“NECESITAS LECHE PARA TU HIJA… y YO NECESITO URGENTEMENTE UN MARIDO”

Diego Ramírez caminaba por el camino polvoso que cortaba el rancho San José, con su hija apretada contra el pecho como si con eso pudiera calmarla. Valentina tenía apenas tres meses y llevaba dos horas llorando sin parar, un llanto finito que se le metía a Diego en los huesos. No era berrinche: era hambre. La última lata de fórmula se había acabado la noche anterior y el único minisúper quedaba a cuarenta kilómetros, pasando cerros y terracería.

Diego tragó saliva, mirando el horizonte blanqueado por el sol. Desde que Patricia murió en el parto, todo se le había vuelto cuesta arriba. Se había ido de la Ciudad de México huyendo del departamento vacío, del eco de los planes que ya no existirían, y se refugió en ese pueblo donde el difunto Don Esteban —un conocido de la familia— le rentó una casita cerca del rancho. “Aquí vas a respirar”, le había dicho. Pero respirar no alimentaba a una bebé.

—¡Oye! ¡Espera! —gritó una voz femenina detrás de él.

Diego se volteó, tenso. Una mujer saltó la cerca de madera como si llevara toda la vida haciéndolo. Traía gorra beige, botas embarradas, camisa de trabajo y una mirada que parecía igual de cansada que la suya.

—Tú eres Diego, ¿verdad? El que se quedó en la casa de Don Esteban la semana pasada.

—Sí. ¿Qué se le ofrece? —respondió él, acomodando a Valentina y tratando de sonar firme aunque se le quebraba por dentro.

La mujer se acercó sin invadirlo, como quien sabe leer la distancia de alguien a punto de derrumbarse.

—Me llamo Carmen Torres. Soy la dueña de este rancho.

Diego alzó la ceja. Dueña. Ella no parecía una “señora” de rancho de revista; parecía la persona que había levantado todo con las manos.

—Mire, no tengo tiempo para…

—No vengo a regañarte —lo cortó ella, mirando a la niña que lloraba—. Sé tu situación. Aquí todos saben… lo de tu esposa.

A Diego se le cerró la garganta. Patricia. Tres meses. Todavía sentía que si decía su nombre en voz alta algo se le iba a romper para siempre.

—¿Y eso qué tiene que ver con usted? —soltó, con una rudeza que era puro dolor.

Carmen respiró hondo, como si también tuviera un nudo.

—Tiene que ver porque te voy a proponer algo. Tú necesitas leche para tu hija… y yo necesito un esposo con urgencia.

Diego parpadeó, seguro de haber oído mal.

—¿Perdón?

—Tengo fórmula infantil y acceso a suministros. Puedo darte lo que necesites para Valentina, diario, sin cobrarte. —Carmen se enderezó—. A cambio, te casas conmigo.

Diego casi se ríe, pero le salió un sonido seco, incrédulo.

—Usted está… ¿bromeando? Ni la conozco.

—Sé que suena a locura —dijo ella rápido—, pero escucha. Mi abuelo murió hace dos meses. Dejó un testamento. Si no me caso en quince días, el rancho pasa a mis primos. Especialmente a Rodrigo Torres. Y Rodrigo lleva años esperando esto como quien espera que te caigas para robarte la cartera.

Diego miró alrededor: potreros verdes, vacas a la sombra, trabajadores moviéndose con calma. Ese lugar se veía sólido, vivo.

—¿Por qué su abuelo haría algo así?

Los ojos de Carmen se endurecieron.

—Porque era de esa idea vieja de que una mujer sola no puede con un negocio. “Te hace falta un hombre”, me repetía. Tengo treinta y dos años y nunca me casé. No porque no pudiera… sino porque nunca quise que me compraran.

El llanto de Valentina subió de volumen, como un recordatorio cruel de lo urgente.

—Hay muchos solteros en el pueblo —murmuró Diego—. ¿Por qué yo?

Carmen bajó la mirada a la bebé, y en su voz se coló algo suave.

—Porque tú también estás solo. Porque no tienes familia aquí. Porque tú no estás buscando mi tierra, Diego. Tú estás buscando un respiro. Y esa niña necesita un hogar de verdad, no un papá que se esté desmoronando por dentro.

Diego sintió que lo había visto. No su ropa, no su cara cansada: su miedo.

—Necesito pensarlo —dijo al fin, apretando a Valentina como si pudiera protegerla del mundo.

—Piensa, sí. Pero no te tardes. —Carmen sacó un papel arrugado con un número—. Ven al rancho. Conócenos. Y… —hizo una pausa— aunque me digas que no, ven por la fórmula. Los niños no tienen culpa de los problemas de los adultos.

Luego saltó de vuelta la cerca y desapareció entre los mezquites, dejándolo con el polvo pegado a la piel y mil pensamientos chocando en su cabeza.

Esa noche, Diego manejó hasta el pueblo vecino y consiguió una lata prestada. Cuando Valentina por fin se durmió, él se quedó sentado en la orilla de la cama, mirando el techo. Casarse por convenio… era una película vieja. Pero su vida ya no se parecía a nada que hubiera planeado.

A la mañana siguiente fue al rancho San José. Carmen lo recibió en el pórtico, con la misma ropa de trabajo, como si el mundo no le diera permiso de ponerse “bonita” ni aunque quisiera.

—No pensé que vendrías tan temprano.

—Ni yo —admitió Diego, y se sorprendió de sonreír por primera vez en días—. ¿Puedo… ver el lugar?

Carmen lo llevó por los corrales, los graneros, el pequeño almacén donde guardaba insumos, incluido un gabinete con latas de fórmula donadas para emergencias por una clínica rural. Le habló de las vacas por nombre, de la ordeña, de los sueldos justos, de su plan para hacer quesos artesanales. Diego, contador de profesión, se quedó impresionado: ella no solo amaba ese rancho, lo entendía.

—¿Aprendiste todo esto sola? —preguntó él.

—Mi abuelo me enseñó desde niña. Mis papás murieron cuando yo tenía ocho. Él me crió… a su manera. —La amargura le cruzó la boca—. Me formó para heredarlo, pero al final quiso “corregirme” con un matrimonio.

En el corral, Valentina se inquietó. Diego la meció con torpeza. Carmen extendió los brazos.

—¿Me dejas?

Diego dudó, pero se la entregó. Para su sorpresa, Valentina bajó el llanto casi de inmediato, como si reconociera una calma distinta.

—¿Cómo…? —susurró Diego.

Carmen sonrió, tímida, como si no estuviera acostumbrada a que le saliera bien algo “maternal”.

—No sé. A lo mejor le gustó mi terquedad.

Ahí, en ese gesto simple, Diego sintió un calor que no venía de la culpa ni del miedo. Venía de ver a su hija tranquila en brazos de otra persona.

Aceptó esa misma tarde, pero puso condiciones: que sería un matrimonio solo en papel, sin presiones, que cualquiera podría irse sin drama, y que Valentina seguiría siendo su responsabilidad. Carmen aceptó sin discutir.

La boda fue discreta en el Registro Civil del pueblo. Testigos: el abogado de Carmen, el Licenciado Enrique Salazar, y su secretaria. Carmen llevaba un vestido azul sencillo; Diego, un traje rentado que le quedaba un poco grande. Cuando el juez dijo “puede besar a la novia”, ambos se quedaron tiesos.

—Un besito y ya —susurró Carmen, nerviosa.

Diego obedeció. Fue rápido, casi casto… pero el corazón se le aceleró como si hubiera hecho algo prohibido.

Al volver al rancho, los trabajadores les hicieron una comida sorpresa. Doña Concepción, la cocinera, sacó un pastel humilde pero glorioso. Juan, el capataz, brindó con mezcal.

—¡Por los recién casados!

Diego se sintió impostor. Y, al mismo tiempo, algo dentro de él descansó: por primera vez desde la muerte de Patricia, no estaba solo en una mesa.

La paz duró poco. A la semana, llegaron abogados enviados por Rodrigo Torres. Hicieron preguntas, muchas. Al principio fueron cosas simples: “¿cómo se conocieron?”, “¿qué desayuna su esposo?”, “¿de qué lado de la cama duerme?”. Luego se volvieron humillantes.

Diego apretó los puños cuando insinuaron que “un matrimonio real” debía probarse con detalles íntimos.

—Ya estuvo —dijo, alzándose.

Carmen lo tomó del antebrazo con un gesto natural, firme.

—Mi esposo está de luto —dijo ella, mirando al abogado sin pestañear—. Y yo no le debo a nadie explicaciones sobre mi cuerpo. Lo que sí le debo a este rancho es protegerlo de buitres.

Los abogados se fueron con sonrisas falsas, prometiendo volver.

Esa noche, Diego no pudo dormir. Se levantó, caminó por la cocina y vio a Carmen en la mesa, revisando papeles del rancho con el ceño fruncido. Él se acercó, por costumbre profesional.

—Estos números… —murmuró Diego, señalando una hoja—. Aquí falta dinero.

Carmen lo miró, alerta.

—Rodrigo dijo que yo “no entendía cifras”. Pero yo sé contar. Solo… no me cuadraba.

Diego se inclinó sobre los registros. No tardó en ver el patrón: ventas de ganado a un precio ridículo, pagos “a proveedores” que no existían.

—Alguien te está sangrando el rancho desde dentro —dijo, con la voz baja y helada—. Y apuesto a que es Rodrigo.

Carmen se quedó inmóvil, como si una pieza horrible encajara.

—Por eso tiene tanta prisa —susurró—. No solo quiere el rancho. Quiere borrar huellas.

La demanda llegó dos días después: Rodrigo impugnaba el matrimonio por “fraudulento” y pedía la propiedad. El pueblo entero se enteró. A Carmen la miraban con lástima. A Diego, con sospecha.

—Nos van a destrozar —dijo Carmen una madrugada, con Valentina dormida en el pecho—. En el juicio me van a hacer quedar como una mujer desesperada que compró un marido.

Diego la observó. Por primera vez, la vio temblar.

—No te compraste nada —dijo él—. Me diste una mano cuando yo estaba cayéndome. Y yo… —tragó— yo te debo que mi hija coma.

—No me debes —respondió ella, suave—. Pero sí te necesito. No como “esposo” de papel. Como aliado.

El juicio se celebró en la cabecera municipal. El juzgado estaba lleno. Rodrigo llegó perfumado, seguro, con esa sonrisa de quien ya se repartió el botín. Los abogados presentaron pruebas: que Diego había llegado al pueblo solo, que se casaron demasiado rápido, que todos sabían del testamento.

—Es un teatro —dijo Rodrigo, mirando al juez—. Mi prima está siendo manipulada. Ese hombre solo quiere quedarse con lo que no es suyo.

Diego se puso de pie antes de que el Licenciado Salazar lo llamara. Le temblaban las manos, pero no retrocedió.

—Yo no vine por el rancho —dijo Diego—. Vine porque estaba roto. Y porque mi hija tenía hambre. Carmen me ofreció ayuda… y sí, al principio fue un acuerdo. No voy a mentirle.

Un murmullo recorrió la sala. Carmen lo miró, asustada.

Diego respiró hondo.

—Pero si usted cree que un matrimonio real nace siempre “bonito”, con flores y canciones, se equivoca. A veces nace en el polvo, con una bebé llorando, y dos personas que no saben cómo seguir. Y luego… —miró a Carmen— luego se construye. Con respeto. Con trabajo. Con decisiones diarias.

El juez llamó a Carmen. Rodrigo se acomodó, esperando verla caer.

—Señora Carmen Torres —preguntó el juez—. ¿Por qué se casó?

Carmen se quedó callada un segundo. Miró a Valentina, que estaba con Doña Concepción al fondo, chupándose el puñito. Luego miró a Diego, que parecía sostenerse a puro orgullo.

—Porque tenía miedo —admitió—. Miedo de perder lo que mi abuelo me dejó. Miedo de que me arrebataran mi vida. Pero también… porque vi a un hombre que, aun destrozado, cargaba a su hija con una ternura que no se finge. Y yo… yo quería ayudar. —La voz se le quebró—. Y sin querer, empecé a quererlos.

—¿“Quererlos”? —repitió el juez.

Carmen tragó saliva, y lo dijo claro, sin adornos:

—Valentina es mi hija también. No por sangre. Por elección.

El silencio fue tan pesado que a Diego se le aguaron los ojos.

El Licenciado Salazar entonces sacó los documentos que Diego había encontrado: transferencias, facturas falsas, firmas, y una venta clandestina de ganado a nombre de una empresa ligada a Rodrigo. Rodrigo se puso pálido por primera vez.

—Esto es… una trampa —balbuceó.

—No, primo —dijo Carmen, con una calma feroz—. Esto es lo que llevas años haciendo, pensando que yo no me iba a dar cuenta.

El juez se retiró a deliberar. Cuando regresó, su voz sonó firme:

—El tribunal reconoce la validez del matrimonio. Y ordena investigar las irregularidades financieras presentadas. El rancho San José permanece bajo la administración de Carmen Torres.

Carmen se dobló de alivio. Diego la sostuvo, y ese abrazo ya no tuvo nada de actuación.

Afuera, el sol del mediodía los golpeó como una bendición. Doña Concepción lloraba abiertamente. Juan levantó el sombrero.

—¡Se hizo justicia!

Esa noche, ya en el rancho, Valentina durmió tranquila. Diego y Carmen se sentaron en la terraza, viendo luciérnagas sobre el pasto.

—Ya… ya se acabó, ¿no? —preguntó Diego, con la voz baja—. Ganaste. El acuerdo se cumplió.

Carmen apretó los labios, como si la frase le doliera.

—Sí. Se acabó el peligro. —Lo miró directo—. Pero yo no quiero que se acabe esto.

Diego sintió un vacío raro, como si la idea de irse lo dejara sin suelo.

—Carmen…

—No te estoy pidiendo que olvides a Patricia —dijo ella, antes de que él hablara—. Ni que “me ames” por obligación. Solo… dime la verdad. ¿Te sientes en casa aquí?

Diego pensó en las mañanas con olor a café, en Valentina riéndose con Carmen, en las noches donde el silencio ya no era un monstruo.

—Sí —respondió, con honestidad cruda—. Y me da miedo, porque pensé que ya no iba a sentir eso nunca.

Carmen soltó una risa nerviosa, llena de lágrimas.

—A mí también me da miedo. Pero ya me cansé de vivir solo defendiendo lo que es mío. Quiero construir algo.

Diego se acercó despacio, como si fuera a espantar la paz. Le tomó la mano.

—Yo no sé si esto empezó como amor —dijo—. Pero sé que hoy… cuando dijiste “mi hija”, algo se acomodó en mí. Como si el mundo me dijera que todavía puedo tener futuro sin traicionar el pasado.

Carmen le acarició los nudillos, callada.

—Entonces dejemos de fingir —susurró Diego—. Sin prisa. Sin contratos. Un día a la vez.

Carmen asintió, y esta vez el beso no fue por un juez, ni por un testamento, ni por un miedo. Fue lento, tembloroso y real. Detrás, en la cuna, Valentina suspiró dormida, como si aprobara el pacto más importante de todos: el de quedarse, no por necesidad, sino por elección.