero ahora no pueden seguirlo. Es como si las niñas hubieran, no sé, desaparecido en este punto exacto. Esto no tenía sentido. Si las niñas hubieran seguido caminando por el sendero, los perros deberían poder seguir el rastro.
Si se hubieran salido del sendero hacia el bosque, también habría rastro. Los perros pueden seguir olores en terreno variado, entre árboles, sobre rocas, pero aquí el rastro simplemente se desvanecía. Los rangers comenzaron a revisar meticulosamente el área alrededor de donde los perros habían perdido el rastro. Era una sección del Rim Trail, donde había una pequeña área de descanso con bancas y algunos árboles proporcionando sombra. Detrás de los árboles había vegetación, arbustos, pinos pequeños y más allá se extendía el bosque.
Búsqueda visual intensiva de esta área ordenó Foster. Revisar cada arbusto, cada árbol, cada roca. Las niñas podrían haberse metido aquí por alguna razón. 10 rangers comenzaron a peinar la zona metro por metro. Miraban entre los arbustos con linternas, aunque fuera pleno día. revisaban detrás de las rocas, llamaban a las niñas constantemente y entonces uno de los Rangers gritó, “Tengo algo.” Todos corrieron hacia él. El Ranger Johnson estaba agachado junto a un arbusto bajo a unos 20 m del sendero principal, sosteniendo algo pequeño en su mano enguantada.
Era una diadema, una diadema para el cabello de color azul claro con pequeñas margaritas blancas de plástico. “Necesitamos que los padres identifiquen esto”, dijo Johnson cuidadosamente, guardando la diadema en una bolsa de evidencia. La llevaron de vuelta a Java Pie Point. Se la mostraron a Carolina. En cuanto la vio, Carolina emitió un sonido gutural de angustia. “Es de Camila, es suya. Yo se la puse esta mañana antes de salir del hotel. Finalmente tenían evidencia física concreta. Las niñas definitivamente habían estado en esa área.
Se habían salido del sendero principal. La pregunta era, ¿por qué y hacia dónde fueron después? La búsqueda se intensificó en esa zona específica. Trajeron más personal, más perros. El helicóptero se concentró en sobrevolar el área inmediata, buscando cualquier señal de movimiento, cualquier destello de color azul o rosa que pudiera ser la ropa de las niñas. Para las 12:30 del mediodía, 2 horas después de la desaparición, había más de 40 personas buscando activamente. Rangers, policías del condado de Coconino, que habían sido llamados como apoyo, voluntarios locales del equipo de búsqueda y rescate, revisaron kilómetros de terreno.
El bosque en esa área no es extremadamente denso, pero tiene suficiente vegetación para ocultar a dos niñas pequeñas, si estuvieran quietas o incapacitadas. Buscaron en cuevas pequeñas, revisaron grietas en las rocas. El helicóptero usó cámaras térmicas que pueden detectar calor corporal, incluso a través de vegetación ligera. Nada. Era como si Valentina y Camila Vargas Mendoza hubieran simplemente desaparecido del planeta. A la 1 de la tarde, la noticia comenzó a filtrarse a medios locales de Arizona, dos niñas desaparecidas en el Parque Nacional del Gran Cañón.
Las emisoras de radio locales comenzaron a pedir a cualquier persona que hubiera estado en Javapai Point esa mañana que contactara a las autoridades si había visto algo. A las 2 de la tarde, la noticia llegó a Perú. Un primo de Rodrigo, que vivía en Lima y seguía las noticias internacionales en internet, vio una breve mención del caso en un sitio web de noticias estadounidense. Había una foto de archivo del Gran Cañón junto con el titular Missing Children at Grand Canyon National Park.
El primo llamó inmediatamente a los abuelos de las niñas. Don Alberto, doña Esperanza, acabo de ver algo en las noticias. Dicen que dos niñas desaparecieron en el Gran Cañón. No mencionan nombres, pero saben algo de Rodrigo y Carolina. Don Alberto sintió que el corazón se le detenía. ¿Qué? No, no hemos sabido nada desde ayer. Déjame llamar ahora mismo. Llamó al celular de Rodrigo. Timbraba, pero nadie respondía. Llamó al celular de Carolina. Lo mismo. El pánico comenzó a instalarse.
Don Alberto llamó a la embajada peruana en Washington. Después de ser transferido tres veces, finalmente habló con un funcionario consular. “Mi hijo y mi nuera están visitando el Gran Cañón con mis nietas. Acabo de ver noticias de niñas desaparecidas allí. Necesito saber si son ellas. Por favor, necesito información.” El funcionario consular prometió investigar y devolver la llamada. 30 minutos después, el teléfono sonó. Don Alberto, lamento informarle que sí, sus nietas han sido reportadas como desaparecidas. Las autoridades estadounidenses están realizando una búsqueda activa en este momento.
Hemos establecido contacto con su hijo. Él y su esposa están bien físicamente, pero obviamente están en una situación muy difícil. Doña Esperanza, que escuchaba la conversación colapsó literalmente. Cayó al suelo. Tuvieron que llamar una ambulancia. Los paramédicos la atendieron, le tomaron la presión, estaba altísima. Le dieron medicamentos para calmarla. La noticia se expandió rápidamente por el círculo familiar. tíos, primos, amigos cercanos, todos llamando, todos preguntando, todos sin poder creer que esto estuviera sucediendo. A las 4 de la tarde en Arizona, las 6 de la tarde en Lima, los medios peruanos comenzaron a cubrir la historia.
Alerta. Dos niñas peruanas desaparecen en el Gran Cañón de Estados Unidos. tituló RPP Noticias, búsqueda desesperada, menores limeñas perdidas en Parque estadounidense, publicó El Comercio. Las redes sociales peruanas explotaron. Twitter, Facebook, Instagram. Encontremos a Valentina Wh. Camila se volvió trending topic en Perú en cuestión de minutos. Usuari compartían las fotos de las niñas, fotos que la familia había publicado días antes de sus vacaciones. Pedían oraciones, exigían que el gobierno peruano hiciera más. Algunos criticaban a los padres, otros los defendían.
Fue un caos mediático. En el Gran Cañón, ajeno a todo esto, Rodrigo y Carolina seguían en Java Pie Point, rodeados de rangers y oficiales, esperando noticias que no llegaban. Carolina ya no lloraba, había pasado ese punto. Ahora estaba en un estado de shock, sentada en una banca, mirando al vacío, aferrándose al suéter de Camila, como si fuera un salvavidas. Rodrigo hablaba por teléfono constantemente con sus padres en Lima, con el consulado peruano, con quien fuera que pudiera ayudar de alguna manera.
“Tienen que hacer más”, le gritaba a cualquiera que lo escuchara. “Mis hijas están ahí afuera. Tienen que encontrarlas. Tienen que encontrarlas. A las 5 de la tarde, el agente especial del FBI, Marcus Chen, llegó desde la oficina de Fénix. Cuando menores desaparecen en circunstancias inexplicables, especialmente si hay posibilidad de crimen, el FBI se involucra. Chen era un hombre de unos 40 años, de ascendencia asiática, serio, pero no insensible. Había trabajado en docenas de casos de niños desaparecidos a lo largo de su carrera.
Señor y señora Vargas, dijo acercándose a ellos, soy el agente especial Chen del FBI. Siento mucho lo que están pasando. Vamos a hacer absolutamente todo lo que esté en nuestro poder para encontrar a sus hijas. Rodrigo lo miró con ojos desesperados. ¿Qué cree que pasó? ¿Alguien se las llevó? ¿Están perdidas? Cayeron al cañón. Dígame la verdad. Chen respiró profundo. Honestamente, todavía no lo sabemos. Pero voy a serle franco. La rapidez con la que desaparecieron sin dejar apenas rastro es inusual.
Estamos considerando todas las posibilidades, incluyendo intervención de terceros. Necesito hacerles algunas preguntas si están en condiciones. Durante la siguiente hora, Chen entrevistó extensivamente a Rodrigo y Carolina. Quería saber todo sobre las niñas, su personalidad, sus hábitos, si se alejarían voluntariamente, si hablarían con extraños. Valentina es muy cautelosa, explicó Carolina. No hablaría con extraños. Se lo hemos enseñado desde pequeña. Camila es más curiosa, más abierta, pero tampoco es imprudente. Ambas saben que no deben alejarse de nosotros. ¿Existe alguna posibilidad de que alguien quisiera hacerles daño?
¿Tienen enemigos? ¿Problemas con alguien en Perú? No. Rodrigo casi gritó. Somos gente normal. Trabajamos, vivimos tranquilos. Nadie nos conoce aquí. Somos turistas. ¿Por qué alguien nos haría algo así? Chen también entrevistó a todos los testigos que habían estado en Java Pie Point esa mañana. Revisó las pocas cámaras de seguridad que había en el área. El sistema de vigilancia del parque no es exhaustivo como en una ciudad. Las cámaras mostraban a las niñas caminando por el Rim Trail a las 11:05 de la mañana, exactamente como la testigo canadiense había descrito.
Iban tomadas de la mano caminando normalmente, sin señales de angustia y luego simplemente desaparecían del encuadre de la cámara. La siguiente cámara en el sendero estaba a 300 m de distancia. Las niñas nunca aparecieron en esa segunda cámara, lo que significaba que en algún punto de esos 300 m salieron del sendero. Al caer la noche del 23 de julio, después de más de 10 horas de búsqueda exhaustiva, Valentina y Camila Vargas Mendoza seguían desaparecidas. Más de 100 personas habían participado en el operativo durante el día.
habían revisado más de 30 km² de terreno. El helicóptero había sobrevolado el área durante horas. No había señales de las niñas. El Ranger Foster convocó una reunión de coordinación con todos los jefes de equipo. En una sala del centro de visitantes, rodeado de mapas y radios, hizo un resumen sombrío de la situación. Hemos agotado las búsquedas en las áreas más probables. Los perros perdieron el rastro. Las cámaras térmicas del helicóptero no detectaron nada. No tenemos más pistas físicas, aparte de la diadema.
Mañana al amanecer vamos a expandir el perímetro de búsqueda y traer recursos adicionales, pero necesito ser honesto con ustedes. Esto no se ve bien. Uno de los Rangers más jóvenes preguntó lo que todos pensaban. ¿Crees que siguen vivas? Foster no respondió inmediatamente. Finalmente dijo, “Si están ahí afuera, perdidas en el bosque, sin agua, sin comida, expuestas a las temperaturas nocturnas del desierto, tienen tal vez 24 a 48 horas antes de que la deshidratación y la hipotermia se vuelvan críticas.
Las niñas no llevaban nada consigo, no tienen refugio, no tienen suministros, así que sí, el tiempo es absolutamente crítico. Esa misma noche, Rodrigo y Carolina fueron llevados a un hotel en Tusayán. No podían quedarse en el centro de visitantes indefinidamente. Necesitaban descansar, aunque dormir parecía imposible. No regresaron al Red Feather Lodge, donde habían estado hospedados. Los Rangers les consiguieron una habitación en otro hotel, el Grand Hotel, y arreglaron para que no tuvieran que pagar. La comunidad local se había movilizado rápidamente.
Restaurantes ofrecían comida gratuita, hoteles ofrecían hospedaje. Gente común donaba dinero para la búsqueda, pero nada de eso importaba si las niñas no aparecían. Esa noche Carolina no durmió ni un minuto. Se quedó sentada en la cama mirando fotos de sus hijas en su teléfono. Fotos de días antes, cuando todo era felicidad. Valentina sonriendo frente al castillo de Disneyland. Camila haciendo una cara graciosa en Santa Mónica. ¿Dónde están mis bebés? Susurraba una y otra vez. ¿Dónde están? Rodrigo intentó dormir, pero cada vez que cerraba los ojos veía imágenes terribles.
Sus hijas cayendo al cañón, sus hijas perdidas en el bosque llamándolo sin que él pudiera escucharlas. Sus hijas en manos de alguien con malas intenciones. Se levantó a las 3 de la madrugada, incapaz de seguir en la cama. Salió al balcón del hotel. El cielo estaba increíblemente despejado. Miles de estrellas brillaban sobre el desierto de Arizona. En cualquier otra circunstancia habría sido hermoso. Ahora solo le parecía cruel. En algún lugar bajo ese mismo cielo estaban sus hijas.
Estaban mirando las mismas estrellas. Estaban asustadas, estaban juntas al menos o se habían separado. Las lágrimas que había contenido todo el día finalmente fluyeron. Rodrigo lloró en silencio, solo bajo las estrellas, rezando a un dios en el que no estaba seguro de creer. “Por favor”, susurró, “por favor quites, son solo niñas, no se merecen esto. Llévame a mí si quieres, pero devuélvemelas, por favor.” El silencio del desierto no respondió. El 24 de julio amaneció y la búsqueda se reanudó con renovada intensidad.
Llegaron recursos adicionales, un segundo helicóptero, más perros rastreadores, equipos de búsqueda especializados de otros parques nacionales, voluntarios civiles, docenas de ellos que querían ayudar. Se estableció un centro de comando en el centro de visitantes. Mapas enormes cubrían las paredes con áreas coloreadas indicando zonas ya revisadas. El agente Chen del FBI tomó un rol más protagónico en la investigación. Si bien los Rangers seguían liderando la búsqueda física, Chen se enfocaba en la posibilidad de crimen. Revisó grabaciones de todas las cámaras de seguridad disponibles, no solo en Java Pie Point, sino en todas las entradas y salidas del parque.
Buscaba vehículos sospechosos, personas que hubieran salido del parque rápidamente después de la desaparición. Entrevistó a cada empleado del parque que estuviera trabajando ese día. revisó antecedentes de todos los visitantes que se hubieran registrado en hoteles cercanos. Buscaba patrones, anomalías, cualquier cosa fuera de lugar y no encontró nada. No había vehículos que salieran rápidamente, no había personas con comportamiento sospechoso, no había nadie con antecedentes penales graves en el área. Era frustrante. En Perú, el caso había explotado mediáticamente.
Todos los canales de noticias cubrían la historia constantemente. Paneles de expertos analizaban el caso. Criminólogos ofrecían teorías. Psicólogos hablaban del impacto en la familia. Programas matutinos entrevistaban a los abuelos de las niñas, a tíos, a maestros del colegio, a vecinos, todos con algo que decir, todos con una anécdota sobre Valentina y Camila. Eran niñas hermosas, decía la directora del colegio donde estudiaban, con lágrimas en los ojos. Inteligentes, cariñosas. Valentina era una de las mejores alumnas de su clase.
Camila tenía un talento especial para el arte. Esto no puede estar pasando. Las redes sociales estaban completamente inundadas. Encontremos a Valentina Wicamila. Era trending topic no solo en Perú, sino en toda Latinoamérica. Celebrities compartían las fotos, influencers pedían donaciones para la búsqueda. Había peticiones online exigiendo que Estados Unidos dedicara más recursos, pero también había voces críticas. Usuari anónimos cuestionaban a los padres, “¿Cómo pierdes de vista a dos niñas? Esto es negligencia parental pura. Si no puedes cuidar a tus hijos, no los lleves a lugares peligrosos.” Los comentarios eran crueles, sin filtro, brutales.
Carolina y Rodrigo, aunque intentaban no leer las redes sociales, inevitablemente se encontraban con algunos de estos comentarios. Cada uno era como un cuchillo en el corazón. El 25 de julio, dos días después de la desaparición, el gobierno peruano envió una delegación oficial a Arizona. El canciller peruano, junto con funcionarios del consulado, viajaron para reunirse con las autoridades estadounidenses y con la familia Vargas. Hubo una conferencia de prensa conjunta. El superintendente del Parque Nacional del Gran Cañón, junto con el agente Chen del FBI y el canciller peruano enfrentaron a docenas de periodistas de todo el mundo.
Se han dedicado todos los recursos disponibles a la búsqueda de Valentina y Camila Vargas, anunció el superintendente. Más de 200 personas han participado en el operativo durante los últimos dos días. Hemos revisado más de 60 km² de terreno. Hemos usado tecnología de punta, perros rastreadores, helicópteros equipados con cámaras térmicas. Un periodista preguntó, “¿Por qué no han encontrado nada? ¿Cómo pueden dos niñas desaparecer sin dejar rastro?” El superintendente respiró profundamente. El Gran Cañón cubre más de 4,900 km².
Es un terreno extremadamente complejo. Hay miles de lugares donde dos niñas pequeñas podrían estar ocultas, ya sea voluntariamente porque están incapacitadas o por otras razones. Otro periodista, este de CNN, ¿están considerando la posibilidad de secuestro? El agente Chen respondió, “Estamos considerando todas las posibilidades, no hemos descartado nada, pero hasta el momento no tenemos evidencia que sugiera intervención criminal. No hay testigos de ningún secuestro, no hay solicitudes de rescate, no hay señales de lucha en el área donde encontramos la diadema.” Un periodista peruano preguntó con voz temblorosa, “¿Siguen buscando niñas vivas o ya están buscando cuerpos?
Silencio incómodo. Finalmente, el superintendente respondió, “Oficialmente esta sigue siendo una operación de búsqueda y rescate de personas vivas. Mientras no tengamos evidencia definitiva de lo contrario, mantenemos la esperanza. Pero tengo que ser honesto, después de dos días sin agua, sin comida, expuestas a elementos extremos, las posibilidades disminuyen con cada hora que pasa. Esa misma tarde llegaron los abuelos de las niñas desde Lima. Don Alberto y doña Esperanza, junto con dos de los hermanos de Carolina, aterrizaron en el aeropuerto de Fénix.
Desde allí rentaron un auto y manejaron 2 horas y media hasta Tusayan. Cuando llegaron al hotel donde estaban Rodrigo y Carolina, la escena fue desgarradora. Doña Esperanza abrazó a su hija y ambas colapsaron en llanto. Lloraron durante largos minutos, sin palabras, solo lágrimas compartidas. Don Alberto abrazó a Rodrigo. El viejo hombre, normalmente estoico y duro, también lloraba. Vamos a encontrarlas, hijo. Te lo juro por Dios. Vamos a encontrarlas. Pero en su voz había más desesperación que convicción.
El 26 de julio, tres días después de la desaparición, hubo un desarrollo. Un turista estadounidense, David Miller, de Colorado, revisó las fotos que había tomado durante su visita al Gran Cañón el 23 de julio. En una de las fotos, tomada cerca de Yvapie Point, alrededor de las 11 de la mañana se veían en el fondo algo borrosas, dos figuras pequeñas. que parecían niñas. Miller contactó inmediatamente al FBI. Los agentes analizaron la foto exhaustivamente, la ampliaron, mejoraron la resolución con software forense.
Efectivamente, las dos figuras parecían ser Valentina y Camila. La ropa coincidía, el tamaño era apropiado. Pero lo más importante, en la foto, las niñas parecían estar caminando no hacia el bosque, sino hacia una área donde había algunos árboles y arbustos cerca del borde del cañón. Esta información cambió el enfoque de la búsqueda y si las niñas no se habían adentrado en el bosque y se habían ido hacia el borde, equipos de rescate especializados en escalada comenzaron a descender por las paredes del cañón en esa sección.
Era peligroso, las rocas eran inestables, pero tenían que verificar. Durante dos días, escaladores profesionales revisaron cada repisa, cada grieta, cada área accesible en las paredes del cañón. Debajo de donde las niñas habían sido vistas por última vez. Usaron cuerdas, arneses, equipos de alta montaña. Descendieron cientos de metros, revisaron cavidades ocultas, repisas angostas, lugares donde alguien podría haber caído. No encontraron nada, ni restos de ropa, ni señales de impacto, ni rastros de sangre, nada. Era como si las niñas hubieran llegado a ese punto y simplemente se hubieran desvanecido en el aire.
El 28 de julio, 5 días después de la desaparición, la búsqueda activa comenzó a reducirse, no porque las autoridades se hubieran rendido, sino porque ya habían agotado las áreas más probables. Habían revisado cada metro cuadrado en un radio de 10 km del último punto conocido. habían usado todos los recursos disponibles, habían seguido cada pista, cada teoría, cada posibilidad y no habían encontrado absolutamente nada más que una diadema. En una conferencia de prensa, el superintendente del parque anunció después de 5 días de búsqueda intensiva con más de 300 personas participando, cientos de horas de vuelo en
helicóptero, uso extensivo de perros, rastreadores y tecnología de punta, lamentamos informar que no hemos podido localizar a Valentina y Camila Vargas Mendoza. La búsqueda activa a gran escala se suspenderá a partir de mañana. Sin embargo, el caso permanece completamente abierto. Rangers continuarán patrullando el área. Cualquier nueva pista será investigada inmediatamente y pedimos a cualquier visitante del parque que reporte inmediatamente si encuentra algo que pueda estar relacionado con las niñas. Para la familia Vargas fue devastador. ¿Cómo pueden dejar de buscar?
gritó Rodrigo en la reunión privada que tuvo con las autoridades después del anuncio. Mis hijas están ahí afuera, no pueden simplemente abandonarlas. El agente Chen intentó explicar con paciencia, “Señor Vargas, entiendo su frustración, de verdad que sí, pero después de 5co días hemos cubierto todo el terreno posible múltiples veces. No es que nos estemos rindiendo, el caso sigue abierto, pero no es práctico mantener 200 personas buscando indefinidamente sin nuevas pistas. Los recursos son limitados. Recursos. La voz de Rodrigo estaba quebrada.
Estamos hablando de recursos. Estamos hablando de mis hijas, de dos niñas inocentes. Don Alberto puso una mano en el hombro de su hijo. Rodrigo, hijo, entiendo, pero hay que ser realista. Si después de cinco días con toda esta gente buscando no han encontrado nada, tenemos que considerar que tal vez no. Rodrigo lo interrumpió bruscamente. No voy a considerar nada. Mis hijas están vivas. Lo sé. Un padre lo sabe. Están ahí afuera esperando que las encontremos y si nadie más las va a buscar, yo lo haré solo.
Y eso fue exactamente lo que hizo. Durante las siguientes semanas, Rodrigo Vargas se quedó en Arizona. dejó su trabajo en Perú. Técnicamente tomó una licencia sin goce de sueldo, pero sabía que probablemente lo despedirían eventualmente y no le importaba. Carolina regresó a Lima con los abuelos. Físicamente estaba en Perú, pero mentalmente seguía en Arizona, en ese mirador, en ese momento en que volteó y sus hijas ya no estaban. Cayó en una depresión profunda. Dejó su trabajo como profesora.
Pasaba días enteros en la cama sin comer, sin hablar. mirando fotos de sus hijas. Los abuelos la cuidaban lo mejor que podían, pero era doloroso verla así. Era como si Carolina hubiera muerto junto con sus hijas, aunque su cuerpo seguía caminando. Mientras tanto, Rodrigo recorría el Gran Cañón todos los días. Compraba mapas topográficos del parque, marcaba áreas que quería revisar, caminaba durante 8, 10, 12 horas cada día buscando, gritando los nombres de sus hijas hasta quedar afónico, revisando cada arbusto, cada cueva pequeña, cada lugar donde dos niñas podrían esconderse.
Los rangers lo conocían. Al principio intentaron detenerlo. Algunas de las áreas donde buscaba eran técnicamente fuera de límite para visitantes regulares. Pero eventualmente entendieron que no podían detenerlo. Era un padre buscando a sus hijas. ¿Cómo le dices a alguien así que no puede seguir buscando? Así que simplemente lo dejaron. Le daban agua cuando lo veían. Le recordaban que tuviera cuidado y lo dejaban buscar. Han pasado 18 meses desde que Valentina y Camila Vargas Mendoza desaparecieron en el Gran Cañón.
Estamos ahora en enero de 2025 y el caso sigue sin resolverse. Las niñas nunca fueron encontradas, ni vivas ni muertas. Ni siquiera se encontró más evidencia física aparte de esa diadema. Oficialmente el caso está clasificado como desaparición de personas sin resolver. No hay certificados de defunción porque no hay cuerpos. Técnicamente, Valentina y Camila siguen existiendo legalmente, aunque la realidad es que probablemente murieron hace mucho tiempo. Las teorías sobre qué pasó esa mañana del 23 de julio de 2023 son numerosas, complejas y a menudo contradictorias.
Teoría uno, caída al cañón. Esta es la teoría oficial más aceptada por los investigadores. Propone que Valentina y Camila, curiosas y sin supervisión directa por esos minutos críticos, se acercaron demasiado al borde del cañón. Tal vez querían ver mejor. Tal vez una de ellas perdió el equilibrio y la otra intentó ayudarla. Cayeron juntas al abismo. El Gran Cañón tiene áreas con casi 2000 m de profundidad. Una caída desde esa altura sería instantáneamente fatal. Los cuerpos podrían haber caído en áreas tan remotas e inaccesibles que nunca serán encontrados.
Podrían estar en grietas profundas, podrían haber sido arrastrados por corrientes subterráneas, podrían estar cubiertos por derrumbes de rocas. Esta teoría explicaría por qué no se encontró evidencia. Una caída limpia no dejaría rastros en la parte superior, pero tiene problemas. Los escaladores revisaron extensivamente las paredes del cañón debajo del área. No encontraron señales de impacto, restos de ropa, nada. Y aunque el cañón es enorme, las búsquedas fueron exhaustivas. Teoría dos. Perdidas en el bosque. Propone que las niñas se adentraron en el bosque pensando que era un atajo de regreso al estacionamiento o simplemente por curiosidad.
Se desorientaron rápidamente, entraron en pánico, siguieron caminando en dirección equivocada, alejándose cada vez más. Eventualmente, agotadas, asustadas, deshidratadas, colapsaron, murieron de exposición, hipotermia nocturna y deshidratación. Sus cuerpos están en algún lugar del bosque, ocultos por vegetación, quizás parcialmente consumidos o dispersados por animales. Esta teoría tiene mérito. El bosque es vasto, incluso con búsquedas extensivas es posible pasar junto a un cuerpo pequeño oculto entre arbustos sin verlo. Pero los perros rastreadores deberían haber encontrado algo. Los perros pueden seguir rastros incluso días después.
Y las cámaras térmicas del helicóptero deberían haber detectado calor corporal si las niñas estuvieran vivas, incluso brevemente después de la desaparición. Teoría 3. Seuestro. Esta es la teoría más perturbadora y la que las familias temen, pero tampoco pueden descartar completamente. Y si alguien interceptó a las niñas en esos minutos que estuvieron solas? Y si un depredador las convenció de seguirlo, o peor las tomó por la fuerza. El Gran Cañón recibe millones de visitantes. Estadísticamente, entre esos millones hay personas con malas intenciones.
Pedófilos, secuestradores, psicópatas. Y si alguien vio una oportunidad y la tomó, las niñas hablaban poco inglés, serían vulnerables. Si alguien con apariencia amigable se les acercara, tal vez fingiendo ser un ranger o diciendo que sus padres lo enviaron, podrían haber seguido sin resistencia. El secuestrador podría haberla sacado del parque rápidamente antes de que se activara la búsqueda, pero esta teoría también tiene problemas grandes. No hay evidencia de vehículos sospechosos. Nadie vio a un adulto con dos niñas.
Las cámaras de las salidas del parque no mostraron nada anormal. Y lo más importante, no ha habido contacto, ni solicitudes de rescate, ni avistamientos, nada en 18 meses. Si fue secuestro, ¿dónde están las niñas? ¿Están vivas en algún lugar, ¿retenidas? ¿Fueron traficadas? ¿fueron asesinadas inmediatamente? Son preguntas sin respuesta. Teoría cuatro. evento inusual o accidente extraño. Algunos investigadores han propuesto escenarios menos convencionales y si las niñas encontraron una cueva o cavidad no registrada en los mapas y quedaron atrapadas, ¿y si cayeron en una grieta oculta por vegetación?
El Gran Cañón tiene miles de cavidades, cuevas, formaciones geológicas complejas. Muchas no están mapeadas. Es posible, aunque improbable, que las niñas hayan caído en algo así. O tal vez tuvieron un encuentro con vida salvaje, un puma, por ejemplo, que atacó y arrastró los cuerpos a un lugar imposible de encontrar. Estas teorías son especulativas y difíciles de probar o refutar. En Perú, el caso de Valentina y Camila se convirtió en un símbolo nacional de tragedia. El gobierno implementó nuevas regulaciones para familias peruanas que viajan al extranjero con menores.
Ahora se recomienda oficialmente el uso de dispositivos de rastreo GPS para niños, especialmente en destinos considerados de riesgo. Las agencias de turismo están obligadas a proporcionar charlas de seguridad más exhaustivas a familias con niños que visitan parques nacionales o áreas naturales remotas. Pero ninguna regulación trae de vuelta a las niñas. Rodrigo Vargas finalmente regresó a Perú en diciembre de 2024, casi 18 meses después de la desaparición. No regresó porque aceptara que sus hijas estaban muertas. Regresó porque se había quedado sin dinero, sin trabajo, sin recursos.
Ya no podía pagar el hotel, la comida, la gasolina para seguir buscando. Volvió derrotado, quebrado física y emocionalmente. Su matrimonio con Carolina no sobrevivió. Se divorciaron en octubre de 2024. No fue por falta de amor, sino porque cada uno era un recordatorio constante del otro del peor día de sus vidas. No podían estar juntos sin revivir ese momento una y otra vez. Carolina sigue viviendo con sus padres. toma medicamentos para la depresión, va a terapia tres veces por semana, algunos días son mejores que otros, pero nunca hay un día en que no piense en Valentina y Camila, en qué estarían haciendo si estuvieran vivas, en cómo serían ahora un año y medio más grandes.
Rodrigo vive solo en un departamento pequeño en Callao. Trabaja como taxista. perdió su puesto de ingeniero después de estar ausente tanto tiempo. Maneja por las calles de Lima durante 12 14 horas al día, intentando no pensar, intentando mantenerse ocupado, pero cada vez que ve a dos niñas caminando juntas, su corazón se detiene por un segundo. Los abuelos envejecieron dramáticamente. Don Alberto desarrolló problemas del corazón. Doña Esperanza tiene demencia temprana. Los doctores dicen que el trauma aceleró su deterioro cognitivo.
A veces, en sus momentos de confusión, doña Esperanza pregunta por sus nietas. ¿Cuándo vienen Valentina y Camila a visitarme? Hace mucho no las veo. Y don Alberto tiene que recordarle suavemente lo que pasó. Cada vez es como si estuviera enterrando a sus nietas nuevamente. En el Gran Cañón la vida continúa normalmente. Turistas siguen visitando por millones, familias siguen tomando fotos en los miradores, niños siguen corriendo por los senderos. La mayoría no sabe que dos niñas peruanas desaparecieron allí hace 18 meses, pero hay una pequeña placa ahora instalada en Java Pie Point.
fue colocada por la Comunidad peruana de Arizona en el primer aniversario de la desaparición. Dice, “En memoria de Valentina y Camila Vargas Mendoza, dos ángeles peruanos que el Gran Cañón se llevó demasiado pronto, nunca olvidadas, siempre buscadas, eternamente amadas. 23 de julio de 2023. Los Rangers del parque mantienen la placa limpia. Regularmente encuentran flores frescas dejadas por visitantes peruanos que hacen el viaje específicamente para honrar a las niñas. Entonces, ¿qué pasó realmente con Valentina y Camila Vargas Mendoza?
La verdad absoluta es que nadie lo sabe con certeza y probablemente nunca lo sabremos. Mi teoría personal basada en toda la evidencia disponible es una combinación de las teorías de caída y desorientación. Creo que las niñas, en esos minutos sin supervisión decidieron explorar brevemente. Tal vez vieron algo interesante, un animal, una formación rocosa bonita, y se alejaron del sendero principal para verlo mejor. Se acercaron al borde del cañón en una sección sin varandas. Camila, la más curiosa y aventurera, probablemente lideró el camino.
Valentina la siguió probablemente advirtiéndole que tuvieran cuidado. Una de ellas, probablemente Camila, se acercó demasiado al borde. La tierra se dio bajo sus pies, comenzó a caer. Valentina, actuando por instinto, intentó agarrar a su hermana. La tomó de la mano o la ropa, pero el impulso era demasiado fuerte. En lugar de salvar a Camila, Valentina fue arrastrada con ella. Cayeron juntas, probablemente gritando, probablemente aterradas. La caída fue fatal. Murieron al impactar contra las rocas cientos de metros más abajo.
Sus cuerpos quedaron en alguna grieta profunda, en alguna cavidad inaccesible. Tal vez fueron parcialmente cubiertos por un pequeño derrumbe de rocas causado por su impacto. Tal vez cayeron en una corriente subterránea que los arrastró más profundo en el sistema de Cuevas del Cañón. El Gran Cañón es tan vasto, tan complejo geológicamente, que es completamente posible que dos cuerpos pequeños nunca sean encontrados. Es una teoría trágica, horrible, pero tiene sentido con la evidencia disponible. Pero esta es solo una teoría.
La realidad es que no tenemos certeza y esa incertidumbre es tal vez lo más cruel de todo, porque significa que Rodrigo y Carolina nunca podrán cerrar ese capítulo, nunca podrán enterrar a sus hijas, nunca podrán tener el duelo completo, siempre existirá esa pequeña voz en sus cabezas. Y si están vivas en algún lugar, y si fueron secuestradas y están esperando ser rescatadas. Y si están en algún hospital sin identificación amnésicas, son escenarios improbables, casi imposibles. Pero mientras no haya cuerpos, mientras no haya confirmación final, esa esperanza tortuosa persiste.
Este caso nos enseña varias lecciones dolorosas. Primera, nunca, absolutamente nunca, pierdas de vista a tus hijos en lugares públicos. No importa cuán seguro parezca el lugar, 2 minutos son suficientes para que todo cambie. Segunda, usa tecnología. Pulseras o dispositivos de rastreo GPS para niños no son paranoia, son seguridad. Si Valentina y Camila hubieran llevado algo así, probablemente habrían sido encontradas en minutos. Tercera, educa a tus hijos sobre seguridad. Enséñales a quedarse en un lugar si se pierden, a no alejarse de senderos marcados, a gritar pidiendo ayuda inmediatamente.
Cuarta, la naturaleza no perdona. Por hermoso que sea un lugar, por seguro que parezca, siempre hay riesgos. El Gran Cañón es un abismo gigante, un error, un momento de distracción y todo termina. Rodrigo Vargas todavía revisa su teléfono cada mañana esperando un mensaje, una llamada, una noticia. Nada llega. Carolina mantiene el cuarto de sus hijas exactamente como estaba. Sus camas sin hacer desde el día que salieron hacia el aeropuerto, sus juguetes en su lugar, sus mochilas escolares colgadas en la puerta, como si en cualquier momento las niñas fueran a regresar del colegio.
Pero nunca regresan. Los abuelos rezan todas las noches. Piden a Dios, a la Virgen, a cualquier fuerza superior que pueda escuchar, que les devuelva a sus nietas, o al menos que les dé la paz de saber qué pasó. Pero el silencio continúa. En algún lugar, en las profundidades del Gran Cañón, entre rocas milenarias y secretos geológicos, puede que estén los restos de Valentina y Camila Vargas Mendoza. Dos niñas que solo querían ver uno de los lugares más hermosos del mundo.
Dos hermanas que probablemente murieron juntas tomadas de la mano. Dos ángeles peruanos que el cañón decidió quedarse para siempre. El Gran Cañón guarda muchos secretos. Ha existido durante millones de años. Ha visto civilizaciones enteras nacer y desaparecer. Ha sido testigo de innumerables tragedias humanas. Y ahora entre sus secretos guarda el de Valentina y Camila, un secreto que probablemente nunca revelará.
