La policía ecuatoriana está siguiendo las investigaciones del caso para dar, digamos, detalles sobre lo que podría ser esta muerte Alicia.

Esta misma fuente afirma que ambas mujeres eran muy amigas y estaban involucradas en una red de microtráfico de drogas y que el jugador, al ser su pareja, sabía lo que hacía la peruana.
Una investigación del diario Extra que citó a un alto funcionario de la policía ecuatoriana reveló que era una dealer y que el crimen gira en torno al microtráfico de drogas a gran escala para eventos.
Recordemos que la primera información era que esta mujer, la peruana Gisel Fernández, de 39 años, se decía o todavía se está investigando que ella prestaba grandes sumas de dinero.
Esa es una de las primeras hipótesis de la policía.

Lo que acabas de escuchar no es una versión oficial cerrada, es apenas la punta del hilo.
Porque mientras los medios hablaban de hipótesis, préstamos de dinero y posibles vínculos, la policía ya estaba moviéndose en silencio.
Sin cámaras, sin comunicados, sin errores.
Y fue entonces cuando se tomó una decisión que cambiaría el rumbo del caso.
La casa vinculada a la mujer que murió junto a Mario Pineida llevaba días sellada de forma discreta.
No por respeto, por control.
Esa madrugada varios vehículos sin distintivos se estacionaron a distancia.
Radios encendidos, chalecos ajustados, órdenes cortas.

Vamos por fases.
Primero aseguramos, después revisamos todo.
No se trataba solo de una vivienda, se trataba de un posible punto clave dentro de una red que, según fuentes, no operaba a pequeña escala.
La puerta no se abrió con llaves, se abrió con fuerza.
Un golpe, otro.
La estructura cedió.
Los agentes ingresaron rápido, cubriéndose unos a otros, marcando espacios.
Izquierda limpia, derecha despejada, suban.
El ambiente dentro de la casa era inquietante.
No había señales de vida reciente, pero tampoco de abandono.

Todo estaba demasiado ordenado.
Eso encendió la primera alarma.
En la sala, muebles caros.
En la cocina, electrodomésticos de alto valor.
Nada parecía improvisado.
Esto no cuadra con un perfil común, dijo uno de los agentes.
En el segundo nivel encontraron algo más preocupante.
Teléfonos guardados por separado, sin chips, envueltos individualmente.
Recojan todo, fotografíen antes.

Mientras tanto, en la planta baja, otro grupo revisaba el suelo.
Un golpe seco con la bota.
El sonido no fue sólido.
Detente.
Vuelve a golpear.
Hueco.
Los agentes se miraron sin decir palabra.
Marca aquí.
En cuestión de minutos comenzaron a levantar parte del piso.
Polvo, cemento quebrado, fragmentos.
Nada apareció de inmediato.

Y eso fue lo que más inquietó.
Si fuera algo pequeño, ya habría salido, murmuró uno.
La búsqueda continuó hacia las paredes.
Una sección llamó la atención.
material reciente, diferente al resto de la construcción.
Esto no estaba en los planos.
La tensión subió.
Traigan herramientas.
Nadie toque sin autorización.
Cuando comenzaron a romper esa pared, el ambiente cambió por completo.

No hubo gritos, no hubo celebraciones, solo silencio.
Detrás había un compartimento sellado, organizado, oculto con intención.
Cierren eso, aseguren el área.
Uno de los agentes tomó el radio.
Tenemos algo.
Repito, tenemos algo.
Y fue en ese momento cuando uno de ellos dijo la frase que congeló a todos.
Si esto es lo que creemos, esto no termina aquí, porque lo que encontraron no solo conectaba con la mujer fallecida, sino que podía explicar por qué Mario Pineida estaba donde estaba aquella noche.
Pero aún no lo abrieron.
No todavía.
La casa fue acordonada por completo, sellada, custodiada.
Nadie salió con información, nadie filtró imágenes.
Y mientras eso ocurría, afuera, en redes sociales, las teorías explotaban.
Unos señalaban a una infidelidad, otros hablaban de ajustes de cuentas, algunos mencionaban deudas, pero nadie sabía que mientras discutían la policía estaba rompiendo paredes y que lo que había detrás no estaba destinado a ojos comunes.
Esa noche un superior llegó al lugar, revisó, observó, ordenó, esto se maneja con máxima reserva.
Nada sale sin mi autorización, porque a partir de ese instante, el caso dejó de ser solo una muerte violenta.
Pasó a ser una investigación mucho más amplia y lo más inquietante es que lo que encontraron todavía no había sido abierto.
Seguía ahí sellado, esperando, como si quien lo ocultó creyera que nunca lo descubrirían.
Pero lo descubrieron y lo que había dentro podría explicar por qué alguien tuvo que morir.
Y esto recién comienza.
La casa quedó en custodia total.
Nadie entraba, nadie salía y, sin embargo, todo parecía moverse por dentro.
Mientras afuera el cordón policial se ampliaba, adentro el ambiente se volvió espeso, casi irrespirable, no por el polvo ni por los golpes en las paredes, sino por la sensación compartida de que aquello no era un hallazgo común.
Mantengan distancia.
Nadie toque el compartimento.
La orden fue clara.
Lo que se había encontrado no podía ser tratado como evidencia rutinaria.
No era una caja olvidada ni un escondite improvisado.
Estaba diseñado para no ser descubierto y eso lo cambiaba todo.
Un agente tomó fotografías desde distintos ángulos.
Otro levantó actas preliminares.
El superior revisaba cada detalle sin hablar.
Cuando finalmente rompió el silencio, lo hizo con una frase corta.
Esto conecta con más de una línea.
En ese momento, el nombre de Mario Pineida volvió a flotar en la habitación.
no como víctima aislada, como parte de un contexto, porque una pregunta comenzaba a repetirse entre los investigadores.
¿Qué hacía él realmente vinculado a este lugar? Según fuentes cercanas al caso, esa casa no era visitada al azar.
Había movimientos constantes, horarios irregulares, entradas nocturnas.
Vecinos habían notado cosas extrañas, pero nunca denunciaron.
Pensábamos que era gente con dinero, diría luego uno nada más.
Pero el dinero cuando no se explica siempre deja rastro.
Los agentes comenzaron a revisar registros, consumos eléctricos inusuales, remodelaciones sin declarar materiales comprados en efectivo.
Todo apuntaba a una operación que no debía dejar huella.
Esto no se arma en días, comentó un investigador.
Esto lleva tiempo.
Y mientras eso ocurría dentro de la casa, afuera el caso se calentaba.
Llamadas, mensajes, filtraciones parciales, periodistas intentando confirmar versiones, opinadores lanzando teorías, redes sociales llenándose de sospechas.
Pero la policía no hablaba porque aún faltaba lo más delicado.
Antes de abrir el compartimento, se activó un protocolo adicional.
Llegaron técnicos, llegaron más superiores.
Se pidió respaldo logístico.
Si abrimos esto mal, contaminamos todo.
La tensión subía minuto a minuto.
Uno de los agentes miró el reloj y dijo en voz baja, “Si esto sale a la luz, no va a quedar ahí.
” Y tenía razón, porque según fuentes ya había otras direcciones bajo observación.
personas relacionadas, movimientos financieros que no cuadraban, nombres que comenzaban a repetirse y uno de ellos inevitablemente volvía siempre al mismo punto.
La mujer que murió junto a Mario Pineida, no como víctima colateral, no solo como pareja, sino como pieza central de algo más grande.
No es lo que parece, advirtió un investigador, y nunca lo fue.
Mientras tanto, el compartimento seguía cerrado, sellado, intacto, como una caja negra esperando ser abierta.
Uno de los técnicos pasó la mano por la superficie y negó con la cabeza.
No hay marcas externas, todo está pensado para confundir.
Esa noche la decisión fue no abrirlo aún.
Primero cruzamos información, ordenaron.
Después seguimos.
Y así lo hicieron.
Se revisaron llamadas, contactos frecuentes, ubicaciones.
Según fuentes, aparecieron conexiones que no figuraban en ninguna versión pública.
Personas que no habían sido mencionadas, lugares que nunca salieron en prensa.
“Esto explica muchas cosas”, dijo alguien, y abre otras peores, porque si lo que había allí dentro confirmaba ciertas hipótesis, la muerte de Mario Pineida dejaría de verse como un hecho aislado, pasaría a ser una consecuencia.
Y eso era lo más peligroso.
Esa madrugada uno de los agentes salió de la casa con el rostro tenso.
Se apoyó en el vehículo y respiró hondo.
¿Todo bien? Le preguntaron.
No respondió.
Nada de esto está bien.
La casa quedó cerrada.
Nuevamente sellos oficiales, custodia permanente.
Y mientras la noche avanzaba, las preguntas crecían.
¿Por qué tanto cuidado? ¿Por qué tanto silencio? ¿Por qué aún no habrían lo que todos querían ver? La respuesta era simple y aterradora, porque lo que había dentro podía desatar algo que no podrían controlar.
Y mientras la policía preparaba el siguiente paso, alguien en algún lugar comenzó a inquietarse.
Porque cuando la autoridad entra, rompe paredes y no dice nada.
Es porque ya sabe más de lo que aparenta.
Y el caso de Mario Pineida, lejos de cerrarse, acababa de entrar en su fase más oscura.
La madrugada avanzaba, pero dentro de la investigación nadie dormía.
Mientras la casa permanecía sellada, algo empezó a moverse fuera del perímetro policial.
No eran rumores comunes, no eran comentarios en redes, eran señales internas que alertaron a los investigadores de que alguien en algún punto estaba incómodo.
“Nos están llamando demasiado”, dijo un agente.
¿Quién es? Gente que no debería saber nada.
Eso encendió la primera alarma real.
Según fuentes cercanas al operativo, comenzaron a llegar llamadas indirectas, mensajes ambiguos, sugerencias disfrazadas de preocupación, personas que preguntaban cómo iba todo, si ya estaba resuelto, si hacía falta algo.
Nada explícito, todo calculado.
Cuando preguntan así, comentó un superior, es porque temen lo que aún no sale.
Y eso confirmaba una sospecha inquietante.
El contenido del compartimento no solo afectaba el caso de Mario Pineida, afectaba a más personas.
Por eso, antes de abrirlo, se activó una revisión paralela.
No del objeto, de las personas alrededor.
Se revisaron vínculos, relaciones pasadas, contactos cruzados y lo que apareció no tranquilizó a nadie.
Según versiones internas, el nombre de la mujer que murió junto a Mario Pineida comenzó a repetirse en contextos que no coincidían con la imagen pública que se había construido de ella.
“No encaja”, dijo un analista.
¿Con qué? Con nada.
Movimientos financieros sin justificación clara, viajes cortos frecuentes, eventos donde su presencia no estaba documentada oficialmente.
“No es una prueba, aclararon.
Pero tampoco es casualidad.
La presión aumentaba.
Afuera, algunos medios empezaron a hablar de nuevas líneas de investigación.
Otros insinuaban que la policía había encontrado algo grave, pero sin detalles adentro.
El equipo sabía que el tiempo jugaba en contra.
Si esperamos demasiado, alguien puede adelantarse.
Esa frase cambió el ritmo, porque según fuentes, hubo temor real de sabotaje, de que alguien intentara acceder a la casa, de que se intentara borrar evidencia, de que algo ocurriera antes de que se abriera oficialmente el compartimento.
Por eso se decidió avanzar.
No del todo, pero sí un paso más.
Los técnicos regresaron.
Vamos a preparar el acceso”, dijeron sin abrir aún.
Se retiraron capas externas, se verificó el sistema de ocultamiento, se detectaron refuerzos internos que no eran normales en una vivienda común.
“Esto no es doméstico”, aseguraron.
“Es profesional”, y esa palabra quedó flotando.
Profesional.
Mientras tanto, otro frente se abría.
el de los testimonios informales.
Personas que no declaraban oficialmente, pero que empezaron a hablar en voz baja.
Vecinos, conocidos, gente que había escuchado cosas.
Ella no estaba sola, dijo a alguien.
Siempre había gente entrando y saliendo.
No eran visitas normales, aseguró otro.
Eran rápidas, silenciosas.
Todo eso iba armando una imagen inquietante.
No confirmaba nada, pero reforzaba la necesidad de saber qué había detrás del muro.
Esa noche, un agente recibió una llamada que no esperaba.
“Ten cuidado”, le dijeron.
¿Con qué? ¿Con lo que van a abrir.
La llamada se cortó.
No quedó registrada oficialmente, pero fue comunicada.
Esto ya no es solo investigación, advirtió un superior.
Esto es advertencia.
A partir de ese momento, el protocolo cambió otra vez.
Más seguridad, más control, menos información compartida.
Si alguien quiere que esto no se abra”, dijeron, es porque no puede permitirse que se vea.
Y esa idea comenzó a pesar, porque mientras tanto, el caso de Mario Pineida seguía siendo observado por la opinión pública como una tragedia pasional, un crimen violento sin mayor trasfondo.
“Pero dentro del equipo esa narrativa ya no convencía.
“Hay demasiadas capas”, dijo un investigador.
“y ninguna es casual.
Finalmente se tomó la decisión.
Mañana se abre.
No se dijo la hora, no se dijo el método, solo se dijo eso.
Y esa noche, según fuentes, alguien intentó moverse rápido.
Un vehículo rondó la zona.
Un sujeto preguntó por la casa.
Un intento de ingreso fue frustrado.
Nada grave, nada concluyente, pero suficiente para confirmar que no estaban solos en la expectativa.
Cuando amaneció, el ambiente era distinto, tenso, cargado, expectante.
Los agentes sabían que lo que estaba a punto de ocurrir marcaría un antes y un después, no solo para la investigación, sino para la historia que el público creía conocer.
Si esto confirma lo que pensamos”, dijo uno, “nada va a volver a ser igual.
” El compartimento seguía cerrado, pero ya no por misterio, sino por decisión estratégica, porque abrirlo no era solo destapar un escondite, era activar consecuencias.
Y todos lo sabían.
Mientras se preparaban los últimos detalles, alguien murmuró una frase que quedó grabada.
“Hay secretos que cuando se abren no se pueden volver a cerrar.
” Y así con la casa rodeada, los equipos listos y las miradas fijas en ese punto oculto, el momento se acercaba.
El caso de Mario Pineida estaba a segundos de entrar en su fase más peligrosa y lo que viniera después no tendría marcha atrás.
El amanecer llegó, pero no trajo calma.
La casa seguía en silencio.
Un silencio extraño, pesado, como si las paredes aún respiraran lo que había pasado horas antes.
Los policías comenzaron a retirarse uno a uno.
Las luces intermitentes se apagaban.
Las cintas amarillas seguían colgando, marcando el perímetro, pero algo estaba claro.
Ya no era una casa normal, era una escena marcada.
Los vecinos no dormían.
Miraban desde las ventanas, desde los balcones, desde detrás de las cortinas.
Algunos grababan, otros llamaban por teléfono, otros solo susurraban, “Aquí pasó algo grande.
Esto no es normal.
Esto recién empieza.
” Porque nadie había visto salir a Mario Pineda, ni esposado, ni libre, ni herido, ni muerto, no salió y eso era lo más inquietante de todo.
Los rumores empezaron a correr más rápido que la policía.
Apenas amaneció, las versiones explotaron.
Algunos aseguraban que nunca vivió realmente ahí, que la casa solo era una fachada.
Pero había algo que nadie podía negar.
La policía entró con fuerza total.
Buscaban algo específico y no se fueron satisfechos.
Un oficial sin darse cuenta dejó escapar una frase mientras se quitaba el casco.
Esto no termina hoy y esa frase lo cambió todo.
Lo que no apareció fue más importante que lo que encontraron dentro de la casa había papeles, objetos personales, rastros de una vida reciente, pero faltaban cosas clave.
No había computadoras principales, no había discos duros visibles, no había teléfonos, como si alguien hubiese tenido tiempo exacto para borrar huellas, como si alguien hubiera sido alertado.
Y la pregunta empezó a repetirse con fuerza.
¿Quién avisó desde cuando sabían que iban a entrar? ¿Quién más está involucrado? Porque ya no se trataba solo de Mario Pineda.
Había más nombres flotando en el aire.
La prensa obtuvo información, pero no toda horas después, los titulares explotaron.
Allanamiento de alto impacto.
Operativo policial en casa vinculada a Mario Pineda.
Investigación en curso.
Pero ningún comunicado fue claro.
Todo era ambiguo.
Todo era incompleto.
Todo parecía cuidadosamente medido.
Y cuando la información se controla tanto es porque hay algo que no quieren que se sepa todavía.
una puerta cerrada que podría volver a abrirse.
La casa fue sellada, pero no clausurada definitivamente.
Eso llamó la atención de los expertos legales.
Porque cuando una casa queda bajo observación, no es el final, es una pausa.
Una pausa antes de volver, antes de otro operativo, antes de otra irrupción, antes de algo más grande.
El nombre de Mario Pineda ya no es solo un nombre, ahora es un símbolo, una sombra, una pregunta sin respuesta.
¿Dónde está? ¿Quién lo protege? ¿Quién cayó? ¿Y quién sigue libre? Y lo más inquietante, ¿qué más saben las autoridades que todavía no dicen? Porque si algo quedó claro esa noche es esto.
No entraron por curiosidad, entraron porque tenían información, entraron porque alguien habló.
El silencio final que grita más fuerte.
Hoy la casa sigue ahí, vacía, callada, pero marcada.
Los vecinos aún miran, la calle aún recuerda.
Las preguntas siguen vivas y Mario Pineda sigue siendo un nombre que nadie logra cerrar porque hay historias que no terminan con un allanamiento, hay verdades que no se rompen con una puerta y hay finales que no son finales.
La policía se fue, pero las preguntas se quedaron.
Y mientras nadie responde, ¿dónde está Mario Pineda? Esta historia sigue abierta.
